RazonPublica archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/razonpublica/ Periodismo con Responsabilidad Wed, 22 Jul 2026 23:50:12 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.6 https://elpregonerodeldarien.com.co/wp-content/uploads/2024/02/cropped-SolPregoneroRecurso-1.png RazonPublica archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/razonpublica/ 32 32 228805209 Desmontar la arquitectura de la paz https://elpregonerodeldarien.com.co/desmontar-la-arquitectura-de-la-paz/ Wed, 22 Jul 2026 23:50:10 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17936 Análisis de la Noticia Germán Darío Valencia*/RazonPublica/El Pregonero del Darién La reforma anunciada por Abelardo de la Espriella no elimina las obligaciones del Estado, pero puede debilitar las capacidades construidas durante décadas para negociar, implementar el Acuerdo Final y coordinar las políticas de construcción de paz. Una reforma que cambia la manera de gobernar la paz …

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Análisis de la Noticia Germán Darío Valencia*/RazonPublica/El Pregonero del Darién

La reforma anunciada por Abelardo de la Espriella no elimina las obligaciones del Estado, pero puede debilitar las capacidades construidas durante décadas para negociar, implementar el Acuerdo Final y coordinar las políticas de construcción de paz.

Una reforma que cambia la manera de gobernar la paz

El presidente electo, Abelardo de la Espriella, anunció que modificará la estructura institucional mediante la cual el gobierno nacional ha conducido las negociaciones, coordinado la implementación del Acuerdo Final y articulado distintas políticas de construcción de paz. La reforma comenzaría después de su posesión y fue presentada como una estrategia para reducir la burocracia, disminuir el gasto público y concentrar la Presidencia en funciones de coordinación ejecutiva.

Entre las dependencias que serían suprimidas se encuentran la Oficina del Consejero Comisionado de Paz, la Unidad de Implementación del Acuerdo Final, la Consejería Presidencial para la Reconciliación Nacional y la Consejería Presidencial para los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario. Sus competencias serían trasladadas a los ministerios del Interior, de Defensa y de Relaciones Exteriores. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno crearía la figura del comisionado nacional de seguridad.

De la Espriella ha dicho que la reforma permitirá eliminar inicialmente 229 cargos y evitar duplicidades administrativas. También ha acompañado el anuncio de duras críticas a la política de paz del gobierno saliente, al Acuerdo Final firmado con las FARC y a la Jurisdicción Especial para la Paz. Estas declaraciones muestran que la reforma rebasa el propósito de ahorrar recursos: busca cambiar la orientación desde la que el Estado abordará la paz.

Todo presidente tiene derecho a reorganizar la administración, revisar sus costos y corregir problemas de coordinación. Ninguna estructura institucional debe conservarse por el mero hecho de haber existido durante varios años. Sin embargo, eliminar organizaciones o trasladar sus funciones conlleva consecuencias que van mucho más allá de la mera reducción de cargos. Con las oficinas también pueden desaparecer conocimientos, equipos especializados, relaciones territoriales, mecanismos de coordinación y capacidades estatales construidas durante décadas.

Por eso la reforma anunciada representa un riesgo de retroceso institucional. No significa que desaparecerá toda la arquitectura encargada de atender el posconflicto ni que el Estado dejará automáticamente de cumplir sus obligaciones. Pero sí puede desarticular el centro encargado de orientar la política de paz y de conectar las negociaciones, la implementación del Acuerdo Final, la reincorporación, los derechos humanos y las intervenciones territoriales.

Una institucionalidad construida durante décadas

La institucionalidad de paz en Colombia no comenzó con el gobierno de Gustavo Petro ni fue creada exclusivamente para desarrollar la política de paz total. Es el resultado de un proceso de construcción estatal que lleva más de cuatro décadas. Cada negociación, acuerdo e intento de resolución del conflicto dejó aprendizajes, normas, organizaciones y equipos especializados que los gobiernos posteriores recibieron, modificaron y utilizaron.

Durante la década de 1980, el Estado comenzó a crear comisiones y consejerías encargadas de promover acercamientos con las organizaciones guerrilleras. En 1994 se consolidó la figura del Alto Comisionado para la Paz, que desde entonces ha funcionado como el principal canal presidencial para explorar conversaciones, conducir negociaciones y asesorar al Gobierno en la formulación y ejecución de políticas relacionadas con la terminación del conflicto armado.

Esta oficina participó, bajo diferentes nombres y con distintos arreglos administrativos, en los procesos desarrollados por los gobiernos de Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos, Iván Duque y Gustavo Petro. Sus orientaciones cambiaron según las prioridades de cada mandatario, pero su cercanía con el presidente de la República permitió mantener un canal especializado para gestionar negociaciones, acuerdos humanitarios y políticas de paz.

El Acuerdo Final firmado con las FARC en 2016 amplió considerablemente esta arquitectura. Además de una oficina capaz de conducir negociaciones, el Estado necesitaba entidades que convirtieran los compromisos pactados en políticas, programas, presupuestos y acciones territoriales. Se consolidó así una estructura más compleja para atender la reforma rural, los territorios afectados por el conflicto, las víctimas, la reincorporación y la justicia transicional.

Dentro de esta división del trabajo, la Agencia de Renovación del Territorio asumió la coordinación de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial. La Agencia para la Reincorporación y la Normalización quedó encargada de acompañar a quienes dejaron las armas, mientras la Unidad para las Víctimas continuó desarrollando las políticas de atención y reparación. Otras entidades asumieron responsabilidades relacionadas con la reforma rural, la sustitución de cultivos y la justicia transicional.

El 30 de diciembre de 2022 se creó, con su nombre y configuración actuales, la Unidad de Implementación del Acuerdo Final, que retomó las funciones ejercidas por dependencias anteriores. Su tarea consiste en formular directrices, coordinar entidades y dar seguimiento a los compromisos estatales. Aunque no ejecuta por sí misma la política de posconflicto, mantiene conectadas organizaciones de distintos sectores que, sin una dirección común, pueden actuar de manera fragmentada.

La Consejería para la Reconciliación Nacional y la Consejería para los Derechos Humanos cumplen funciones diferentes pero complementarias. La primera coordina iniciativas de convivencia, reconciliación y construcción de paz. La segunda asesora al Gobierno, articula entidades y mantiene relaciones con organismos nacionales e internacionales en materia de derechos humanos y derecho internacional humanitario. El trabajo de ambas trasciende las negociaciones con los grupos armados.

Esta arquitectura presenta problemas. En algunos momentos ha generado duplicidades, tensiones entre entidades, dificultades para intercambiar información y lentitud en la ejecución. También ha sufrido cambios frecuentes de nombre, ubicación y jerarquía. Estas deficiencias justifican una evaluación institucional rigurosa, pero no permiten concluir que las organizaciones sean inútiles ni que sus capacidades puedan trasladarse sin consecuencias.

Foto: Oficina del Alto Comisionado para la Paz

Trasladar funciones no conserva capacidades

Una organización pública no es solamente el decreto que establece sus funciones ni la lista de cargos que integra su planta de personal. Comprende equipos especializados, conocimientos, archivos, procedimientos, experiencias acumuladas y relaciones con otras entidades. En asuntos de paz, incluye, además, vínculos de confianza con comunidades, víctimas, firmantes, organizaciones sociales, autoridades territoriales y actores internacionales.

