El propósito esencial de la educación en la era de la inteligencia artificial
Hoy el riesgo adopta otras formas. Los algoritmos de recomendación en redes sociales no están diseñados para educar, sino para maximizar la permanencia y la interacción.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién
Desde hace tiempo se escucha la sentencia que puede sonar correcta y hasta incuestionable: la escuela debe enseñar a pensar. La afirmación parece obvia. Sinembargo, encierra una confusión que hoy, en plena expansión de la inteligencia artificial, conviene revisar con cuidado.
La intención es válida. El problema está en la idea implícita de que el estudiante llega al aula sin capacidad de pensar y que esa capacidad puede instalarse desde afuera, como si fuera un programa que se descarga. Pensar no es un contenido que se transfiere. Es una condición humana básica. Todos pensamos. Procesamos información, interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor y tomamos decisiones.
En 1641, René Descartes lo expresó con claridad en sus Meditaciones metafísicas al afirmar que el hecho de p ensar es prueba de nuestra propia existencia.Por eso el debate no es si pensamos o no, sino cómo pensamos, con qué rigor, con qué conciencia y con qué propósito. Ahí la educación adquiere su verdadero sentido. No para enseñar a pensar como si partiera de cero, sino para fortalecer y afinar las habilidades que permiten hacerlo de manera consciente, fundamentada y responsable.
Esta precisión se vuelve decisiva con la aparición de la inteligencia artificial, en particular con el desarrollo de los grandes modelos de lenguaje. Hoy existen sistemas capaces de producir textos coherentes, organizar argumentos y simular razonamientos lógicos en segundos. No es lo mismo que comprender ni que tener conciencia, aunque ese debate siga abierto, pero sí basta para entender que competir con esa tecnología en velocidad o memoria carece de sentido. Si ellas procesan información más rápido, la tarea humana no puede reducirse a imitarlas.
De ahí surge una pregunta inevitable. Si esas tecnologías informáticas pueden simular razonamientos formales, ¿vamos a renunciar nosotros al ejercicio consciente del pensamiento? No es una exageración. Tiene consecuencias prácticas.
Investigaciones del MIT han mostrado que la exposición a titulares diseñados para provocar emociones intensas reduce la capacidad de evaluar si una información es verdadera o falsa. Cuando reaccionamos primero y analizamos después, nos volvemos más vulnerables. En un entorno saturado de mensajes polarizantes, donde la emoción suele imponerse sobre la razón, quien no contrasta ni examina termina reaccionando en lugar de comprender los hechos.
Lo que comienza como una debilidad individual puede convertirse en un problema colectivo. Una persona que no ejercita el pensamiento crítico es más vulnerable a la manipulación. A lo largo del siglo XX, distintos regímenes autoritarios consolidaron su poder aprovechando el deterioro del debate público y el abandono de los hechos verificables. El historiador Timothy Snyder advierte en On Tyranny: Twenty from the Twentieth Century, que uno de los primeros síntomas del deterioro democrático es la renuncia a la verdad comprobable y la normalización de la irrealidad. Cuando los hechos pierden relevancia, el terreno queda despejado para el abuso de poder.
Hoy el riesgo adopta otras formas. Los algoritmos de recomendación en redes sociales no están diseñados para educar, sino para maximizar la permanencia y la interacción. Eso implica priorizar el contenido que genera indignación o confirma prejuicios porque es el que más circula. Una ciudadanía que no distingue entre un argumento sustentado en evidencias y un mensaje emocional o propagandístico resulta más fácil de manipular que de convencer.
En esa misma línea, Yuval Noah Harari plantea en Homo Deus la hipótesis de una posible “clase inútil”, una masa irrelevante, personas desplazadas no solo del mercado laboral sino también del protagonismo en la vida pública. La tesis es discutible, pero señala un riesgo real. Quien no cultiva su capacidad de pensar de manera consciente termina dependiendo de quienes sí saben pensar e influir en la mente humana.
Frente a este panorama, el propósito de la educación necesita redefinirse, hoy, para convivir con sentido humano en un tiempo marcado por la presencia creciente de la inteligencia artificial. No se trata de competir con ella ni de prohibirla. Tampoco de saturar al estudiante con información que cualquier algoritmo puede generar en segundos. Se trata de algo más exigente, diseñar experiencias de aprendizaje deliberadas que desarrollen de manera consciente y rigurosa las habilidades de pensamiento.
Esto supone entender que la educación no puede limitarse a transmitir información ni a entrenar destrezas técnicas para el mercado laboral. Su tarea central debe ser fortalecer la autonomía intelectual y formar personas capaces de discernir en medio del ruido, de resistir la presión de la inmediatez y de cuestionar lo que parece obvio. No porque eso garantice decisiones perfectas, sino porque constituye la base mínima de una ciudadanía libre…autónoma.
En términos concretos, implica currículos para la formación de ciudadanos que prioricen el desarrollo de habilidades intelectuales por encima de la memorización de información no comprendida o del aprendizaje mecánico de soluciones estandarizadas para problemas conocidos. Implica docentes que acompañen procesos de aprendizaje reflexivos y evaluaciones que midan comprensión real, no simple repetición. Supone además una cultura académica que reconozca la pregunta incómoda y la disonancia como parte necesaria del aprendizaje.
En el fondo, no se trata de enseñar a pensar desde cero, sino de aprender a pensar mejor, de tomar conciencia de cómo razonamos y de cómo podemos hacerlo con mayor rigor y responsabilidad. Esa diferencia no es retórica. Marca la distancia entre formar individuos pasivos o ciudadanos capaces de vivir y defender una democracia real, no simulada ni manipulada.
En la era de la inteligencia artificial, lo que está en juego no es solo la empleabilidad futura. Lo que realmente se decide es la autonomía personal, la libertad de criterio, la dignidad humana y la calidad misma de la democracia. El mayor riesgo no es que la inteligencia artificial “piense”, actúe más rápido o resulte más eficiente, sino que nosotros renunciemos a pensar con profundidad y terminemos delegando nuestro juicio en algoritmos opacos o en discursos simplistas.
El sistema educativo no puede abdicar de su responsabilidad histórica ni convertirse en un simple proveedor de competencias funcionales para un ecosistema tecnológico diseñado por otros. Si renuncia a formar pensadores autónomos, aceptará implícitamente que la humanidad delegue su futuro en sistemas automatizados y en los intereses de quienes controlan las grandes plataformas tecnológicas.
Educar para pensar no es un lujo académico ni una aspiración ingenua. Es una necesidad crucial de nuestro tiempo. Si la escuela y la universidad no asumen con firmeza esta misión, no estaremos ante un avance inevitable, sino ante una claudicación.
Los educadores comprometidos con la esencia de su misión no pueden aceptar como destino una humanidad cada vez más dependiente, guiada por algoritmos y subordinada a la voluntad de quienes concentran el poder tecnológico. Ese no puede ser el horizonte. Sería una renuncia silenciosa a nuestra autonomía colectiva y, en última instancia, a la esencia misma de la civilización humana.
*Académico/Profesor de Ingeniería de la UdeA.






