Fabricar opinión pública para manipular elecciones
La transformación es profunda porque la manipulación digital no se limita a transmitir mensajes. Puede intervenir para modificar el estado las personas que los reciben.

“Maldita sea la exitosa dictadura del miedo que nos obliga a creer que la realidad es intocable y que la solidaridad es una enfermedad mortal, porque el prójimo es siempre una amenaza y no una promesa”.
Eduardo Galeano
Las palabras de Eduardo Galeano, pronunciadas en 2011, adquieren hoy una inquietante actualidad. Pero la “dictadura del miedo” ha cambiado de rostro. Ya no necesita solamente censura, grandes medios de comunicación o propaganda estatal. Dispone de algoritmos, inteligencia artificial, microsegmentación, ejércitos de cuentas falsas, bots, influencers y plataformas capaces de fabricar, en tiempo real, la apariencia de una opinión pública.
Lo que antes requería una poderosa maquinaria de propaganda, hoy puede producirse desde una pantalla y multiplicarse hasta hacernos creer que estamos frente a una expresión espontánea de la sociedad. Las tecnologías algorítmicas y de IA permiten amplificar una opinión, convertirla en tendencia y crear la sensación de que detrás de ella existe una mayoría social, cuando en realidad puede haber una operación deliberada de manipulación.
Lo ocurrido recientemente en Bolivia hace especialmente inquietante esa posibilidad. Durante los allanamientos relacionados con el estratega político argentino Fernando Cerimedo, las autoridades reportaron el hallazgo de una infraestructura descrita como una “mini granja de bots”. El hecho adquiere especial relevancia porque durante años investigaciones periodísticas y de organizaciones especializadas habían advertido sobre redes coordinadas, cuentas fraudulentas y operaciones de manipulación digital en distintos procesos electorales latinoamericanos.
El hallazgo de una infraestructura física destinada a producir artificialmente actividad política en las redes convierte en un hecho tangible aquello que hasta ahora muchas veces solo podía observarse como un comportamiento anómalo en el espacio digital. No prueba todas las acusaciones formuladas contra Cerimedo, que deberán ser esclarecidas por las autoridades, pero sí muestra que la fabricación artificial de conversación política no pertenece al terreno de la ciencia ficción.
Cerimedo no es un actor desconocido en la política regional. Ha estado vinculado a campañas y estructuras de comunicación política en Argentina, Brasil, Chile, Bolivia y otros países latinoamericanos. Su nombre también aparece relacionado con procesos electorales en Honduras y Perú, aunque en estos casos existen denuncias y señalamientos que todavía deben ser esclarecidos. Lo relevante no es atribuirle personalmente una operación continental que no ha sido demostrada, sino observar la aparición de un circuito de consultoría política y comunicación digital que trasciende las fronteras nacionales.
Chile ya reaccionó institucionalmente. Su Cámara de Diputados aprobó una comisión investigadora para examinar posibles redes de bots, cuentas automatizadas y mecanismos de manipulación digital asociados a procesos políticos. En Colombia, investigaciones realizadas durante las elecciones de 2026 identificaron miles de cuentas anómalas y redes coordinadas que intervinieron en la conversación alrededor de los principales candidatos. También se documentó la circulación masiva de videos generados mediante inteligencia artificial que imitaban a candidatos y fueron utilizados para difundir contenidos falsos.
Pero quizá sea una declaración surgida del propio proceso electoral colombiano la que mejor permite comprender la lógica detrás de este fenómeno. Carlos Suárez, estratega de Abelardo de la Espriella, afirmó en una entrevista en Caracol que “las campañas no se ganan con la razón, no se ganan con las propuestas” y que, para ganar elecciones, “se tienen que mover emociones y sentimientos”. Al referirse al momento decisivo del voto, añadió que en la soledad del cubículo se vota “con el corazón o con los hígados”, según la emoción provocada. La afirmación resulta reveladora porque presenta la emoción no como un efecto colateral, sino como un objetivo deliberado de la estrategia electoral.
El problema, por tanto, no consiste simplemente en la existencia de noticias falsas. El objetivo puede ser mucho más sofisticado. No se trata solo de manipular la información, sino de construir narrativas destinadas a provocar emoción, indignación y miedo, más que juicio racional. Una acusación repetida miles de veces puede adquirir apariencia de verdad, una imagen falsa puede convertirse en evidencia y una multitud artificial de cuentas puede crear la sensación de que una opinión es mayoritaria.
La transformación es profunda porque la manipulación digital no se limita a transmitir mensajes. Puede intervenir para modificar el estado las personas que los reciben. Los algoritmos permiten segmentar públicos, identificar preferencias, explotar temores y adaptar el mensaje a cada grupo. La propaganda política tradicional intentaba convencer a las masas, mientras las nuevas tecnologías pueden fragmentarlas y hablarle a cada segmento desde sus propias emociones.

