Opinión

La velatón de Miguel

No reconozco en Miguel Uribe Turbay una vida pública merecedora de semejante homenaje, más allá de la imagen creada dentro del imaginario pequeño burgués del muchachito sonriente.

Juan Fernando Uribe Duque/Opinión/ El Pregonero del Darién.

No sé si Miguel Uribe – otro Uribe- se mereciera que le hubieran llevado la orquesta sinfónica a la clínica, o que aglomeraran toda esa cantidad de flores, pancartas e imágenes de la Virgen, en el parquecito del frente. Tampoco estoy muy seguro si fue merecedor de tanto elogio y ahora, una vez muerto, mereciera ser velado en cámara ardiente en el Congreso como si su vida hubiera sido ejemplo de trabajo, cordura o benevolencia, pues hasta donde entiendo solo fue un muchacho ungido por el privilegio de haber nacido en el seno de la familia de un presidente corrupto y ser producto del sortilegio amoroso de la “Bruja de Fredonia” -aquella de la historia de Castro Caycedo- que nos hizo recordar los pintorescos días del ascenso mafioso cuando su abuelos – Julio César, presidente y Rodrigo, gobernador-, surcaban en helicóptero los cielos del suroeste antioqueño en busca de fiesta o de los hechizos que la muchacha les preparaba para que sus dos hijos se enamoraran: Diana – posteriormente asesinada por el ” Patrón”-  y Miguel, el primogénito,  futuros padres del locuaz senador sacrificado.

Tampoco me da para tanto el que merezca ser objeto de veneración y paseo familiar ante su féretro, ni tampoco creo que le alcance la gloria para los tres días de duelo nacional que exigen los medios afectos a su gestión política que francamente desconozco más allá de la bullaranga que ofrecía cada vez que una comisión del Senado se oponía o enterraba una reforma presentada por el gobierno. Mucho recuerdo el alborozo cuando no quiso que a los trabajadores se les reconocieran los festivos y los nocturnos, y brincaba como loco de la dicha celebrándolo como un triunfo; también fueron muy contundentes sus comentarios cuando calificó de vándalos y terroristas a los muchachos que dejaron sin ojos o a los muertos en los barrios cuando antes de salir a protestar por el alza en los alimentos que un ministro pretendía imponer en plena pandemia, el Esmad asesinó.

Ese muchacho blanco, ojiazul sonriente y simpático que tocaba piano y le gustaba cantar vallenatos, promulgaba que todos deberíamos estar armados para protegernos de los delincuentes y culpaba al gobierno de ser el causante de toda la tragedia que ha vivido el país desde hace doscientos años, sabiendo que fue gracias a la violencia creada por el famoso Estatuto de Seguridad de su abuelo, por el que se sacrificaron más de dos mil líderes políticos y se instigó el asesinato de cuatro candidatos presidenciales dándole a los narcotraficantes el poder para consolidar el narcoestado que es actualmente Colombia y que crea para perpetuarlo, figuras mesiánicas nacidas de la entraña misma de la mafia, almibaradas con poses de empresarios exitosos, cuando no  bondadosos padres de familia o políticos «honestos» que aparentan librar batallas en nombre de la moral y el decoro, pero que han sumido al país en una oleada de violencia nunca antes registrada.

El velatorio ha sido más acorde a un verdadero magnicidio, y el discurso de amor y unión ofrecido por su esposa, perdió el pretendido brillo cuando ésta y su familia se retiraron al hacer ingreso el expresidente Santos y los representantes del gobierno. Hasta ahí llegan las buenas intenciones. Toda una comedia, una feria de vanidades y el montaje teatral de una élite acostumbrada a ordenar y a hacer cumplir apoyada en unos medios de comunicación arrodillados a su poder, todo el boato y el ritual consabido. Tal cual una fiesta, o un matrimonio. ¿Sería igual el homenaje si la víctima hubiera sido María José Pizarro o Gustavo Bolívar?

Francamente no reconozco en Miguel Uribe Turbay una vida pública merecedora de semejante homenaje, más allá de la imagen creada dentro del imaginario pequeño burgués del muchachito sonriente y exitoso merecedor de portada de revista farandulera – Hola, Caras o Cromos-  No encuentro una labor política interesante diferente a lo que ha caracterizado a su partido político: la tosca vociferación insultante contra el gobierno del presidente Petro, la crítica y la diatriba tildándolo de inepto, asesino y corrupto, olvidándose del país que políticos afectos a su familia, han creado: un país pobre e hipotecado, lleno de inequidad y violencia; esa misma que le cobró la vida cuando en sus arengas callejeras clamaba para que todos nos armáramos  muy de acuerdo con el postulado de sus compañeros de bancada:

¡Bala es lo quiay!

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

Artículos destacados

Botón volver arriba