Opinión

EL MITO DEL «BUEN PROFESOR»

Un profesor respetuoso y accesible genera la confianza necesaria para que los estudiantes expresen dudas, reconozcan sus limitaciones y afronten nuevos retos.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Casi todos conocemos al profesor que exige poco, concede prórrogas sin restricciones y califica con indulgencia. Sus estudiantes pueden apreciarlo porque comprende sus dificultades, les ofrece facilidades y procura que su paso por la universidad transcurra sin mayores contratiempos. En ocasiones, estos comportamientos bastan para que lo consideren un buen docente. Detrás de esa valoración existe un concepto errado. La idea de que el buen profesor es, ante todo, una buena persona que evita preocupaciones a sus alumnos y procura que su paso por la universidad transcurra sin mayores exigencias.

En mis años de experiencia universitaria he comprobado que la empatía, la disposición para escuchar y la cercanía con los estudiantes favorecen el aprendizaje. Sin embargo, comprender sus dificultades no significa evitarles los retos que necesitan afrontar. La responsabilidad del profesor es acompañarlos para que puedan superarlos, reconocer sus errores y desarrollar sus capacidades. Ser comprensivo no exige renunciar al rigor, del mismo modo que ser exigente no justifica ignorar la situación particular de quien aprende.

El problema surge cuando el deseo de agradar desplaza el propósito formativo. Un profesor que evita señalar errores, rebaja las exigencias sin justificación pedagógica o concede facilidades para evitar inconformidades puede dejar a sus estudiantes satisfechos con el curso, pero sin el logro de los resultados de aprendizajes esperados.

Las calificaciones favorables permiten avanzar en el plan de estudios, pero no garantizan, necesariamente, los conocimientos y competencias que exigirá la vida profesional. Aprobar, supuestamente, una asignatura no equivale a estar preparado para ejercer una profesión.

Atender la situación particular de los estudiantes no implica renunciar a las exigencias del curso. Conceder una prórroga a quien atraviesa una dificultad puede ser justo, siempre que se preserven los aprendizajes esperados. El riesgo está en rebajar las exigencias para evitar quejas, conservar la simpatía del grupo u obtener mejores valoraciones, de modo que el afán de complacer termina desplazando el compromiso con la formación.

Tampoco debe confundirse la cercanía con los estudiantes con el colegueo. El profesor puede escuchar, comprender y orientar sin renunciar a su responsabilidad de señalar errores y exigir los aprendizajes necesarios. La confianza que construye con sus alumnos permite hablar con franqueza, reconocer dificultades y trabajar para superarlas. No requiere que renuncie a su papel de orientador ni que haga de la aprobación de los estudiantes el principal propósito de su trabajo.

Defender el rigor no equivale a justificar la dureza por sí misma. Un profesor severo no es necesariamente un buen profesor, ni uno amable lo es solo por serlo. La exigencia pierde sentido cuando degenera en arbitrariedad, humillación o ejercicio de poder. Exigir con justicia supone fijar expectativas claras, plantear desafíos acordes con los propósitos de formación, evaluar con transparencia y ayudar al estudiante a comprender sus errores y corregirlos. La empatía permite ejercer el rigor con criterio y sentido humano.

Aprender requiere algo más que asistir a clase, realizar trabajos, presentar exámenes y aprobar asignaturas. Exige contrastar los conocimientos previos con nuevas experiencias, resolver contradicciones, reorganizar los esquemas mentales y aplicar lo aprendido en contextos distintos al de enseñanza. Estas experiencias son propias del proceso de aprendizaje y no tienen por qué volverlo incómodo o tortuoso. Evitarlas sistemáticamente puede parecer una forma de protección, pero priva al estudiante de aprendizajes reales.

La calidad de la formación universitaria se hace evidente cuando los egresados ejercen su profesión con idoneidad y autonomía. Un ingeniero que diseña un equipo, define las condiciones de operación de un proceso o toma decisiones técnicas debe contar con los conocimientos y las competencias necesarios para actuar con criterio propio, sin depender de la validación constante de un profesor complaciente ni de instrucciones para cada paso. Esa autonomía le permite responder por la calidad de su trabajo, reconocer cuándo necesita ampliar sus conocimientos y asumir las consecuencias de sus decisiones. Preparar a los estudiantes para actuar de este modo es una responsabilidad esencial de la universidad.

