Opinión

Transformar vidas, no solo administrar una facultad en las universidades

En un país marcado por profundas desigualdades, la Facultad de Ingeniería como tantas otras unidades académicas de universidades públicas está llamada a asumir un papel transformador.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

«Más allá de cifras, indicadores y rankings, el sentido que evocó ese relato recuerda que dirigir una Facultad implica comprender que la universidad pública es, ante todo, un espacio de oportunidades. Para miles de jóvenes no es una opción más dentro del sistema educativo. Es la única puerta real hacia un futuro distinto. Allí se depositan sueños, expectativas familiares y la esperanza de romper ciclos históricos de exclusión». 

Las posesiones administrativas en las universidades suelen transcurrir sin mayor trascendencia. Predominan los discursos protocolarios, las promesas previsibles y las fórmulas institucionales destinadas a diluirse en la rutina apenas termina la ceremonia. Pero en ocasiones ocurre algo distinto. Una historia personal irrumpe y rompe el libreto, devolviendo la mirada hacia el sentido más profundo de la universidad pública. Eso sucedió durante el discurso de posesión del nuevo decano de Ingeniería. Su intervención, alejada de la retórica habitual, evocó la experiencia concreta de quienes llegan a la educación superior pública cargando sueños, precariedades y esperanzas, y permitió reconocer, con claridad poco frecuente, el propósito más humano y transformador de la educación superior en Colombia.

Más allá de cifras, indicadores y rankings, el sentido que evocó ese relato recuerda que dirigir una Facultad implica comprender que la universidad pública es, ante todo, un espacio de oportunidades. Para miles de jóvenes no es una opción más dentro del sistema educativo. Es la única puerta real hacia un futuro distinto. Allí se depositan sueños, expectativas familiares y la esperanza de romper ciclos históricos de exclusión.

El compromiso institucional que asume un Decano no se mide únicamente en planes estratégicos ni en declaraciones programáticas. Se reflejará, sobre todo, en los proyectos de vida de los estudiantes que depositan su cofianza en la institución. Cada decisión académica y administrativa tiene consecuencias reales en trayectorias humanas concretas. 

Por eso resultó tan significativa la evocación de experiencias del nuevo decano de Ingeniería que muchos reconocen como propias. La compra del formulario de inscripción como un acto cargado de incertidumbre y esperanza. Los pasajes contados para viajar a la Ciudad Universitaria. Las «cocas» compartidas entre compañeros. Ese suplemento, o sustituto, del almuerzo con guayabas y mangos para sobrellevar el hambre y la gastritis. No son anécdotas menores. Son el retrato de una generación que encontró en la universidad pública el único camino posible. Y, como bien se expresó, no se trata solo de transformar la vida individual. Se transforman familias enteras y, con ellas, comunidades completas.

Recordar el origen no es un ejercicio de nostalgia. Es un compromiso ético. Quien ha vivido las dificultades que atraviesan muchos estudiantes comprende que la misión universitaria no consiste únicamente en formar profesionales competentes. También implica ampliar horizontes de dignidad y movilidad social.

En un país marcado por profundas desigualdades, la Facultad de Ingeniería como tantas otras unidades académicas de universidades públicas está llamada a asumir un papel transformador. No basta con responder a los retos tecnológicos contemporáneos. También es necesario responder al desafío social de construir oportunidades reales para quienes más las necesitan.

Los próximos años serán decisivos. La promesa de posicionamiento nacional e internacional solo tendrá sentido si se traduce en decisiones cotidianas que fortalezcan la calidad académica, amplíen el acceso y conecten el conocimiento con las necesidades reales de la sociedad. 

Liderar una Facultad exige «serenidad para aceptar aquello que no puede cambiarse, valor para transformar lo que sí puede cambiarse y sabiduría para distinguir entre ambos». Ese liderazgo, sin embargo, no se ejerce en el vacío. Se inscribe en la historia y en las tensiones propias de una institución pública que hoy enfrenta desafíos profundos.

La Universidad de Antioquia aún conserva el temple, la historia y la capacidad para recuperar el rumbo y superar la crisis que desafía su identidad y su misión. Volver a encender la luz del faro universitario, esa luz que orienta, interpela y guía a la sociedad, es una tarea urgente e inaplazable. Porque, en última instancia, el verdadero liderazgo académico no consiste solo en administrar estructuras. Consiste en transformar vidas.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

Artículos destacados

Botón volver arriba