Víctor Bustamante archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/victor-bustamante/ Periodismo con Responsabilidad Fri, 25 Sep 2026 01:13:28 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.10 https://elpregonerodeldarien.com.co/wp-content/uploads/2024/02/cropped-SolPregoneroRecurso-1.png Víctor Bustamante archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/victor-bustamante/ 32 32 228805209 Jan Bartelsman: Fotografías de Medellín, 1955 https://elpregonerodeldarien.com.co/jan-bartelsman-fotografias-de-medellin-1955/ Fri, 25 Sep 2026 01:13:26 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=18544 Foto de portada/Historia Fotográfica de Medellín) Víctor Bustamante/Neonadaismo2011/Cultura/El Pregonero del Darién En otoño de 1943 Jan Bartelsman sabe que lo buscan. Es pintor y uno de los hombres de la resistencia en Laren, Holanda; para los ocupantes alemanes pesa sobre él la sospecha de espionaje y una culpa todavía más grave en aquellos años: esconder …

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Foto de portada/Historia Fotográfica de Medellín)

Víctor Bustamante/Neonadaismo2011/Cultura/El Pregonero del Darién

En otoño de 1943 Jan Bartelsman sabe que lo buscan. Es pintor y uno de los hombres de la resistencia en Laren, Holanda; para los ocupantes alemanes pesa sobre él la sospecha de espionaje y una culpa todavía más grave en aquellos años: esconder judíos.

Prepara las maletas apresuradamente. Se despide de Marie Henriette —Mieke—, su esposa, y de su hija de tres años. Todo parece dispuesto para la fuga hasta que recuerda el jabón de afeitar y regresa a casa. A veces la historia, que después será contada mediante grandes fechas y movimientos de ejércitos, entra en una vida por un objeto insignificante. Un jabón olvidado puede separar la libertad de una prisión. Un contingente alemán lo reconoce. Bartelsman da media vuelta. Un disparo en el talón derecho lo derriba sobre los rieles. Comienza entonces otra geografía.

Primero una celda en el cuartel de policía. Allí intenta escapar excavando un túnel debajo de la cama. Una noche, al mover una tabla, los guardianes descubren el pasadizo. Después vienen los campos: Vught, Kassel y Dachau. Diecisiete meses durante los cuales Europa deja de ser para él el territorio de ciudades, caminos y fronteras que muestran los mapas y se convierte en una sucesión de alambradas, barracas, vigilancia y espera. En Dachau está preso con su mejor amigo, Ted Marchand. Más tarde Marchand será enviado a Auschwitz.

Jan y Mieke habían comenzado años antes su labor clandestina protegiendo judíos del asedio nazi. Los escondían en casas, armarios, cajones, sótanos y entretechos. Es difícil imaginar hoy esa extraña arquitectura del miedo, una casa aparentemente normal y, detrás de una puerta o encima de un cielorraso, alguien obligado a permanecer inmóvil para continuar existiendo. El hogar, lugar destinado a proteger de la intemperie, debía proteger entonces de la Historia. No siempre lo conseguía. Muchos fueron descubiertos.

La resistencia necesitaba además inventar una geografía de la comunicación. Primero utilizaban el teléfono. Una llamada alcanzaba a cinco amigos; cada uno avisaba a otros cinco y la alarma se extendía. Cuando los teléfonos fueron incautados, aparecieron las bicicletas. Cuando también estas se hicieron sospechosas, quedaron los pies. Los mensajes comenzaron a viajar caminando e incluso por los techos de las casas. Una red clandestina aprendía así a transformarse cada vez que era descubierta.

Entre enero y febrero de 1945, en uno de aquellos inviernos europeos en los que la nieve parece borrar los caminos, Bartelsman escapa junto con otros prisioneros. Caminan durante la noche y se esconden durante el día. Algunos mueren en el intento. Los sobrevivientes continúan avanzando sin saber exactamente dónde termina la fuga.

Historia Fotográfica de Medellín (Foto: Jan Bartelsman )

Hasta que un día encuentran soldados estadounidenses.