Ahí adquiere especial vigencia la advertencia de Galeano. El miedo convierte al adversario político en una amenaza y transforma la discrepancia en enemistad. Una sociedad sometida permanentemente a mensajes sobre inseguridad, caos, corrupción, comunismo, terrorismo o destrucción nacional puede terminar tomando decisiones políticas desde la angustia, el miedo y no desde la deliberación. El ciudadano deja de preguntarse qué proyecto de sociedad quiere construir y empieza a preguntarse de quién debe defenderse.
Pero el fenómeno tiene una dimensión todavía mayor. En determinados sectores tecnológicos de Estados Unidos han adquirido fuerzas corrientes neorreaccionarias que cuestionan algunos fundamentos de la democracia liberal y reivindican formas de poder más concentradas, apoyadas en la tecnología, el capital y el control de infraestructuras digitales. No sería serio afirmar que existe una estructura única que coordina las campañas políticas latinoamericanas desde Silicon Valley. Sin embargo, tampoco puede descartarse por completo esa posibilidad ante el creciente desarrollo de plataformas tecnológicas capaces de integrar y gestionar operaciones de seguridad e inteligencia de los Estados.
Lo que sí merece especial atención es la convergencia entre grandes fortunas tecnológicas, plataformas digitales, inteligencia artificial, datos, nuevas corrientes políticas y redes transnacionales de comunicación. Ese entramado podría otorgar a determinados actores una capacidad de influencia política que trasciende las fronteras nacionales y modifica la relación tradicional entre poder económico, tecnología y poder político.
Desde esta perspectiva puede entenderse la idea de un nuevo feudalismo…el tecnólogico. En el tecnofeudalismo, un magnate o una corporación tecnológica puede concentrar el control de recursos esenciales que operan en la nube, como datos, plataformas, algoritmos, capacidad de cómputo e infraestructura digital. Así como el señor feudal controlaba la tierra y, con ella, buena parte de las condiciones materiales de quienes dependían de ella, el poder tecnológico puede controlar hoy infraestructuras de las que dependen la economía, la comunicación y hasta la formación de la opinión pública.
Esta cuestión es especialmente sensible para América Latina. La región posee recursos estratégicos fundamentales para la economía del futuro, entre ellos litio, cobre, petróleo, gas, agua y biodiversidad, pero mantiene una fuerte dependencia tecnológica, financiera y digital. La soberanía, por tanto, ya no puede pensarse únicamente en términos de territorio, fronteras y recursos naturales. También tendrá que pensarse en términos de datos, inteligencia artificial, plataformas, energía, infraestructura tecnológica y capacidad para producir conocimiento propio.
Por eso, lo que está ocurriendo no debería interpretarse simplemente como un nuevo ciclo de recuperación de la derecha frente a la izquierda en el gobierno; esa lectura resulta demasiado estrecha. Lo que está emergiendo es una disputa más profunda por el control de las condiciones en que las sociedades forman sus opiniones y toman decisiones. Las elecciones ya no se definen únicamente en las urnas, sino que cada vez más se busca influir en ellas mucho antes, mediante la construcción de percepciones, emociones, miedos y certezas.
La defensa de la democracia tendrá entonces que ir más allá de garantizar elecciones libres y contar correctamente los votos. Tendrá que enfrentar la manipulación algorítmica, exigir transparencia sobre el uso político de los datos, identificar redes artificiales de influencia y establecer responsabilidades frente a los contenidos generados con inteligencia artificial. También tendrá que fortalecer la capacidad ciudadana para distinguir información de propaganda y deliberación de manipulación.
Porque la amenaza más sofisticada ya no consiste en convencer a una sociedad de una mentira. Consiste en construir las condiciones para que esa mentira encuentre millones de receptores, sea repetida hasta adquirir apariencia de verdad y provoque la emoción necesaria para convertirla en conducta política. Ese es quizá el verdadero rostro contemporáneo de la “dictadura del miedo”, no ordenar qué debemos pensar, sino intervenir en el entorno en el que pensamos y decidimos.
La disputa que se libra en América Latina es, por eso, mucho más profunda que una nueva batalla entre izquierda y derecha. Es una disputa por el poder de construir la realidad política del futuro. La pregunta decisiva será si ese poder permanecerá en manos de ciudadanos capaces de deliberar democráticamente o terminará concentrándose en quienes controlan el capital, los datos, los algoritmos y las tecnologías que moldean nuestra percepción del mundo.
*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.






