Especial: El Outsider, la izquierda y el fin del uribismo
El electorado parece estar jubilando a Álvaro Uribe Vélez y envía el mensaje de que ya no basta con el respaldo del expresidente para ganar elecciones.

Análisis de la noticia/Javier Duque Daza*/razónpublica/El Pregonero del Darién
La primera vuelta dejó cuatro mensajes claros: el ascenso de un outsider de derecha radical, la consolidación de la izquierda como opción de poder, el debilitamiento del uribismo y una competencia mucho más cerrada de lo previsto.
Candidatos, autocandidatos y seudocandidatos
Como es habitual en Colombia en las elecciones presidenciales del último cuarto de siglo, en estos comicios se repitieron tres tipos de candidaturas: las de partidos que seleccionan sus aspirantes mediante procedimientos internos, las autocandidaturas de políticos con trayectoria en cargos ejecutivos locales, y los seudocandidatos.
Los candidatos partidistas surgieron de los partidos más organizados del país.
—Iván Cepeda Castro (Bogotá, 64 años). Exrepresentante a la Cámara entre 2010 y 2014 y senador durante tres periodos entre 2014 y 2022. Llegó a la candidatura a través de la consulta popular del Pacto Histórico del 26 de octubre de 2025. En ese momento obtuvo 1 540 391 votos (65,1 %), frente a la exministra de Salud Carolina Corcho, que alcanzó 678 962 votos (28,7 %). A Daniel Quintero, quien había desistido, todavía le contabilizaron 145 558 votos (6,1 %). Antes de las elecciones, otros aspirantes renunciaron y se sumaron a su candidatura: Juan Fernando Cristo, Clara López, Gilberto Murillo y Carlos Caicedo. Su fórmula vicepresidencial es la líder indígena Aída Quilcué.
—Paloma Valencia Laserna (Popayán, 40 años). Senadora durante tres periodos entre 2014 y 2026, llegó a la candidatura en dos tiempos: ganó la encuesta del Centro Democrático y posteriormente la consulta interpartidista del 8 de marzo de 2026, en la que obtuvo 3 236 286 votos (45,8 %), frente a Juan Daniel Oviedo, con 1 255 510 votos (17,5 %), y otros siete aspirantes que registraron votaciones marginales: Juan Manuel Galán, Juan Carlos Pinzón, Vicky Dávila, Enrique Peñalosa, Aníbal Gaviria, David Luna y Mauricio Cárdenas. Su fórmula vicepresidencial es Juan Daniel Oviedo.
Hay tres autocandidatos:
—Claudia López Hernández (Bogotá, 46 años). Senadora entre 2014 y 2018, excandidata vicepresidencial junto a Sergio Fajardo en 2018 y exalcaldesa de Bogotá entre 2020 y 2024, se retiró de la Alianza Verde y se autoproclamó candidata con el respaldo de 1 257 000 firmas. También promovió una consulta a la que solo concurrieron ella (574 670 votos) y el profesor Leonardo Huerta (44 035 votos).
—Sergio Fajardo Valderrama (Medellín, 70 años). Exalcalde de Medellín entre 2005 y 2008, exgobernador de Antioquia entre 2012 y 2015, fórmula vicepresidencial de Antanas Mockus en 2010 y candidato presidencial en 2018 y 2022. Fue autocandidato de su partido Compromiso Ciudadano. Su fórmula vicepresidencial fue Edna Cristina Bonilla.
—Abelardo de la Espriella (Bogotá, 38 años). Abogado sin experiencia en cargos de elección popular. Reunió 1 978 108 firmas y recibió además el respaldo del Movimiento de Salvación Nacional. Su fórmula vicepresidencial es José Manuel Restrepo, exministro de Comercio y de Hacienda.
