ROSAS PARA EL PROFESOR
Escribí esto para develar lo que muchos desconocen y otros prefieren ocultar: una realidad. A veces los estudiantes nos ven como verdugos. Creen que estamos aquí para juzgarlos.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Comparto con ustedes un cuento que escribí hace unos días.
Se llama «ROSAS PARA EL PROFESOR».
Nació de una experiencia personal. Hace algunos años, en un parqueadero de la universidad, una estudiante me preguntó cómo me gustaban las flores. La pregunta no era ingenua. Los dos sabíamos lo que significaba.
Cambié los nombres. Cambié los cursos. Cambié algunos detalles.
Pero la pregunta no la cambié.
Escribí esto para develar lo que muchos desconocen y otros prefieren ocultar: una realidad.
A veces los estudiantes nos ven como verdugos. Creen que estamos aquí para juzgarlos, para ponerles obstáculos, para hacerles la vida difícil. Nos imaginan como guardianes de una puerta que solo se abre para unos pocos. Pero no entienden que nuestro papel es otro.
Estamos aquí para acompañarlos. Para incomodarlos lo suficiente como para que piensen. Para invitarlos a dudar, a cuestionar, a equivocarse y volver a intentar. Para ayudarlos a construir criterio, no solo respuestas. Porque aprender no es repetir lo que ya está dicho, sino atreverse a comprenderlo.
Perder un curso no es el fin del mundo. Es, muchas veces, una pausa necesaria, una señal de que algo aún no está listo, de que el proceso necesita más tiempo, más disciplina o más honestidad consigo mismo.
Lo que sí es grave no es fallar.
Lo grave es no aprender.
Lo grave es no estar dispuesto.
Lo grave es pasar por la educación sin conciencia de lo que significa formarse.
Porque un curso se puede repetir. El tiempo y la oportunidad de aprender de verdad, no siempre.
El cuento habla de eso. De la tensión. Del miedo. De esa noche en el parqueadero.
También habla de lo que pasa después. De seguir yendo a clase. De seguir creyendo. De seguir acompañando, aunque a veces el precio sea alto.
Ahí les dejo el texto.
Ojalá les guste. Ojalá les haga pensar.
Ojalá nunca tengan que responder una pregunta así.
rosas para el profesor
El profesor Rivas caminaba hacia el parqueadero cuando sintió que alguien lo esperaba.
No era una sensación. Era una certeza que le heló la nuca antes de verla. La mujer estaba apoyada contra la pared, justo en el límite donde la luz del edificio se rendía ante la oscuridad del estacionamiento. La reconoció por la silueta, por la forma de pararse, por esa manera que tenía de sonreír como si todo fuera un chiste privado.
Valentina.
No era una estudiante brillante. En clase miraba el techo, miraba el celular, miraba sus uñas. Cuando participaba era para preguntar si eso iba a salir en el examen, si había un resumen, si podía enviar el trabajo después porque se le atravesaron cosas. Cosas. Nunca supo qué cosas. Nunca quiso saberlo.
Pero sabía otras cosas. El profesor Rivas sabía que ella sabía sobre otras cosas. Los rumores llegaron desde la primera semana. La muchacha nueva, la sobrina de un tipo que tenía problemas, el sobrino de otro tipo que había resuelto los problemas de otra gente de manera definitiva. Las camionetas negras que esperaban en la entrada, los muchachos con tatuajes que la recogían después de clase. Nadie decía nada en voz alta porque en la ciudad las cosas no se decían en voz alta.
—Profesor.
No era un saludo. Era una constatación.
—Valentina.
Ella se despegó de la pared con un movimiento lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. El parqueadero estaba vacío a esa hora. Las luces de mercurio se reflejaban sobre los techos de los carros. Nadie más.

—Vi la nota —dijo ella.
—Sí.
—No me parece justo.
