La política de la descalificación
Ni más faltaba que quien ejerce el derecho a pensar tuviera que pedir permiso para hacerlo o recibir instrucciones sobre cómo debe expresar sus opiniones.

Ramón Elejalde Arbeláez/Opinión/El Pregonero del Darién
El odio se ha enseñoreado de esta campaña presidencial. La agresividad en algunos sectores políticos está llegando a límites preocupantes y peligrosos para el futuro. Ya no se controvierten las propuestas o las ideas; ahora se confronta con insultos a quien no piensa igual que el agresor. El clima de violencia, por ahora verbal, puede trascender a escenarios más dañinos para el país. No existe tolerancia alguna, no hay respeto por las ideas ajenas y nadie parece dispuesto a escuchar al otro. Lo más común en las redes sociales es encontrar descalificaciones, insultos y maltratos contra quien contradice una opinión. Mal presagio.
Pido licencia a mis lectores para contar una experiencia personal relacionada con el tema que trato. En las pasadas semanas escribí varios artículos en los que expuse, de manera respetuosa, mi opinión sobre los candidatos, procurando ser tajante frente a las ideas y respetuoso con las personas, como debe ser todo debate civilizado y de altura. Y, ¡oh, Dios!, ¡qué escribí! Aunque un número muy superior de lectores recibió con agrado mis textos, un puñado de desadaptados se lanzó en mi contra con insultos, epítetos descalificadores y señalamientos. El trato no solo fue descortés y vulgar, sino también ofensivo y amenazante. Conocí a muchos de esos ofensores y me llamó la atención que, al menos a dos de ellos, nunca les presté un favor ni dejé de colaborarles en algo, por lo que desconozco la razón de sus agravios.
Debo confesar que me deleité bloqueando personas agresivas de mis redes sociales. Tampoco respondí a ninguno de quienes manifestaron su desacuerdo con mis escritos. Están en todo su derecho, y a ellos los respeto. También descubrí que algunos pocos lectores, uno de ellos muy importante para mí, pretenden que yo escriba como ellos piensan. Ni más faltaba que quien ejerce el derecho a pensar tuviera que pedir permiso para hacerlo o recibir instrucciones sobre cómo debe expresar sus opiniones.
Pero, como el mío, existen muchos casos de un matoneo aterrador. El del exsenador y exgobernador de Nariño, Antonio Navarro Wolff, fue aún más lamentable. Aprovecharon una fotografía de una reciente aparición pública, en la que se le veía demacrado y envejecido, para ofenderlo, maltratarlo y descalificarlo de la manera más infame posible. Ya no hay respeto ni consideración alguna. Antonio Navarro ha sido un constructor de paz, un hombre que merece nuestro respeto y nuestra gratitud. Dejó las armas hace mucho tiempo y se acogió a la institucionalidad con auténtica devoción republicana.
El debate ideológico se da con ideas, no con agresiones verbales. Las discusiones políticas se enaltecen con argumentos y se dirimen en las urnas. El odio es un mal consejero: conduce a rupturas irreparables entre familiares, amigos y vecinos. La política debería ser una construcción colectiva de una Colombia mejor, y no un campo de batalla donde se destruyen personas y se mancillan honras.
Ojalá este domingo, una vez concluido el certamen electoral, la calma, el respeto y las buenas maneras regresen a muchos colombianos.



