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La democracia necesita ciudadanos que eval煤en alternativas, no ciudadanos que respondan mec谩nicamente a sus temores o resentimientos.

Heberto Tapias Garc铆a*/Opini贸n/El Pregonero del Dari茅n
El pr贸ximo 21 de junio, millones de colombianos acudir谩n a las urnas para decidir el rumbo del pa铆s. Entre ellos habr谩 ciudadanos que votar谩n impulsados por propuestas, principios y proyectos de futuro. Otros llegar谩n motivados principalmente por el rechazo hacia una persona, un movimiento pol铆tico o una amenaza que perciben como inminente.
Votar 煤nicamente en contra de alguien, o de etiquetas ideol贸gicas convertidas en consignas de campa帽a, dif铆cilmente constituye una decisi贸n racional. Cuando la emoci贸n sustituye al an谩lisis y el rechazo reemplaza a los argumentos, el voto pierde parte de su capacidad transformadora y se convierte en una simple reacci贸n. La democracia necesita ciudadanos que eval煤en alternativas, no ciudadanos que respondan mec谩nicamente a sus temores o resentimientos.
Quienes votan en contra del proyecto de cambio movidos por una profunda animadversi贸n hacia Gustavo Petro suelen pasar por alto una realidad elemental. La vida personal y pol铆tica de un dirigente no se ve afectada por el resentimiento de sus opositores. En cambio, las decisiones electorales s铆 tienen consecuencias directas sobre la vida de quienes las toman y de las generaciones que vendr谩n. Cada voto influye en las oportunidades de empleo, el acceso a derechos, la distribuci贸n de la riqueza, la calidad de los servicios p煤blicos y las condiciones de bienestar de millones de personas. Por eso, m谩s que preguntarnos a qui茅n queremos castigar, resulta necesario preguntarnos qu茅 pa铆s queremos construir y qu茅 decisiones contribuyen realmente al futuro que deseamos para Colombia.
Es comprensible que quienes han disfrutado hist贸ricamente de posiciones privilegiadas procuren preservar sus intereses. Esa conducta responde a una l贸gica de conservaci贸n del poder que ha estado presente en todas las sociedades. Lo que merece una reflexi贸n m谩s profunda es que amplios sectores populares terminen respaldando decisiones que pueden afectar sus propias posibilidades de progreso, aun cuando los beneficios obtenidos o esperados tengan un impacto directo sobre sus familias y comunidades.
Si el voto implica renunciar a avances que favorecen el acceso a la educaci贸n superior, la distribuci贸n de tierras, la protecci贸n de los ingresos laborales o la seguridad econ贸mica durante la vejez, la decisi贸n merece un examen cuidadoso. Ning煤n ciudadano deber铆a votar movido exclusivamente por la aversi贸n hacia una persona, y menos en contra de sus propios intereses. La democracia exige comprender qu茅 se gana, qu茅 se pierde y qui茅nes resultan beneficiados con cada elecci贸n.
El odio es un mal consejero porque simplifica problemas complejos y reduce la pol铆tica a una confrontaci贸n emocional. Cuando la rabia domina el juicio, las propuestas dejan de ser importantes, los programas pasan a un segundo plano y las consecuencias futuras se vuelven invisibles. En esas circunstancias, la capacidad de decidir libremente se debilita y el ciudadano corre el riesgo de actuar guiado por emociones que otros han sabido estimular con habilidad.
Existe una diferencia profunda entre el voto cr铆tico y el voto de odio. El voto cr铆tico surge de la reflexi贸n, del an谩lisis de resultados, de la comparaci贸n de propuestas y de la convicci贸n de que existe una mejor alternativa. El voto de odio nace del rechazo visceral y convierte la pol铆tica en un ejercicio de negaci贸n m谩s que de construcci贸n.
Por eso, antes de depositar el voto, vale la pena preguntarse si la decisi贸n responde a una visi贸n de pa铆s o simplemente a una emoci贸n pasajera. En esa respuesta se juega mucho m谩s que el destino de un gobernante. Se juega el futuro de nuestras familias, de nuestras comunidades y de Colombia.
Vota por quien consideres mejor. Vota por tus convicciones. Vota por las propuestas que juzgues m谩s convenientes para el pa铆s. Hazlo con informaci贸n, con criterio y con plena conciencia de las consecuencias de tu decisi贸n.
Vota con la raz贸n y con la esperanza. La democracia no alcanza su grandeza cuando destruye adversarios. La alcanza cuando los ciudadanos son capaces de pensar en el bien com煤n y de construir juntos el pa铆s que desean legar a las pr贸ximas generaciones.

*Acad茅mico-Analista/ Profesor de Ingenier铆a Qu铆mica de la UdeA.






