Política Internacional

Incertidumbre y poder: Relaciones con E.U. y América Latina en el 2026

El orden liberal –basado en reglas y valores liberales– está en una transformación que incluso puede llevar a su desaparición.

Análisis de la noticia/Javier Garay*/razonpublica/El Pregonero del Darién

Foto principal/: Wikimedia Commons En ese contexto, las relaciones entre Washington y América Latina se verán mediadas por el desarrollo de la situación venezolana.
 

Las relaciones entre Washington y América Latina se verán mediadas por el desarrollo de la situación venezolana. Su evolución determinará tanto las posibles respuestas de Estados Unidos y su nivel de incidencia en la región como la percepción de los gobernantes latinoamericanos sobre la legitimidad de sus acciones y su poder.

En la madrugada del sábado 3 de enero de 2026, en desarrollo de la Operación Resolución Absoluta, Estados Unidos destituyó a Nicolás Maduro del poder en Venezuela, un hecho que marcará la relación entre América Latina y Washington durante 2026 y, posiblemente, más allá. La operación no solo tuvo efectos inmediatos en el escenario venezolano, sino que también desencadenó una serie de dinámicas regionales que se proyectarán a lo largo del año.

Estas dinámicas comparten dos elementos transversales: la incertidumbre —tanto sobre las decisiones de la Casa Blanca como sobre sus efectos— y un entorno internacional en transformación, caracterizado por el debilitamiento de las reglas del orden liberal y el retorno de lógicas de poder más directas. Ambos factores serán determinantes para comprender la evolución de la política de Estados Unidos hacia la región y las respuestas de los gobiernos latinoamericanos.

Un mundo incierto 

La incertidumbre se manifiesta en, al menos, dos niveles. El primero es el de las decisiones que tome el presidente Donald Trump. Su forma de gobernar es incierta, dado que no se conocen los criterios que utiliza para tomar decisiones, ni su determinación para implementar lo que anuncia, ni el grado de autonomía de sus funcionarios, como es el caso del secretario de Estado, Marco Rubio. 

El segundo nivel se relaciona con la evolución en Venezuela. Cualquier intervención en sistemas complejos puede tener efectos imprevistos o contrarios a los inicialmente planteados. No hay una relación unívoca entre objetivos, medios y fines. 

Esto lleva a múltiples cuestionamientos: ¿Transición, despegue económico, cambio de régimen? ¿Qué tanto va a poder controlar el país Estados Unidos? ¿Va a intervenir en otros países? ¿Qué efectos tendrán sus ataques en las estrategias de los países latinoamericanos frente a China y otros países? 

La naturaleza incierta del contexto ha sido central en otros temas. Ante los sucesivos anuncios de aranceles, los países latinoamericanos buscaron acuerdos con Estados Unidos y/o aceleraron la diversificación de sus socios comerciales. 

Reconocer la incertidumbre hace que se acepte que los resultados no dependen, exclusivamente, de “saber manejar la situación” ni de tener objetivos claros. Juegan múltiples factores, muchos de los cuales no pueden ser controlados ni conocidos. Así, los países latinoamericanos deben anticipar escenarios. Esto es particularmente relevante para analizar la potencial democratización de Venezuela: aunque no parece ser el objetivo central de Estados Unidos, tampoco puede descartarse como resultado posible de las dinámicas internas del país.

Un entorno global cambiante

El orden liberal –basado en reglas y valores liberales– está en una transformación que incluso puede llevar a su desaparición. Para efectos de este escrito, resalto dos: menos preponderancia del derecho internacional, lo que redunda en un relacionamiento desde lógicas de poder. Frente a la región, esto puede verse en el caso de la denominada Doctrina Donroe. 

Esta es una metamorfosis de la Doctrina Monroe de 1823, concebida originalmente para excluir a potencias extra hemisféricas de América Latina y ampliada a comienzos del siglo XX por el Corolario Roosevelt, que legitimó la intervención directa de Estados Unidos en la región. El actual gobierno en la Casa Blanca ha llevado esta lógica un paso más allá: por un lado, mediante un Corolario Trump incorporado en su estrategia de seguridad nacional, que prohíbe la presencia militar o el control de activos estratégicos por parte de potencias externas; por otro, a través de lo que puede denominarse la Doctrina Donroe, que extiende esta lógica a todo el hemisferio como parte integral de la plataforma America First. El resultado es un marco de acción en el que las consideraciones sobre la soberanía estatal y otros principios del derecho internacional quedan subordinados a los intereses estratégicos de Washington.

La nueva doctrina explica las acciones en el Caribe y en el Pacífico de 2025 y anticipa que gobiernos percibidos como contrarios a los intereses de Estados Unidos enfrenten más presiones, ataques retóricos y, posiblemente, intervenciones de algún tipo. En esta categoría se encuentran países como Cuba, Nicaragua y Colombia. Esto no obsta para que se presente injerencia en los asuntos de países aliados como Panamá, El Salvador y Argentina.  

El segundo rasgo del entorno internacional actual, muy alineado con el anterior, es la noción de poder. Estamos ante el retorno de las lógicas de poder coercitivo, tradicional, decimonónico. Esta involución en las lógicas de poder conduce a la priorización de la fuerza militar y del control territorial. En la actual política exterior estadounidense, esto se complementa con procesos de nation building, distintos de los adelantados desde los años 1990, y con la obsesión por el control de recursos estratégicos, principalmente energéticos. 