Por esta razón, trasladar competencias de una dependencia a otra no garantiza que el Estado conserve la capacidad para cumplirlas. En el papel, un ministerio puede asumir la responsabilidad de coordinar una determinada política. En la práctica, deberá conformar equipos, asignar recursos, recuperar información, adaptar procedimientos y reconstruir relaciones que las oficinas eliminadas tardaron años en desarrollar.

También importa el lugar que una dependencia ocupa dentro del Estado. La cercanía del Comisionado de Paz con la Presidencia le otorga autoridad política para orientar las negociaciones y coordinar entidades de distintos sectores. Trasladar sus responsabilidades a un ministerio puede reducir su jerarquía y subordinar la política de paz a las prioridades de una cartera en particular.

Los ministerios del Interior, Defensa y Relaciones Exteriores cumplen funciones importantes para la construcción de paz, pero fueron creados para atender otras misiones. Interior se ocupa de la gobernabilidad, la participación y las relaciones políticas; Defensa dirige la seguridad y el uso legítimo de la fuerza, y la Cancillería conduce las relaciones internacionales. Ninguno fue diseñado para integrar por sí mismo todas las dimensiones de una política de paz.

El problema puede agravarse con la creación de un comisionado nacional de seguridad. La seguridad y la paz no son objetivos incompatibles. Las negociaciones necesitan garantías territoriales, protección de la población y capacidad estatal para hacer cumplir los acuerdos. Sin embargo, sustituir una instancia de paz por otra de seguridad puede subordinar la negociación, la reincorporación y la reconciliación a una orientación centrada en el control territorial y el uso de la fuerza.

La reforma planeada por De la Espriella dejaría en funcionamiento varias organizaciones ejecutoras, como la Agencia de Renovación del Territorio, la Agencia para la Reincorporación y la Normalización y la Unidad para las Víctimas. Sin embargo, debilitaría el nodo presidencial encargado de coordinarlas y de conectarlas con el conjunto de compromisos estatales. La arquitectura conservaría varias de sus piezas, pero perdería parte de la dirección que les permite funcionar como un sistema.

Este riesgo resulta especialmente importante porque la implementación del Acuerdo Final está lejos de concluir. Los PDET requieren continuidad, la reincorporación enfrenta dificultades económicas y de seguridad, las víctimas continúan esperando respuestas, y numerosos compromisos rurales avanzan lentamente. A ello se suman los procesos de diálogo y sometimiento desarrollados durante el gobierno de Petro, algunos de los cuales han generado compromisos, zonas temporales de ubicación y obligaciones que deberá administrar el nuevo gobierno.

Lo que puede suprimir y lo que debe respetar

El presidente cuenta con un margen considerable para reorganizar las dependencias de la Presidencia. La Oficina del Consejero Comisionado de Paz, la Unidad de Implementación y las dos consejerías anunciadas forman parte del Departamento Administrativo de la Presidencia. Como su estructura ha sido modificada mediante decretos, el nuevo gobierno puede suprimirlas, fusionarlas o trasladar sus funciones, siempre que cumpla los requisitos legales, técnicos y presupuestales correspondientes.

Pero ese poder tiene límites. No toda la arquitectura de paz depende directamente de la Presidencia ni todas sus organizaciones pueden desaparecer mediante una decisión administrativa. Varias entidades tienen origen legal o fueron creadas mediante decretos con fuerza de ley, por lo que su modificación requiere procedimientos distintos. Otras cuentan con autonomía y no pertenecen a la rama ejecutiva.

El caso más claro es el Sistema Integral para la Paz y, en particular, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). La JEP tiene fundamento constitucional y ejerce funciones judiciales de manera autónoma. El presidente puede criticar sus decisiones y promover reformas mediante los procedimientos establecidos, pero no puede eliminarla, alterar sus competencias ni modificar sus decisiones mediante un decreto presidencial.

El Gobierno tampoco puede desconocer las obligaciones derivadas del Acuerdo Final que fueron incorporadas a la Constitución, las leyes, los decretos y las decisiones judiciales. Tiene margen para definir prioridades, diseñar programas y organizar la administración, pero debe actuar dentro de ese marco jurídico. La desaparición de una oficina no elimina los compromisos relacionados con la reincorporación, las víctimas, el desarrollo territorial o las garantías de seguridad.

Sin embargo, la vigencia jurídica de una obligación no garantiza su cumplimiento. Un gobierno puede conservar una entidad y debilitarla mediante reducciones presupuestales, vacantes prolongadas, demoras reglamentarias, pérdida de personal especializado o falta de liderazgo. También puede dispersar las responsabilidades entre varias dependencias hasta dificultar la coordinación y hacer menos claro quién debe responder por los resultados.

El riesgo de una implementación por inercia

La experiencia del gobierno de Iván Duque mostró que un presidente puede modificar la orientación de la implementación sin desmontar su arquitectura institucional. Duque expresó numerosas objeciones al Acuerdo Final, promovió la política de Paz con Legalidad y objetó parcialmente la ley estatutaria de la JEP. La implementación continuó, pero perdió centralidad en la agenda gubernamental y varios de sus componentes avanzaron lentamente.

Durante esos años, la implementación arrojó resultados desiguales. Algunas obligaciones avanzaron, otras fueron reinterpretadas y varias quedaron rezagadas. Las entidades continuaron operando, pero no siempre contaron con la coordinación, los recursos o el respaldo presidencial necesarios para cumplir sus responsabilidades. La experiencia mostró que la continuidad formal de las instituciones no garantiza que los compromisos avancen con la misma intensidad.

Algo semejante podría ocurrir durante el nuevo gobierno, incluso con las organizaciones que De la Espriella no pueda o no quiera suprimir. El Ejecutivo dispone de instrumentos presupuestales, administrativos, reglamentarios y de nombramiento para acelerar o ralentizar las políticas. Puede cumplir formalmente las normas y, al mismo tiempo, reducir la capacidad efectiva del Estado para implementar el Acuerdo y atender los territorios afectados por el conflicto.

El riesgo aumenta porque el presidente electo ha rechazado las negociaciones adelantadas por el gobierno de Petro y ha cuestionado componentes centrales del Acuerdo Final con las FARC. Si esa posición se traduce en el retiro del respaldo presidencial, las conversaciones en curso podrían suspenderse y las instituciones responsables de la implementación seguirían operando por inercia, sin prioridades compartidas ni coordinación efectiva desde la Presidencia.

Colombia podría terminar con una arquitectura fragmentada: entidades que conservan competencias legales, programas que deben continuar, compromisos todavía vigentes y comunidades que esperan respuestas, pero sin una instancia con autoridad suficiente para integrar esos esfuerzos y exigir resultados. El desenlace no sería necesariamente la desaparición formal de la política de paz, sino su debilitamiento gradual en los ámbitos administrativos, presupuestales y territoriales.

