Experiencia versus conocimiento: una falsa dicotomía en la formación profesional
En un momento donde muchas universidades son presionadas por rankings de empleabilidad y discursos que las reducen a centros de capacitación, esta falsa dicotomía sirve a intereses concretos.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
«La experiencia profesional de un docente no pierde valor, pero ocupa un lugar distinto. No es el criterio último de legitimidad, sino un componente que debe ser interpretado e iluminado a la luz de marcos conceptuales más amplios. La calidad de un docente no se mide por la cantidad de obras realizadas ni por la lista de cargos ocupados, sino por su capacidad de entender, explicar, problematizar y ayudar a otros a apropiarse de un saber que domina. La universidad, en consecuencia, no es una simulación imperfecta de la «vida real», sino un espacio donde esa realidad se piensa, se analiza críticamente y se reconfigura».
Dos episodios vividos en mi trayectoria docente pusieron en evidencia una confusión persistente y preocupante sobre el sentido de la educación superior y la naturaleza del conocimiento profesional.
El primero ocurrió hace más de 30 años, después de una conferencia en la antigua Sociedad Colombiana de Ingeniería Química, capítulo de Antioquia. Al conversar con un egresado que había sido mi estudiante, supe que había tardado casi 10 años en graduarse, sin interrupciones ni ampliaciones del calendario. Ya eso sugería dificultades en su paso por la universidad. Pero lo más inquietante vino después: afirmó que se había hecho ingeniero en la empresa donde trabajaba, mientras que en la universidad simplemente había escuchado «carreta».
Si, como sostenía, la verdadera formación ocurre exclusivamente en el mundo laboral, su decisión de permanecer una década en la universidad carece de toda racionalidad. No se trata de desestimar el valor de la experiencia, sino de señalar que su argumento, llevado hasta el final, invalidaba su propio título.
El segundo episodio ocurrió recientemente en la red LinkedIn. Un autodenominado profesor universitario afirmaba que ser docente en administración exige haber tenido una empresa, y que enseñar ingeniería civil requiere haber construido un puente. La idea suena a sentido común, pero revela una comprensión limitada del conocimiento.
El filósofo Immanuel Kant ya explicó que el saber no es una copia pura de la experiencia, sino una construcción del entendimiento. La experiencia aporta contenidos, pero es la razón quien los organiza y los convierte en conocimiento comunicable y sistemático. Además, la postura del usuario de LinkedIn se autodestruye al examinar sus consecuencias: ¿acaso un historiador debería haber vivido los períodos que estudia? ¿Un médico tener todas las enfermedades que trata? ¿Un abogado haberse sumergido en el mundo del delito para defender a un delincuente? La respuesta es evidentemente negativa.
El problema de fondo va más allá de esta falsa oposición. Detrás de esas afirmaciones hay una comprensión empobrecida del propósito mismo de la universidad. La formación universitaria no puede reducirse a una capacitación instrumental para entornos laborales específicos, como si el mundo profesional se limitara a rutinas empresariales repetitivas.
Por el contrario, un buen docente de ingeniería civil puede no haber construido un puente, pero sí haber analizado decenas de casos de fallas estructurales, estudiado las propiedades de los materiales en condiciones extremas y enseñado a sus estudiantes a realizar cálculos de fatiga y estabilidad. Su saber no es menos real por haberse generado en un aula o en un laboratorio.
Autores como Donald Schön, con su noción del profesional reflexivo, nos ayudan a superar esta dicotomía. La experiencia no es bruta, sino que ya contiene pensamiento y reflexión en la acción. Y Lee Shulman, al distinguir entre el conocimiento del contenido, el conocimiento pedagógico y, especialmente, el conocimiento pedagógico del contenido —pedagogical content knowledge—, muestra que enseñar no consiste solo en relatar lo que uno ha hecho, sino en transformar el saber disciplinar en representaciones y estrategias comprensibles para los estudiantes.
En un momento donde muchas universidades son presionadas por rankings de empleabilidad y discursos que las reducen a centros de capacitación, esta falsa dicotomía sirve a intereses concretos. Justifica recortes en humanidades, exige profesores con experiencia comprobable en la industria —como si enseñar no fuera también una práctica exigente— y desprecia la investigación que no tenga aplicación inmediata.
La función de la educación superior hoy ya no es instruir para ejecutar rutinas que una inteligencia artificial o una máquina pueden realizar mejor. La universidad debe formar sujetos capaces de discernir, cuestionar, decidir con responsabilidad y crear esas tecnologías, no solo usarlas. La formación profesional no busca reproducir lo ya sabido, sino preparar personas capaces de enfrentar problemas inéditos en contextos cambiantes. Eso exige pensamiento crítico y dominio conceptual profundo, no un inventario de soluciones conocidas.
Desde esta perspectiva, la experiencia profesional de un docente no pierde valor, pero ocupa un lugar distinto. No es el criterio último de legitimidad, sino un componente que debe ser interpretado e iluminado a la luz de marcos conceptuales más amplios. La calidad de un docente no se mide por la cantidad de obras realizadas ni por la lista de cargos ocupados, sino por su capacidad de entender, explicar, problematizar y ayudar a otros a apropiarse de un saber que domina.
La universidad, en consecuencia, no es una simulación imperfecta de la «vida real», sino un espacio donde esa realidad se piensa, se analiza críticamente y se reconfigura. Su propósito no es «producir» ejecutores eficientes de lo existente, sino formar sujetos capaces de transformarlo con criterio, conocimiento y responsabilidad ética.
Ambas situaciones —la del egresado y la del usuario de LinkedIn— no son meras anécdotas. Son síntomas de una tendencia más amplia que desvaloriza el conocimiento académico en favor de una noción empobrecida de la experiencia. Frente a ello, vale la pena preguntarnos cuántas veces hemos escuchado en pasillos y aulas esa falsa oposición entre «lo que sirve» y «lo que se aprende en la teoría». La universidad no debe reproducir esa confusión, sino ser el lugar donde se disuelve. Porque no forma mejor quien más ha hecho, sino quien mejor comprende lo que hace y logra que otros lo cuestionen, lo transformen y lo hagan suyo.
*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.






