Como Brasil derrotó a la extrema derecha
Brasil 2026: cómo el pueblo y la organización política frenaron a la extrema derecha. Una experiencia para las democracias del mundo.
Juliana Alice Fernandes Goncalves*Análisis de la Noticia/razonpublica/El Pregonero del Darién
Una victoria histórica que deja lecciones: cómo la movilización popular, la organización digital y la reconexión entre los liderazgos políticos y la ciudadanía hicieron posible un vuelco electoral en defensa de la democracia.
La noche del 25 de octubre de 2026, en Brasil se obtuvo un resultado electoral que trascendió sus fronteras. Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido presidente con 64.256.232 votos (el 51,79% de los votos válidos), frente a los 59.826.041 de Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal (PL) e hijo del expresidente Jair Bolsonaro. La diferencia fue de 4.430.191 votos. Por primera vez desde la redemocratización, un candidato que había quedado segundo en la primera vuelta consiguió revertir el resultado y ganar la segunda vuelta.
No fue una victoria holgada: Flávio Bolsonaro obtuvo el 48,21% de los votos válidos. El resultado importa tanto por lo que representa como por lo que evitó. La extrema derecha demostró que conserva una fuerza electoral considerable, aunque no todos los votos obtenidos por Flávio puedan interpretarse como una adhesión a ese proyecto político. Para una parte del electorado, el rechazo al PT y a Lula sigue siendo un factor decisivo que puede traducirse en el voto, incluso entre quienes no se identifican plenamente con la extrema derecha. Brasil no resolvió su polarización en las urnas; abrió una nueva disputa sobre cómo defender la democracia, comprender las razones de esa división y reconstruir la confianza en la política.
Una victoria construida entre las calles, las redes y la política
La victoria no puede explicarse exclusivamente por la movilización espontánea de la sociedad ni por los acuerdos entre dirigentes. Fue el resultado de la interacción entre distintos factores: organizaciones populares, movimientos sociales, jóvenes, militantes, sectores democráticos de diferentes orientaciones ideológicas y una campaña del Partido de los Trabajadores (PT) que necesitó escuchar críticas, reconocer insatisfacciones y ajustar su estrategia durante la segunda vuelta.
La convergencia no significó que todos compartieran el programa de Lula. Para muchos y muchas, la prioridad era impedir la llegada de Flávio Bolsonaro a la Presidencia. La consigna “derecha e izquierda juntas contra el bolsonarismo” expresaba esa preocupación común, sin eliminar las diferencias en materias de economía, derechos sociales o distribución del poder.
La capacidad de escucha fue central en esta dinámica. Las críticas provenientes de distintos sectores, las inquietudes de la juventud y las opiniones expresadas cotidianamente en las redes sociales pusieron de manifiesto los límites de las formas tradicionales de hacer campaña y de ejercer la política.
El resultado mostró la necesidad de renovar estrategias, lenguajes y formas de relación con la ciudadanía, en sintonía con los nuevos tiempos y las demandas populares.
No bastaba con movilizar a la militancia convencida ni con repetir los mensajes de siempre. Era necesario disputar el voto de quienes aún no habían decidido y movilizar a quienes podían abstenerse. La estrategia pareció dar resultados: la abstención cayó al 19,22% en la segunda vuelta, la menor registrada en la historia electoral brasileña.
La campaña necesitaba, por tanto, algo más que defender los logros de Lula y advertir sobre los riesgos de una Presidencia de Flávio Bolsonaro: debía responder a las críticas y a las preocupaciones concretas de la ciudadanía. Esa adaptación política, junto con la movilización social, contribuyó a convertir el rechazo a la extrema derecha en una mayoría electoral.

La presencia cotidiana de Lula en las calles, a sus ochenta años, fue una imagen significativa de ese esfuerzo. Su participación directa en la campaña ayudó a visibilizar el vínculo entre el liderazgo político y la movilización ciudadana. No se trataba solo de comunicar desde una candidatura, sino de estar presente, escuchar y disputar el espacio público.
De las redes digitales a la acción colectiva
Uno de los ejemplos más visibles fue el “Exército do Lula”, un canal de WhatsApp administrado por el diputado André Janones, que alcanzó diez millones de seguidores el 23 de octubre, dos días antes de la votación. El canal difundía contenidos de campaña y proponía tareas para que sus participantes compartieran mensajes y ampliaran su difusión.