Los seudocandidatos son quienes se postulan sabiendo que no van a ganar. Persiguen otros propósitos: darse a conocer, proyectarse hacia elecciones locales futuras, negociar apoyos en una eventual segunda vuelta o simplemente emprender una aventura personal. En esta elección fueron Raúl Santiago Botero, Óscar Mauricio Lizcano, Miguel Uribe Londoño, Sondra Macolins, Gustavo Matamoros Camacho y Roy Barreras.
Una elección competitiva y fragmentada
Por primera vez en Colombia obtuvo la mayor votación un autocandidato outsider con posiciones de extrema derecha. Hubo autocandidatos exitosos en el pasado reciente —Álvaro Uribe Vélez en 2002 y 2006, y Juan Manuel Santos en 2010 y 2014—, pero esta combinación resulta inédita.
Su triunfo fue estrecho frente a Iván Cepeda, candidato partidista del Pacto Histórico, cuyo resultado refleja la consolidación de la izquierda como opción de poder.
Los resultados indican además un realineamiento de los electores. La mayoría relativa fue atraída por la radicalización de la derecha, mientras que otro sector, heterogéneo y agrupado bajo la etiqueta de progresismo, se alineó en sentido contrario.
También muestra escaso entusiasmo ante el centrismo reiterado de Sergio Fajardo y el estilo estridente de Claudia López. La moderación de sus propuestas no encontró eco.
Los siete seudocandidatos obtuvieron los resultados irrelevantes que se esperaban. Sus nombres parecen más códigos de agentes secretos en una película de espionaje. Sorprende especialmente la caída de Roy Barreras. Pasó de ser un eficiente operador electoral a un candidato marginal.
El voto en blanco fue sorprendentemente bajo. No existen antecedentes recientes de un porcentaje tan reducido. Esto sugiere realineamientos más definidos dentro del electorado.
La participación alcanzó el 57 %, apenas un punto menos que en 2022, cuando fue del 58 %.

La geografía del voto
La distribución territorial de los resultados muestra un país dividido en dos grandes bloques electorales, con patrones regionales relativamente definidos.
—Abelardo de la Espriella obtuvo sus mayores fortalezas en la región Andina. Ganó en la totalidad de Huila y Caldas, así como en la mayor parte de Tolima, Quindío, Risaralda, Antioquia, Cundinamarca, Boyacá, Santander y Norte de Santander. También logró mayorías en Caquetá, Guaviare, Meta, Casanare y Arauca.
En la Costa Caribe obtuvo triunfos más dispersos: un municipio en La Guajira, la mayoría de los municipios del Cesar —aunque no en votos totales—, cerca de la mitad de Magdalena, seis municipios del Atlántico —sin incluir Barranquilla, donde predominó el voto urbano—, la mayor parte del territorio de Bolívar —aunque no Cartagena ni el total departamental— y cuatro municipios de Córdoba. También ganó en la isla de San Andrés.
—Iván Cepeda, por su parte, consolidó una amplia presencia en la región Caribe. Obtuvo mayorías en La Guajira, Magdalena, Cesar, Sucre, Atlántico, Bolívar y Córdoba, con las excepciones ya mencionadas. También dominó en la costa Pacífica: Chocó, Buenaventura, Guapi, Timbiquí, López de Micay, Tumaco, Francisco Pizarro y Mosquera. A ello se suman los departamentos de frontera con alta presencia indígena y baja densidad demográfica: Putumayo, Amazonas, Vaupés y Guainía.
En la región Andina ganó en Nariño —salvo algunos municipios—, en Cauca y en la mayor parte del Valle del Cauca. En los demás departamentos obtuvo triunfos localizados: algunos municipios del Tolima, Quindío, Risaralda, Antioquia, Cundinamarca, Santander, Boyacá y Norte de Santander. También registró apoyos significativos en Bogotá y en varios municipios de los Llanos Orientales y la Amazonia.
Más que una simple división geográfica, los resultados reflejan dos tipos de inserción territorial. De la Espriella fue particularmente fuerte en los departamentos andinos de tradición conservadora y en ciudades intermedias del interior. Cepeda obtuvo mejores resultados en las periferias, en territorios con alta presencia de minorías étnicas y en buena parte de las grandes áreas urbanas. Esta pauta ya había aparecido en elecciones recientes, pero ahora se expresa de forma más marcada.
