Más allá del aula: la estrategia de aprender haciendo
La universidad debe multiplicar las oportunidades para que sus estudiantes vivan experiencias análogas en todas las disciplinas. Más allá de prepararlos para ejercer idóneamente una profesión.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Los problemas de la práctica profesional rara vez llegan acompañados de sus soluciones. Aprender a buscar, valorar y aplicar el conocimiento ante la urgencia de actuar es una competencia que se cultiva cuando la necesidad y la práctica preceden a la teoría.
Hay aprendizajes que comienzan de forma inesperada, justamente cuando una necesidad concreta nos obliga a buscar una respuesta sin disponer del tiempo ni de los caminos habituales para que el conocimiento nos sea entregado. En esas circunstancias nos vemos obligados a reconocer lo que ignoramos, buscar información de manera autónoma, evaluar con criterio lo que encontramos y aplicarlo para resolver el problema inmediato. Esta experiencia, repetida a lo largo de la vida profesional, constituye el núcleo de la autogestión del conocimiento.
Mi propia trayectoria en la escritura de artículos de opinión y ensayos —un proceso que considero todavía inacabado— no se inició en un aula ni en una sala de redacción periodística profesional. Comenzó en un espacio mucho más modesto: ante la página en blanco de un periódico mural.
Durante la década de los ochenta, cuando ejercía como director del Centro de Investigaciones y Servicios Técnicos de la Facultad de Ingeniería en la Universidad de Antioquia, creamos un periódico mural como canal de comunicación interna. El medio contaba con secciones dedicadas a informar sobre los proyectos de investigación en curso, las consultorías, los nuevos servicios técnicos y la participación del Centro en eventos académicos. La sección editorial, sin embargo, estaba bajo mi responsabilidad.
Entre los estudiantes de Comunicación Social que realizaron sus prácticas en el Centro se encontraba Roger Vélez. Recuerdo con especial aprecio su contribución al periódico mediante la creación de una sección de humor dedicada a las situaciones cotidianas de la ciencia, la tecnología y la ingeniería. El título que eligió me sigue pareciendo brillante: INGENIE-RÍA.
Las caricaturas de INGENIE-RÍA no solo invitaban a detenerse y sonreír, sino que permitían descubrir detrás del humor paradojas o problemas tecnológicos que merecían mirarse con otros ojos. Roger demostró tempranamente una capacidad excepcional para encontrar en la ingeniería un ángulo insospechado y transformarlo en una pieza comunicativa con sentido crítico. Con los años, desarrolló una destacada carrera periodística en Antioquia y llegó a dirigir diversos medios de comunicación. Al recordar aquel medio universitario, resulta gratificante reconocer en su aporte una expresión temprana del talento que encontraría en el periodismo su campo de desarrollo.
El editorial, por su parte, significaba para mí un desafío constante. Publicado cada uno o dos meses, me confrontaba directamente con una página en blanco que debía ser llenada con ideas relevantes para profesores, estudiantes y visitantes de la Facultad. Los temas abordaban reflexiones sobre la educación, la ciencia, el ejercicio de la ingeniería, el papel de la universidad o los problemas del país.
Yo no contaba con formación en periodismo ni había estudiado técnicas de redacción de opinión. Lo que sí tenía era una responsabilidad concreta, lectores reales y una fecha de entrega que no admitía prórrogas. Cada texto me obligaba a pensar con rigor antes de escribir, a estructurar los argumentos, a buscar datos y a revisar lo redactado en procura de la máxima claridad. Luego venían las relecturas, las correcciones y, en no pocas ocasiones, la necesidad de descartar borradores y empezar de nuevo. Así, en la práctica y sin maestro formal, fui desarrollando la capacidad de comunicación escrita.
Aquella labor terminó por abrirse paso más allá del espacio físico de la Facultad. Recuerdo con gratitud al profesor Darío Suescún, exviceministro de Minas y Energía, quien tomó uno de mis editoriales y se lo presentó a Darío Arizmendi, en ese momento director del periódico El Mundo. El texto fue publicado en sus páginas. Ver ese editorial en la prensa regional significó una motivación determinante para consolidar un ejercicio de escritura reflexiva que se mantuvo a lo largo de los años.