Reformar sin destruir

La institucionalidad de paz debe evaluarse. Diez años después de la firma del Acuerdo Final, el país necesita revisar sus resultados, identificar duplicidades, corregir problemas de coordinación y exigir una mayor eficiencia en el uso de los recursos. Defender las capacidades construidas no significa conservar cada oficina, cargo o arreglo administrativo sin examinar su utilidad y el cumplimiento de sus funciones.

Pero esa evaluación debe comenzar por las funciones que el Estado debe cumplir y no por el número de cargos que se pretende eliminar. También debe explicar quién asumirá cada responsabilidad, con qué recursos, mediante qué mecanismos de coordinación y bajo qué sistema de rendición de cuentas. Hasta ahora, el anuncio del presidente electo ofrece cifras sobre la reducción de la planta, pero poca claridad sobre la preservación de las capacidades necesarias.

La paz no depende exclusivamente de una oficina presidencial. Necesita seguridad, justicia, inversión social, desarrollo rural, presencia territorial y coordinación entre numerosos sectores. Precisamente por esa complejidad, se requiere una arquitectura capaz de integrar las políticas y evitar que cada ministerio actúe por separado. Suprimir el centro de coordinación puede reducir algunos costos inmediatos, pero en el mediano plazo puede aumentar los costos institucionales, territoriales y políticos de la fragmentación.

Antes de desmontar una arquitectura institucional que tomó décadas en construirse, el país debería preguntarse qué capacidades estatales ha acumulado, cuáles funcionan, cuáles deben reformarse y cuáles sería un error perder. A la pregunta por cuánto cuesta la institucionalidad de la paz debe añadirse otra todavía más importante: ¿cuánto le costaría a Colombia quedarse sin capacidad para gobernar la paz?

*Profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia. Integrante de ISEGORÍA, plataforma digital de seguimiento al proceso de paz con el ELN. Contacto: german.valencia@udea.edu.co

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Cepeda y la desobediencia civil https://elpregonerodeldarien.com.co/cepeda-y-la-desobediencia-civil/ Sun, 12 Jul 2026 14:31:24 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17861 Análisis de la Noticia/Oscar Mejía*/razonpublica/El Pregonero del Darién ¿Puede la oposición convocar a la desobediencia civil antes de que se posesione un nuevo presidente? Este artículo examina el alcance democrático, filosófico y constitucional de esa figura a propósito de la propuesta de Iván Cepeda. El excandidato Iván Cepeda exige que el presidente electo Abelardo De …

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Análisis de la Noticia/Oscar Mejía*/razonpublica/El Pregonero del Darién

¿Puede la oposición convocar a la desobediencia civil antes de que se posesione un nuevo presidente? Este artículo examina el alcance democrático, filosófico y constitucional de esa figura a propósito de la propuesta de Iván Cepeda.

El excandidato Iván Cepeda exige que el presidente electo Abelardo De la Espriella renuncie a su ciudadanía estadounidense (apoyado además en el pronunciamiento de más de 20 exmagistrados, entre otros). También le exige que aclare si fue colaborador de agencias de inteligencia estadounidenses. 

Sostiene que estas situaciones son incompatibles con la Presidencia, por ilegales e ilegitimas, y que constituyen incluso una ofensa a la dignidad nacional. En consonancia, si ello es así, anuncia una “desobediencia civil pacífica” para no reconocer la autoridad del presidente electo y llama a sus electores a desconocer pacíficamente su mandato, defendiendo la figura como una forma de protesta plenamente legítima.

En lo que viene voy a contrastar su propuesta con la definición que puede estructurarse de la desobediencia civil.

Orígenes de la desobediencia civil

La desobediencia civil es una derivación del derecho de resistencia que hunde sus raíces en la noción tradicional de levantamiento del común (recordemos los “levantamientos comuneros” en Hispanoamérica en el siglo XVIII), articulada incluso a la categoría tomista medieval de desobedecer la ley corrupta que no se atuviera a la Ley Natural de los Mandamientos. 

Estas doctrinas justificaban la revuelta de la comunidad cuando el gobernante no respondía a los preceptos del bien común cristiano de su sociedad. Una modalidad similar está presente en toda comunidad indígena, y de ahí provienen, por ejemplo, las figuras de la minga e incluso el cabildo abierto en nuestro contexto.

En la modernidad temprana se destaca el planteamiento de Hobbes sobre la resistencia, y la aserción aparece explícitamente en Locke, quien establece la desobediencia civil contra el tirano, aunque no propiamente contra las leyes. Esta a su vez fue la bandera que inspiró en buena parte los procesos independentistas de las colonias inglesas en América y las Revolución Francesa contra la monarquía. 

Mas tarde Henry David Thoreau la sitúa en el contexto americano en el marco de la intervención armada de Estados Unidos en México.

Resistencia, desobediencia y disidencia

Hay una discusión no zanjada, que no puedo reconstruir acá, entre resistencia civil (que además se nutre de las resistencias armadas a la invasión nazi en la II Guerra Mundial) y desobediencia civil. Voy a centrarme en esta última con ánimo didáctico, dejando para quien quiera profundizar la consulta de mi libro.

Jorge Malem, para efectos pedagógicos, distingue dos grandes ramas de insubordinación. 

La primera es la de la desobediencia, que no va contra el sistema y el orden constitucional, con cinco modalidades, a saber: 

Desobediencia armada, que no pretende producir un cambio radical en el sistema y que, por el contrario, puede defender ese sistema por métodos violentos; 

Desobediencia eclesiástica, que es la insubordinación proclamada por una iglesia determinada contra el orden civil; 

Desobediencia administrativa, que sería la actitud de una autoridad institucional contra otro poder o autoridad del Estado; 

Desobediencia criminal, básicamente las manifestaciones delincuenciales contra el orden legal. Y, finalmente, 

Desobediencia civil, de la que me ocuparé más adelante. 

La segunda rama es de la disidencia, que si pretende sustituir el conjunto de un orden social. Aquí se encuentran:

1.La disidencia pacifica, que es el desacuerdo radical de la ciudadanía con el sistema que los rige, pero de manera pacífica; 

La disidencia revolucionaria, que si busca el cambio total del sistema por vías violentas, inclusive; 

La disidencia anarquista, donde no sólo se desconoce la ley sino que también es puesto en cuestión el Estado y todo orden religioso, social, político y económico; y 

La disidencia terrorista que concibe los métodos y procederes violentos contra el sistema como la única solución posible.

Malem incluye dos variedades adicionales que se rescatan por su singularidad histórica. El movimiento del satyagraha de Gandhi que logra la liberación de la India del régimen colonial inglés por medio de un movimiento religioso-espiritual de desobediencia no violenta. Y la otra, que define como la del reformador moral, que busca implantar un cambio en el sistema a través de la reivindicación de una actitud ética alternativa y que podría asimilarse al movimiento de desobediencia civil de Martín Luther King en los Estados Unidos de los 60s.

La desobediencia civil contemporánea

John Rawls en su Teoría de la Justicia (1971) es quien define la desobediencia civil en los términos actuales, dando razón del movimiento de los afroamericanos en Estados Unidos. 