Para Bartelsman termina allí una parte de la odisea. Pero quien ha atravesado ciertos lugares quizá nunca salga completamente de ellos. Los campos quedan atrás y, sin embargo, continúan viajando con quien los sobrevivió.

Cuatro años después, en 1949, los Bartelsman abandonan Laren. Ya tienen dos hijas, Emelie y Anemieke. Se dirigen a Chile, donde nace Pablo, su tercer hijo. Después vendrá otro desplazamiento: Colombia. El barco llegó a Buenaventura. Allí los Bartelsman experimentaron uno de los primeros desconciertos del nuevo continente: según el recuerdo familiar, se asustaron al encontrarse con personas negras, pues nunca antes habían visto una. El episodio, más que hablar de quienes los recibían, revela la estrechez del mundo conocido que los viajeros traían consigo. Habían atravesado países y océanos, pero viajar significaba también descubrir hasta qué punto la propia mirada estaba hecha de límites.

Jan Bartelsman /Foto Univalle

Después continuaron hacia Cali y, en 1953, se instalaron en una casa del barrio San Fernando. El itinerario resulta extraño cuando se mira sobre un mapa: Laren, Chile, Buenaventura, Cali. Europa queda al otro lado del océano y la nieve es reemplazada por el trópico. Bartelsman trabaja como contador, pero continúa siendo fotógrafo, músico y pintor. En Cali entra en contacto con un mundo artístico que también está buscando nuevas maneras de mirar. Allí se vincula con un grupo, El Taller, junto a otros pintores: Lucy Tejada, Pedro Alcántara —nadaísta—, Beatriz Daza, Nirma Zárate, María Thereza Negreiros y Guillermo Wiedemann.

Tal vez los exilios verdaderos no consistan solamente en abandonar un país, sino en aprender lentamente a mirar otro.

Medellín, 1955

Dos años después de su llegada a Cali, Bartelsman está en Medellín. Lleva una Rolleiflex. Con ella realiza once fotografías. Podrían considerarse simplemente documentos de una ciudad desaparecida. Pero vistas juntas cuentan otra historia: la de un hombre que cambia continuamente de posición porque parece sospechar que ninguna ciudad puede comprenderse desde un único lugar.

Primero la mira desde el aire. La fotografía aérea convierte Medellín en una superficie legible. Calles, manzanas, diagonales, barrios, terrenos vacíos y zonas construidas se organizan debajo del avión. Por un instante desaparecen incluso las montañas que habitualmente definen la ciudad.

Medellín deja de ser paisaje. Se vuelve dibujo. Casi un mapa. Resulta inevitable pensar en el hombre que pocos años antes había recorrido otra geografía durante la noche, huyendo entre la nieve. Ahora contempla desde arriba una ciudad desconocida y pacífica. Los caminos ya no sirven para escapar. Pueden simplemente ser observados.

Después Bartelsman desciende. Desde las alturas del Centro descubre una Medellín todavía baja. Los tejados ocupan grandes extensiones y entre ellos comienzan a levantarse edificios modernos. La ciudad antigua y la nueva no aparecen separadas por una frontera. Conviven dentro de la misma fotografía.

Una Medellín horizontal empieza a ensayar la verticalidad. Bartelsman cambia de posición continuamente desde el Hotel Nutibara. Parece buscar no tanto aquello que debe fotografiar como el lugar desde donde hacerlo. Cada desplazamiento modifica la ciudad. Pero existe algo que nunca desaparece completamente: la montaña.

En varias fotografías el cielo y las cordilleras ocupan una parte enorme del encuadre. Abajo queda Medellín, comprimida entre las laderas. La arquitectura no domina todavía el paisaje; debe negociar con él.

Foto: Neonadaismo 2011

La ciudad cabe dentro de su valle. Todavía no se ha desbordado. Desde otro punto aparece la Plaza Nutibara. Las palmeras dibujan una curva; circulan buses y automóviles; se levantan edificios modernos; aparecen avisos comerciales, emisoras y nuevas formas de publicidad. Al lado sobreviven construcciones pertenecientes a otro tiempo.

