Opinión

La máscara del discurso moderado

Hablan de reconciliación sin que medie una autocrítica real. Mencionan la pobreza sin tocar las estructuras que la producen.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

El peligro del lobo que aprendió a susurrar

La campaña presidencial colombiana de 2026 tiene dos figuras de la derecha que merecen una observación cautelosa. Abelardo de la Espriella, durante años identificado como abogado de élites, hoy intenta proyectarse como tribuno popular, mientras Paloma Valencia, reconocida por la firmeza de su discurso y la rigidez de sus convicciones, ensaya una suavidad que hasta hace poco le era ajena.

El cambio es evidente en el tono, en los gestos y en la forma de acercarse al electorado. Ambos han pulido maneras y adoptado un lenguaje más próximo, menos confrontacional. Pero conviene no dejarse confundir, porque una variación en el discurso rara vez implica una transformación real de aquello que se está dispuesto a hacer.

Lo que estamos viendo no es una conversión sino una  adaptación. Donde antes había dureza frontal, ahora  hay sonrisas medidas y palabras escogidas con  guantes de seda. De repente aparecen preocupados  por la gente que durante años no figuró en sus  prioridades, por los barrios que no recorrían, por  problemas que rara vez ocuparon sus discursos. No es  que hayan descubierto una nueva sensibilidad, es que  entendieron que el país también cambió y que el miedo, por sí solo, ya no alcanza para ganar elecciones.

Entonces lo combinan. Mantienen el mismo fondo, pero lo envuelven en un lenguaje más amable, en  gestos de empatía, en una apariencia de moderación  que inquieta a algunos y confunde a muchos. Hablan de reconciliación sin que medie una autocrítica real. Mencionan la pobreza sin tocar las estructuras que la  producen. Prometen futuro defendiendo un modelo  que lleva décadas arrojando los mismos resultados,  desigualdad persistente, violencia sin resolver y un Estado demasiado cercano a intereses privados.

En esos vacíos es donde vale la pena detenerse. No en lo que dicen hoy, sino en la distancia entre ese discurso y su propia trayectoria. Porque esa grieta no es menor, y tampoco es nueva. Es, más bien, el lugar donde suele esconderse el cálculo político.

Basta mirar hacia atrás para encontrar las mismas posiciones de siempre frente a reformas laborales que buscaban proteger al trabajador informal, frente a la  distribución de la tierra, frente al acceso a la educación pública o frente a políticas de equidad de  género que durante años fueron objeto de desdén o abierta oposición.

Nada de eso ha sido revisado con rigor ni explicado con franqueza. Apenas se ha cubierto con una capa de lenguaje más amable, como si el cambio de tono  alcanzara para diluir el pasado. Es, en el fondo, marketing político en estado puro.

El camuflaje, además, se ha extendido a terrenos más simbólicos. Hoy los vemos invocando la fe, citando textos religiosos, hablando de propósito y de conversión, como si la espiritualidad pudiera ponerse y quitarse según el calendario electoral. En el caso de Abelardo de la Espriella, el contraste es evidente si se recuerda su trayectoria como abogado de figuras del poder, entre ellas David Murcia y Alex Saab. En el de Paloma Valencia, el viraje hacia un discurso incluyente  no ha venido acompañado de una revisión de fondo sobre lo que ha defendido durante años.

La pregunta, entonces, no es retórica, aunque lo parezca. ¿Cuándo ocurrió ese cambio? ¿En qué momento se produjo esa transformación tan conveniente? ¿Antes de que las encuestas mostraran sus límites o después de que los números empezaran a apretar?

Cuando se juntan las piezas, el nuevo lenguaje no encaja. Puede sonar bien para el desprevenido o el incauto, pero pierde consistencia al contrastarlo con las decisiones, las alianzas y las causas que han respaldado. Y en política, cuando el relato no se sostiene frente a los hechos, lo que queda es estrategia, no convicción.

Ahí radica el verdadero riesgo que encarnan esos candidatos. En hacer creer que la forma ha transformado el fondo, en presentar la moderación discursiva como una evolución genuina cuando no pasa de ser una táctica y en construir una cercanía que no tiene raíces. Colombia ya ha visto esa película más de una vez, con distintos protagonistas y desenlaces previsibles, candidatos que prometen renovación y terminan profundizando lo mismo, discursos de seguridad que derivan en abusos, promesas de buen gobierno que acaban en redes de favores y contratos opacos.

La suavización del discurso no es una novedad, es una táctica. Se habla al centro para ganar y se gobierna para los de siempre cuando se alcanza el poder. Y en ese tránsito, quien termina perdiendo es el electorado, que vota por una versión edulcorada de un proyecto que, en lo esencial, no ha cambiado.

No se trata de una discusión entre derecha e izquierda, ni de una disputa ideológica en abstracto. Se trata, más bien, de algo mucho más elemental, la coherencia entre lo que se dice y lo que se ha hecho, y la memoria como referencia obligada, no como como lo que se prefiere olvidar.

Porque si algo enseña la experiencia es que el grito, al menos, advierte. El susurro, en cambio, desactiva las alarmas mientras avanza. Y ese es, quizás, el cambio  más delicado de todos.

Por eso conviene mirar menos el tono y más las huellas. Revisar trayectorias, entender quiénes rodean a cada candidato, quién financia sus campañas, qué  intereses los sostienen. La política no cambia por lo que se declara en campaña, cambia por las decisiones que se toman cuando se tiene el poder.

El Estado no es un trofeo de campaña ni una palanca al servicio de intereses privados. Es el patrimonio común de todos los colombianos, una herramienta con la que la sociedad se protege, distribuye oportunidades y corrige injusticias históricas. Entregarlo a quienes han concentrado el poder, seducidos por un discurso repentinamente amable, no solo resulta costoso, sino que implica un retroceso en  el proyecto de cambio.

Al final, la tarea del elector es menos emocional de lo que parece y bastante más exigente de lo que se quisiera. No basta con escuchar, hay que contrastar. No basta con creer, hay que verificar. No basta con mirar el presente, hay que ponerlo frente al pasado.

El lobo puede aprender a susurrar, a sonreír, incluso a rezar frente a las cámaras. Puede perfeccionar el disfraz hasta volverlo casi convincente. Pero hay algo que no cambia, las huellas. Y en política, como en la vida, es en esas huellas donde, tarde o temprano, termina apareciendo la verdad.

*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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