En primer lugar, la desobediencia civil, junto con la objeción de conciencia, es un instrumento para defender los principios de justicia presentes en el ordenamiento constitucional. 

Segundo, la desobediencia civil se concibe en defensa de la Constitución contra las leyes o medidas legales o administrativas que vulneran el consenso político constituyente que alentó la construcción de la sociedad y la protección de las minorías. 

Tercero, es pública y política y aspira a convocar un movimiento de opinión en la ciudadanía que apoye sus reivindicaciones. 

Cuarto, es no violenta pero no pacifista, es decir, que reconoce posturas de fuerza ciudadana como la movilización, la protesta, la toma de calles, la expresión política de la ciudadanía. 

Sin entrar en disquisiciones de filosofía moral que no tienen espacio aquí, aunque la desobediencia civil en Rawls no se identifica con posturas éticas o religiosas especificas si reivindica moralmente el consenso como mecanismo de protección de las minorías frente a la regla de mayoría, leyes o disposiciones legales mayoritarias que pretendan atropellar los derechos de aquellas. 

Cuatro posturas se han estructurado posteriormente que permiten completar el cuadro de la desobediencia civil:

La de Helmut Dubiel, de la tercera Escuela de Frankfurt, de la desobediencia civil como praxis simbólica que remite a la ilegitimidad de toda postura que pretenda perpetuarse en el poder y convoca a la utilización de recursos simbólicos para manifestarse, como se dio con las expresiones culturales durante el estallido social. 

La de Antoni Negri (Asamblea) y Paolo Virno de desobediencia radical, que se enmarca en lo que denominan “democracia del éxodo” y que remite a una resistencia activa del movimiento social de carácter defensivo en momentos de repliegue. 

La desobediencia disputatoria (reclamo de derechos por vías institucionales) y contestaria (movilización ciudadanía por derechos secuestrados) del republicanismo autonómico (Philip Pettit, 1999). 

Y la de Pierre Rosanvallon (Contrademocracia) que la proyecta como una desobediencia de imputación (judicializar la política), desobediencia de control (uso de mecanismos legales) y desobediencia de obstrucción (movilización ciudadana).

Desobediencia civil en el ordenamiento colombiano

Una exploración de la jurisprudencia de la Corte Constitucional nos muestra que la categoría de “desobediencia civil” se ha abordado en términos relativamente análogos a los expuestos por Rawls, aunque suavizándolo significativamente como es usanza en los abogados que nunca logran admitir la legitimidad de la desobediencia eventual a la ley.

Las sentencias claves parecen ser la T-571 de 2008 (Magistrado Ponente Humberto Sierra Porto) quien la considera una forma de protesta excepcional sin ser una justificación general para incumplir normas. No pretende subvertir el sistema sino lograr que se implementen principios de rango constitucional. Y considera que si bien la Constitución parte del deber general de obediencia al derecho, el principio pluralista del Artículo 1 permite disentir y protestar frente al contenido de una norma, incluso mediante el incumplimiento de algunas, para llamar la atención sobre otras. 

Y la C-223 de 2017 (Magistrada Ponente Gloria Stella Ortiz Delgado) que revisó el Código de Policía y fijó reglas para la protesta (diálogo previo, planificación, tolerancia social y uso de la fuerza solo como último recurso) planteando que la desobediencia civil se reconoce como un derecho legítimo y en consecuencia se prohíben las detenciones de personas que ejerzan su derecho. La autoridad solo puede recurrir a detenciones preventivas y no fundadas en el ejercicio de esta.

La desobediencia civil, un recurso democrático

De cara a los intentos de la derecha colombiana de rechazar la desobediencia civil, hay que afirmar categóricamente que esta constituye un recurso valido, plenamente legítimo y constitucional de defensa del estado democrático y social de derecho, tanto en la filosofía política y del derecho contemporáneas como en la realidad colombiana.

Esta legitimidad resulta tanto de sus obvias implicaciones políticas como mecanismo democrático de defensa de minorías y derechos sociales ante embestidas autoritarias como por la justificación moral que conlleva para enfrentar, en defensa de la democracia y la Constitución, los embates hegemónicos de partidos o grupos en el poder que, usufructuando la legalidad, pretendan imponer sus políticas violentando el consenso político y constitucional de una sociedad. 

Aunque es redundante hablar de desobediencia civil pacífica, pues esta se define per se como no violenta, en el marco de las expresiones de intolerancia manifestadas por seguidores del gobierno entrante, es plenamente razonable el llamado de Cepeda a la consideración y asunción de este mecanismo democrático de defensa constitucional y convivencia política de las minorías amenazadas en las diversas modalidades que aquí se han planteado.

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El empalme como campaña permanente https://elpregonerodeldarien.com.co/el-empalme-como-campana-permanente/ Fri, 10 Jul 2026 22:31:17 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17855 Análisis de la Noticia/Camilo Cruz Merchan*/razonpública/El Pregonero del Darién (Foto de portada/En esta ocasión, el proceso de empalme muestra una hostilidad inédita. En primer lugar, se destaca la negativa del mandatario entrante, De la Espriella, a asistir a la Casa de Nariño) Hay una fuerte tensión en las comunicaciones de los voceros del gobierno entrante, …

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Análisis de la Noticia/Camilo Cruz Merchan*/razonpública/El Pregonero del Darién

(Foto de portada/En esta ocasión, el proceso de empalme muestra una hostilidad inédita. En primer lugar, se destaca la negativa del mandatario entrante, De la Espriella, a asistir a la Casa de Nariño)

Hay una fuerte tensión en las comunicaciones de los voceros del gobierno entrante, quienes señalan una presunta falta de colaboración y trabas al acceso a la información por parte de los funcionarios salientes, comportamiento que refleja un proceso que continúa y reproduce las dinámicas de la contienda electoral pasada.

Los procesos de empalme entre los gobiernos entrantes y salientes no son solo un requisito institucional, también forman parte de la teatralidad política necesaria en un sistema democrático. La idea del encuentro entre los antiguos contrincantes configura las formas en que una democracia simboliza la alternancia política y la continuidad del Estado. Sin embargo, el proceso de empalme entre la administración saliente de Petro y la entrante de De la Espriella no ha seguido las rutinas tradicionales de nuestra historia política. Dichas tensiones reflejan lo que será la base discursiva de la administración entrante y envían señales preocupantes sobre la continuidad de la campaña permanente en el ejercicio del nuevo gobierno.

Los empalmes: entre la rutina, la espectacularización y la sacralización

En toda sociedad existe una serie de rituales, procesos o acciones que separan lo profano (lo cotidiano) de lo sagrado (lo que responde a un orden superior o está sacralizado). Las instituciones públicas están profundamente atravesadas por esta sacralización de sus prácticas, rituales y lenguajes. El ritual de las elecciones, el acto de posesión y el proceso de empalme forman parte de aquellas expresiones que sacralizan, por un lado, la legitimidad democrática y, por otro, la magistratura presidencial.