Las ciudades quizá nunca abandonan completamente aquello que fueron. Construyen el futuro al lado del pasado y durante algún tiempo ambos comparten la misma calle.

En esa fotografía Medellín parece sorprendida precisamente en ese instante. Quiere seguir siendo reconocible y, al mismo tiempo, tiene prisa por parecerse a su futuro. Entonces aparece una piscina. Bartelsman inclina la cámara casi verticalmente y personas, automóviles, muros, escaleras y agua dejan de ser objetos para convertirse en geometría. Rectángulos, curvas, superficies. Por un momento Medellín desaparece. Queda el pintor. Pero después el fotógrafo vuelve a bajar. Frente a la iglesia de la Veracruz descubre una multitud concentrada alrededor de la entrada. Otras personas miran desde los márgenes. La iglesia podría dominar la escena, pero algo pequeño se interpone entre la solemnidad y la fotografía: un carro de Paletas La Antioqueña.

Quizá una ciudad se reconoce precisamente por esas contradicciones. La ceremonia y el comercio. La piedra antigua y el vendedor ambulante. Lo solemne y lo trivial.

La historia suele conservar iglesias; la fotografía, algunas veces, tiene la generosidad de conservar también el carrito de paletas. Después llega la noche.

Las montañas desaparecen, pero solamente en apariencia. Otra geografía comienza a dibujarse sobre ellas. Pequeños puntos luminosos ascienden por las laderas.

Foto: Ate Virtual Isaacs

Las luces dibujan el valle.

Bartelsman ya no fotografía edificios. Fotografía señales. Medellín existe en la oscuridad como una constelación terrestre.

En otra imagen realiza el movimiento contrario. Abandona el Centro, asciende por la montaña y vuelve la cámara hacia la ciudad. Un árbol ocupa el primer plano. Luego aparecen la vegetación, las laderas, el valle cubierto por la bruma y finalmente Medellín, casi deshecha por la distancia.

La ciudad que desde el Centro parecía crecer vertiginosamente vuelve a ser pequeña.

Obra de: Jan Bartelsman/ Santafeartauction.com

Es una vieja ilusión de las ciudades: creer que su tamaño les pertenece. Basta subir una montaña para desmentirlas.

Finalmente, Bartelsman coloca la Rolleiflex casi a la altura de un caminante.

Una calle sin pavimentar desciende entre casas encaladas y aleros de teja. Las fachadas forman un embudo que conduce la mirada hacia el fondo. Hay pocas personas. Ningún monumento. Ningún gran edificio. Ninguna industria. Ningún acontecimiento que explique por qué alguien decidió detenerse allí y disparar una cámara.

Precisamente por eso la fotografía resulta tan hermosa.

Después de buscar Medellín desde el avión, las terrazas, las montañas, las plazas y la noche, Bartelsman parece descubrir que una ciudad también puede caber en una calle cualquiera y en un hombre que camina por ella.

Tal vez toda fotografía de viaje contenga esa derrota feliz: se parte buscando aquello que distingue un lugar y finalmente se encuentra aquello que podría pertenecer a cualquier lugar.

Vistas juntas, las once fotografías dejan entonces de ser solamente documentos de la Medellín de 1955.

Cuentan una aventura de la mirada.

Bartelsman se acerca y se aleja. Sube y baja. Gira. Mira desde el Centro y desde la periferia. Observa durante el día y regresa durante la noche. Medellín se convierte sucesivamente en mapa, paisaje, arquitectura, geometría, multitud, luz y vida cotidiana.

Quizá esa inquietud tenga algo que ver con el viaje anterior, el mucho más terrible. El hombre que había conocido una Europa donde los caminos conducían a fronteras, escondites, campos y fugas podía ahora permitirse algo extraordinariamente sencillo: desplazarse por una ciudad solamente para mirarla.

No sabemos si Bartelsman pensó alguna vez esa relación.

Sus fotografías tampoco necesitan demostrarla.

Pero existe una extraña correspondencia entre aquella vida desplazada y esta mirada que nunca permanece quieta.

