Opinión

Días difíciles para el periodismo

Una gran ola atraviesa el mundo, agravando los problemas que enfrentan los medios de comunicación y el periodismo. Y ha llegado al país en los primeros días del gobierno.

Germán Rey*/ Análisis de la Noticia/razonpublica/El Pregonero del Darién

Lo que era una constante en regímenes totalitarios se ha vuelto relativamente habitual en sistemas democráticos: los medios de comunicación son intervenidos por los gobiernos, los periodistas son sometidos a procesos judiciales, las fuentes son amenazadas con prácticas extorsivas y la información es sometida a mentiras explícitas. Cada día aparece una nueva noticia sobre persecuciones a los medios de comunicación y a los periodistas, que nos sobresaltan por su desafortunada reiteración. 

Puede ser en Turquía, donde la Policía irrumpió hace unos días en la sede de uno de los canales de televisión más vistos del país, Halk TV. Sin embargo, la sorpresa no es que se diera en un medio de comunicación prestigioso y bien acogido por la audiencia, sino que se había producido en otros cuatro a lo largo del año. El proceso fue tajante y sin concesiones:  se cortó su emisión en directo, la emisora pasó a manos de un administrador judicial que hace las veces de interventor y el medio pasó de inmediato al control del gobierno de Erdogan. En el caso de Halk Tv, la cadena censurada emitía un informe sobre fondos de inversión cuyo funcionamiento había salpicado a funcionarios del Gobierno.

Los medios como enemigos del pueblo

Hace solamente unos días, Trump había prohibido a CNN, MS Now y Político cubrir el funcionamiento del Gobierno desde la Casa Blanca por su capacidad de producir, en su opinión, noticias falsas permanentes. Unos días después, un juez señaló que “la prohibición muestra un vínculo causal probable entre la libertad de expresión protegida por la Primera Enmienda de los demandantes y la revocación de sus pases permanentes”. Un episodio más de un comportamiento habitual en el que el presidente de Estados Unidos actúa considerando a los medios de comunicación como enemigos del pueblo y, por supuesto, de su gobierno.

Cuando el presidente de Hungría, Viktor Orbán, perdió las elecciones presidenciales, una de las primeras decisiones de su sucesor, Péter Magyar, fue suspender de inmediato el sistema público de comunicación e iniciar un proceso de revisión y cambio debido a su uso descarado por parte del anterior mandatario.

Entretanto, en América Latina se producía una verdadera oleada de hechos contra medios y periodistas, llevados a cabo por gobiernos de derecha que surgían por todo el continente y de los que no se salvaban algunos de izquierda, como, por ejemplo, el de Gustavo Petro y, por supuesto, el chavismo venezolano.

Nayib Bukele, en El Salvador, llevó a cabo una persecución frontal contra El Faro, hasta forzar el exilio de varios periodistas. En Nicaragua, la dictadura Ortega-Murillo arrasó con el sistema de medios independientes, al expulsar a numerosos periodistas del país, quitarles sus bienes e incluso su nacionalidad, y entregar su propiedad y gestión a sus hijos. En Argentina, el presidente Milei ha tenido numerosos episodios de persecución a los medios, entre los cuales se destaca, recientemente, el enfrentamiento con la reconocida periodista María O’Donell, por sus críticas consistentes y su pertinaz trabajo de investigación.

No sólo izquierda y derecha

De esta oleada de controversias no ha estado exenta Colombia. Tanto el gobierno anterior como el actual, de Abelardo de la Espriella, han tenido problemas con los medios de comunicación y el periodismo. 

Profundizando un poco más, lo que se encuentra son aproximaciones muy diferentes al ejercicio de la política, a la vigilancia de las manifestaciones del poder por parte de diversas instituciones sociales, al derecho de la ciudadanía al control de los poderosos, a los límites de los poderes omnímodos en una democracia y hasta a las ideas de la verdad. Como también la naturaleza de los medios de comunicación, sus procedimientos de investigación y de crítica, los alcances y garantías de la libertad de expresión, la confusión entre redes tecnológicas y procesos sistemáticos de información, la naturaleza y el alcance de sus intereses, y los mecanismos de seguimiento de todos sus procesos de comunicación.

Mientras que el anterior gobierno produjo muchas críticas a su manejo de la televisión pública, el uso de bodegas digitales y grupos de influencers, su concepción de los medios convencionales y los medios comunitarios y la permanente susceptibilidad frente a las críticas a las decisiones del Gobierno por parte de diferentes sectores de la sociedad, el actual, con menos de tres meses de funcionamiento, ya ha adelantado acciones que prefiguran un futuro turbulento, complejo y criticable de sus relaciones con el periodismo.

El enfoque izquierda-derecha no parece explicar el origen de problemas como la naturaleza populista y autoritaria de los gobiernos. Es más un problema de comprensión que un asunto de adscripción. 

De lenguas amarradas y guillotinas

Una de las primeras acciones ha sido la centralización férrea de la comunicación institucional, con prohibiciones explícitas para que todos los niveles de la administración pública no suelten la lengua. Se sigue el viejo principio de que es mejor atar la lengua que desatarla o que no debe propiciarse la fácil algarabía del gallinero. Solo comenzaba la patria milagro cuando una vocera oficial y antigua periodista contravino esas disposiciones, lo que puso en evidencia el malestar del Gobierno ante la libertad ejercida por un gremio para elegir a su cabeza, como debería ser lo normal. 