En Colombia, en un contexto de arraigo santanderista, estos procesos se han institucionalizado progresivamente. Para ello, se cuenta con un marco normativo básico en torno a los deberes de los funcionarios salientes, guiado por los principios del derecho de acceso a la información, de la transparencia y de la rendición de cuentas. Este marco se formalizó en 2005 mediante la Ley 951. Dicha norma no es propiamente un “libro blanco” ni un manual de instrucciones sobre la ritualidad, sino más bien una delimitación de responsabilidades y funciones para los cargos públicos entrantes y salientes. De ahí que, en la práctica, el empalme combine una serie de reglas informales con un marco normativo general y con las reglamentaciones de la Función Pública y de otros entes administrativos.

En nuestra historia reciente, los empalmes han sido, por lo general, procesos centrados en la espectacularización del intercambio entre el mandatario saliente y el entrante, por encima del interés en la gestión técnica. Así, por ejemplo, la expectativa nacional en torno a la cordialidad —o la falta de ella— en el encuentro entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana, debido a su rivalidad política, resultaba mucho más mediática que los asuntos técnicos y el acceso a la información entre los gabinetes. Existió un interés notablemente menor en las transiciones entre Pastrana y Uribe, Uribe y Santos, e incluso entre Santos y Duque.

En tiempos recientes, la expectativa aumentó considerablemente durante el período de transición entre la administración de Duque y la entrante de Petro. No obstante, en aquella ocasión, el encuentro en la Casa de Nariño distensionó el ambiente político. Esta dinámica se repitió entre las vicepresidentas entrante y saliente, lo cual ayudó a generar un ambiente de mayor tranquilidad, aun cuando el equipo de empalme del gobierno Petro formuló duros cuestionamientos a la información entregada y al estado en que recibían el país. Es decir, aunque ya existían tensiones institucionales, el ethos político del encuentro presidencial prevaleció como el mensaje más relevante.

La judicialización del empalme: el relato de la auditoría forense

En esta ocasión, el proceso de empalme muestra una hostilidad inédita. En primer lugar, se destaca la negativa del mandatario entrante, De la Espriella, a asistir a la Casa de Nariño para sostener el tradicional encuentro con el presidente saliente. Esta falta de cordialidad marca una ruptura drástica con la tradición, dado que la reunión presidencial representa, en el plano informal, el primer paso de acercamiento entre las partes.

Por otra parte, se observa una fuerte tensión en las comunicaciones de los voceros del gobierno entrante, quienes señalan una presunta falta de colaboración y trabas al acceso a la información por parte de los funcionarios salientes. Frente a esto, el equipo del gobierno saliente ha respondido tachando dichas afirmaciones de falsas. A esto se suman los pronunciamientos en medios de comunicación de los posibles nuevos ministros, quienes denuncian faltas de transparencia y presentan solicitudes de información a través de canales hostiles, como los derechos de petición, ignorando los meses de preparación previa del gobierno saliente.

Este comportamiento refleja un proceso que continúa y reproduce las dinámicas de la contienda electoral pasada: una alta confrontación y un ataque sistemático al gobierno que se retira. Al transformar un trámite administrativo en un escenario de sospecha, la nueva administración configura el relato de una “auditoría forense”. Este concepto no opera como una herramienta técnica de revisión de cuentas, sino como una estrategia de enmarcamiento (framing) jurídico. Al presentar el empalme bajo la narrativa de un peritaje criminal o judicial, el gobierno entrante busca preconstituir la idea de que está recibiendo una “escena delictiva”. Este encuadre traslada el debate del terreno de la eficiencia política al de la responsabilidad penal, con lo que construye desde el primer día el sustento jurídico y discursivo para anular las políticas de la administración anterior.

Foto: Radio Nacional

¿Empalme o batalla contracultural?

De la Espriella ha mencionado en uno de sus comunicados más recientes que, durante su administración, librará una “batalla contracultural” contra los relatos de la izquierda. Esta idea de construir una hegemonía cultural como eje del ejercicio político, tan común en los discursos de las nuevas derechas globales, ayuda a entender la dinámica de este empalme. Lo que la ciudadanía colombiana está observando es un proceso a dos manos y en dos tiempos: mientras las reuniones se realizan bajo una aparente formalidad institucional, se aprovecha el interés ciudadano para construir un relato mediático de crisis absoluta en la administración del Estado o de la existencia de un macroestablecimiento de corrupción que debe ser combatido.

Por ello, no es ajeno que, en un esfuerzo de control de daños, la administración saliente manifestara su interés en transmitir en directo las mesas de empalme. La respuesta del director de empalme del gobierno entrante fue tajante al rechazar lo que consideró un “show mediático”, mientras el mandatario entrante grababa un vídeo desde su residencia en el Caribe con una serpiente.

Estamos, de este modo, ante un marco narrativo bipolar. Por un lado, una administración entrante que busca arrogarse un sentido de rigor técnico y defensa institucional frente a un gobierno saliente al que un sector del electorado siempre le cuestionó su capacidad técnica. Por otro lado, el nuevo gobierno mantiene un lenguaje de campaña agresivo y propone el “espejo retrovisor” como un ejercicio permanente. Si bien el uso del retrovisor es común en nuestra cultura política, en esta ocasión se presenta con mayor hostilidad. El objetivo no es solo legitimar al mandatario entrante, sino también cerrar cualquier posibilidad de competencia electoral futura a los integrantes de la administración saliente, lo que deslegitima de paso cada una de sus acciones.

Hay que recordar que, a pesar de la profunda tensión existente entre Duque y Petro durante su transición, el gobierno entrante de la época resaltó algunas acciones, programas y resultados de la administración saliente, ya fuera por cordialidad o como un ejercicio sincero de reconocimiento a la continuidad del Estado; una situación que, hasta ahora, parece no ocurrir en este período.

Mantener la dinámica de cordialidad y respeto entre las administraciones entrantes y salientes es una necesidad democrática, más aún cuando los recientes resultados electorales reflejan una sociedad profundamente dividida. Prolongar la confrontación electoral y convertirla en la base del nuevo gobierno constituye un escenario complejo y peligroso para el país. Nuestra democracia requiere un análisis más profundo y, sobre todo, una mayor preparación para evitar que estas tensiones se conviertan, de ahora en adelante, en la regla de la ritualidad de los procesos de empalme.

Camilo Cruz Merchan

*Politólogo de la Universidad Nacional, doctor en Ciencia Política de la UNAM, docente Programa de Estudios Políticos y Resolución de Conflictos, Universidad del Valle.

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Medios poder y elecciones https://elpregonerodeldarien.com.co/medios-poder-y-elecciones/ Thu, 21 May 2026 14:22:51 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17261 Análisis de la Noticia/Germán Rey*/RazonPublica/El pregonero del Darién Quien a estas alturas y con el mayor respeto piense que los medios de comunicación son ajenos a la política, sufre de un preocupante ataque de amnesia o de un rasgo alarmante de ingenuidad. Y eso sucede prácticamente en todo el mundo, incluido, por supuesto, el Vaticano. …

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Análisis de la Noticia/Germán Rey*/RazonPublica/El pregonero del Darién

Quien a estas alturas y con el mayor respeto piense que los medios de comunicación son ajenos a la política, sufre de un preocupante ataque de amnesia o de un rasgo alarmante de ingenuidad. Y eso sucede prácticamente en todo el mundo, incluido, por supuesto, el Vaticano. Solo basta seguir los rifirrafes entre Trump y el papa León.