Quizá por eso las imágenes conservan todavía su frescura: no parecen hechas por alguien que ya sabe qué es Medellín, sino por alguien que todavía está tratando de descubrirla.

Y en ese aprendizaje ocurre una paradoja: cuanto más cambia Bartelsman de lugar, más reconocible se vuelve la ciudad.

Después de tantos desplazamientos —Laren, los campos, la nieve, Chile, Buenaventura, Cali—, en Medellín vuelve a comprobar que ningún territorio puede comprenderse desde una sola posición.

Medellín no estaba en un solo punto. Había que mirarla desde todas partes.

Jan Bartelsman: Foto Univalle

Asesora: Clarita de Bustamante.

-Bibliografía: 

–Bongue, Erick, Rostros y Rastros: Jan Bartelsman (1988), Canal Univalle TV.

-El Tiempo, Bogotá, 1989.

-Facebook, Historia fotográfica de Medellín (HFM), Erick Bongue.

– Jan Bartelsman, Revistas Artnexus 31, https://www.artnexus.com/es/magazines/article-magazine-artnexus/6399fc807bd43d50b9aa8f29/31/jan-bartelsman

-Semilla, herencia y color, Instituto Popular de Cultura, Cali, 2016

– Bartelsman, Gertjan. Pasajeros, 1978-1980, Banco de la República, 2016.

Neonadaísmo2011: Jan Bartelsman: Fotografías de Medellín, 1955 / Víctor Bustamante

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Estación del tren en Barbosa https://elpregonerodeldarien.com.co/estacion-del-tren-en-barbosa/ Tue, 25 Aug 2026 00:39:10 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=18293 (Foto de portada/Foto histórica de la Estación Barbosa) Víctor Bustamante/Cultural/El Pregonero del Darién … El ferrocarril nunca llega únicamente a un lugar: también arriba a un tiempo distinto. Cada estación es una pausa en el curso de la historia y, al mismo tiempo, una promesa de otra continuidad. Barbosa se volvió ferroviaria al integrarse a la …

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(Foto de portada/Foto histórica de la Estación Barbosa)

Víctor Bustamante/Cultural/El Pregonero del Darién

… El ferrocarril nunca llega únicamente a un lugar: también arriba a un tiempo distinto. Cada estación es una pausa en el curso de la historia y, al mismo tiempo, una promesa de otra continuidad. Barbosa se volvió ferroviaria al integrarse a la línea trazada desde Botero; luego fue el silbato de las locomotoras, después el edificio que habría de darle hospedaje transitorio a los viajantes. Como ocurre con tantas obras humanas, la realidad se adelantó a la arquitectura.

… La denominada línea del río Porce, segunda división del Ferrocarril de Antioquia en el Valle de Aburrá, inició oficialmente su recorrido desde la Estación Botero hacia Barbosa el 26 de octubre de 1910. La entrega formal de la línea se produjo el 5 de enero de 1912, aunque desde octubre de 1911 los trenes ya prestaban servicio entre ambas localidades. Los rieles avanzaban con la impaciencia del progreso, que es nada menos que la intención de los viajeros y del comercio que necesitan agilidad, mientras los edificios que debían conferir permanencia a ese avance marchaban con lentitud y tropiezo. Solo a partir de septiembre de 1915 continuarían las obras de extensión hacia Medellín.

… Los periódicos con tantas vicisitudes y entusiasmo, testigos de primera línea, transmitían el optimismo propio de una sociedad que veía en el ferrocarril una victoria sobre la geografía. El 26 de julio de 1911 El Tiempo anunciaba que muy pronto sería inaugurada la Estación Barbosa. Restaban apenas diez o doce leguas de terreno llano, sin dificultades de consideración. El artículo concluía con una frase reveladora de aquel espíritu: el Ferrocarril de Antioquia era ya «una cosa hecha», lo que equivalía a decir que se había consumado la redención de Antioquia. En esa expresión convivían la ingeniería y la esperanza de progreso, como si las líneas de acero tuvieran la capacidad de corregir el destino para redefinir la historia.

