Política Colombiana

Abelardo: gobernanza, confesionalismo, seguridad y contrarrevolución cultural

Abelardo de la Espriella ha manifestado reiteradamente su rechazo al movimiento LGTBI, al feminismo, a los periodistas independientes, a las reivindicaciones étnicas y los diálogos de paz.

Ricardo García Duarte*/Análisis de la Noticia/razonpublica/El Pregonero del Darién

El discurso de posesión de Abelardo combinó una agenda convencional de gobierno con un mensaje político e ideológico marcado por el militarismo, el confesionalismo religioso y la llamada “contrarrevolución cultural”. ¿Qué puede significar esa mezcla?

Gobernanza con un trasfondo ideológico

Para su posesión, asociada con el ilusorio y gaseoso renacimiento de la nación, Abelardo de la Espriella quiso disipar los temores que él mismo había suscitado con su retórica de campaña y, en cambio, presentó un catálogo de promesas en economía, orden público y políticas sectoriales como la salud, la energía y la educación. Era, en apariencia, una agenda de gobernanza semejante a la de cualquier gobierno tradicional.

Pero esa línea no impidió la exhibición de un conjunto de imaginarios, prejuicios y manifestaciones seudo-culturales que dejaron una marca claramente regresiva. En ella se superponen:

Un cierto militarismo en el manejo del orden público;

Un confesionalismo eclesial, aunque presentado bajo un ropaje ecuménico; y

Una contrarrevolución cultural que cuestiona derechos y minorías.

Son rasgos que hacen pensar en un desplazamiento de las soluciones negociadas, del secularismo y de la diversidad, como si la gobernabilidad consistiera en reaccionar contra la modernidad ilustrada, presentada artificialmente como una traición a la comunidad y a los valores tradicionales de la patria y la familia.

Agenda de correctivos, no de reformas

Una «revolución política» es lo que se propone ejecutar el nuevo presidente, aunque sin reformas estructurales. Más bien plantea un conjunto de correctivos frente a la herencia recibida en materia económica y de orden público.

En el frente económico deberá reducir el déficit fiscal y la deuda para evitar un deterioro de las finanzas públicas y un eventual rebrote inflacionario. Para ello ha anunciado el congelamiento del gasto público. Si esa decisión se aplica con rigor, podría traducirse en recortes del gasto social, con el riesgo de aumentar una pobreza que venía disminuyendo y alimentar el descontento social.

Con el fin de estimular la inversión ha anunciado la eliminación del impuesto al patrimonio, sacrificando más de un billón de pesos en recaudo tributario con la expectativa de que regresen capitales a la economía. Ese efecto, sin embargo, difícilmente será inmediato. 

Resulta más probable que el crecimiento de la producción de petróleo y gas —otra de las metas del gobierno— tenga un impacto positivo sobre la inversión y los ingresos fiscales, aunque también requerirá tiempo.

La seguridad y la negación del diálogo

La estrategia de seguridad contempla una ofensiva contra guerrillas, disidencias y organizaciones criminales que ampliaron su control territorial durante los primeros años de la Paz Total, una política que produjo escasos resultados en materia de negociación y que, en muchos casos, otorgó ceses al fuego antes de que existieran avances suficientes en los procesos de diálogo.

La recuperación territorial se complementaría con el regreso de la fumigación de cultivos ilícitos, pese a las restricciones impuestas por la Corte Constitucional; una relación más estrecha con Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico; y la construcción de megacárceles inspiradas en el modelo de Bukele. En conjunto, estas medidas sustituyen la apuesta por la negociación con una estrategia centrada en la ofensiva militar.

No obstante, esa orientación comenzó a esbozarse durante el último año del gobierno Petro, sin resultados significativos. Tampoco parece que el nuevo gobierno vaya a disponer, al menos inicialmente, de recursos suficientes para alterar de manera sustancial la correlación de fuerzas frente a los grupos armados.

La ideología y los imaginarios religiosos

Para llenar los vacíos de su agenda, el antiguo ateo De la Espriella, hoy convertido al catolicismo, recurre a un repertorio de símbolos e imaginarios religiosos.

En la ceremonia de posesión instaló una imagen de la Virgen de Fátima y reunió a un rabino, un pastor evangélico y un sacerdote católico para bendecir el nuevo gobierno. Más que un acto ecuménico, fue una puesta en escena que trasladó símbolos del mundo religioso al ejercicio del poder político, precisamente dos ámbitos cuya separación había sido una de las grandes innovaciones de la modernidad.

Foto: Youtube: Presidencia de la República – Colombia

La ideología proporciona identidad, orientación y legitimidad. Cuando esa legitimidad adopta un lenguaje religioso, la adhesión puede hacerse más intensa. Ese parece ser el propósito del nuevo presidente con la exhibición pública de su conversión y de sus prácticas de fe.

La contrarrevolución cultural

Abelardo de la Espriella ha manifestado reiteradamente su rechazo al movimiento LGTBI, al feminismo, a los periodistas independientes, a las reivindicaciones étnicas, a los diálogos de paz y a buena parte de la agenda de derechos de las minorías. 

Esa posición adquiere un carácter programático cuando la presenta como una «contrarrevolución cultural», en sintonía con el rechazo a la cultura woke propio de sectores ultraconservadores en Estados Unidos.

En materia educativa, el presidente ha afirmado que no permitirá que los niños reciban «ideologías extrañas». La nueva ministra ha anunciado, además, su propósito de sustituir a Marx por Dios en la escuela, una formulación que parece desplazar el pluralismo, el debate y el conocimiento científico en favor del confesionalismo.

Sin embargo, la sociedad colombiana ha avanzado hacia una mayor diversidad de identidades, una ampliación de derechos y una educación más secular y abierta al conocimiento científico. Revertir ese proceso empobrecería el debate público y debilitaría las libertades conquistadas.

Conclusiones

Con su discurso de posesión en un cuartel y su reiterada invocación de la autoridad divina, Abelardo quiso construir los dos referentes simbólicos de su gobierno: las armas y el credo religioso.

Su programa contiene una agenda de gobierno relativamente convencional, pero carece de un proyecto transformador claramente articulado. Ese vacío parece llenarse con la idea de la «patria milagro», una fórmula retórica donde vuelven a encontrarse los símbolos de la cruz y la espada.

No se trata necesariamente de fundamentalismos, sino de un confesionalismo y un autoritarismo moderados que podrían endurecerse si el gobierno enfrenta una crisis de gobernabilidad. De ahí que el tono y los símbolos de la posesión merezcan atención, pues anticipan una orientación política que trasciende el contenido administrativo de las medidas anunciadas.

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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