Cuanto más aprendo, menos sé. Contradictorio?
La inteligencia artificial nos ofrece otro ejemplo de la velocidad con que se amplían las fronteras del conocimiento.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Llevo muchos años entre aulas, libros y pasillos universitarios. En ese tiempo he aprendido muchas c osas, he cambiado de opinión sobre otras y he descubierto que buena parte de lo que creía saber necesitaba revisarse. A veces, conversando con colegas y estudiantes, me sorprendo diciendo que cuanto más aprendo, menos sé. La expresión parece contradictoria, pero cada vez encuentro más razones para sostenerla.
La frase «Solo sé que nada sé», atribuida a Sócrates, suele mencionarse como una expresión de humildad. A mí me gusta pensarla, además, como una invitación a mantener viva la curiosidad. Reconocer que nuestro conocimiento tiene límites nos dispone a preguntar, escuchar y aprender de los demás. Cuando creemos tener todas las respuestas, dejamos de buscar y la conversación pierde buena parte de su sentido.
Basta mirar lo que conocemos del universo para entenderlo. Durante mucho tiempo hemos avanzado en la comprensión de la materia, la energía y las leyes que gobiernan el cosmos. Hoy sabemos que la materia ordinaria, aquella de la que estamos hechos y que podemos observar, representa apenas una pequeña parte del contenido del universo. La mayor proporción corresponde a lo que llamamos materia oscura y energía oscura, cuya naturaleza todavía no comprendemos plenamente. Cuanto más investigamos, más preguntas aparecen. El conocimiento no siempre cierra interrogantes; con frecuencia descubre otros que ni siquiera imaginábamos.
Algo parecido ocurre cuando nos acercamos a las ideas de otras personas y la sociedad. Gandhi defendía la búsqueda de la verdad y reconocía que cada quien podía percibir apenas una parte de ella. Esa disposición exige humildad y tolerancia. Nos recuerda que nuestras convicciones, por firmes que sean, pueden ser incompletas y que escuchar a quien piensa distinto puede ayudarnos a comprender mejor una realidad.
La historia de la ciencia ofrece muchos ejemplos. Demócrito imaginó que la materia estaba formada por partículas indivisibles, una idea que, siglos después, encontró nuevos caminos en el desarrollo de la teoría atómica. Hoy sabemos que el átomo tiene una estructura compleja, que está formado por electrones, protones y neutrones, y que estos últimos, junto con los protones, están constituidos por quarks. Cada descubrimiento ha ampliado nuestra comprensión y, al mismo tiempo, ha abierto nuevas preguntas. Lo que en una época parecía una explicación suficiente puede convertirse después en un punto de partida para seguir investigando.
La inteligencia artificial nos ofrece otro ejemplo de la velocidad con que se amplían las fronteras del conocimiento. Hoy podemos acceder a investigaciones, datos y desarrollos científicos producidos en distintos lugares del mundo. Disponemos de herramientas que ayudan a procesar información, explorar relaciones y abordar problemas que antes exigían enormes esfuerzos. Sin embargo, contar con más información y con herramientas cada vez más poderosas no significa que comprendamos mejor todo aquello que tenemos delante. Sigue siendo necesario preguntarnos por la calidad de la información, por las razones que sustentan una afirmación y por las consecuencias de aquello que hacemos con el conocimiento.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente cuando observamos las conversaciones que se desarrollan en las redes sociales. Allí abundan las afirmaciones contundentes, las explicaciones rápidas y las opiniones que se presentan como verdades definitivas. Se habla de pobreza, violencia, desigualdad como si fenómenos de semejante complejidad pudieran explicarse con una sola causa o resolverse con una frase. ¿Cuántas veces hemos compartido una afirmación sin detenernos a comprobarla? ¿Cuántas veces hemos descalificado una opinión sin intentar comprender los argumentos de quien la expresa?
Las redes sociales podrían ser espacios valiosos para intercambiar conocimientos, contrastar puntos de vista y discutir asuntos que nos conciernen a todos. Tenemos a nuestro alcance posibilidades de comunicación que generaciones anteriores difícilmente habrían imaginado. Sin embargo, con frecuencia desperdiciamos esa oportunidad. La circulación de información manipulada, los mensajes que buscan provocar reacciones y las opiniones que alimentan prejuicios terminan dificultando la comprensión de los problemas. En ocasiones, esa dinámica favorece la permanencia de situaciones de injusticia y de privilegios que merecerían una discusión pública más rigurosa.
