Opinión

¿Para quién gobierna el Banco de la República con su tasa de interés?

No se trata de desconocer la importancia de la estabilidad macroeconómica, sino de cuestionar una visión que la pone por encima de la vida misma.

Kamelia Zuluaga Navarro*Opinión/El Pregonero del Darién

La decisión del Banco de la República de sostener la tasa de interés en niveles d el 11,5% no puede seguir siendo presentada como un asunto meramente técnico. No lo es. Es una decisión que define ganadores y perdedores, que ordena prioridades y que, en la práctica, está incidiendo sobre quién puede crecer y quién queda rezagado en la economía.

Hoy, esa decisión está golpeando con mayor fuerza a la clase trabajadora, a los pequeños y medianos empresarios y a los sectores productivos que sostienen la economía real. Porque cuando sube la tasa de interés, no solo se encarece el crédito: se restringe la posibilidad de emprender, de sostener un negocio, de acceder a vivienda, de invertir. Se limita, en últimas, la vida digna.

Como lo ha planteado el economista Jorge Coronel, hay una pregunta que no se está haciendo con suficiente fuerza: ¿a quién escucha realmente el Banco de la República cuando toma estas decisiones? Durante años, el diálogo ha estado concentrado en el sector financiero y en centros de pensamiento cercanos a esa lógica. Mientras tanto, las organizaciones sociales, los sindicatos, el campesinado, las economías populares y los pequeños empresarios han sido históricamente excluidos de estos espacios.

Esta ausencia no es anecdótica. Tiene consecuencias concretas. Porque cuando no se escuchan las voces de quienes viven la economía desde abajo, se terminan tomando decisiones que profundizan las desigualdades.

Subir la tasa de interés produce una clara asimetría distributiva: eleva los costos para quienes dependen del crédito —hogares y sectores productivos—, mientras el sistema financiero mantiene su rentabilidad sin importar el ciclo económico. Es decir, incluso en momentos de desaceleración, los bancos siguen ganando, mientras la mayoría de la población ajusta su consumo, sus ingresos y sus posibilidades de futuro.

Y esto ocurre en un momento en el que el país empieza a mostrar señales de recuperación en sectores clave como el agro, la industria, el comercio y la cultura. Sectores que requieren financiamiento para consolidarse, generar empleo y sostener el crecimiento. Sin embargo, la política monetaria actual parece operar en contravía de esa realidad.

Se insiste en la “independencia” del Banco de la República como argumento para justificar estas decisiones. Pero esa independencia no puede convertirse en aislamiento. Un banco central no puede ser independiente de la sociedad. No puede escuchar solo a unos sectores y cerrar la puerta a otros. No puede priorizar un objetivo abstracto como la inflación mientras desconoce sus impactos sociales.

Aquí hay, además, una ruptura preocupante: la falta de coordinación entre la política monetaria y la política fiscal. Mientras desde distintos frentes se intenta impulsar la reactivación económica, la tasa de interés actúa como un freno que encarece el crédito y limita la inversión.

Por eso, más que un debate técnico, lo que está en juego es un debate político y ético: ¿cuál es el centro de la política económica?

No se trata de desconocer la importancia de la estabilidad macroeconómica, sino de cuestionar una visión que la pone por encima de la vida misma. Una economía que no mejora las condiciones de la gente no puede considerarse exitosa.

Hoy el llamado es claro: abrir el debate, democratizar las decisiones económicas y reconocer que la política monetaria también debe responder a las necesidades de las mayorías. Escuchar a quienes históricamente han sido excluidos no es un gesto simbólico, es una condición para construir un modelo económico más justo.

Porque si la economía no está al servicio de las bases populares, entonces ¿al servicio de quién está?

*Senadora electa por el Pacto Histórico

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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