Lo que hay en juego en Venezuela

En ese contexto, las relaciones entre Washington y América Latina se verán mediadas por el desarrollo de la situación venezolana. Su evolución determinará tanto las posibles respuestas de Estados Unidos y su nivel de incidencia en la región como la percepción de los gobernantes latinoamericanos sobre la legitimidad de sus acciones y, en última instancia, su poder. 

Como el objetivo más importante que el presidente Trump planteó en Venezuela es el económico, este será el primer frente, limitado al restablecimiento de la industria petrolera. Pero acá hay varias dificultades: la reconstrucción de la infraestructura, el atractivo para que empresas extranjeras inviertan en el país y la escasez de trabajadores especializados. 

Un segundo elemento es el que ha señalado el  economista Ricardo Haussmann: el restablecimiento de los derechos individuales. De esto depende la posibilidad de impulsar la creación de riqueza y consolidar una democracia sólida. Esto pasa por una profunda reforma del Estado venezolano y por la identificación del control que ejerce el régimen anterior sobre las organizaciones estatales, así como del grado de deterioro de estas y de la capacidad del Estado para cumplir sus funciones básicas: seguridad y justicia. 

Un tercer conjunto de retos se encuentra en la transición a la democracia. No es solo organizar elecciones, sino establecer una democracia liberal: Constitución que limite y no que extienda los poderes del Estado, división de poderes, sistemas de pesos y contrapesos, aislamiento de las pasiones de la política electoral de diversas entidades, como las Cortes y el sistema electoral. Para esto, es importante cambiar los incentivos de extracción de rentas, tan arraigados en la forma del ejercicio del poder del régimen chavista/madurista. Además, es importante resolver o neutralizar las divisiones al interior del régimen, que aún mantiene el poder. No sabemos la profundidad de la rivalidad entre facciones, como las de la actual presidente, Delcy Rodríguez, y la del ministro Diosdado Cabello. A todo esto, hay que sumarle el papel que desempeñarán las Fuerzas Militares.

Temas centrales para la región 

La administración Trump mantendrá este año la prioridad en los temas que ya se conocen: comercio, apoyo a los que considera gobiernos aliados, migraciones, drogas/seguridad. Y esto lo hará con presiones directas, no disimuladas, como ya lo hizo en Brasil, Colombia y Argentina. Esta última, al subordinar las ayudas económicas a los resultados del presidente Javier Milei, aliado irrestricto de la Casa Blanca. Presiones similares se pueden esperar de cara a las elecciones que tendrán lugar en países como Colombia y Brasil.  

Cuba enfrentará presiones, dada la debilidad actual de su gobierno y la importancia que tanto el presidente Trump, como su secretario de Estado, el cubanoamericano Marco Rubio, le dan a un cambio de régimen en la isla. 

Por su parte, la presidente Sheinbaum de México estará concentrada en satisfacer las exigencias que, en materia de seguridad, drogas ilícitas y migración le haga el mandatario estadounidense, con miras a una exitosa extensión del tratado de libre comercio entre estos dos países y Canadá (USMCA). 

Y aunque hasta este punto he asumido que los países latinoamericanos están supeditados a las lógicas de poder e intervención de Washington, esta es una imagen equivocada. Según los desarrollos en Venezuela y las presiones que reciban, cada país de la región se verá impulsado a avanzar en procesos de diversificación, ya sea de sus socios comerciales o de sus aliados extrarregionales, comenzando por China. 

¿Y Colombia? 

La relación entre los presidentes Donald Trump y Gustavo Petro se ha marcado por la tensión y las crisis constantes. Pero anticipar el desenlace no es sencillo. 

Como ejemplo más de la incertidumbre actual, conviene relatar los desarrollos en la relación de los últimos días. Al día siguiente de lo acontecido en Venezuela, un Trump, tal vez eufórico por el éxito inicial en la destitución del dictador Nicolás Maduro, no descartó una eventual intervención en Colombia. Frente a esto, el presidente colombiano escaló la tensión con calificativos en contra de su contraparte estadounidense en redes sociales. En pocos días, su gobierno organizó una manifestación popular en su apoyo, en la que se esperaba, como luego él mismo confirmó, un discurso confrontacional. 

Sin embargo, un hecho inesperado, pero no improvisado, cambió el panorama. Ese mismo día, antes de su intervención, tuvo lugar una llamada telefónica entre ambos mandatarios. Al cabo de casi una hora, la tensión pareció haberse diluido y hasta se anunció un posible encuentro en la Casa Blanca la primera semana de febrero. 

Esto no debe entenderse como el fin de las relaciones convulsas, sino como un episodio que demuestra el grado de incertidumbre en el que nos encontramos, el nivel al que ha llegado la personalización de la relación bilateral y la importancia de los canales diplomáticos. 

Por lo que queda de la administración de Petro, este tipo de dinámicas se mantendrá. Depende del nuevo gobierno si mantiene las relaciones al límite o si retorna por el camino de la institucionalización y de la alianza histórica entre las dos naciones. Habrá que esperar la reacción de la Casa Blanca ante cualquiera de los escenarios. 

Javier Garay

*Docente e investigador Facultad de finanzas, gobierno y relaciones internacionales, Universidad Externado de Colombia.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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