La marcha inocente
Desconocer el fallo, es confirmar los mismos errores e impunidad en los demás procesos. Este ha sido el primer paso y refrenda la esperanza en la Justicia luego de doscientos años de impunidad.
Juan Fernando Uribe Duque/Opinión/ El Pregonero del Darién.
Quienes asistieron a la marcha a favor de Álvaro Uribe, están convencidos de su inocencia. Dicen que a muchos los obligaron so pena de echarlos del trabajo. En Medellín fue multitudinaria, casi como las que se han dado apoyando al gobierno.
Para ellos no bastó que la justicia hiciera todo un proceso de análisis exhaustivo de las pruebas, ni que la juez se tomara el trabajo de leer durante doce horas el estudio del equipo encargado del acervo probatorio y sus respectivas conclusiones. Ya de antemano sabían que no lo iban a aceptar; hasta tal punto llega la veneración por el caudillo que no bastan las pruebas para condenarlo, y si lo hicieron, tal acto a constituido un sacrilegio. El supuesto mesías muere para resucitar, pensarán ellos. Muchos hicieron la analogía con el padre y le quisieron preguntar: “Papá ¿Usted si fue capaz de hacer eso?”
La sociedad colombiana fragmentada alberga en sus diferentes estamentos, imaginarios de varias índoles: unos añoran a los redentores y otros a los ídolos del éxito económico. Tanto unos como otros encuentran en el fervor popular un nicho para alimentarse y crecer en popularidad y Uribe manipulando el miedo a las acechanzas de la guerrilla, se llevó casi todas las complacencias sumado a una sed de venganza que lo hizo audaz y poco temeroso al delito al encontrar en la gobernanza paramilitar su principal aliado.
Una facción de la sociedad se tapó los ojos, dio vuelta a la cara y como el avestruz que entierra su cabeza, desconocieron toda una realidad hasta tener la certeza de implorar, con un fervor casi religioso, la presencia de aquel que juró protegerlos bañando en sangre al país, y condenando a sus más cercanos a la cárcel.
Desconocer el fallo, es confirmar los mismos errores e impunidad en los demás procesos por ser definidos. Este ha sido el primer paso y refrenda la esperanza en la Justicia luego de doscientos años de impunidad.
La segunda instancia confirmará el veredicto, y para Uribe vendrá el olvido y la traición, pues saben que insistir en su reencarnación es labor imposible, puesto que su imagen internacional está deteriorada y ya no es el muchacho agresivo de sus primeras épocas, además sus hijos no tienen ni la quinta parte de su fuerza y astucia.
El poder del narcotráfico mira hacia otros horizontes abandonando las minucias domésticas de caudillos desgastados y la ausencia de líderes mesiánicos que lo reemplacen.
El uribismo entra en coma así desde su establo, Uribe patalee y se ofusque.