Un dato especialmente relevante es el resultado de Paloma Valencia. La candidata del Centro Democrático no ganó en ningún departamento. Tampoco logró imponerse en Antioquia ni en Medellín, territorios históricamente asociados con el liderazgo político de Álvaro Uribe Vélez. Se trata de uno de los resultados más significativos de la jornada y de una evidencia adicional del debilitamiento electoral del uribismo como fuerza dominante.
Los mapas muestran, en suma, un país dividido entre una derecha fuerte en gran parte del interior andino y una izquierda competitiva en las costas, las periferias y las grandes ciudades. Esa división territorial ayuda a entender tanto el resultado de la primera vuelta como las dificultades que enfrentarán ambos candidatos en la segunda.

El voto en las ciudades: mitades asimétricas
Suena extraño hablar de mitades asimétricas. Cada candidato ganó en 16 capitales departamentales. Sin embargo, el empate desaparece cuando se suman los votos.
En conjunto, Iván Cepeda obtuvo 4 550 504 votos en las capitales, frente a 4 679 325 de Abelardo de la Espriella. El dato sugiere que el voto urbano sigue siendo más autónomo y que la izquierda mantiene una capacidad de penetración mayor en las grandes concentraciones de población.
La diferencia aparece con mayor claridad al observar las principales ciudades. Cepeda ganó en Bogotá, Cali, Barranquilla y Cartagena. De la Espriella se impuso en Medellín, Bucaramanga y Cúcuta.
En las ciudades intermedias también se advierten patrones diferenciados. De la Espriella dominó en el eje cafetero y en ciudades como Ibagué, Villavicencio y Neiva, mientras que Cepeda obtuvo ventajas en Montería, Pasto, Santa Marta, Popayán, Valledupar y Sincelejo.
Estos resultados muestran que la competencia no enfrenta simplemente al campo y la ciudad. Más bien revela distintas formas de urbanización, trayectorias regionales y culturas políticas. Bogotá, Cali y Cartagena se mantienen como bastiones de la izquierda, mientras Medellín y buena parte del interior andino siguen inclinándose hacia opciones de derecha.
De cara a la segunda vuelta surge una pregunta decisiva: concentrada la competencia en solo dos candidatos, ¿cómo se redistribuirán los votos en las grandes y medianas ciudades? La respuesta puede definir la elección. Si la participación aumenta en los principales centros urbanos, Cepeda podría ampliar su ventaja relativa. Si la movilización es mayor en las ciudades intermedias y en el interior andino, De la Espriella tendría una posición más favorable.

Derecha e izquierda: un nuevo alineamiento
Uno de los fenómenos más relevantes de la política colombiana en las dos últimas décadas ha sido la consolidación de alineamientos ideológicos más definidos.
Durante mucho tiempo muchos dirigentes evitaban identificarse como de derecha. Hoy esa reticencia prácticamente ha desaparecido. La autoubicación ideológica se ha vuelto más explícita y forma parte central de la competencia política.
La elección mostró una diferenciación relativamente clara entre las principales candidaturas: Iván Cepeda representó a la izquierda; Claudia López, a la centroizquierda; Sergio Fajardo, a la centroderecha moderada; Paloma Valencia, a la derecha; y Abelardo de la Espriella ocupó el extremo más radical de ese espectro.
Más allá de las etiquetas, los programas expresan diferencias importantes sobre el papel del Estado, la autoridad, el manejo de los conflictos, la diversidad, el medio ambiente y la economía.
Según las encuestas de Invamer, la proporción de personas que se identifican con la derecha (37,1 %) es superior a la de quienes se ubican en la izquierda (28,2 %). Sin embargo, la comparación histórica muestra un avance importante de la izquierda y una reducción relativa de la hegemonía que durante décadas tuvo la derecha.