Al analizar aquella vivencia, hoy, encuentro un principio pedagógico que supera con creces el ámbito de la redacción. Aprendí porque había una necesidad tangible y un plazo que cumplir. La situación me impulsó a indagar por mi cuenta lo que desconocía, a aprender haciendo (learning by doing) y a evaluar mi progreso a medida que avanzaba.
Cuando enfrentamos una dificultad real y el tiempo presiona, el conocimiento adquiere una dimensión distinta. Deja de ser información que se recibe de forma pasiva y se transforma en un recurso que debemos gestionar para actuar con eficacia. Esta distinción es crucial en campos como la ingeniería, donde los problemas reales difícilmente se presentan con un inventario de soluciones prefijadas.
Durante la formación universitaria, el estudiante aprende teorías, métodos, herramientas formales y procedimientos estandarizados. Sin embargo, en el ejercicio profesional se presentan de forma inevitable situaciones que ningún currículo o clase puede anticipar.
El saber no circula únicamente por las aulas. Hoy, el ecosistema de aprendizaje abarca fuentes digitales, normativa cambiante, expertos, recursos de acceso abierto, inteligencia artificial y redes interdisciplinarias. En el día a día laboral es frecuente la necesidad de descifrar un fenómeno imprevisto, estudiar una regulación, dominar un software de cálculo o diseñar una solución inédita.
Por ello, la formación universitaria en ingeniería debe cultivar en el estudiante la capacidad para identificar qué conocimiento le hace falta, dónde encontrarlo, cómo analizar críticamente la información disponible y de qué forma articularla en una solución técnica viable. La autogestión del conocimiento cobra verdadero valor cuando la respuesta no reside en el catálogo de lo ya aprendido. No se trata simplemente de acumular saberes, sino de aprender a movilizarlos dinámicamente ante escenarios nuevos.
Esta convicción es la que orienta el trabajo que adelantamos en el curso de Diseño de Procesos y Productos de la carrera de Ingeniería Química en la Universidad de Antioquia mediante la metodología del Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP).
Mediante el ABP, enfrentamos a los estudiantes a problemas complejos y auténticos que exigen, para ser resueltos, ampliar las fronteras de sus conocimientos previos. Cada obstáculo en el desarrollo del proyecto genera una pregunta; la pregunta conduce a la búsqueda activa de información; y los hallazgos deben ser comprendidos, contrastados y valorados antes de convertirse en una decisión de ingeniería. De este modo, la necesidad de aprender se integra orgánicamente en el propio proceso de aprendizaje de diseño.
En esta estrategia didáctica, el papel del profesor se transforma. De principal proveedor de contenidos pasamos a ser acompañantes del proceso de aprendizaje: guías, mentores, asesores, facilitadores y auditores del recorrido que cada estudiante construye. El propósito es que el estudiante asuma progresivamente la responsabilidad de su propio aprendizaje y adquiera la autonomía necesaria para afrontar la incertidumbre profesional.
La capacidad de autogestionar el aprendizaje va mucho más allá de la etapa académica. En el mundo contemporáneo las tecnologías cambian velozmente, surgen problemas inéditos y las respuestas tradicionales dejan de ser aplicables. Quien ha aprendido a gestionar su propio conocimiento posee una competencia que permanece inalterable aun cuando las herramientas técnicas o los conocimientos cambien.
Al final, ese es el aprendizaje principal que conservo de la experiencia frente al periódico mural. Ante una página en blanco tuve que desarrollar la capacidad de estructurar y comunicar mis ideas porque existía la necesidad de expresar mis opiniones. La necesidad, la práctica y el aprendizaje autodidacta fueron modelando la escritura.
La universidad debe multiplicar las oportunidades para que sus estudiantes vivan experiencias análogas en todas las disciplinas. Más allá de prepararlos para ejercer idóneamente una profesión, la educación superior debe ayudarlos a descubrir qué necesitan aprender cuando enfrentan un desafío inédito y a trazar por sí mismos el camino para lograrlo. Allí comienza la verdadera formación: aquella que sigue enriqueciéndose mucho después de haber recibido el título profesional.
*Analista y Profesor de la Facultad de Ingeniería Universidad de Antioquia