Cambiar esa realidad requiere disposición de cada uno de nosotros. No basta con reclamar respeto por las opiniones propias. Hace falta estar dispuestos a escuchar, revisar nuestras afirmaciones y reconocer cuando no tenemos elementos suficientes para sostenerlas. Una conversación puede ser mucho más provechosa cuando dejamos de verla como una disputa en la que alguien debe imponerse y la asumimos como una oportunidad para comprender mejor un hecho, una situación, una realidad.
También me pregunto cuánto tiene que ver nuestro sistema educativo con la manera como nos relacionamos con el conocimiento y con las opiniones de los demás. Durante mucho tiempo, buena parte d3l sistema educativo ha privilegiado la transmisión de información, la memorización y la repetición de respuestas. En muchos casos, el estudiante aprende a recordar definiciones y a seleccionar la opción correcta, mientras tiene pocas oportunidades de formular preguntas, examinar argumentos, contrastar fuentes o construir explicaciones propias.
¿Qué lugar ocupan en nuestra formación las preguntas sobre cómo conocemos, por qué aceptamos una afirmación como cierta y qué razones tenemos para confiar en una fuente? ¿Estamos enseñando a pensar o, principalmente, a reproducir lo que otros han pensado? La formación del pensamiento analítico, crítico y creativo requiere tiempo, conversación, búsqueda y disposición para revisar lo aprendido. Requiere que los estudiantes se enfrenten a problemas, reconozcan lo que desconocen y aprendan a construir sus propias respuestas.

Cuando la educación presenta el conocimiento como un conjunto de verdades cerradas, puede contribuir a que busquemos certezas en lugar de aprender a convivir con las preguntas. Distinta sería una formación que valorara el proceso de cognición, la formulación de hipótesis, el examen de evidencias, el reconocimiento de los errores y la rectificación. Una formación que enseñara a consultar fuentes, identificar posibles sesgos y distinguir entre una opinión, una interpretación y un conocimiento sustentado.
Al plantear estas inquietudes no puedo situarme por fuera del sistema educativo. He sido parte de él durante muchos años y seguramente, en mi práctica docente, he privilegiado algunas veces las respuestas sobre las preguntas. También he tenido que revisar mis maneras de intervenir en el proceso educativo y reconocer que siempre hay algo por aprender. Esa autocrítica es necesaria. No podemos pedirles a otros que cambien sus formas de relacionarse con el conocimiento si nosotros no estamos dispuestos a examinar las propias.
La manera como aprendemos y conversamos tiene consecuencias para la convivencia. Una sociedad en la que cada persona se considera dueña de la verdad encuentra dificultades para escucharse y construir acuerdos. Las diferencias se convierten fácilmente en enfrentamientos y las discusiones dejan de ser oportunidades para comprender los problemas. Necesitamos recuperar el valor de la conversación, esa en la que podemos exponer nuestras ideas, escuchar razones distintas y modificar nuestras posiciones cuando encontramos argumentos que nos hacen pensar.
En la academia tampoco estamos libres de esa tentación. Los títulos, los reconocimientos y la experiencia pueden llevarnos a confundir el conocimiento acumulado con la sabiduría. A veces, la autoridad que nos concede una trayectoria se convierte en una barrera que dificulta reconocer nuestros límites. La verdadera autoridad docente no debería depender de aparentar que se sabe todo. Se construye también con la capacidad de preguntar, escuchar, reconocer un error y aprender junto con los estudiantes.
La universidad tiene una responsabilidad particular en este propósito. Su compromiso con el conocimiento exige mantener abierta la discusión, promover el examen crítico de las ideas y cultivar la disposición a aprender. La academia avanza cuando sus integrantes pueden expresar desacuerdos, someter sus planteamientos a discusión y reconocer el valor de las contribuciones de otros. Nadie debería sentirse dueño del conocimiento ni considerar que su trayectoria lo exime de seguir aprendiendo.
Quizás por eso sigo encontrando sentido en aquella frase atribuida a Sócrates. Cuanto más aprendo, más descubro cuánto me falta por saber. No la entiendo como una renuncia a nuestras convicciones ni como una invitación a desconfiar de todo. La entiendo como una actitud ante la vida y ante el conocimiento, una disposición a mantener abiertas las preguntas y a reconocer que siempre podemos aprender algo de los demás.
Tal vez esa sea una de las mejores contribuciones que podemos hacer desde la educación, la universidad y la vida cotidiana. Aprender a pensar, a escuchar y a conversar sin creernos poseedores de todas las respuestas. Una sociedad que reconoce sus límites y está dispuesta a aprender tiene mejores posibilidades de comprender sus problemas y encontrar caminos para vivir en paz.
*Analista y Profesor de la Facultad de Ingeniería Universidad de Antioquia






