Opinión

EL ROSTRO DETRÁS DEL VOTO

Cada voto cuenta, y cada abstención también. Quien no vota no permanece neutral, simplemente deja que otros decidan por él.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Un llamado a votar con conciencia y sentido humano

El próximo 31 de mayo Colombia vuelve a las urnas. Millones de ciudadanos tomarán un tarjetón, marcarán una opción y depositarán su voto. A simple vista parece un acto rutinario, casi un trámite, pero en realidad es una de las decisiones más importantes de la vida democrática.

En ese momento no solo elegimos un candidato. También definimos qué país queremos, qué sociedad respaldamos y qué responsabilidad asumimos con millones de personas.

El voto tiene algo profundamente especial. Es una decisión personal, un instante en el que cada quien, desde su conciencia, decide a quién le entrega su confianza. Pero al mismo tiempo ese gesto íntimo nos conecta con los demás. Votar también es decir que hacemos parte de esta sociedad y que nos importa lo que pase con ella. Ahí se encuentran lo personal y lo colectivo.

Elegir presidente hoy no es un asunto cualquiera. Es una decisión crucial. Significa definir quién conducirá el rumbo del país en un momento decisivo. Es optar por avanzar hacia una mayor equidad o permitir que la desigualdad siga creciendo. De esa elección dependen realidades concretas, como que un joven pueda estudiar, que una familia acceda a la salud, que el trabajo sea digno o que el campesino pueda vivir de su tierra. Está en juego la posibilidad de una vida digna para todos.

Cada voto cuenta, y cada abstención también. Quien no vota no permanece neutral, simplemente deja que otros decidan por él.

Por eso, antes de entrar al cubículo, vale la pena hacerse una pregunta fundamental. ¿En quién estoy pensando cuando voy a votar? Es natural pensar en nuestras propias necesidades y en lo que nos conviene. Todos lo hacemos. Pero una democracia verdadera nos invita a ir más allá, a mirar alrededor y preguntarnos si lo que elegimos también mejora la vida de quienes enfrentan mayores dificultades.

En cada voto hay muchos rostros. Está el de quienes viven en la pobreza, el de los jóvenes sin oportunidades, el de las madres que sacan adelante solas a sus hijos, el de los campesinos que sostienen el país, el de los abuelos que esperan tranquilidad y el de las comunidades que luchan por sus derechos. Votar con conciencia es recordarlos.

Cuando pensamos en el bienestar de todos, el voto deja de ser una preferencia individual y se convierte en un verdadero acto ciudadano. Votamos no solo por nosotros, sino también por quienes no tienen voz en los espacios donde se toman decisiones.

La corrupción, las mentiras y las promesas incumplidas han generado desconfianza. Ese desencanto es real y comprensible. Sin embargo, quedarse en casa no es la solución. No votar no castiga a quienes han fallado, al contrario, les facilita seguir haciendo lo mismo. Participar es la forma más clara de decir que no aceptamos esa realidad.

Abstenerse es renunciar al poder que tenemos. Es entregar el futuro a otros. Votar, en cambio, es un acto de dignidad. Es afirmar que estamos presentes, que nos importa y que no nos resignamos.

Estas elecciones son decisivas. Está en juego si el país continúa avanzando en transformaciones sociales o si regresa a modelos que han beneficiado a unos pocos. Regresar al país que la mayoría no quiere. El próximo presidente deberá tomar decisiones sobre temas fundamentales como la educación, la salud, el trabajo digno, el campo y la paz.

En los últimos años se han dado pasos importantes en distintos frentes. También han surgido resistencias de quienes prefieren mantener sus privilegios. Por eso esta elección no se trata solo de cambiar de gobernante, sino de definir el rumbo.

Hoy vivimos en medio de la polarización, el miedo y la rabia. Son emociones humanas, pero no construyen futuro. La política debería estar al servicio de las personas, no de intereses particulares ni de reacciones momentáneas. Debería poner en el centro la dignidad humana.

Votar con conciencia también implica rechazar el odio y creer en el diálogo. No significa ignorar los problemas, sino enfrentarlos con herramientas democráticas. Significa reconocer nuestras diferencias y aun así construir un país más justo.

Cuando estemos frente al tarjetón no estaremos solos. Nos acompañan los sueños y aspiraciones de una mejor vida de millones de colombianos que esperan mucho de esa decisión. En ese instante cada uno de nosotros se une a los demás para definir el futuro. Votemos sin miedo y sin odio, pero con firmeza, convencidos de que la dignidad de un pueblo no se negocia.

Ahí estarán el joven que sueña con estudiar, la mujer campesina que busca reconocimiento, el trabajador que necesita seguridad y el abuelo que espera tranquilidad. Todos estarán presentes en ese momento.

Si logramos ver esos rostros al votar, todo cambia. El voto deja de ser un gesto individual y se convierte en un acto de solidaridad y compromiso con el país que queremos.

Un país donde nadie se quede atrás, donde el origen no determine el destino y donde cada persona tenga una oportunidad real de vivir con dignidad.

Es momento de decidir con conciencia, de elegir con responsabilidad y de respaldar un proyecto de país incluyente, justo y coherente. Ese es el verdadero rostro detrás del voto. Ese es el sentido profundo de la democracia.

 Un voto por la dignidad.

Un voto por Colombia.

Un voto por el cambio.

A votar este 31 de mayo, por un país en armonía y con oportunidades para todos.

Si quieres, puedo hacerlo más breve, más emocional o adaptarlo para redes sociales.

*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

Artículos destacados

Botón volver arriba