Sólo que en este preciso instante las cosas están cambiando dramáticamente y existen realidades abismalmente diferentes, unas mejores que otras, experimentos en camino que ojalá cuajen y alguna que otra idea evidentemente nefasta.

Y dentro del mundo de la política y de los medios, las elecciones son sin duda un campo floreciente y minado que se replantea de fondo.

Medios en declive, medios que cambian

Desde la época colonial existieron periódicos en Colombia. Ya desde entonces estaban los supeditados a la Corona y los que buscaban promover su independencia. Pero solo fue hasta entrado el siglo XX cuando empezaron a aumentar los índices de alfabetización y crecieron los lectores más allá de las elites ilustradas, es decir, de aquellas que precisamente mandaron durante siglos.

Fue ese mismo siglo el que vio aparecer en los años 30 a la radio comercial y en los cincuenta, de la mano del teniente general Gustavo Rojas Pinilla, nada menos que la televisión.

Por eso quizás el momento decisivo de la relación entre medios y elecciones fue paradójicamente aquel en que se pactó durante 16 años el Frente Nacional entre liberales y conservadores.  Antes existían púlpitos y casullas, balas y guerra civil, poetas de endecasílabos, jefes de directorios partidistas y gamonales (“Cóndores, los llamaban”, como en la novela de Álvarez Gardeazábal). En ese entonces, las elecciones se pactaron de Alberto Lleras Camargo a Misael Pastrana Borrero. Y al general de marras todo indica que le robaron… las elecciones.

El panorama mediático colombiano es por supuesto más diverso e interesante. El 1 de febrero de 1940 nació la Radio Nacional que hoy tiene nada menos que 73 emisoras descentralizadas, 20 emisoras de la paz y la reconciliación, uno de los inventos colombianos más interesantes de los años recientes, Señal Colombia, Radiónica, Señal Memoria, Señal institucional y un conjunto de medios regionales públicos que vinieron a mover en los 80 el mundo de los medios de comunicación del país y sus territorios. 

Pero como si fuera poco, y de verdad que no lo es, Colombia tiene una de las agrupaciones mayores de radios comunitarias del continente y el mayor número de medios nativos digitales de América, como lo confirmó el estudio sobre el Hormiguero, de la Fundación Gabo y la Google News Initiative y las investigaciones sobre el tema que hizo en tres ocasiones la Pontificia Universidad Javeriana con Consejo de Redacción.

Un cambio a profundidad: la digitalización de los medios

La gran conmoción de estos años es la revolución digital que como escribió uno de sus pensadores más lúcidos, Roger Chartier, “modifica todo a la vez, los soportes de la escritura, la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer. Tal simultaneidad resulta inédita en la historia de la humanidad”.

Y esta transformación radical ha empezado a influir en el cambio del rostro de las elecciones en el mundo.

Lo que ha significado la migración de los medios tradicionales a su versión digital, la modificación del modo de funcionamiento de los medios como se conocían hasta hace unos años, el cambio de las audiencias y la aparición de nuevos medios digitales como La Silla Vacía, Razón Pública, Las dos orillas, La Cola de la rata, El cuarto mosquetero, Agenda propia, Casa Macondo, Raya o Agenda Baudó, para mencionar solo algunos de ellos. En otras palabras: está cambiando el escenario donde se escenifican la política, el poder y las elecciones.

Uno de esos cambios ha sido la presencia de los influencers y creadores de contenidos en el ámbito de la política, no solo hablando sobre ella, sino participando activamente en la movilización electoral de otros y por supuesto de sí mismos. De esta manera se han concentrado el comunicador, la comunicación y el político en un ser hibrido, una especie de cyborg.  Y por eso no resulta extraño que Westcol hable con el expresidente Uribe en medio de una audiencia gigantesca, especialmente de jóvenes, que le sería imposible reunir hoy a un medio tradicional.

La pauta oficial, que con frecuencia aprovechan los gobiernos, entra hoy en el terreno de las disputas sociales, como sucedió bajo el gobierno del presidente Petro al convocar a un congreso en Cali de medios alternativos, comunitarios y digitales, incentivando su presencia en una narrativa y una agenda que los alinderaba frente a los llamados medios hegemónicos, tradicionales o de la oposición. Flaco favor y bastante conservador, porque el destino de tales medios debería ser más la libertad que el adoctrinamiento, la creatividad que la obediencia, el pensamiento crítico que la ideología.

Lo que se advierte es un nuevo mapa que hace mucho más complejo el paisaje de los medios y más diverso el sentido de lo público y el proceso electoral.

Caben entonces varias reflexiones sobre el rumbo que tomaron las relaciones entre medios y elecciones en estos meses.

Mucho candidato y poco programa

A estas alturas los colombianos se acercarán a las urnas sabiendo más sobre la superficie de los candidatos que sobre la profundidad de sus programas de gobierno. 

La funcionalización de las campañas, acompañadas por grupos expertos, fórmulas conocidas y una vigilancia en detalle de la exposición pública del candidato-a, ha sido básicamente un despliegue estratégico, en que el país se escondió entre eslogans, en la ausencia de debate y en una mecánica emocional de las afiliaciones.

El candidato del Pacto Histórico eludió los debates por casi todos los medios, llegando a inventarse curiosas exigencias, pegado de pequeños papeles que en los colegios y escuelas suelen llamar “las copialinas”. Tiene pleno derecho, pero es muy posible que sus evasiones hayan causado justo recelo.

El candidato de la Espriella se hundió en su propia vergüenza, con planteamientos misóginos, maltrato a mujeres e irrespeto a periodistas.

La candidata del Centro Democrático quedo atrapada en su propio invento, al proponer como ministro a su jefe, que rápidamente sacó el cuerpo entre la débil gana de su candidato a vicepresidente, quien es mucho más original para proponer temas que resuenen en los deseos de los votantes.

Los candidatos centristas quisieron enriquecer el debate para el que tenían más deseos que posibilidades.

En fin, el diálogo público fue lánguido, poco original y sobre todo alejado de las necesidades más urgentes de un país en crisis.

Los vaivenes de las estadísticas

La ley que vino a replantear el papel de las encuestas empezó a mostrar sus huecos: sondeos presentados como encuestas,  muestreos criticados entre la tramoya de los datos digitales, compañías llamadas al orden, expertos profesores contribuyendo al batiburrillo, algoritmos que cuentan a partir del tráfico virtual de los consumidores y hasta casas de apuestas entrando al jolgorio, fueron temas críticos que en las penumbras del 31 de mayo pondrán en escena el divertimento nacional de saber cuán lejos o cerca quedan los aciertos de las fallidas premoniciones de las mediciones.

Un gesto interesante han sido los procesadores de datos que agregan algo de análisis a la competencia de las encuestas, que continúan debiéndole al país su dosis de verdad o de debida sorpresa.

La legislación sobre las consultas previas se ha convertido en parte importante del proceso electoral: son un calentador previo, se han convertido en una decisión crucial, enfocan a la competencia y dirimen alternativas.