La segunda, mucho más grave, ha sido presionar a los medios de comunicación para que despidan a periodistas incómodos para el Palacio. Grave, por la obsecuencia de los dueños de los medios y grave por las consecuencias nefastas de esta repudiable práctica. 

No han pasado sino unos meses cuando la opinión pública ha recibido con el natural rechazo las salidas de Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo de Blu y de la emisora de Caracol, y del caricaturista Vladdo de RCN. Cuánta falta hace que la maestra Beatriz González ratifique, como lo hizo en su obra sobre la caricatura en Colombia, el adefesio que supone emprenderla contra un caricaturista o una caricatura (expresiones de la opinión libre) en una democracia real y en un país decente. El resultado de esa práctica no solo es abusar del poder, sino también aceitar la guillotina amenazante sobre las cabezas de los periodistas. 

La tercera acción y tempranamente garrafal, fue emprenderla contra las llamadas Emisoras de la Paz, uno de los grandes aciertos del Tratado entre las Farc-Ep y el Estado colombiano, que es la única negociación de paz en el mundo que contempla su creación en municipios que vivieron inmersos en el conflicto interno armado. El resultado del incidente fue acallarlas, cambiarles el nombre y encajonarlas a la fuerza en el invento milagroso de la patria, para, de paso, hacer propaganda de lo que pertenece desde hace años a las comunidades de arraigo. Concepto que los funcionarios del nuevo gobierno parecen no entender.

La cuarta ha sido la de azuzar a sus huestes de influencers digitales para que ataquen a medios y periodistas con falsas imputaciones y puestos asegurados en la burocracia estatal.

Foto: Prensa libre

Los ataques a La Silla

La quinta acción y, en mi opinión, la más grave, han sido los ataques a La Silla Vacía, uno de los más importantes medios del país y que en el reciente estudio de opinión, llevado a cabo por Cifras y Conceptos, obtuvo el primer puesto en la escala selectiva de los lideres de opinión del país, por encima de Semana, que se ha sumado al coro de las críticas calumniosas y sin fundamento.

El caso de La Silla Vacía es verdaderamente aleccionador. Sobre todo, por lo injusto y su ejemplo de lo que no se debe hacer. La célebre frase, originalmente del poema Ladran, de Goethe, “pero sus estridentes ladridos sólo son señal de que cabalgamos”, le cae como anillo al dedo al caso analizado.

Porque el ejemplo confirma que el problema no es solo de la distinción izquierda-derecha, sino, sobre todo, de los autoritarismos y los populismos, de unos y otros. Durante el gobierno del presidente Gustavo Petro, desde la revista Raya, generosamente financiada con fondos públicos, se emprendió una campaña contra La Silla Vacía, recurriendo a argumentos indebidos y a problemas inexistentes, hasta el punto de que el Tribunal de Bogotá ordenó una rectificación que los periodistas hicieron de modo sibilino y a regañadientes.

La operación de la revista digital gobiernista fue claramente un montaje mentiroso que buscaba involucrar a La Silla en una suerte de estrategia para supuestamente manipular a la opinión pública en el proceso electoral y favorecer una determinada candidatura. Raya buscaba minar la credibilidad del medio, desprestigiarlo y generar una campaña de desinformación sobre su gestión. 

Las alertas tempranas en el nuevo gobierno

Durante los meses transcurridos del gobierno de Abelardo de la Espriella los hechos más importantes que se han generado sobre el papel de los medios de comunicación son el referido a Carlos Suárez, estratega de la campaña presidencial ganadora y presidente de la Junta Directiva de Ecopetrol, y el discurso de De la Espriella en la inauguración de la nueva sede de El Tiempo, hace unos días. Dos hechos separados cronológicamente, pero con notables y preocupantes convergencias. Ante un informe sobre su cercanía con una empresa minera canadiense con intereses en la Amazonia y con Serafino Iacono, un personaje que ya había aparecido relacionado con un apartamento comprado por el exgerente de Ecopetrol Ricardo Roa, Suárez le dirigió una carta a Juanita León, en la que se refiere a varios temas que involucran su comprensión del periodismo y, en particular, del papel de La Silla Vacía. Una carta retórica con un innegable olor a amenaza. 

Germán Rey

La idea principal es que La Silla, a la que llama “portal activista”, decidió convertirse en actor político y que, como tal, recibiría “respuestas políticas”.

Mientras el presidente se deshacía en promesas de garantizar el derecho a cuestionar al Gobierno y sus decisiones, afirmaba que “Lo que no es serio con la realidad es presentar como periodismo lo que, en verdad, es una operación política, una persecución contra adversarios o la conversión de odios u obsesiones personales en supuestas investigaciones de prensa”.

Recuerdo el primer día de vida de La Silla Vacía, cuando su directora lo definió como un medio dedicado especialmente al análisis del poder en sus diversas formas.

La primera operación de desnaturalización de La Silla es convertirla en un “operador político”; la segunda, transformarla en activista; la tercera, como escribe Suárez, asignarle una posición ideológica concreta, y la cuarta, darle consecuentes respuestas políticas. ¿Quizás censurarla?

Son muy pocos los días desde que se posesionó el nuevo gobierno. Pero ya ha enviado bastantes señales sobre las dificultades que enfrentarán los medios y el periodismo en el país.

*Profesor e investigador en comunicación y cultura, fue defensor del lector del periódico El Tiempo.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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