La trampa de la amabilidad aparente
Al final, la medida más honesta de nuestra calidad humana no está en la impresión que dejamos en quienes apenas nos conocen. Está en la tranquilidad de quienes comparten nuestra vida.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Hace poco escuché un audio sobre la amabilidad y me quedó una pregunta rondando. ¿Qué significa hoy ser una “buena persona”? La respuesta parece obvia hasta que se examina con atención. En muchos espacios, la bondad se ha reducido a una sonrisa constante, a la capacidad de agradar y a la construcción de una imagen socialmente aceptable. La amabilidad se vuelve entonces una forma de apariencia más que una expresión del carácter.
Se celebra la simpatía visible y el gesto amable que puede ser observado y validado. Pero cuando la bondad se convierte en una estrategia para obtener aprobación, pierde profundidad. No es autenticidad, es representación. Una máscara cómoda que funciona bien frente a desconocidos y que rara vez se somete al examen de la vida cotidiana.
Ser amable con extraños resulta sencillo porque no existe historia compartida que nos confronte. Lo verdaderamente difícil aparece en el territorio íntimo, allí donde la convivencia prolongada revela quiénes somos cuando nadie nos observa. En la familia, en la pareja y entre amigos cercanos, la amabilidad deja de ser un gesto ocasional y se transforma en una práctica sostenida. Es ahí donde la coherencia se vuelve inevitable.
Existe una paradoja silenciosa. Muchas personas cuidan con esmero su imagen pública mientras descargan su cansancio o su frustración sobre quienes más las aman. Se protege la apariencia y se descuida la esencia. Esa inversión de prioridades no destruye las relaciones de forma inmediata, pero las desgasta lentamente hasta vaciarlas de sentido.
La bondad auténtica no busca aplausos. No necesita testigos. Aparece en decisiones pequeñas y repetidas, en la humildad cuando el ego pide protagonismo y en la capacidad de mantener el respeto y empatía, incluso cuando estamos agotados. No es un espectáculo, sino una disciplina interior que se sostiene en la coherencia cotidiana.
Quizá el verdadero desafío no sea parecer buenos hacia afuera, sino ser confiables hacia adentro. Ser la misma persona en todos los espacios sociales implica renunciar a las máscaras y aceptar la incomodidad de la coherencia. Implica elegir la honestidad aun cuando no produce reconocimiento inmediato.
Al final, la medida más honesta de nuestra calidad humana no está en la impresión que dejamos en quienes apenas nos conocen. Está en la tranquilidad de quienes comparten nuestra vida diaria y pueden descansar sabiendo que no encontrarán una versión distinta de nosotros cuando se cierren las puertas. Porque la bondad que se muestra puede impresionar, pero la que se sostiene en silencio es la única que construye algo verdadero y nos vuelve confiables, casi predecibles, para una convivencia armoniosa en sociedad.







