Opinión

EL DEBER DE DETENER EL ODIO

La historia ofrece suficientes advertencias. Las persecuciones masivas y los exterminios fueron precedidos por campañas de estigmatización. Antes de las víctimas llegaron las etiquetas.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Colombia vive uno de los momentos de mayor polarización política de las últimas décadas. La diferencia de ideas ha ido cediendo espacio a un lenguaje de hostilidad que se multiplica en las redes sociales y termina contaminando la conversación pública. Cada vez aparecen más mensajes en las red s sociales que presentan al contradictor como alguien que merece ser silenciado o eliminado. Esa tendencia constituye una señal de alarma que ningún demócrata debería ignorar.

Las grandes tragedias humanas por razones ideológicas o políticas tampoco nacen de un día para otro. Los genocidios, las persecuciones sistemáticas, las desapariciones forzadas, las limpiezas políticas y otras formas de exterminio colectivo suelen incubarse en las palabras, en los prejuicios y en la pérdida de la capacidad de reconocer la humanidad del otro. Todo empieza cuando el adversario deja de ser un ciudadano con derechos y pasa a ser presentado como un enemigo o una amenaza. Ese cambio de lenguaje degrada la convivencia y prepara el terreno para una violencia que termina pareciendo aceptable para una parte de la sociedad.

En ese ambiente, estudiantes, campesinos, sindicalistas, periodistas, líderes sociales y ciudadanos críticos empiezan a ser señalados como si representaran un peligro para el país. Pensar diferente deja de verse como un derecho propio de la democracia. Para algunos, se convierte en un motivo de persecución. Ningún proyecto político merece semejante degradación de la convivencia.

La historia ofrece suficientes advertencias. Las persecuciones masivas y los exterminios fueron precedidos por campañas de estigmatización. Antes de las víctimas llegaron las etiquetas. Antes de la violencia aparecieron discursos que convencieron a muchos de que ciertas vidas valían menos que otras. Esa ha sido la ruta de algunas de las mayores tragedias de la humanidad.

Por esa razón, el primer deber de un gobernante consiste en proteger la vida y la dignidad de todos los ciudadanos. También de quienes cuestionan sus decisiones o defienden un proyecto político diferente. Gobernar exige moderar el lenguaje público, promover el respeto y garantizar que nadie sea convertido en blanco del odio por razones ideológicas. La autoridad tiene la obligación de unir a la nación y de cuidar la vida de todos por igual.

La responsabilidad también recae sobre quienes influyen en la opinión pública. Dirigentes políticos, periodistas, comunicadores, influenciadores, docentes y líderes sociales moldean la forma como una sociedad interpreta sus diferencias. Cada palabra puede acercar a los ciudadanos o profundizar la fractura. La libertad de expresión alcanza su mayor valor cuando fortalece el debate y rechaza toda forma de deshumanización.

La ciudadanía tampoco puede permanecer indiferente. Compartir mensajes que celebran la persecución del contradictor, justificar amenazas o guardar silencio frente a llamados de exterminio significa alimentar una espiral que tarde o temprano termina alcanzando a toda la sociedad. El odio nunca permanece encerrado en un solo sector. Siempre encuentra nuevos destinatarios.

Todavía estamos a tiempo de impedir que la polarización desemboque en una dolorosa tragedia humana. Estamos a tiempo de convertir la diferencia en una oportunidad para aprender, corregir y construir acuerdos. La democracia no exige que todos pensemos igual. Exige que todos podamos vivir, participar y expresar nuestras ideas sin miedo.

Ese debe ser el compromiso de Colombia. Construir un país donde todos tengamos un lugar, sin distinción de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica, como lo establece el artículo 13 de la Constitución Política. Ese mandato no representa solo una norma jurídica. Constituye un horizonte ético para la nación. Cuando entendamos que la diferencia enriquece y que la dignidad humana no depende de la ideología, habremos dado el paso más importante para legar a las próximas generaciones un país donde quepamos todos.

Aprendamos a vivir armoniosamente en la diferencia, porque ningún proyecto político vale más que la vida y la dignidad de un ser humano.

*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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