Este cambio puede estar asociado con transformaciones demográficas, una mayor movilización social, el desgaste de las élites tradicionales y la influencia de procesos semejantes en otros países de América Latina.
También conviene recordar que muchos ciudadanos no votan primordialmente por razones ideológicas. La seguridad, el funcionamiento del sistema de salud, la personalidad de los candidatos, el efecto de las redes sociales, las emociones y las percepciones sobre la situación del país influyen tanto o más que las posiciones doctrinarias.
Desde una perspectiva estrictamente electoral, hay un dato que favorece a De la Espriella. Sumadas las votaciones de la derecha y la extrema derecha, el bloque alcanza 12 001 156 votos, equivalentes al 50,66 %. La izquierda, representada por un solo candidato, obtuvo 9 688 348 votos, es decir, el 40,9 %.
En política electoral las sumas nunca son automáticas, pero los sectores ideológicamente cercanos suelen tender puentes con mayor facilidad que los distantes. Por ello, la segunda vuelta parece comenzar con una ventaja potencial para De la Espriella, aunque todavía queda por verse cómo se comportarán los votantes de Fajardo, Claudia López y los demás candidatos.

El ascenso de un outsider de ultraderecha
Varios factores ayudan a explicar el éxito de Abelardo de la Espriella en la primera vuelta. Se trata de un autocandidato, outsider, antipartidista y representante de una derecha dura que logró conectar con una parte importante del electorado.
—Primero, su ascenso fue el resultado de conflictos entre las élites políticas de la derecha. Aunque ha manifestado reiteradamente su admiración por Álvaro Uribe Vélez —» hablamos todo el tiempo, nos comentamos los temas»—, decidió no buscar el aval del Centro Democrático ni participar en la consulta interpartidista. Optó por recoger firmas y aceptar el respaldo del Movimiento de Salvación Nacional. En la práctica disputó el mismo electorado de Paloma Valencia y llegó a presentarla como representante de «los mismos de siempre».
La fractura también se manifestó dentro de los partidos tradicionales. Conservadores, liberales, miembros del Partido de la U e incluso sectores del Centro Democrático terminaron divididos entre Valencia, De la Espriella y, en algunos casos, Cepeda. La fórmula vicepresidencial José Manuel Restrepo, el jefe de debate Enrique Gómez y el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, entre otros dirigentes cercanos al uribismo, terminaron alineados con su candidatura.
—Segundo, esa división permitió ampliar una base parlamentaria inicialmente muy reducida. A los pocos congresistas que respaldaban formalmente su campaña se sumaron dirigentes de distintos partidos y movimientos: sectores de Creemos, Colombia Justa Libres, Cambio Radical, el Partido de la U, además de líderes regionales y excongresistas. Hubo también adhesiones silenciosas de dirigentes que prefirieron mantener abiertas varias opciones políticas. Una característica llamativa de la campaña fue que prácticamente ninguna adhesión fue rechazada.
—Tercero, parece haber tenido acogida una propuesta de seguridad inspirada parcialmente en el modelo de Nayib Bukele. La política de Paz Total del gobierno Petro no produjo los resultados esperados y la percepción de inseguridad ha aumentado en diversas regiones y ciudades. En ese contexto, el discurso de mano dura volvió a ganar terreno.
Las propuestas de De la Espriella apuntan en esa dirección: megacárceles, estados de excepción, rechazo a las negociaciones con grupos armados, eliminación de la Jurisdicción Especial para la Paz y fortalecimiento de mecanismos coercitivos del Estado. Como ocurrió con Álvaro Uribe en 2002, la promesa de restablecer el orden mediante la autoridad parece haber encontrado receptividad entre sectores preocupados por la violencia y la criminalidad.
—Cuarto, su discurso neoconservador coincide con las preferencias de una parte de la sociedad colombiana que observa con desconfianza algunos cambios culturales recientes. La defensa de una visión tradicional de la familia, la exaltación del orden, el lenguaje patriótico y la crítica a diversas expresiones del pluralismo político y social le permitieron construir una identidad política fácilmente reconocible.
