Opinión

Quién ganó, quién perdió y quién pasó raspado en la política colombiana

Ingrid Betancur, reapareció con una mezcla de turismo político y nostalgia moral que rayó en lo caricaturesco. Su campaña fue desconectada, errática, sin anclaje social y sinceramente ridícula.

Omar Jiménez*/Opinión/El Pregonero del Darién

Cuando termina el año, todos hacemos balances. En la vida, en el trabajo y, por supuesto, en la política. En esta última columna de un 2025 agitado, ruidoso y profundamente polarizado, quiero hacer un recuento honesto, y sin concesiones, de quién, a mi criterio, ganó el año, quién lo perdió y quién apenas logró pasar raspando en el ajedrez político colombiano rumbo a 2026.

2025 no fue un año cualquiera. Fue el año en que muchos discursos se agotaron, varias figuras se quemaron y otros entendieron, a tiempo, que la política no se hace contra el país, sino con el país que realmente existe.

El gran error de la derecha, pelear con un país imaginario. La derecha colombiana cometió en 2025 un error estratégico mayúsculo, insistir en vender un país en ruinas que no coincide con la experiencia cotidiana de millones de ciudadanos. Oponerse a todo lo que propone el Gobierno Petro no por razones técnicas, sino por el simple hecho de que lo propone Petro, terminó siendo una oposición no propositiva, sino perezosa y desconectada.

El relato del colapso económico, amplificado por Álvaro Uribe, se estrelló contra los datos, crecimiento del 3,6 % en el último trimestre, uno de los más altos de la OCDE; dólar estable; desempleo en 8,2 %, entre los más bajos del siglo; aumento del consumo y utilidades históricas en empresas de consumo como Nutresa y el Grupo Éxito, solo por nombrar algunas.

No es que el país esté perfecto. Es que el país que se vive no es el país que se grita. Y en política, cuando el relato no coincide con la realidad percibida, el relato pierde.

Hablar con el 30 % también es hacer país, por eso fue tan revelador el escándalo por la reunión de empresarios de la AmCham con Iván Cepeda. Para la derecha más dogmática fue una traición. Para la política adulta fue un gesto elemental, entender que el 30 % del país que votó por el cambio no va a desaparecer por insultos ni por presiones.

Cepeda entendió algo que muchos se niegan a aceptar, hacer país es hablar con quienes piensan distinto, no exigirles que se alineen.

Los grandes ganadores de 2025. Iván Cepeda, cerró el año como uno de los políticos que más creció. No solo en encuestas, sino en estatura política. Rompió el cerco simbólico de la izquierda radical, habló con empresarios, bajó el tono sin bajar las banderas y amplió su legitimidad. Entendió el país real.

Roy Barreras, silencioso, pero eficaz. Su proyecto político al Senado apunta a más de un millón y medio de votos, con una lista robusta que incluye clanes tradicionales, como el de Musa Besaile, y maquinaria regional aceitada. Barreras no vende épica, vende poder. Y en Colombia, eso cuenta.

Sergio Fajardo volvió a escena en 2025 como suele hacerlo, con cuidado extremo, lenguaje neutro y la obsesión por no incomodar a nadie. Reapareció hablando de “nueva mayoría” y rechazando consultas porque, según él, favorecen a los extremos. El problema es que, en un país polarizado y emocional, la tibieza no construye mayorías, las diluye. Fajardo no perdió el año, pero tampoco lo ganó. Sobrevive políticamente por recordación, no por renovación. Sigue siendo el mismo candidato correcto para un país que ya no existe.

Claudia López cerró 2025 con una candidatura formal, muchas firmas y el mismo problema de siempre, exceso de ego y déficit de coalición. Cree que la Presidencia se construye desde la autoridad moral y la experiencia administrativa, ignorando que la política nacional no se gana en solitario. Su discurso anticorrupción y de buena gestión ya no sorprende, y su dificultad para trabajar con otros la mantiene aislada. Tiene estructura, tiene visibilidad, pero no logra convertirse en un proyecto colectivo. Más que crecer, Claudia se estancó.

Juan Carlos Pinzón, creyó que la experiencia en seguridad, el roce internacional y el currículum técnico bastaban para volver a la cancha grande. No entendió que Colombia hoy no vota hojas de vida, vota relatos. Su propuesta fue seria, sí, pero políticamente irrelevante. Está pasando raspado, sin pena ni gloria.

Carolina Corcho fue, sin duda, una de las figuras más sólidas del año. Le guste o no a sus detractores, demostró tener el país en la cabeza, claridad ideológica y una capacidad demoledora en el debate público. Se comió a más de uno en escenarios mediáticos, no por gritar más, sino por saber más. Hoy, como cabeza de lista al Senado de la Colombia Humana, representa a una izquierda que dejó de pedir permiso y aprendió a argumentar con rigor. Corcho no es tibia, no es cómoda y no es conciliadora. Y justamente por eso, crece y gana el año.