El profesor Rivas no respondió. Recordaba el trabajo final, un texto impecable en la forma y vacío en el fondo, párrafos que no decían nada con palabras difíciles, citas mal usadas, ideas que no eran suyas. Le había puesto una nota baja y un comentario. Esto no es pensar. Esto es copiar con miedo.
—Necesito pasar el curso —dijo ella, y ahora la sonrisa era más amplia, más amable, más definitiva—. Mi familia quiere que pase.
Ahí estaba. Mi familia.
El profesor Rivas sintió que el cuerpo se le volvía de otra materia, más densa, más lenta. Recordó la foto que alguien le había mostrado en su oficina. El tío de Valentina en un periódico viejo, la nota sobre un ajuste de cuentas, los cuerpos en un lote baldío. Recordó las conversaciones en voz baja sobre las camionetas negras, sobre los muchachos que esperaban, sobre lo que le pasó al profesor de contabilidad el semestre anterior, ese accidente tan raro, tan temprano en la mañana, tan cerca de su casa.
—Profesor —dijo Valentina, y la voz era dulce, era la voz de una niña buena que pide un favor—. ¿Cómo le gustan las flores?
El brillo de las luces se hizo más intenso. Llenó el silencio.
—Por si algún día voy a visitarlo —aclaró ella, y la sonrisa no se movió—. ¿Rosas? ¿Claveles? ¿Le gustan los crisantemos?
El profesor Rivas miró hacia el fondo del parqueadero. No había nadie. Miró hacia la entrada del edificio de la Facultad. Las puertas de vidrio reflejaban la noche vacía. Solo estaban ellos dos, el ruido de las lámparas, el olor a miedo y esa pregunta que no era una pregunta.
—Cualquier color —dijo, y su voz salió firme, como si fuera otro el que hablaba—. Es indiferente.
Valentina inclinó la cabeza, esperando.
—Después de muerto no se percibe el color de las flores —dijo el profesor Rivas—. En el féretro no se ve nada. En el cementerio tampoco.
La sonrisa de Valentina se quedó quieta. Por un segundo, solo un segundo, sus ojos dejaron de ser los de una niña buena y fueron otra cosa. Algo que calculaba. Algo que medía. Algo que entendía que el juego podía jugarse en dos direcciones.
—Buenas noches, entonces, profesor —dijo finalmente.
Se dio la vuelta y caminó hacia el extremo del parqueadero. El profesor Rivas no la vio subirse a la camioneta negra porque ya no miraba. Miraba sus propias manos, que empezaban a temblar ahora que ella no podía verlo. Miraba las llaves del carro, que sostenía con tanta fuerza que le marcaban y lastimaban la piel.
Cuando levantó la vista, la camioneta negra ya no estaba. Las luces de mercurio brillan diferente. El parqueadero seguía vacío.
El profesor Rivas se quedó un largo rato antes de subirse al carro. Pensó en las clases, en los textos que ya nadie lee, en las preguntas que ya nadie hace. Pensó en Valentina, en lo que había aprendido realmente en su curso: no a pensar, no a dudar, no a construir. Había aprendido a amenazar con una sonrisa. Había aprendido que las preguntas pueden ser balas.
Cuando el motor encendió, pensó en sus otros estudiantes, los que sí querían aprender, los que sí hacían preguntas verdaderas. Pensó en lo que les diría mañana. Pensó en si volvería a verlos.
Pero sobre todo pensó en que lo peor de todo no era el miedo. Lo peor era la certeza de que Valentina había ganado sin disparar un tiro. Lo peor era saber que en una universidad donde las flores se negocian como amenazas, el conocimiento ya no importa.
Lo peor era entender que ella nunca había estado en su clase para aprender. Había estado para aprender otras cosas: cómo se doblan los hombres, hasta dónde llega el miedo, qué cara ponen los profesores cuando les preguntan por sus propias flores.
Salió del parqueadero sin mirar atrás.
No quería ver si la camioneta negra lo estaba esperando en la próxima esquina.
*Académico/Profesor de Ingeniería de la UdeA.



