El inventario de los mártires del corazón
Porque amar también es elegir permanecer, una y otra vez, hasta el final de la conversación y hasta el final en una relación cuando se ama.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Hoy, en este día tan comercial dedicado al amor, quiero compartir una historia jocosa y entretenida sobre una posible —y muy reconocible— cena de pareja, donde el verdadero suspenso no está en el menú… sino en lo que puede suceder cuando alguien decide hacer una pregunta peligrosa.
Aquella noche de febrero, mientras las calles se llenaban de globos rojos y parejas caminando como si estuvieran en un comercial de chocolates, en un pequeño apartamento de un quinto piso todo parecía marchar según el manual oficial de San Valentín.
Ella había preparado una lasaña con ese cuidado que convierte la cocina en acto de fe. Él había llegado con vino. Buen vino. Todo iba bien.
Hasta que él decidió pensar y hacer lo inoportuno. Preguntar…
—Cariño… ¿tú crees que el amor es justo?
Ella sonrió con esa confianza tranquila de quien espera un cumplido disfrazado de pregunta. Pero no.
—¿Justo? —repitió—. Pues…
—¡Exacto! —saltó él—. Nadie sabe definirlo y aun así esperamos que funcione.
La noche cambió de dirección en ese instante, aunque ninguno de los dos lo notó todavía.
Él empezó a hablar de San Valentín, de mártires, de hombres decapitados por amor, de Romeo bebiendo veneno antes de tiempo, de Sansón perdiendo la fuerza y los ojos por confiar demasiado.
Ella escuchaba en silencio, masticando lentamente, con esa expresión difícil de interpretar que puede significar paciencia… o el inicio de un terremoto emocional.
—¿Ves el patrón? —dijo él finalmente, satisfecho—. El hombre entrega todo y termina mal.
Ella dejó el tenedor.
No lo soltó con ruido. Lo apoyó con demasiada suavidad.
Mala señal.
Suspiró. Un suspiro largo, casi meditativo.
Él sintió una ligera incomodidad. Era el tipo de silencio que parecía abrir una puerta invisible hacia territorios peligrosos. Recordó otras conversaciones que habían empezado igual: tranquilas, razonables… y que habían terminado con frases como “no es lo que dijiste, es cómo lo dijiste”.
Ella se levantó sin prisa y fue a la cocina.
Él la observó abrir otra botella de vino.
La forma en que lo hizo —con calma excesiva— le pareció sospechosa. Demasiado silencio. Demasiado control. Como si estuviera preparando algo.
“Tal vez acabo de arruinar San Valentín”, pensó.
Imaginó el futuro inmediato: discusión filosófica convertida en debate personal, reproches reciclados, lasaña fría y cada uno mirando el celular en lados opuestos del sofá. Su tesis sobre la injusticia del amor empezaba a sentirse peligrosamente profética.
Ella regresó.
Sonreía.
Pero no era una sonrisa sencilla. Era una sonrisa que prometía algo.
—Muy bien —dijo—. Sherlock Holmes del desamor histórico. Ahora me toca.
Y empezó a recitar una larga lista de mujeres mártires del amor: Penélope, la paciente tejedora de la espera; Psique, que atravesó pruebas imposibles; Ifigenia, sacrificada por un destino que no eligió; Dido, consumida por un amor que la abandonó; y Hero, que se lanzó al vacío cuando el amor se apagó en la orilla.

Cada nombre caía sobre la mesa como una ficha de dominó.
Él pasó de seguro a incómodo… de incómodo a ligeramente preocupado… de preocupado a resignado.
—Bueno —admitió al final—. Tal vez hay mártires en ambos lados.
Ella levantó la copa.
—Siempre los ha habido.
Silencio.
Un silencio largo.
Uno de esos silencios que pueden terminar en discusión… o en algo completamente distinto.
Él esperó.
Ella también.
Afuera, alguien reía en la calle. Un carro pasó con música romántica. La noche parecía contener la respiración.
Adentro, parecía que la noche estaba a punto de fracasar.
—Entonces —preguntó él con cautela—, ¿qué conclusión sacamos?
Ella no respondió de inmediato. Se levantó. Rodeó la mesa.
Él se preparó mentalmente para el discurso final, quizá para un reproche elegante, tal vez para una lección inolvidable .Pero ella se sentó en su regazo.
—Que el amor no es justo —dijo suavemente—. Y menos mal.
Él parpadeó.
—¿Cómo así?
—Porque si fuera justo sería un contrato. Y nadie celebra contratos el 14 de febrero.
Ella señaló la mesa desordenada.
—El amor no es un inventario de quién sufre más. Es quedarse… incluso cuando el otro empieza a dar conferencias históricas en plena cena romántica.
Él soltó una carcajada nerviosa.
—Pensé que había arruinado la noche.
Ella negó con la cabeza. Lo miró divertida.
—Estuviste peligrosamente cerca.
—No necesitas una fecha para arruinar o salvar el amor. Eso se decide todos los días.
Se inclinó un poco más.
—Mi teoría es más simple —añadió—Las parejas que se aman no esperan al calendario. Todos los días son una excusa para celebrar. No hay días especiales… hay personas especiales.
Él la miró en silencio.
Y entonces entendió que el verdadero giro de la noche no estaba en los mártires ni en las historias antiguas, sino en algo mucho más sencillo: que el amor no se demuestra en grandes gestos ni en fechas marcadas, sino en conversaciones imperfectas que terminan en sonrisa.
La besó.
—Entonces… ¿seguimos celebrando?
—Siempre —respondió ella—. Aunque sea martes… aunque la lasaña se enfríe… aunque empieces a filosofar.
Y así, entre mitos, vino, lasaña y teorías que parecían conducir al desastre, la noche encontró su verdadero final.
Descubrieron que el auténtico suspenso del amor no está en quién sufre más… no. Está en esa conclusión ligera y luminosa que aparece cuando dos personas terminan riendo mientras recogen la mesa, recordando que el amor no necesita fechas en el calendario, sino la decisión cotidiana de quedarse, de escuchar y de aceptar que toda conversación de pareja puede terminar en discusión… o en beso. Porque amar también es elegir permanecer, una y otra vez, hasta el final de la conversación y hasta el final en una relación cuando se ama.
Y mientras acomodaban los platos juntos, ella pensó que quizá lo que realmente vale la pena del amor no es evitar las dudas ni ganar las discusiones, sino saber quedarse: quedarse cuando la conversación se enreda, cuando no todo es perfecto, cuando el final aún es incierto. Porque amar, al fin y al cabo, es elegir permanecer —una y otra vez— hasta el último diálogo… y hasta el final.
*Académico/Profesor de la Facultad de Química de la UdeA