Juan Manuel Santos reapareció como lo que siempre ha sido, un poder silencioso. No compite, pero incide. No aspira, pero ordena. En 2025 volvió a mover fichas desde la sombra, recordándole al país que el santismo no murió, solo mutó. Su legado sigue siendo incómodo para la derecha radical y funcional para sectores del centro y la izquierda moderada. Santos no ganó el año, pero tampoco lo perdió, sigue siendo el gran elector invisible, el adulto en una sala llena de egos.

Germán Vargas Lleras confirmó en 2025 que su tiempo pasó. Inteligente, estructurado y con memoria de Estado, sí. Pero incapaz de conectar emocionalmente con un país cansado de tecnócratas regañones. Vargas sigue creyendo que gobernar bien es suficiente para ganar elecciones. No lo es. Su frialdad, su distancia y su dificultad para leer las nuevas sensibilidades lo dejaron fuera del centro de la conversación. Vargas no se quemó este año, porque ya venía apagado.

Omar Jiménez

Daniel Quintero, con matices y con el aval de AICO, Quintero logró mantenerse vivo políticamente. No ganó el año, pero no murió, que en política a veces es lo mismo. Sigue siendo una figura disruptiva, con techo alto en redes y piso inestable en lo jurídico. Habilitado en el debate, incierto en el resultado.

Los que perdieron el año. Álvaro Uribe, sigue siendo influyente, pero perdió centralidad narrativa. Su diagnóstico de país dejó de convencer a amplios sectores que hoy miran su empleo y su bolsillo antes que los discursos apocalípticos. El uribismo ya no marca la agenda nacional como antes. Y lo peor, la condena contra su hermano Santiago por nexos con los paramilitares es un lastre pesado de llevar.

María Fernanda Cabal, quedó por fuera por recalcitrante. El Centro Democrático prefirió una candidata más dócil, más manejable y menos incendiaria, Paloma Valencia. Cabal perdió por no entender que la radicalidad moviliza nichos, pero ahuyenta mayorías.

Ingrid Betancur, reapareció con una mezcla de turismo político y nostalgia moral que rayó en lo caricaturesco. Su campaña fue desconectada, errática, sin anclaje social y sinceramente ridícula. Un regreso fallido, como siempre.

Los grandes “quemados” del año. El centro fue, quizá, el gran perdedor colectivo de 2025.

Vicky Dávila, mucho ruido mediático, poca estructura política. Se agotó rápido.

Aníbal Gaviria, peso regional sin traducción nacional.

Juan Manuel Galán, apellido fuerte, narrativa débil.

Alejandro Gaviria, Daniel Oviedo y Mauricio Cárdenas, tecnocracia sin épica. Todos quedaron atrapados en consultas tibias, discursos grises y una desconexión profunda con el país emocional.

El centro no perdió por falta de inteligencia, sino por falta de coraje político.

Los habilitados, aunque raspando. Paloma Valencia, candidata única del Centro Democrático. Ordena el partido, pero enfrenta el reto de salir del uribismo duro y hablarle a un país más amplio. Ganó estructura, no narrativa.

Abelardo De la Espriella, ganó visibilidad, no viabilidad. Mucho personaje, poca política real. Sirve más como fenómeno comunicacional que como opción electoral sólida.

Miguel Polo Polo, sobrevive a fuerza de polémica. Tiene redes, no coalición. Es más síntoma que proyecto.

El año en que perdió la democracia. 2025 quedará marcado por un hecho trágico, el asesinato de Miguel Uribe Turbay. No fue solo una víctima política; fue una derrota de la democracia, del Estado y del país. Su muerte dejó una herida profunda y un mensaje brutal, la política sigue siendo un oficio de riesgo en Colombia.

Su padre, Miguel Uribe Londoño, fue prácticamente expulsado del Centro Democrático, sin gloria ni respaldo. El sacrificio de su hijo fue, políticamente, en vano. Hoy aspira desde Colombia Demócrata, cargando un apellido golpeado por la tragedia y una narrativa que genera más preguntas que certezas.

Las listas y las maquinarias. La lista al Senado de Creemos fue una de las más lánguidas del año. Aspira a una hazaña improbable, más de 700 mil votos para lograr personería jurídica, mientras ejerce presión férrea, y disciplina de perros sobre contratistas de la Alcaldía. Mucha coerción, poca mística.

La gran lección de 2025. Este año dejó una verdad incómoda, no gana quien más grita, sino quien mejor interpreta.

La derecha que ignore al 30 % del país seguirá perdiendo.

El centro que no emocione seguirá quemándose.

La izquierda que dialogue seguirá creciendo.

2025 no fue el año de las certezas, fue el año de las revelaciones. Y el 2026, aunque muchos aún no lo acepten, ya empezó.

*Comunicador social y asesor político.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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