… Pero la historia rara vez avanza con la uniformidad de los discursos triunfales. Mientras los rieles se tendían con notable tardanza, las estaciones eran todavía proyectos, dibujos sobre una mesa o cimientos apenas insinuados. La inauguración simbólica de una estación muchas veces precedía al edificio mismo, señalando el lugar donde algún día la arquitectura alcanzaría a la llegada de la locomotora.

… El 27 de octubre de 1911, nuevamente El Tiempo publicó una entrevista con el superintendente del Ferrocarril de Antioquia, el doctor Carlos Cock. A una pregunta sobre la apertura del servicio hasta Barbosa respondió que la línea estaría lista para el público a comienzos de enero del año siguiente. Allí existiría una estación modesta, suficiente para atender el movimiento inicial. La comunicación con el poblado se haría mediante un puente provisional de madera, construido por apenas cuatrocientos pesos oro. El puente definitivo, cuyo costo ascendía a doce mil pesos, habría de esperar tiempos más favorables. Aquella diferencia entre la obra provisional y la permanente resume, quizá mejor que cualquier estadística, la constante negociación entre el ideal del progreso y las limitaciones del presupuesto.

Un pasado que se resiste a morir

… En la misma conversación, Carlos Cock explicó que la banca entre Barbosa y Girardota se encontraba muy adelantada. Con una inversión adicional de cuarenta mil pesos podría concluirse la obra, en la que ya se habían invertido más de ciento cuarenta mil. Doscientos trabajadores laboraban entonces en el tramo, cifra que pronto se duplicaría para permitir la llegada del servicio ferroviario hasta Girardota durante el segundo semestre de 1912. El ferrocarril no era solamente una línea sobre el mapa: era un organismo vivo, sostenido por centenares de hombres anónimos cuya fatiga y aposte permanecía invisible detrás de las cifras oficiales.

… Las estaciones reflejaron esa diversidad de circunstancias. No todas poseían la misma jerarquía ni respondían a idénticas aspiraciones arquitectónicas. Su importancia dependía de la población atendida, de la actividad económica circundante y de las conexiones regionales que articulaba. Barbosa, Santiago, Popalito, Botero y Porce fueron concebidas como edificaciones sobrias: volúmenes sencillos de tapia, enriquecidos por una refinada carpintería en madera. Otras, como El Limón, El Hatillo, Villa y Medellín, exhibían propuestas arquitectónicas más ambiciosas, donde la mampostería, el eclecticismo o la monumentalidad expresaban una jerarquía distinta dentro de la red ferroviaria.

… La mayor parte de estas estaciones se levantó después de la entrega oficial de la línea. Los trenes llegaban antes que estos complejos; el movimiento precedía al refugio. Esa secuencia revela una lógica profundamente moderna: lo esencial era garantizar el tránsito. La arquitectura podía esperar.

Las restricciones económicas terminaron por influir decisivamente en el aspecto de las edificaciones. Hacia 1912 la planta técnica de la división Porce se había reducido considerablemente. Permanecían el superintendente Ernesto Cadavid, el ingeniero de sección Pablo E. Pérez, el ayudante Eleazar Arango y el dibujante Théophile Teche. Poco antes aún figuraban el ingeniero arquitecto Enrique Olarte y los dibujantes Arturo Longas y Raúl Quevedo, pero la supresión del cargo de arquitecto modificó el rumbo de muchos proyectos. Es probable que fueran los propios dibujantes quienes asumieran el diseño de algunas estaciones. Cuando en julio de 1912 se aprobaron los planos de Barbosa y Girardota, Teche era el único integrante de la oficina de dibujo. Todo indica que sobre él recayó la responsabilidad de proyectar edificios discretos, funcionales y compatibles con la estrechez de los recursos disponibles.