La cifra adquiere otra dimensión al compararla con el resultado electoral: Lula obtuvo aproximadamente diez millones de votos más en la segunda vuelta que en la primera. Esta proximidad numérica no implica una correspondencia directa entre seguidores y votos. Es probable, además, que una parte de quienes se incorporaron al canal ya apoyara su candidatura. Por eso, su relevancia no radica en equiparar ambas cifras, sino en dimensionar el alcance de una estructura de comunicación y de movilización digital en un momento decisivo de la campaña.
Las redes sociales no explican por sí solas el resultado, pero muestran el alcance de la organización política al articular comunicación digital, participación ciudadana y acción colectiva. Su relevancia radicó en cómo personas y liderazgos organizados utilizaron estos espacios para disputar narrativas, compartir información y movilizar comunidades, en plataformas cuyas reglas y algoritmos también condicionan el debate público.
Una audiencia recibe mensajes; una comunidad establece vínculos; una organización coordina acciones. La experiencia del canal buscó articular estas dimensiones. No es posible atribuirle una cantidad determinada de votos, pero sí observar cómo la comunicación digital puede convertirse en una herramienta de participación cuando hay organización política detrás. En Brasil, las calles y las redes no fueron escenarios separados, sino espacios complementarios de una disputa política que también se libró en las conversaciones cotidianas.
Una elección reñida y una democracia bajo presión
El día de la segunda vuelta electoral estuvo marcado por denuncias de dificultades en el transporte público que podían obstaculizar el acceso a las urnas. A las 13:22, la campaña del Partido de los Trabajadores (PT) presentó ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) una solicitud de investigación sobre la oferta de transporte colectivo en Salvador, Feira de Santana y Lauro de Freitas, en el estado de Bahía. También acudió a la Corregedoria-Geral Electoral, la cual solicitó información al Tribunal Regional Electoral de Bahía (TRE-BA). Según las denuncias de la campaña, la reducción del servicio podía perjudicar al electorado de las zonas donde Lula contaba con mayor apoyo.
La controversia se amplió durante la tarde. Mientras el PT solicitaba extender el horario de votación en todo el país, la campaña de Flávio Bolsonaro presentó ante el TSE un pedido similar, alegando dificultades provocadas por lluvias, inundaciones, deslizamientos y cortes de energía en municipios de São Paulo, Paraná y Santa Catarina.
Ante la falta de respuesta del TSE, presidido por Kassio Nunes Marques —nombrado a propuesta de Jair Bolsonaro—, el PT recurrió al Supremo Tribunal Federal (STF). A las 15:46, solicitó extender la votación hasta las 19 horas en los tres municipios bahianos y, a las 16:29, amplió el pedido a todo el país. El caso fue asignado al ministro Cristiano Zanin, quien, poco después de las 17 horas, autorizó la prórroga, limitada a las secciones electorales que aún permanecían abiertas en el momento de la decisión. A las 17:49, Nunes Marques firmó un oficio para orientar a esas secciones.
La decisión fue posteriormente cuestionada por Flávio Bolsonaro en el marco de sus alegaciones sobre la legitimidad del resultado. Sin embargo, la controversia sobre el horario de votación no constituye, por sí misma, evidencia de fraude electoral. Según datos divulgados tras la elección, se contabilizaron alrededor de 34.000 votos a las 17 horas, frente a una diferencia final superior a 4,43 millones de votos. Esta comparación permite dimensionar el alcance numérico de la prórroga, pero no sustituye el análisis de las denuncias sobre el transporte ni determina, por sí sola, la regularidad de cada actuación institucional.
Con el 0,25% de las secciones escrutadas, Lula comenzó liderando la votación. Tras la suspensión temporal de la totalización y la divulgación de resultados, debido a la extensión del horario de votación, Flávio pasó al frente. A las 20:24, con el 47,24% de las secciones totalizadas, Lula recuperó la ventaja y la mantuvo hasta que su victoria matemática quedó definida, a las 21:08. El resultado final confirmó una diferencia de 3,58 puntos porcentuales.

La comparación con 2022 también ofrece una clave: Lula pasó del 50,9% de los votos válidos en aquella elección al 51,79% en 2026, mientras que el candidato del campo bolsonarista pasó del 49,1% al 48,21%. La mejora nacional de Lula fue moderada, no una transformación radical del mapa electoral. El nordeste siguió siendo su principal bastión, mientras que el sur y el centro-oeste mantuvieron una inclinación favorable a Flávio. La victoria se produjo, por tanto, en una sociedad que continúa dividida.