Muchas de sus propuestas simplifican problemas complejos y presentan soluciones contundentes donde otros ofrecen matices. Pero precisamente esa simplicidad puede haber sido una ventaja en una campaña marcada por emociones fuertes, cansancio ciudadano y desconfianza hacia los partidos tradicionales. La apelación permanente a la patria, la autoridad y los valores tradicionales se convirtió en uno de los ejes de su éxito electoral.
—Quinto, De la Espriella llegó a la elección con una imagen favorable relativamente alta. Según Invamer, entre quienes afirmaban que votarían, su favorabilidad alcanzaba el 42,6 % frente a una desfavorabilidad del 36,0 %. Resulta llamativo que esa cifra coincida casi exactamente con el porcentaje obtenido en las urnas.
Aunque las encuestas de favorabilidad no predicen directamente el voto, sí sugieren que el candidato ya había consolidado una base importante de apoyo antes de la campaña final.
—Sexto, el rechazo a los partidos tradicionales favoreció su imagen de outsider. Aunque recibió apoyos de numerosos dirigentes políticos, logró mantener una narrativa de independencia frente a las organizaciones partidistas. A ello se sumó el hecho de financiar buena parte de la campaña con recursos propios —o préstamos, según sus declaraciones— y de presentarse como un empresario exitoso ajeno a la política profesional.
Como ocurre con frecuencia en este tipo de liderazgos, las críticas sobre su trayectoria profesional, las denuncias de antiguos clientes o las controversias públicas no parecieron afectar significativamente su respaldo. Para muchos de sus seguidores, esas acusaciones confirmaban precisamente su condición de candidato enfrentado al establecimiento.
—Séptimo, desarrolló la campaña más visible y probablemente la más costosa de todas.
Hubo una inversión considerable en medios de comunicación, redes sociales, publicidad digital y eventos de gran despliegue logístico. La campaña tuvo además un tono permanente de confrontación, dirigido especialmente contra Iván Cepeda.
A diferencia de otros candidatos, De la Espriella mantuvo una presencia constante en la conversación pública. En una elección marcada por la personalización de la política, la capacidad para dominar la atención de los medios y las redes sociales constituyó una ventaja competitiva significativa.
Las razones del paso de Iván Cepeda a la segunda vuelta
En apenas dos décadas la izquierda partidista pasó de ocupar posiciones marginales a convertirse en una fuerza capaz de disputar con éxito la Presidencia. La votación de Iván Cepeda confirma que ese resultado no fue circunstancial. Diversos factores ayudan a explicar su desempeño.
—Primero, el Pacto Histórico llegó a la elección con una base parlamentaria sólida. Su condición de mayor bancada en el Congreso le proporcionó una plataforma organizativa y electoral importante.
A ello se sumó el respaldo de congresistas provenientes de distintos partidos y movimientos, incluidos sectores liberales, verdes, conservadores y del Partido de la U, además de organizaciones indígenas y afrocolombianas. En conjunto, cerca de cien congresistas terminaron apoyando su candidatura.
—Segundo, Cepeda contó con el apoyo de organizaciones sociales y sindicales de gran capacidad de movilización. Entre ellas se destacan la CUT, Fecode, Fuerza Ciudadana, el movimiento En Marcha, el Partido del Trabajo de Colombia y otros sectores de izquierda. Esta red organizativa le permitió mantener presencia territorial y capacidad de convocatoria más allá de los partidos políticos.
—Tercero, el perfil personal del candidato resultó funcional para ampliar la base electoral de la izquierda. Aunque proviene de una larga tradición militante y propone dar continuidad a varias de las reformas impulsadas durante el gobierno Petro, lo hace mediante un discurso más moderado y menos confrontacional. Sus intervenciones suelen ser más sobrias y abiertas al diálogo que las del actual presidente.