Las amarguras del mensajero

La famosa metáfora que recuerda el peligro que corren los mensajeros, es pariente cercana de la máxima del Quijote a su amigo y compañero: “Ladran, Sancho. luego cabalgamos”. 

Las dos figuras se cumplieron al pie de la letra en el proceso electoral de este año y tuvo como objetivo un medio de comunicación. La Silla vacía es, sin duda, el medio digital más importante del país.  Centrado en el análisis de las diferentes formas del poder, ha logrado construir un tipo de periodismo independiente, documentado y original, que combina el centro de la política con la diversidad de realidades de los territorios, otras aproximaciones a los problemas con un conjunto de narrativas y metodologías en que cabe un país complejo. 

Como lo escribió su directora Juanita León “Las campañas de desprestigio contra un medio buscan precisamente eso: aislarlo. Convertirlo en sospechoso. Reducir años de trabajo a una etiqueta: “vendidos”, “activistas”, “enemigos”. Pero cuando hay una comunidad que conoce la trayectoria de un medio, que ha leído sus investigaciones, que ha celebrado sus aciertos y también ha señalado sus errores, esa estrategia pierde fuerza”.

Que los extremos se tocan es un lugar común. Y tanto Trump como Petro se han definido en sus mandatos como enemigos de los medios. El listado de las críticas tiene puntos en común y singularidades propias y los medios de comunicación suelen “tallar” en algunos de los puntos que más duelen. El asunto no es simplemente anecdótico. Tiene que ver con uno de los aspectos que se redefinen en las democracias contemporáneas, al mismo tiempo que se lleva a cabo un replanteamiento de dimensiones centrales de los medios y el periodismo.

Medios, poder y elecciones

Mirados desde el mundo

Las elecciones son pensadas habitualmente como uno de los procesos internos más propios e identificables. No puede ser de otro modo. Lo que se decide es nada menos que la selección social del poder, lo que un país desea hacer y proponerse para su próximo futuro. Así de crucial

Pero cada vez la preocupación de otras sociedades es mayor sobre este proceso idiosincrático, por una sencilla razón. La interconexión es cada vez mayor y más imprescindible. Lentamente han ido apareciendo medios de comunicación internacionales que tienen versiones nacionales como sucede con El País de Madrid, probablemente el mejor medio de comunicación en español, que cuenta con equipos periodísticos propios y agendas que se diferencian de las de los medios nacionales y regionales.

Desde hace un tiempo se ha venido fortaleciendo France 24 en español, dirigida por Álvaro Sierra, que aporta una perspectiva diferente y en muchos casos original y sin el peso de los resabios conocidos de la cobertura interna, que en buen momento abre las ventanas a otros aires y otros diálogos necesarios.

Hay finalmente algunos informes de medios internacionales que refrescan el panorama y plantean preguntas que terminan incidiendo en un conocimiento más crítico del proceso electoral.

De lo gubernamental a lo público

Uno de los grandes debates que se le adeudan al país es el de sus medios públicos. Milei utilizó la motosierra en Argentina y hace poco el nuevo Primer ministro húngaro puso en entredicho el modelo de Orban mientras lo somete a una cirugía minuciosa. 

La actual administración de Inravisión apostó más por la televisión gubernamental que por la pública. Un asunto delicado y que debe ser discutido. Ha sido así por varios motivos: la confusión que se deriva del nombramiento presidencial del director de la entidad, las relaciones con procesos estatales de diferente naturaleza y exigencia, la capacidad informativa de los gobiernos o las limitaciones para el desarrollo de sus propuestas en las realidades de la oposición.

Se han hecho esfuerzos por atender las realidades de los territorios con frecuencia abrumados por la desatención y el centralismo, han ingresado a la representación mediática sectores sociales excluidos o invisibilizados, se ha buscado fortalecer el sistema informativo propio e intentado la integración de medios y lenguajes, entre ellos el digital

En un momento decisivo de la reconsideración de la democracia, lo que se abren son numerosos interrogantes sobre las nuevas relaciones entre poder, medios y elecciones.

German Rey

*Profesor e investigador en comunicación y cultura, fue defensor del lector del periódico El Tiempo.

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Tres consultas suicidas https://elpregonerodeldarien.com.co/tres-consultas-suicidas/ Sat, 07 Mar 2026 18:22:07 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=16229 Hernando Gómez Buendía*/Análisis de la Noticia/ RazónPublica/El Pregonero del Darién El próximo domingo no asistiremos a una fiesta democrática, sino a un ejercicio de canibalismo político amparado por la ley. El espejismo del orden: partidos en liquidación La primera pista de este desastre es la orfandad institucional. En Colombia, los partidos han dejado de ser …

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Hernando Gómez Buendía*/Análisis de la Noticia/ RazónPublica/El Pregonero del Darién

El próximo domingo no asistiremos a una fiesta democrática, sino a un ejercicio de canibalismo político amparado por la ley.

El espejismo del orden: partidos en liquidación

La primera pista de este desastre es la orfandad institucional. En Colombia, los partidos han dejado de ser voceros organizados de intereses sociales o de corrientes ideológicas, para convertirse en cascarones de avales. 

Se supone que las consultas fueron inventadas para escoger al candidato o candidata de los tres grandes bloques de opinión que existen en Colombia: la izquierda, el centro y la derecha.

Pero es todo lo contrario: lejos de decantar liderazgos, las consultas están operando como un factor de división interna. La última encuestas de Invamer lo confirma: la dispersión es tal que, en el escenario de primera vuelta, aparecen hasta 17 nombres con intención de voto. 

Las consultas, en lugar de reducir esta lista, la ha congelado legalmente, impidiendo las alianzas naturales que el sentido común dictaría para mayo.

La emboscada: atajar al puntero

La lógica de estas tres consultas no es propositiva, sino reactiva. El objetivo de los precandidatos no es ganar la presidencia, sino evitar que el puntero de su propio espectro se vuelva inalcanzable.

En la izquierda, la consulta del “Frente por la Vida” no es más que una maniobra para tratar de atajar a Iván Cepeda. 

Peor todavía: esta consulta se limita a medir un candidato de pura maquinaria con otro candidato de maquinaria-demagogia, que solo tienen en común su falta de trayectoria dentro de la izquierda. Según Invamer, Daniel Quintero puntea la intención de voto, con un abrumador 68,1 %, superando con creces a Roy Barreras (23%). 

—En la derecha, la «Gran Consulta por Colombia» busca contener a Abelardo de la Espriella. 

Aunque Abelardo marca un sólido 18,9 % en primera vuelta, la consulta interna la ganaría Paloma Valencia con el 41,6 %, actuando como un filtro de la «vieja guardia» contra un outsider.  

Más todavía: esta consulta es el intento de vender a la muy uribista Paloma Valencia como vocera del centro. Otros cinco candidatos (Galán, Oviedo, Peñalosa, Cárdenas y Luna), sencillamente prestaron su nombre para maquillarla; Vicky y Pinzón son tan derechistas o casi como Valencia.   

