EL TEMBLOR DE LA MUERTE
Mi solidaridad a todos aquellos que sufrieron más que yo, a quienes perdieron su hogar y sus familiares, a esos colombianos que buscan con desespero a sus hijos, a sus esposas o a su madre.

Juan Fernando Uribe Duque/Opinión/el Pregonero del Darién
Nuestra vulnerabilidad es absoluta. Somos frágiles, tremendamente débiles e impotentes ante las fuerzas que rigen nuestro planeta, nuestro hogar. Parecería que fuéramos sus enemigos, unos advenedizos a quienes se pretende castigar, nos asustamos, creemos morir y de repente todo cesa, el temblor se detiene y es como si alguien nos preguntara ¿Y ahora qué? ¿Esperas el siguiente episodio, o te vas a seguir armando de máscaras, odios, apariencias y orgullos? Así, sin mecanismos de defensa, con lágrimas o el corazón atragantado, desposeído y casi agónico, has sobrevivido y te preguntas otra vez ¿Será que puedo vivir de nuevo acompañando a aquel que como yo bajó al infierno de la indefensión? allí donde la piel solo cubre el miedo y la angustia, ese estado en el que ni siquiera la dignidad nos es útil, menos el dinero o el poder que pretendíamos ostentar, no existe tan siquiera un suspiro o una frase, todo está sinuado en una espera de segundos que son la antesala a un después largo y sombrío que a muchos nos mostró el umbral de una posibilidad que nos abofetea para obligarnos al abrazo y a la solidaridad, a esa humildad que nos asemeja en el dolor y el desvalío.
Si tan siquiera un grito nos hiciera cambiar de capítulo y abrir el siguiente, cuando todos desnudos, eternos de minutos, vivos y moribundos, chapuceamos palabras, pensamientos e ideas para perpetuar el poco de vida que aún nos queda.
Salud por las almas compasivas, salud por aquellos que en su silencio dan su brazo para salvar a los otros.






