El triunfo de la marea de lo banal
En no pocos casos, los contenidos rozan lo repugnante y lo denigrante, pero se normalizan porque generan “likes”, risas rápidas y aprobación inmediata.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Mirar el mundo que hoy rodea a nuestros jóvenes despierta una inquietud que va más allá del consabido “en mis tiempos no era así”. No es el cambio en sí lo que preocupa, sino la dirección que ese cambio ha tomado. Sopla una corriente, una marea cultural persistente, que empuja hacia lo superficial y arrincona todo aquello que exige compromiso, disciplina, esfuerzo, profundidad, paciencia y sentido.
Se trata de una tendencia cultural que premia lo inmediato, aplaude la apariencia y confunde la notoriedad con el valor, repitiendo ese mismo mensaje una y otra vez. Lo que parece importar es el ahora, el impacto rápido y la validación ajena, mientras todo lo demás se percibe como exagerado, innecesario o, peor aún, aburrido.
La música comercial es uno de los ejemplos más visibles de esta tendencia. En muchos casos dejó de ser búsqueda o expresión para convertirse en un producto fabricado en serie, donde canciones distintas repiten las mismas ideas sobre dinero fácil, lujo ostentoso, excesos y poder sin contenido. El éxito se mide en carros, relojes y fiestas interminables, el amor se reduce a consumo y el deseo a posesión. No se trata de una crítica al ritmo ni a los nuevos sonidos, sino a un lenguaje pobre y repetitivo, donde la vulgaridad se volvió costumbre y el vacío se presenta como triunfo.
Algo muy similar ocurre en las redes sociales, donde todo transcurre a una velocidad vertiginosa y bajo una lógica deliberadamente liviana. Las conversaciones se disuelven con una facilidad inquietante y cualquier intento de argumentar se interrumpe de inmediato con un “qué pereza”, un “déjelo así” o, incluso, con un simple emoji que clausura el diálogo. Las discusiones no se resuelven, se cancelan, y suelen cerrarse con fórmulas evasivas como “cada quien”, “relájese”, “es solo humor” o “no es tan grave”, que evitan confrontar el fondo del asunto.
En ese ambiente proliferan las opiniones sin sustento, los juicios sin contexto y las respuestas automáticas que sustituyen al conocimiento y a la reflexión. Profundizar resulta incómodo, dudar se percibe como una pérdida de tiempo y quien insiste en explicar o controvertir termina rápidamente etiquetado como intenso, exagerado o problemático.
A este escenario se suman, con una responsabilidad nada menor, numerosos medios de comunicación que han elegido lo irrelevante y el escándalo como estrategia de audiencia. En ellos, la noticia cede su lugar al rumor, el análisis al titular estridente y la información a la amplificación constante del conflicto. Se multiplican programas que transforman el chisme en espectáculo, la vida privada en mercancía y la humillación en un formato rentable, contribuyendo de ese modo a la normalización de la trivialidad. Así, se sobredimensionan episodios marginales, se construyen polémicas artificiales y se reiteran hasta el cansancio relatos que no educan, no forman criterio ni transmiten valores, pero que sí alimentan la curiosidad vacía y el consumo acrítico.
El caso de TikTok resulta especialmente ilustrativo. Gran parte de lo que se consume allí son videos breves que no enseñan, no construyen y no dejan nada, desde coreografías vacías y bromas humillantes hasta retos absurdos y una exposición innecesaria de la intimidad. En no pocos casos, los contenidos rozan lo repugnante y lo denigrante, pero se normalizan porque generan “likes”, risas rápidas y aprobación inmediata. No todo es así, por supuesto, pero el algoritmo suele premiar lo banal, lo grotesco y lo inmediato.
Esta misma lógica ha empezado a colonizar el espacio político, con consecuencias profundas. El debate se reduce a consignas, etiquetas y frases de impacto, mientras los argumentos y las posiciones coherentes se responden con falacias, ofensas o descalificaciones. La política deja de ser deliberación para convertirse en espectáculo, y el desacuerdo se vive no como una oportunidad de diálogo, sino como una provocación personal.
En ese ambiente, la manipulación encuentra terreno fértil. Una ciudadanía acostumbrada a lo rápido y lo superficial es más fácil de capturar con mensajes simples, emocionales y polarizantes. La descalificación termina por ocupar el lugar de la discusión, la agresión desplaza a la crítica y la exposición pública se convierte en una forma de castigo. Aparecen entonces la amenaza, el linchamiento digital y la anulación simbólica del otro, no por lo que argumenta, sino de quién es, de las causas que defiende o de la corriente política que se le atribuye. El adversario deja de ser un interlocutor legítimo y pasa a ser tratado como un enemigo.
En esta cultura del atajo y la banalidad también se comercializa la ilusión del éxito fácil, instalando la idea de que todo logro debe llegar rápido y sin esfuerzo, que el estudio es una pérdida de tiempo y que la perseverancia es cosa de ingenuos. El verdadero riesgo no está en ver un video, escuchar una canción o usar una red social, sino en adoptar esa lógica como una forma de vida.
El resultado es inquietante. La curiosidad es desplazada por la búsqueda incesante de novedad. La reflexión cede ante el chiste fácil y la opinión sin sustento. La identidad se diluye en la tendencia del momento. Así se llega a la repetición automática de lo que todos dicen, al pensamiento prestado de lo que todos piensan y a la celebración acrítica de lo que la mayoría celebra.
Frente a este panorama, la salida no pasa por el aislamiento ni por la demonización del presente, sino por educar con criterio y ofrecer una brújula que permita orientarse con sentido en medio del ruido.
El hogar sigue siendo el primer lugar para hacerlo, no desde la prohibición, sino como primer agente en la educación. Recuperar espacios para conversar sin pantallas, hablar sin apuros, preguntar, escuchar y contrastar, y mostrar con el ejemplo que lo que más vale casi nunca es lo más fácil, porque lo que deja huella suele exigir tiempo, disciplina y esfuerzo.
La escuela tiene también una responsabilidad enorme, pues debe ser un refugio permanente frente a la prisa y la superficialidad. Un lugar donde se piense con calma, se lean textos que incomodan y se aprenda a pensar y argumentar con sentido y no solo a opinar. Defender las humanidades y el pensamiento crítico hoy no es un lujo, sino una urgencia, ya que sin alfabetización crítica la ignorancia corre el riesgo de convertirse en identidad.
El objetivo final no es que los jóvenes rechacen su tiempo, sino que no se pierdan en él, que puedan disfrutar de lo popular sin quedar atrapados en su vacío y que elijan un libro, una conversación exigente o un silencio necesario porque saben, por experiencia, que ahí hay algo que vale la pena.
En medio del ruido constante, nuestra misión como padres y educadores es clara. Ayudarles a escuchar su propia voz y procurar que, cuando hablen, tengan algo valioso que decir.

*Profesor de Ingeniería Química Universidad de Antioquia.