… Así surgió la Estación Barbosa: una construcción sin pretensiones monumentales, elaborada con materiales tradicionales —tapia y teja de barro—, pero cuidadosamente proporcionada. En 1915 una descripción señalaba que, como las demás estaciones de aquella sección del ferrocarril, sus edificios eran «risueños y de limpio aspecto». Los muros, de tapia apisonada, alcanzaban cuarenta y cinco centímetros de espesor y cinco metros de altura. Para contener su verticalidad se reforzaban mediante bastiones en las esquinas, mientras un amplio tejaroz de madera protegía los muros del sol y de la lluvia. La cubierta, sostenida por cerchas de madera y revestida con teja de barro, permanecía oculta tras los muros ático, protegidos por plaquetas cortagoteras.

Sin embargo, la solución constructiva contenía el germen de su propia fragilidad. Los muros áticos facilitaron la penetración de la humedad y aceleraron el deterioro de las tapias. Décadas más tarde, cuando la estación comenzó a desmoronarse, las advertencias de arquitectos, historiadores y administraciones municipales chocaron contra un obstáculo burocrático: el edificio pertenecía a Ferrovías, entidad del orden nacional, y el municipio carecía de facultades para intervenirlo; es obvio que tampoco les interesaría preservarlo. Desde los años 80 más o menos ninguna administración se dio cuenta que en el municipio existía la estación del tren. La ruina avanzó con la misma paciencia con que antes había avanzado la construcción.

… De este complejo arquitectónico permanecieron, sin embargo, la bodega y la casa del jefe de estación y la casa del ingeniero, capaces todavía de integrarse a un espacio público que enlazara el parque principal a través del camellón o vía a la estación. Como suele ocurrir con los paisajes de la memoria, aquello que sobrevive en apariencia no siempre es lo más importante, pero sí lo suficiente para recordar lo perdido.

… La historia del ferrocarril también quedó escrita en episodios mínimos, casi olvidados por las grandes narraciones. El 2 de mayo de 1914 la prensa informó que el notable ingeniero José María Jaramillo Martínez había sufrido un grave accidente cerca de Barbosa mientras inspeccionaba la línea del ferrocarril. La noticia ocupó apenas unas líneas, pero basta para recordar que detrás de cada kilómetro construido existieron cuerpos expuestos al riesgo y vidas entregadas a una empresa que transformó la geografía antioqueña.

… Quizá por eso las antiguas estaciones producen una emoción difícil de explicar. No son únicamente edificios. Son la materialización de una confianza colectiva en el futuro. Cuando desaparecen, no se pierde solamente un ejemplo de arquitectura ferroviaria; también se desvanece una manera de imaginar el tiempo, cuando el progreso parecía avanzar con el ritmo pausado de una locomotora y cada estación era la promesa de que el mundo, por fin, estaba un poco más cerca.

Las ruinas como herencia

… El 13 de mayo de 1914, El Tiempo informó que los maestros de las escuelas públicas de Barbosa llevaron en tren a sus alumnos a Medellín con el plausible propósito de darles una lección ecuánime en el Museo de esa ciudad, así como hacerles conocer al gobernador y enseñarles el respeto que el mandatario merecía. La distancia recorrida por los escolares fue de 41 kilómetros. Eso sí, fueron recibidos a pedradas en los alrededores de la quebrada Santa Elena, no como un acto de bienvenida, sino como una travesura, nunca memorable, de los muchachos díscolos de la Villa.

… Un suceso ocurrido poco después da cuenta de la responsabilidad que exigía el manejo del ferrocarril. Por la inexperiencia de un peón encargado provisionalmente del manejo del suiche en la Estación Barbosa, el coche de primera clase del tren de la mañana, que iba hacia Botero, se salió de la línea y quedó inclinado. Felizmente no ocurrió ninguna novedad con los pasajeros. Tanto el encargado de los suiches en Barbosa como el peón que hizo el cambio fueron reducidos a prisión.

… Por este valle, entonces muy despoblado, pasó Rufino Gutiérrez, geógrafo y escritor, quien en su artículo Impresiones de Antioquia. La División del Porce (1917), escribió, recordando su recorrido del 18 de abril de ese mismo año:

“Los carros de pasajeros son bastante buenos y cómodos, tanto los de primera como los de segunda y tercera. Los vagones de carga me parecen de los mejores que los de otros ferrocarriles. El balastaje, las cunetas, los taludes y los desagües los encontré muy bien, mejor que los de las demás vías del país.