Esa característica parece haber contribuido a ampliar su atractivo electoral. Según Invamer, entre quienes afirmaban que votarían, Cepeda registraba una favorabilidad del 51,1 % y una desfavorabilidad del 35,6 %, indicadores superiores a los de sus principales competidores.
—Cuarto, la transformación de la amplia y heterogénea coalición que llevó a Gustavo Petro a la Presidencia en 2022 en un solo partido fortaleció la capacidad organizativa de la izquierda. El Pacto Histórico adquirió mayor cohesión, una dirección más estable y una presencia territorial más consistente. Aunque persisten diferencias internas, la organización logró actuar con mayor coordinación que en procesos electorales anteriores.
—Quinto, también movilizó apoyos su compromiso con la búsqueda de la paz mediante acuerdos y negociaciones, aunque introduciendo matices frente a la política de Paz Total del gobierno Petro. Del mismo modo, defendió la continuidad de las reformas sociales impulsadas durante los últimos cuatro años y mantuvo una visión de la economía y de la sociedad que asigna al Estado un papel central.
Su campaña logró conectar con sectores que perciben beneficios directos o indirectos de las políticas sociales promovidas por el actual gobierno: organizaciones indígenas y afrocolombianas, sectores populares urbanos, jóvenes vinculados a la educación pública y grupos históricamente subrepresentados en la política nacional.
—Sexto, el crecimiento del electorado de izquierda o progresista parece haberse consolidado, especialmente en las ciudades. Los resultados en Bogotá, Cali, Barranquilla y Cartagena muestran que una parte importante del voto urbano continúa inclinándose por opciones de izquierda. Lo ocurrido en 2022 no parece haber sido una excepción sino la expresión de una transformación más duradera del sistema político colombiano.
—Séptimo, la candidatura también se benefició del efecto arrastre del gobierno de Gustavo Petro. Contra los pronósticos de muchos de sus opositores, el presidente concluyó su mandato conservando niveles de apoyo relativamente altos.
Más allá de los debates sobre sus resultados, logró instalar en la agenda pública temas como las reformas sociales, la inclusión de sectores históricamente marginados y la ampliación de programas de apoyo dirigidos a poblaciones vulnerables.
Los índices de favorabilidad presidencial aumentaron durante el último año y alcanzaron el 45,8 % en mayo de 2026. Se trata de una cifra significativa para un presidente que gobernó con minorías parlamentarias y enfrentó una oposición intensa durante buena parte de su mandato.
—Octavo, la escogencia de Aída Quilcué como fórmula vicepresidencial pudo haber contribuido a ampliar la coalición electoral. Aunque algunos observadores expresaron dudas sobre la decisión, el mensaje de diversidad e inclusión parece haber fortalecido el vínculo con sectores indígenas y con votantes sensibles a las demandas de representación de grupos históricamente excluidos.
El abrazo del oso y la caída del uribismo
Si el ascenso de De la Espriella constituye una de las novedades de la elección, la otra gran noticia es el debilitamiento del uribismo. Los resultados sugieren que el liderazgo electoral de Álvaro Uribe ya no tiene la capacidad de ordenar a la derecha ni de transferir apoyos de manera automática. Estas habrían sido las causas y síntomas del problema:
—Primero, las divisiones dentro de la derecha fragmentaron el espacio político que tradicionalmente gravitaba alrededor de Uribe. Ni el expresidente ni el Centro Democrático lograron reunir a los partidos cercanos bajo una misma candidatura. Conservadores, liberales, dirigentes del Partido de la U y sectores de Cambio Radical terminaron repartidos entre distintas opciones. Las direcciones nacionales de varios partidos mostraron una capacidad limitada para disciplinar a congresistas y dirigentes regionales.
—Segundo, durante la campaña se multiplicaron las señales de inconformidad dentro del propio campo uribista. Dirigentes que habían acompañado durante años al expresidente tomaron distancia o manifestaron reservas frente a la candidatura de Paloma Valencia. La campaña fue perdiendo cohesión y comenzó a instalarse una percepción de pesimismo entre sus propios seguidores.
