EDUCAR ES MÁS QUE DICTAR CLASE
La distancia entre lo que el currículo declara y lo que realmente sucede en las aulas revela, entonces, una de las contradicciones más preocupantes de la educación. universitaria.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Debe ser profundamente doloroso llegar al final de una vida dedicada a la cátedra universitaria y reconocer que buena parte de lo enseñado fue inútil. ¡Qué desperdicio de tiempo, de oportunidades y de confianza! Pero, sobre todo, ¡qué daño pudo causarse a quienes llegaron a la universidad con la esperanza de aprender, desarrollar sus capacidades y prepararse para afrontar los desafíos de la vida!
Educar no consiste en «transmitir» conocimientos, sino en contribuir a la formación de personas, ciudadanos y profesionales capaces de pensar por sí mismos, comprender la realidad, crear, tomar decisiones y actuar con autonomía. Descubrir, al final del camino, que no se contribuyó a ese propósito debe de ser una de las mayores frustraciones para quien dedicó su vida a la docencia. Y es que el verdadero sentido de la educación no está en lo que el profesor logra comunicar, sino en lo que sus estudiantes llegan a comprender, construir y hacer con lo aprendido.
Del profesor depende, en buena medida, la valoración que el estudiante haga del aporte de la universidad a su formación. Sin embargo, ese aporte no depende únicamente de las cualidades individuales del docente. Está estrechamente ligado a la manera en que se conciben, organizan y desarrollan los currículos. Muchos de ellos terminan siendo letra muerta, pues sus propósitos formativos quedan consignados en documentos institucionales que no siempre se traducen en experiencias reales de aprendizaje.
Esa percepción de frustración ocurre, en parte, cuando los docentes reducen su función a «dictar» clases y transmitir contenidos, como si cumplir un programa temático bastara para educar. Así se pierde de vista que educar implica mucho más que exponer conocimientos. Supone crear las condiciones para que los estudiantes aprendan a pensar, cuestionar, investigar, resolver problemas, trabajar con otros y desarrollar la autonomía necesaria para seguir aprendiendo a lo largo de la vida.
La distancia entre lo que el currículo declara y lo que realmente sucede en las aulas revela, entonces, una de las contradicciones más preocupantes de la educación universitaria. No basta con formular propósitos educativos ambiciosos; es indispensable que las prácticas docentes los conviertan en realidad y que la institución asuma la responsabilidad de hacer coherentes sus intenciones formativas con las experiencias de aprendizaje que ofrece. *Analista y Profesor de la Facultad de Ingeniería Universidad de Antioquia