… Me gustó ver que no se permite fumar en los carros de primera ni permanecer en las plataformas. En cambio, los empleados del tren no tienen uniforme y el conductor no avisa siempre a los pasajeros el nombre de la estación a que va llegándose. Las locomotoras no pitan para avisar a los vecinos que se preparen a tomar el tren o que salgan a recibir a los pasajeros a quienes esperan, pero sí dan un pitazo muy corto en cada poste kilométrico”.

… Algo es cierto: Rufino no se interesó en detallar la estación y menos aún en referirse a Barbosa. Pasó de largo hacia Medellín y Sopetrán.

Pero su gran cronista, Luis Tejada, en 1920, tampoco se detuvo después de tanto tiempo para dejar su versión. En cambio, escribiría:

… “No hubo más remedio; aquel sábado tomé el tren, después de envolver cuidadosamente unos pantalones de repuesto, por si me tumbaba el macho en el camino.

… En la estación encontré puntualmente a Pancho Villa, alto, negro, con el hocico claro y peludo y las orejas nerviosas; me eché una sincera bendición, porque nunca soy tan cristiano como cuando me acerco a una mula desconocida, y la emprendí por el sendero amarillo hacia la cordillera”.

… El 4 de octubre de 1932, en ese paso vertiginoso del tiempo que arrastra toda clase de sucesos hacia la nebulosa del olvido, se informó que el gran actor mexicano Arturo Rambal estuvo con su compañía teatral unos minutos en esta estación, de paso hacia Medellín. Ya en la década de 1960 regresaría como actor de cine consagrado en El Mártir del Calvario, película que se proyectó no solo en Barbosa, sino en todo el país durante mucho tiempo.

… Ese mismo año también pasó por la estación Jorge Eliécer Gaitán, quien venía desde Medellín en un tren expreso fletado por el Partido Liberal para hacer campaña en cada una de las estaciones del recorrido, se detuvo unos minutos, los suficientes para dar sus arengas y prometer un mejor país.

… Otro cronista relevante, Adel López Gómez, en Una visita a la mina de Caramanta, publicada en El Tiempo el 18 de diciembre de 1949, escribió:

… “Estamos en Barbosa.

… —¡Chicharrones, chorizos, sabaletas! —dice el pregón de las mujeres; canta el grito de los niños a lo largo del tren detenido.

… Cómo le gustarían a Inés estas sabaletas recién salidas de la sartén, tostaditas y olorosas, que fueron pescadas esta misma mañana en el río”.

… Me sorprende como la prolijidad de Adel haya sido tan llena de parquedad, cuando él sus textos da rienda suelta al detalle. Pero no es para menos él tiene un propósito, visitar una mina de oro en Caramanta.

Con el paso de los años en la Estación Barbosa se va escribiendo su historia, aquella de los eventos inesperados, y así, como de aquellas personas que estuvieron de paso, que enseñan como la vida cotidiana trae la sorpresa de algunos      visitantes que salen de su pasarela portátil y llegan por estas tierras a través de lo más común: el viaje.

… Uno de esos instantes ocurrió el 14 de marzo de 1940 cando fue traído desde Bogotá el cadáver del insigne ingeniero civil Alejandro López. Lo acompañaban el presidente Santos y una comitiva de alto nivel que había viajado desde la capital en un vuelo de Scadta. Luego de la ceremonia fúnebre, el ataúd fue colocado en el último vagón, cubierto con paños negros, adornado con la bandera nacional y literalmente abrumado por ofrendas florales.

… La marcha se inició desde Medellín en un tren de diez vagones ocupados por distinguidos personajes de la ciudad, entre ellos el gobernador, los secretarios de despacho, altos dignatarios del Ferrocarril de Antioquia, una compañía del regimiento, profesores, alumnos de la Escuela de Minas y los familiares de Alejandro López. El tren llegó a La Quiebra a las siete de la noche y regresó a la medianoche.

