DEL ESTADO DE ÁNIMO
Dependiendo de nuestro estado de ánimo, absorberemos la belleza transitoria exenta de tristezas e ignominias, de crueldades advenedizas, o de las amenazas de depresivos y pesimistas.

Juan Fernando Uribe Duque/Opinión/el Pregonero del Darién
Todo depende de nuestro estado de ánimo y disciplina: la solución a los grandes misterios, los acertijos, los oscuros paradigmas, todas las filosofías y los ámbitos, los sentidos y los sinsentido, las dudas y las moralejas. Todo lo que es, ha sido y será.
Dependiendo de los ojos con que miremos el mundo, si es que realmente existe como realidad desde nuestra apreciación mediada por el cerebro, se clarifican u opacan las cosas, creándose territorios de una insondable certeza llena de pequeñas y mediatas incertidumbres potencialmente resueltas en instantes de alegría clarificadora.
Dependiendo de nuestro estado de ánimo, absorberemos la belleza transitoria exenta de tristezas e ignominias, de crueldades advenedizas, o de las amenazas de depresivos y pesimistas. Muchos Schopenhauer se atraviesan con sus voluntades oscuras, trascendentales «Daseins» Heiddegerianos, o superhombres llenos de maníacas conciencias, cuando no lagrimosos manipuladores del temor a la muerte, acecharán por doquier tentándonos hacia la angustia y la depresión.
Dependiendo del estado de ánimo, ya no volveremos a ser ese niño que nunca fuimos, por aquello del «Mío y el Tuyo», la cruel coordenada constructora de ese espejo lleno de desgracias, rabietas y envidias que todo lo echó a perder.
Y tal vez así, barriendo amenazas y presiones de ese inconsciente que nos condena a la libertad, pero que sucumbe al trato fatal de la moral y la cultura, saldremos como gratas víctimas beatíficas de una nueva desnudez, aptos ya para ser vestidos con los nuevos ropajes de la belleza, que por bella y certera, es una pequeña verdad entre las verdades, aquellas que como vírgenes juguetonas nos sonríen invitándonos de nuevo al festín.






