El rector que bajó del pedestal: el legado humano de Héctor Iván García
Su paso por la rectoría deja una enseñanza que trasciende a una administración particular. El mejor liderazgo no nace del protocolo, del nombramiento ni de la investidura.

Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
«Héctor Iván García ejerció la rectoría con un profundo sentido humano. Entendió que la autoridad no depende únicamente de las atribuciones del cargo. También se construye mediante la presencia, la escucha y el reconocimiento de las personas. Su gestión mostró que la cercanía no debilita el liderazgo. Por el contrario, lo fortalece».
En un tiempo en el que las universidades públicas suelen aparecer asociadas a crisis financieras, conflictos internos y tensiones de gobernabilidad, la rectoría encargada de Héctor Iván García García dejó una enseñanza diferente. Durante casi seis meses mostró que es posible ejercer el liderazgo desde la cercanía y no desde la distancia que con frecuencia impone el cargo. Su gestión anunció una forma distinta de entender el gobierno universitario.
Los resultados administrativos fueron relevantes. La Universidad certificó ante el Ministerio de Educación el cumplimiento del plan de mejoramiento exigido y obtuvo los recursos necesarios para cerrar la vigencia sin sobresaltos de tesorería. En su carta de despedida, el propio rector resume ese momento con una frase que transmite confianza. La Universidad, afirma, ha vuelto a creer en sí misma.
Sin embargo, su principal legado trasciende esas realizaciones. Héctor Iván García ejerció la rectoría con un profundo sentido humano. Entendió que la autoridad no depende únicamente de las atribuciones del cargo. También se construye mediante la presencia, la escucha y el reconocimiento de las personas. Su gestión mostró que la cercanía no debilita el liderazgo. Por el contrario, lo fortalece.
En su carta de despedida relata que, durante los primeros días, recorrió los campus sin que la mayoría supiera quién era. Era simplemente otra persona caminando por los pasillos. Cuando empezó a ser reconocido, mantuvo la misma costumbre. Continuó transitando la Universidad, conversando con estudiantes, profesores, empleados y trabajadores. Quiso conocer la institución desde la experiencia cotidiana de quienes la viven y no solamente desde la perspectiva de quien la dirige. Esa decisión rompió una barrera que suele levantarse alrededor de los cargos de dirección. Escuchó inquietudes sin intermediarios, recibió saludos espontáneos y conoció historias que difícilmente llegan a los informes administrativos. Reconoció el trabajo silencioso de quienes sostienen la vida universitaria y comprendió que gobernar exige, antes que hablar, aprender a escuchar.
Su forma de ejercer la rectoría expresó una convicción sencilla y profunda. La Universidad no está definida por sus edificios, sus estatutos o sus presupuestos. La hacen posible las personas que la habitan cada día. El estudiante que inicia su formación, el profesor de cátedra, la trabajadora de la cafetería, el vigilante, el investigador y el empleado administrativo conforman una misma comunidad. Durante su rectoría esa idea dejó de ser un discurso para convertirse en una práctica cotidiana.
Su balance tampoco eludió las dificultades. Señaló el individualismo y la falta de empatía como factores que debilitan el tejido universitario. Advirtió que ningún plan financiero será suficiente si la comunidad no recupera el sentido de lo colectivo. Esa reflexión merece especial atención porque desplaza el debate desde los recursos económicos hacia la cultura institucional, un terreno donde se juega buena parte del futuro de la Universidad.
En esa misma dirección quedan iniciativas como los Puntos de Encuentro, concebidos para fortalecer el diálogo entre los distintos estamentos. También permanece su llamado a consolidar una democracia universitaria que vaya más allá de la consulta formal y promueva una
participación auténtica. De igual manera, deja una comprensión de la autonomía como responsabilidad compartida y no como privilegio.
Su mensaje de despedida al profesor Luquegi Gil, nuevo rector de la Universidad, resume con claridad esa visión. Lo invitó a no tener miedo de caminar los campus. No fue una recomendación protocolaria. Fue una manera de entender el liderazgo universitario. Gobernar también significa compartir la cotidianidad de la institución, escuchar con respeto y reconocer la dignidad de cada persona.
Héctor Iván García García no será recordado únicamente por las decisiones administrativas que debió asumir durante un periodo de transición. Su rectoría demostró que es posible dirigir la Universidad con cercanía, sencillez y profundo respeto por la comunidad universitaria. En una institución donde con frecuencia el poder corre el riesgo de aislar a quienes lo ejercen, él eligió recorrer los pasillos, conversar y escuchar.
Su paso por la rectoría deja una enseñanza que trasciende a una administración particular. El mejor liderazgo no nace del protocolo, del nombramiento ni de la investidura. Se construye con los pies en la tierra, el oído atento y la disposición permanente de servir. En eso consiste, quizá, la forma más auténtica de ejercer el gobierno universitario.
Más que despedir a un rector encargado, la Universidad tiene razones para agradecer una manera de ejercer el liderazgo que recordó una verdad esencial. La Universidad no se sostiene únicamente por sus normas, sus edificios o sus recursos. Se sostiene, sobre todo, por las personas que cada día le dan vida.
*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.





