El censo de la dignidad: Por qué el voto no puede ser neutral
Son las mujeres de la tierra, las que sostienen la soberanía alimentaria y el tejido comunitario en la ruralidad dispersa, las que cargan con la peor parte del abandono estatal.

(Foto principal/ Carlos Arturo Perea Iris)
Carlos Arturo Perea Iris* /Opinión/El Pregonero del Darién/
El debate electoral suele perderse en la pirotecnia de los ataques personales, las maquinarias y las promesas de asfalto. Se nos olvida, con una ligereza que espanta, que el voto es, ante todo, un contrato ético y una herramienta de distribución del poder. En un país con las fracturas estructurales de Colombia, depositar un voto en la urna no puede ser un acto de inercia; tiene que ser un manifiesto.
Las frías estadísticas del DANE nos arrojan a la cara una realidad que ninguna campaña puede maquillar: cerca de 13 millones de compatriotas sobreviven bajo la línea de pobreza monetaria. No son solo números; son familias colombianas calculando cómo estirar un ingreso diario que no alcanza para asegurar las tres comidas, la educación de los hijos o una vejez sin humillaciones.
Esa masa de exclusión es el verdadero termómetro de nuestra democracia. Si el sistema no les responde a ellos, el sistema está fallando o no funciona. Pero la deuda histórica es aún más profunda e identitaria cuando miramos al campo, y especialmente a nuestras regiones periféricas como el Darién y el Urabá. Las mediciones oficiales señalan que más de dos millones de mujeres rurales afrocolombianas e indígenas habitan los márgenes de la pobreza extrema, lo que técnicamente llamamos miseria.
Son las mujeres de la tierra, las que sostienen la soberanía alimentaria y el tejido comunitario en la ruralidad dispersa, las que cargan con la peor parte del abandono estatal. Sobre sus hombros pesa la falta de acceso a la propiedad agraria, la ausencia de salud reproductiva y la desconexión total de los circuitos económicos.
Votar con indiferencia ante este panorama es validar la desigualdad. Por eso, mi opción en las urnas no es un cheque en blanco para un apellido o un color político. Mi voto es un mandato de justicia: voto por esos 13 millones de colombianos atrapados en la pobreza y por las más de dos millones de mujeres rurales que resisten en la pobreza extrema.
Voto por la Colombia invisible, la que no sale en las grandes pautas publicitarias pero que sostiene el país desde el surco y la informalidad. Voto para que el presupuesto nacional deje de ser un botín centralista y se convierta en inversión social en los territorios que han pagado la cuota más alta del conflicto y la exclusión.
Que los candidatos lo sepan: no buscamos mesías, buscamos políticas públicas que saquen de la estadística del hambre a quienes la historia ya les debe demasiado. El Darién y Colombia entera exigen que la dignidad se vuelva costumbre, y eso empieza en la urna y para ellos necesitamos de la voluntad de todo los sectores y segmentos de la sociedad dejando el miedo del falso discurso del divisionismo.

*Abogado y Activista Sindical.