—En la “Consulta de las Soluciones”, Claudia López domina con un 92,9 % frente a un señor desconocido y trata de atajar a Sergio Fajardo con su 10,3 % de apoyo nacional. Una victoria pírrica en un sector que pierde tracción frente a los extremos.

El fenómeno de los votos postizos

La legitimidad del 8 de marzo será una ficción estadística. 

La simultaneidad con las elecciones de Congreso garantiza una afluencia de público que no está allí por los presidenciales, sino por sus barones electorales. Muchos marcarán un tarjetón sin convicción, porque lo tienen a la mano. Estos son los «votos postizos». 

Candidatos como Quintero, con un 68% en la consulta pero apenas un 1,4 % en primera vuelta, son el ejemplo de un poder prestado por la inercia del día de las elecciones que, no obstante, tiene consecuencias legales permanentes.

Y los comentaristas y “expertos” electorales se han dedicado a convalidar esa ficción. Dicen que si Quintero o Barreras sacan muchos votos, Cepeda tendrá que retirarse de la escena, que si Claudia logra más de un cierto número de votos, Fajardo tendrá que retirase, que si a Paloma le va muy bien es Abelardo quien tendrá que ceder. 

Foto: canal Capital

Pero sucede que ni Cepeda, ni Fajardo ni Abelardo tienen por qué resignarse ante unos votos postizos o, para decirlo de modo más directo, ante la “gran encuesta” que tendremos el próximo domingo – y donde solo faltó el detalle de que ninguno de los tres punteros fue incluido.

El absurdo legal: la trampa de la Ley 1475

Aquí comienzan las complicaciones de la legislación electoral, el enredo que armó la Constitución del 91 y han seguido enredando las leyes, decretos y decisiones de la Corte, el Consejo de Estado y esa perla que llamamos Consejo Nacional Electoral. 

La Ley 1475 de 2011, en su Artículo 7, establece que “el resultado de las consultas será obligatorio para el partido, movimiento, grupo significativo de ciudadanos o coalición, que las hubiere convocado, así como para los precandidatos que hubieren participado en ellas”. 

Pero esta obligatoriedad tiene doble filo que impide las coaliciones. Veamos:

El ganador de la consulta no está obligado legalmente a inscribirse para la primera vuelta. Tiene la potestad de decidir no hacerlo. Por eso dicen los más despiertos que el remedio es simple: que Quintero (o Barreras), Claudia y/o Paloma desistan si “no les va bien” (¿según quién?).   

Sin embargo —y aquí reside la trampa—, si el ganador renuncia o decide no inscribirse, el partido o coalición pierde el derecho a participar con un sustituto. La ley impide que el segundo en la consulta tome el lugar del primero. Si el ganador se retira con la intención de «unificar» el sector alrededor de otro nombre (por ejemplo, Cepeda o Fajardo), el resultado es el auto suicidio del partido:  o corren con un candidato que los datos muestran inviable, o no corre en absoluto.

 Además, la Sentencia C-490 de 2011 refuerza este amarre mediante la doble militancia: el ganador no puede apoyar a otro ni el partido buscar un plan B.

Y falta lo peor: si el candidato o candidata no se inscribe para la primera vuelta, el partido, movimiento o grupo que lo haya inscrito pierde el derecho al reembolso de los miles de millones de pesos que hayan invertido, debe devolver de inmediato los anticipos que haya recibido y hasta —en opinión de juristas en un país de juristas —podría ser obligado a pagar los gastos de la Registraduría. 

La Sentencia C-490 de 2011 deja claro que el «amarre» es total; el ganador es el dueño del aval y, si no lo usa, quema la personería y hace una tronera en las flacas finanzas del partido. 

El reto de la reunificación, los caudillos —o la falta de árbitro—

El 9 de marzo habrá tres mesas de póker: Paloma, Claudia y Barreras o Quintero tratarán de “cañar” a De la Espriella, Fajardo y Cepeda con los muchos o los pocos votos que obtuvieron, —y que los tres últimos declararán postizos, porque ninguno es bobo. En vez de facilitar la unificación, las consultas endurecerán las posiciones de los dos candidatos rivales sobre las bases de unos votos dudosos y unas encuestas que también son dudosas.  

Roy o Quintero esperarán que las encuestas de marzo los muestren adelante. Pero Cepeda no puede renunciar sin destruir al Pacto Histórico. 

Claudia y Fajardo conversarán con más sosiego, pero la herida es honda y se ha agravado. De hecho en las últimas encuestas (distintas de las de Invamer y Atlas Inter) Claudia aventaja a Fajardo y esto hace todavía más difícil la conversación.

Paloma esperará repuntar en la opinión. Pero Abelardo tiene un ejército (literalmente), unas iglesias militantes (14% de la población), una derecha dura, una platica (no sé yo de dónde) y un mesianismo que no lo para nadie. 

Entonces vendrá el momento de los árbitros:

En la derecha, Uribe tendría que imponerse sobre el ego indoblegable de Abelardo o sacrificar a Paloma su pupila. Si el «uribismo pura sangre» no acepta al ganador, la derecha llegará rota.

En el centro, al no haber un árbitro, el ganador será una náufraga o naufrago legal con un aval legítimo, pero sin ejército.

En la izquierda. Petro tendría que doblegar a Quintero o a Barreras —dos personajes que saben cobrar caro sus favores—o hacerse el harakiri de pedirle a Cepeda que desista, es decir, enterrar legalmente al Pacto Histórico antes del próximo 31 de mayo. 

Conclusión: el triunfo de las minorías

Los resultados de las encuestas publicadas hasta ahora son unánimes: Cepeda, De la Espriella y Fajardo son los punteros sostenidos e inequívocos en sus campos respectivos (con la salvedad sobre Claudia que mencioné más arriba). Cepeda puntea con más frecuencia; Abelardo fluctúa, pero se sostiene; Fajardo se mantiene en sus cifras modestas.

El carisma personal es importante (la prueba es Abelardo), pero no es necesario (la prueba es Cepeda): detrás de las encuestas no están los candidatos, sino además y sobre todo las fuerzas sociales o las corrientes ideológicas que dividen y seguirán dividiendo al país colombiano. 

Tan solo que esa medición entre las fuerzas profundas está siendo oscurecida y confundida por nuestro farragoso sistema electoral, donde las vanidades y los cálculos estratégicos pueden más que los intereses nacionales.

La cuestión es sencilla: en una primera vuelta con seis candidatos (en realidad 17 candidatos, según la encuesta de Invamer), la aritmética enseña que la torta se parte en pedazos más pequeños y que por eso ganan los dos que sean menos pequeños. 

En un escenario donde además el centro y las coaliciones se bloquean en sus propias reglas, las minorías polarizadas aseguran su paso. Iván Cepeda (37,1%) y Abelardo de la Espriella (18,9%) son los beneficiados de esta fragmentación.

El 8 de marzo no habremos elegido a una presidenta o presidente, sino que habremos destruido la posibilidad de cualquier alternativa que no pase por el odio o el miedo. La legislación electoral, en manos de una clase política incapaz de coordinarse, ha firmado el acta de defunción de la unidad nacional.

Hernando Gómez Buendía

* Director y editor general de Razón Pública.

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