—Tercero, el respaldo de Álvaro Uribe parece haber dejado de ser una ventaja electoral automática. Para un sector importante del electorado, los procesos judiciales, las controversias acumuladas durante años y la persistencia del expresidente como protagonista de la política nacional generan más resistencia que adhesión. Lo que durante dos décadas fue un activo político puede haberse convertido en una carga para quienes buscan ampliar su base electoral.
—Cuarto, la fórmula Paloma Valencia–Juan Daniel Oviedo nunca produjo los resultados que sus promotores esperaban. Lo que inicialmente parecía una combinación capaz de ampliar la base electoral de la centroderecha acabó mostrando diferencias de estilo, lenguaje y visión política. El intento de construir una candidatura más amplia no logró convencer a los votantes.
Además, la consulta interpartidista generó expectativas que no se reflejaron en las urnas. Entre todos los participantes reunieron cerca de seis millones de votos, pero una parte importante de ese electorado terminó migrando hacia Abelardo de la Espriella. La consulta mostró fuerza organizativa, pero no logró consolidar una candidatura competitiva para la elección presidencial.
—Quinto, la coalición apostó por una estrategia basada en la acumulación de figuras públicas y dirigentes conocidos. La hipótesis era que la suma de precandidatos produciría un efecto multiplicador. Los resultados sugieren lo contrario. Varios de esos aspirantes tenían una amplia visibilidad mediática, pero una capacidad electoral muy limitada. La consulta produjo entusiasmo entre los dirigentes, pero no entre los votantes.
—Sexto, el voto retrospectivo jugó en contra del Centro Democrático. El recuerdo del gobierno de Iván Duque sigue siendo desfavorable para amplios sectores del electorado. Sus niveles de aprobación fueron bajos al final del mandato y ni siquiera su propio partido suele reivindicarlo como una referencia política. El expresidente desapareció prácticamente del debate electoral, una situación impensable pocos años atrás.
—Séptimo, buena parte de la campaña se concentró en atacar a Iván Cepeda. Sin embargo, los mensajes más agresivos parecen haber tenido un efecto limitado. Presentarlo como una amenaza extrema o asociarlo permanentemente con grupos armados terminó perdiendo eficacia entre votantes acostumbrados desde hace años a ese tipo de discursos. En lugar de ampliar apoyos, la estrategia pudo reforzar la percepción de una campaña excesivamente negativa.
Mientras llega el segundo tiempo
Estas elecciones fueron inéditas por cuatro razones:
– La primera es el triunfo en primera vuelta de un outsider que se define sin ambigüedades como representante de una derecha radical.
– La segunda es la consolidación de la izquierda como una opción estable de poder. Lo ocurrido en 2022 no fue un episodio aislado: cuatro años después mantiene capacidad para disputar la Presidencia y movilizar cerca de diez millones de votos.
– La tercera novedad es el debilitamiento del uribismo. Hace apenas unos años resultaba difícil imaginar una elección en la que el respaldo de Álvaro Uribe no fuera decisivo dentro de la derecha. Hoy ese liderazgo parece haber perdido buena parte de su capacidad de ordenar el campo político y transferir apoyos electorales.
– La cuarta es el alto nivel de competencia. Aunque las encuestas señalaban a Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda como los candidatos más opcionados, pocos anticipaban una diferencia tan estrecha entre ambos. La segunda vuelta enfrentará dos proyectos políticos claramente diferenciados y un electorado cada vez más fragmentado.
Por ahora, la principal incógnita no es quién ganó la primera vuelta, sino quién logrará ampliar su coalición en las tres semanas siguientes. La elección entra en su fase decisiva con un outsider fortalecido, una izquierda consolidada y un sistema político que sigue reordenándose ante los ojos de todos.

* Ph. D. en Ciencia Política y profesor de la Universidad del Valle.