La participación fue del 80,78% del electorado y la abstención, del 19,22%, por debajo del 21,08% registrado en la primera vuelta. Hubo 1,43 millones de votos en blanco y 2,72 millones de votos nulos. La democracia no se mide únicamente por quién gana: también importa que la ciudadanía pueda ejercer el voto en condiciones adecuadas.
La derrota y el rechazo a las reglas democráticas
La reacción de Flávio Bolsonaro añadió otra dimensión al escenario. El domingo se negó a reconocer el resultado; el lunes anunció que recurriría a la Justicia para intentar anular la elección; el martes salió de Brasil rumbo a Estados Unidos. El miércoles difundió una carta que, en su primera versión, lo presentaba como el “verdadero presidente electo”. Después, la formulación fue modificada por el “líder del Brasil”. También circularon versiones con cambios en el texto y un escudo que incluía la inscripción histórica “Estados Unidos do Brasil”.
La secuencia fue más que una reacción retórica a la derrota. Cuando un candidato se atribuye una legitimidad que contradice el resultado electoral certificado y formula acusaciones de fraude sin presentar pruebas suficientes, pone en cuestión una regla fundamental de la democracia: la autoridad política debe derivarse de procedimientos verificables y aceptados.
El domingo, Flávio había jurado que no abandonaría Brasil. En los días siguientes, cuestionó el resultado electoral, anunció que lo impugnaría y se marchó del país. La contradicción entre sus declaraciones y sus acciones pasó a formar parte de la disputa pública. La democracia resistió electoralmente, pero su defensa no puede depender únicamente de la derrota de un candidato: requiere instituciones sólidas, responsabilidad política, respeto por las reglas comunes y una ciudadanía atenta, crítica y comprometida con los valores democráticos, capaz de reconocer las contradicciones entre los discursos políticos y la realidad, y de no dejarse persuadir por falsedades ni por frases de efecto que carecen de sustento fáctico.

Un giro histórico y el desafío de reconstruir la democracia
La victoria no garantiza una gobernabilidad sencilla. Ante quienes advertían que tendría dificultades para gobernar con un Congreso más conservador, Lula respondió que fue el pueblo quien eligió a ese Congreso y que sería con él —con el pueblo— con quien trabajaría para aprobar sus propuestas.
La afirmación plantea una idea central: la gobernabilidad no se construye únicamente en los pasillos institucionales, sino también a partir de la legitimidad popular y de la participación ciudadana.
Lula prometió ampliar la participación del pueblo en las decisiones de su gobierno y dar más espacio a la comunicación digital. El reto será convertir la movilización que hizo posible su victoria en una participación sostenida, capaz de incidir en las decisiones públicas y reconstruir el vínculo entre política y sociedad.
La campaña también mostró la dimensión emocional y simbólica del voto. Cuando Flávio Bolsonaro llamó a Lula “nueve dedos”, aludió a la pérdida del dedo meñique de la mano izquierda, que Lula sufrió a los 17 años en un accidente laboral. El ataque trascendió el debate electoral y evocó, para muchos brasileños y brasileñas, la experiencia de un trabajador, poniendo en juego sentimientos de identificación y dignidad.
La política no se decide únicamente mediante cálculos racionales: también intervienen la memoria, las emociones y los símbolos. La proyección internacional del gesto de hacer la “L” con las manos es ilustrativa: en los días posteriores a las elecciones brasileñas, videos de líderes y manifestantes reproduciendo el gesto circularon en actos políticos de distintos países. Lo que nació como símbolo de apoyo a Lula comienza a adquirir un significado más amplio, asociado a la movilización contra la extrema derecha. Los movimientos políticos están llenos de símbolos porque estos condensan identidades, valores y proyectos colectivos.
La victoria de Lula constituye un giro histórico, pero no significa que la extrema derecha haya perdido su fuerza ni que la polarización esté superada. Su alcance trasciende Brasil: ofrece a América Latina y a otras democracias una experiencia relevante sobre cómo la movilización ciudadana, la organización política y la capacidad de escuchar pueden contribuir a contener el avance de la extrema derecha. No es una fórmula universal, sino una experiencia que merece ser estudiada.
Brasil protagonizó una experiencia histórica; el desafío ahora es convertir esa victoria en una defensa duradera de la democracia, en la ampliación de derechos y en la mejora de la calidad de vida de los brasileños y las brasileñas.

*Estudiante de Doctorado en Derecho en la Universidad Federal de Paraná, Brasil. Investigadora del Núcleo de Investigações Constitucionais y del Observatorio de Reformas Políticas en América Latina @julianaalicefg



