Opinión

Recesión de la amistad. Crisis que resiente la cohesión social.

Martha Nussbaum ha insistido en que una educación que solo busca rendimiento ignora lo más humano, la capacidad de conectar, de preocuparnos por el otro.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Vivimos enchufados todo el día. Mensajes, redes, videollamadas. Pero paradójicamente cada vez más gente se siente sola. No es solo una sensación pasajera. Es una realidad que se está volviendo una silenciosa epidemia. Hay un término que lo resume perfecto, la recesión de la amistad. Cada vez tenemos menos amigos de verdad, de esos con los que se puede contar en las malas y en las buenas.

No es algo que uno invente. Hace más de 20 años Robert Putnam, un profesor de Harvard, ya lo advertía en su libro Bowling Alone. Los estadounidenses (y el patrón se repite en muchos lugares) salían menos con amigos, participaban menos en grupos, confiaban menos en los demás. Las visitas a casa de amigos cayeron, las cenas familiares se hicieron más raras. Aquella alerta sigue vigente y los números recientes lo confirman. Encuestas muestran que mucha más gente dice tener pocos o ningún amigo cercano comparado con hace tres décadas.

Hoy abundan los contactos pero escasean los amigos de verdad. Chateamos sin parar pero hablamos poco de lo que realmente importa. Las relaciones se vuelven frágiles. Duran mientras convienen y se rompen con la primera diferencia o falta de tiempo. La vida va demasiado rápido y la amistad profunda, esa que pide presencia, escucha y cuidado, queda relegada.

No es solo culpa nuestra como individuos. Vivimos en una cultura que premia la autosuficiencia, la competencia y el éxito personal por encima de todo. Zygmunt Bauman lo llamó modernidad líquida. Todo fluye, nada es sólido y los vínculos humanos se vuelven temporales, fáciles de desechar cuando ya no sirven.

La tecnología digital ha acelerado el problema. Sí nos conecta pero muchas veces empobrece. Sherry Turkle, investigadora del MIT, lo explica claro. Las pantallas nos dan la ilusión de compañía sin los riesgos ni el esfuerzo de la conversación real. Nos acostumbramos a interacciones rápidas, fragmentadas, sin mirada a los ojos. No digo que tiremos el celular pero hay que reconocer que usarlo sin límites puede dejarnos más solos aunque estemos conectados.

Las consecuencias son serias. La soledad crónica pasa factura. Más ansiedad, depresión, problemas de salud física. Julianne Holt-Lunstad, psicóloga, ha demostrado con estudios amplios que la falta de relaciones sociales aumenta el riesgo de morir antes casi tanto como fumar o no hacer ejercicio.

Y hay una paradoja que duele. El sistema educativo, que debería enseñarnos a vivir juntos, a veces contribuye al problema. Al enfocarse tanto en competir y en notas individuales deja poco espacio para aprender empatía, colaboración y cuidado mutuo. Martha Nussbaum ha insistido en que una educación que solo busca rendimiento ignora lo más humano, la capacidad de conectar, de preocuparnos por el otro.

Pero hay algo más que agrava esta recesión de la amistad en nuestros días. Muchas personas han convertido las diferencias ideológicas o políticas en muros infranqueables. Si alguien no comparte exactamente la misma postura, lo etiquetan de inmediato como enemigo. Sin embargo, la amistad no necesita unanimidad absoluta.

No tener la misma ideología ni las mismas posiciones políticas no convierte a nadie en adversario irreconciliable. Al contrario, en los espacios donde sí coincidimos —en el amor por la familia, en el gusto por un buen café, en el fútbol, en el trabajo, en el barrio— podemos tejer lazos genuinos y profundos. Reconocer eso nos libera para ver al otro no como amenaza, sino como posible compañero de ruta en algún tramo de la vida.

Revertir esto no es imposible pero requiere esfuerzo consciente. En las escuelas y universidades urge priorizar el trabajo en equipo, la escucha y el respeto como algo central, no como un extra. Y a nivel personal empieza por lo simple. Dedicar tiempo de verdad, apagar la pantalla cuando toca hablar cara a cara, resistir la tentación de medir todo por productividad. La amistad no se construye por eficiencia. Se construye con presencia y compromiso.

Esta recesión de la amistad no es un destino inevitable. Es el resultado de decisiones culturales y sociales que podemos cambiar. Recuperar los lazos humanos no es romanticismo ni lujo. Es una necesidad básica. Una sociedad más unida y menos rota no se sostiene solo con leyes o números. Se sostiene con confianza, cuidado y solidaridad.

Por eso, dejémonos de tantas complicaciones. Seamos más espontáneos en el cariño. Llamemos sin planearlo tanto, abracemos sin pedir permiso, ayudemos sin esperar nada a cambio. Seamos más simples, más afectivos, más solidarios y empáticos. Porque cuando nos atrevemos a ser así, construimos una sociedad más armoniosa y más segura.

Los verdaderos amigos nos hacen sentir más seguros, más tranquilos, más felices. Y eso, al final, es lo que más necesitamos. Tal vez la salida empiece hoy, con un gesto mínimo y valiente. Una llamada sin motivo, un mensaje sencillo que diga “te extraño, ¿nos vemos?”.

 *Profesor de Ingeniería Química Universidad de Antioquia. 

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

Artículos destacados

Botón volver arriba