El empalme como campaña permanente
Sin embargo, el proceso de empalme entre la administración saliente de Petro y la entrante de De la Espriella no ha seguido las rutinas tradicionales de nuestra historia política.

Análisis de la Noticia/Camilo Cruz Merchan*/razonpública/El Pregonero del Darién
(Foto de portada/En esta ocasión, el proceso de empalme muestra una hostilidad inédita. En primer lugar, se destaca la negativa del mandatario entrante, De la Espriella, a asistir a la Casa de Nariño)
Hay una fuerte tensión en las comunicaciones de los voceros del gobierno entrante, quienes señalan una presunta falta de colaboración y trabas al acceso a la información por parte de los funcionarios salientes, comportamiento que refleja un proceso que continúa y reproduce las dinámicas de la contienda electoral pasada.
Los procesos de empalme entre los gobiernos entrantes y salientes no son solo un requisito institucional, también forman parte de la teatralidad política necesaria en un sistema democrático. La idea del encuentro entre los antiguos contrincantes configura las formas en que una democracia simboliza la alternancia política y la continuidad del Estado. Sin embargo, el proceso de empalme entre la administración saliente de Petro y la entrante de De la Espriella no ha seguido las rutinas tradicionales de nuestra historia política. Dichas tensiones reflejan lo que será la base discursiva de la administración entrante y envían señales preocupantes sobre la continuidad de la campaña permanente en el ejercicio del nuevo gobierno.
Los empalmes: entre la rutina, la espectacularización y la sacralización
En toda sociedad existe una serie de rituales, procesos o acciones que separan lo profano (lo cotidiano) de lo sagrado (lo que responde a un orden superior o está sacralizado). Las instituciones públicas están profundamente atravesadas por esta sacralización de sus prácticas, rituales y lenguajes. El ritual de las elecciones, el acto de posesión y el proceso de empalme forman parte de aquellas expresiones que sacralizan, por un lado, la legitimidad democrática y, por otro, la magistratura presidencial.
En Colombia, en un contexto de arraigo santanderista, estos procesos se han institucionalizado progresivamente. Para ello, se cuenta con un marco normativo básico en torno a los deberes de los funcionarios salientes, guiado por los principios del derecho de acceso a la información, de la transparencia y de la rendición de cuentas. Este marco se formalizó en 2005 mediante la Ley 951. Dicha norma no es propiamente un “libro blanco” ni un manual de instrucciones sobre la ritualidad, sino más bien una delimitación de responsabilidades y funciones para los cargos públicos entrantes y salientes. De ahí que, en la práctica, el empalme combine una serie de reglas informales con un marco normativo general y con las reglamentaciones de la Función Pública y de otros entes administrativos.
En nuestra historia reciente, los empalmes han sido, por lo general, procesos centrados en la espectacularización del intercambio entre el mandatario saliente y el entrante, por encima del interés en la gestión técnica. Así, por ejemplo, la expectativa nacional en torno a la cordialidad —o la falta de ella— en el encuentro entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana, debido a su rivalidad política, resultaba mucho más mediática que los asuntos técnicos y el acceso a la información entre los gabinetes. Existió un interés notablemente menor en las transiciones entre Pastrana y Uribe, Uribe y Santos, e incluso entre Santos y Duque.
En tiempos recientes, la expectativa aumentó considerablemente durante el período de transición entre la administración de Duque y la entrante de Petro. No obstante, en aquella ocasión, el encuentro en la Casa de Nariño distensionó el ambiente político. Esta dinámica se repitió entre las vicepresidentas entrante y saliente, lo cual ayudó a generar un ambiente de mayor tranquilidad, aun cuando el equipo de empalme del gobierno Petro formuló duros cuestionamientos a la información entregada y al estado en que recibían el país. Es decir, aunque ya existían tensiones institucionales, el ethos político del encuentro presidencial prevaleció como el mensaje más relevante.
La judicialización del empalme: el relato de la auditoría forense
En esta ocasión, el proceso de empalme muestra una hostilidad inédita. En primer lugar, se destaca la negativa del mandatario entrante, De la Espriella, a asistir a la Casa de Nariño para sostener el tradicional encuentro con el presidente saliente. Esta falta de cordialidad marca una ruptura drástica con la tradición, dado que la reunión presidencial representa, en el plano informal, el primer paso de acercamiento entre las partes.
Por otra parte, se observa una fuerte tensión en las comunicaciones de los voceros del gobierno entrante, quienes señalan una presunta falta de colaboración y trabas al acceso a la información por parte de los funcionarios salientes. Frente a esto, el equipo del gobierno saliente ha respondido tachando dichas afirmaciones de falsas. A esto se suman los pronunciamientos en medios de comunicación de los posibles nuevos ministros, quienes denuncian faltas de transparencia y presentan solicitudes de información a través de canales hostiles, como los derechos de petición, ignorando los meses de preparación previa del gobierno saliente.
Este comportamiento refleja un proceso que continúa y reproduce las dinámicas de la contienda electoral pasada: una alta confrontación y un ataque sistemático al gobierno que se retira. Al transformar un trámite administrativo en un escenario de sospecha, la nueva administración configura el relato de una “auditoría forense”. Este concepto no opera como una herramienta técnica de revisión de cuentas, sino como una estrategia de enmarcamiento (framing) jurídico. Al presentar el empalme bajo la narrativa de un peritaje criminal o judicial, el gobierno entrante busca preconstituir la idea de que está recibiendo una “escena delictiva”. Este encuadre traslada el debate del terreno de la eficiencia política al de la responsabilidad penal, con lo que construye desde el primer día el sustento jurídico y discursivo para anular las políticas de la administración anterior.