¿Cómo valorar, entonces, el desempeño de un docente? No basta con considerar la simpatía que despierta, las calificaciones que asigna o la satisfacción de sus estudiantes al terminar el curso. Es necesario examinar su dominio de la disciplina, su capacidad para promover aprendizajes y la responsabilidad con que acompaña y evalúa. Conocer a fondo una materia es indispensable, pero no garantiza que se sepa intervenir con competencia en el aprendizaje: el buen profesor logra que sus estudiantes comprendan los contenidos, relacionen conocimientos, resuelvan problemas y apliquen lo aprendido en situaciones nuevas.

Esta labor exige diseñar experiencias de aprendizaje, hacer seguimiento, ofrecer retroalimentación útil y revisar las propias decisiones cuando los resultados no son los esperados. Su responsabilidad no se reduce a exponer los contenidos ni a cumplir el programa; incluye reconocer cuándo los estudiantes no comprenden, buscar alternativas para ayudarlos y crear condiciones para que aprendan progresivamente a trabajar con independencia y a responder por sus resultados.

La capacidad pedagógica requiere, además, una disposición humana. Un profesor respetuoso y accesible genera la confianza necesaria para que los estudiantes expresen dudas, reconozcan sus limitaciones y afronten nuevos retos. Esa disposición se demuestra al escuchar sin prejuicios, corregir sin humillar y evaluar con imparcialidad. Considerar al estudiante no consiste en ahorrarle todo esfuerzo, sino en brindarle el apoyo que necesita sin sustituirlo en la tarea de aprender.

Dominio disciplinar, competencia pedagógica y sensibilidad humana deben actuar de manera articulada. Sin capacidad para intervenir con competencia en el aprendizaje, el conocimiento queda en simple transmisión de información; sin dominio de la materia, la habilidad pedagógica limita la profundidad de lo aprendido; sin compromiso formativo, la cercanía degenera en complacencia; y sin sensibilidad, el rigor puede volver hostil la enseñanza. La calidad docente depende de integrar estas capacidades al servicio del aprendizaje y del desarrollo de los estudiantes.

Prefiero pensar en el docente como una brújula: orienta, ayuda a reconocer el rumbo y permite advertir cuándo uno se ha desviado, pero no recorre el camino por quien la utiliza. De igual modo, el profesor amplía los horizontes intelectuales de sus estudiantes, les proporciona herramientas, plantea desafíos y acompaña sus búsquedas sin reemplazar el esfuerzo que les corresponde. Su tarea es ayudarlos a formular preguntas, buscar información, evaluar alternativas y decidir con criterio propio, incluso cuando él no esté presente.

El valor de esa labor se revela con el tiempo, cuando los antiguos estudiantes enfrentan problemas inéditos y deben actuar sin instrucciones permanentes. Entonces necesitan reconocer lo que saben, identificar lo que ignoran, consultar fuentes confiables, evaluar opciones y corregir errores. Esas capacidades les permiten responder a situaciones nuevas y seguir aprendiendo a lo largo de su vida profesional. Así, la formación universitaria cumple un propósito que va más allá de aprobar asignaturas y obtener un título.

El buen docente no es quien deja más tranquilos a sus estudiantes, alcanza mayor popularidad o exige por exigir, sino quien articula conocimiento, capacidad pedagógica y sensibilidad humana para contribuir a su formación. Su desempeño debe juzgarse por la calidad de los aprendizajes que promueve y las capacidades que ayuda a desarrollar, no por la satisfacción inmediata que produce durante el semestre. Quizá el mayor reconocimiento para un educador sea que sus antiguos alumnos, gracias a lo aprendido, puedan enfrentar lo desconocido, pensar por sí mismos y asumir con responsabilidad sus decisiones. Esa es la diferencia entre un profesor apreciado por facilitar el camino y un educador que prepara a sus estudiantes para recorrerlo con autonomía.

*Analista y Profesor de la Facultad de Ingeniería Universidad de Antioquia

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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