Foto: Radio Nacional
¿Empalme o batalla contracultural?
De la Espriella ha mencionado en uno de sus comunicados más recientes que, durante su administración, librará una “batalla contracultural” contra los relatos de la izquierda. Esta idea de construir una hegemonía cultural como eje del ejercicio político, tan común en los discursos de las nuevas derechas globales, ayuda a entender la dinámica de este empalme. Lo que la ciudadanía colombiana está observando es un proceso a dos manos y en dos tiempos: mientras las reuniones se realizan bajo una aparente formalidad institucional, se aprovecha el interés ciudadano para construir un relato mediático de crisis absoluta en la administración del Estado o de la existencia de un macroestablecimiento de corrupción que debe ser combatido.
Por ello, no es ajeno que, en un esfuerzo de control de daños, la administración saliente manifestara su interés en transmitir en directo las mesas de empalme. La respuesta del director de empalme del gobierno entrante fue tajante al rechazar lo que consideró un “show mediático”, mientras el mandatario entrante grababa un vídeo desde su residencia en el Caribe con una serpiente.
Estamos, de este modo, ante un marco narrativo bipolar. Por un lado, una administración entrante que busca arrogarse un sentido de rigor técnico y defensa institucional frente a un gobierno saliente al que un sector del electorado siempre le cuestionó su capacidad técnica. Por otro lado, el nuevo gobierno mantiene un lenguaje de campaña agresivo y propone el “espejo retrovisor” como un ejercicio permanente. Si bien el uso del retrovisor es común en nuestra cultura política, en esta ocasión se presenta con mayor hostilidad. El objetivo no es solo legitimar al mandatario entrante, sino también cerrar cualquier posibilidad de competencia electoral futura a los integrantes de la administración saliente, lo que deslegitima de paso cada una de sus acciones.
Hay que recordar que, a pesar de la profunda tensión existente entre Duque y Petro durante su transición, el gobierno entrante de la época resaltó algunas acciones, programas y resultados de la administración saliente, ya fuera por cordialidad o como un ejercicio sincero de reconocimiento a la continuidad del Estado; una situación que, hasta ahora, parece no ocurrir en este período.
Mantener la dinámica de cordialidad y respeto entre las administraciones entrantes y salientes es una necesidad democrática, más aún cuando los recientes resultados electorales reflejan una sociedad profundamente dividida. Prolongar la confrontación electoral y convertirla en la base del nuevo gobierno constituye un escenario complejo y peligroso para el país. Nuestra democracia requiere un análisis más profundo y, sobre todo, una mayor preparación para evitar que estas tensiones se conviertan, de ahora en adelante, en la regla de la ritualidad de los procesos de empalme.

*Politólogo de la Universidad Nacional, doctor en Ciencia Política de la UNAM, docente Programa de Estudios Políticos y Resolución de Conflictos, Universidad del Valle.