… El doctor Alejandro López había manifestado su deseo de ser enterrado bajo las paralelas de la carrilera, en la mitad del Túnel de La Quiebra, la máxima obra del Ferrocarril de Antioquia, ideada por él. Sin embargo, no fue posible cumplir su voluntad, pues ello habría interrumpido el paso de los trenes. Se decidió entonces construir su tumba en una roca, a un costado del túnel. Dos mineros fueron contratados para ejecutar la obra.

… El convoy fúnebre se detenía en las estaciones intermedias para rendir homenaje a López: Bello, Copacabana, Girardota, Barbosa, Botero, Porcesito, Santo Domingo y Santiago. A su paso, el vagón mortuorio fue visitado por humildes campesinos y otras personas, sus admiradores, que subieron para ofrecer oraciones y depositar ofrendas florales en la despedida del ingeniero.

Víctor Bustamante

… Entre los viajeros que dieron lustre a la Estación Barbosa se encuentra el fotógrafo Sady González. En la tarde del domingo 7 de diciembre de 1941 coincidió allí con Esperanza Uribe, quien se encontraba casualmente con dos amigas. Ella advirtió que, a cierta distancia, un señor fingía leer el periódico mientras insistía en observarla. Cuando llegó el tren y ella subió, él le indicó que a su lado había una banca vacía esperándola.

… De aquella contingencia nacieron no solo el amor, sino también una fecunda sociedad de trabajo que dio prestigio a Foto Sady en Bogotá. Él, maestro del fotoperiodismo, recorría los pueblos de Antioquia, Cundinamarca y Boyacá captando imágenes con una naturalidad admirable. De esa unión nació un hijo: el escritor Guillermo González Uribe.

… Por supuesto, esta estación también forma parte de mi memoria. Aún conservo indeleble el recuerdo de mi primer viaje a Medellín, en los años sesenta, cuando, de la mano de mi padre, permanecía frente a una locomotora de negro metálico que exhalaba vapor de agua, y resoplaba con afán como un furioso dragón mitológico para proseguir su marcha mientras algunos técnicos vertían aceite en los ejes con aceiteras de pico largo.

… También, con algunos amigos de la escuela, los rieles de la estación eran un reto para dispones a lo largo de sus lomos metálicos tapas de gaseosa para verlas aplanarse bajo el paso del tren que seguía raudo hacia Medellín. Cuántas caminatas hice por sus corredores exteriores; cuántas veces entré a aquella amplia bodega donde se vendían los tiquetes, al lado derecho, mientras unas sillas servían de descanso a los pasajeros y, al fondo, permanecían almacenados y aforados los paquetes y los bultos con las mercancías.

… Afuera, el director de la estación, Fabio Zuleta, hacía sonar la campana de cobre y, mediante un aro sujeto a una larga vara, entregaba un mensaje al maquinista, quien aminoraba la marcha. Cuántos veranos recorrí sus alrededores para tomar una gaseosa en alguno de los bares del frente, caminar junto a la casa del director de la estación, acercarme a la vivienda del ingeniero y contemplar aquella armazón del tanque de agua desde donde se abastecían las locomotoras para mantener la presión.

… Pero no hablaré más de esta parte, ni de los accidentes que los hubo, ni de las ceremonias de sangre, porque no quiero que se manche esta memoria.

… Lo único cierto y letal, frente al desaforado paso de los acontecimientos y al abandono de la Estación Barbosa, es que se permitió que la naturaleza reclamara lo suyo; frente a quienes la desmantelaron, ante la desidia de las llamadas autoridades municipales, inútiles y presuntuosas, que nada hicieron para impedir su destrucción y dejaron arrasar el patrimonio del municipio, que solo queda buscarlo en los testimonios que conservan su historia.

… Queda también la certeza de que aquel lugar, que conectó al pueblo con el resto del departamento y del país. Indagar en su existencia evita que la memoria del tren se reduzca a un informe infatuado o a una huella perdida. Allí permaneció, durante décadas, la presencia tan valorada, tan querida, tan sentida y tan amada de la Estación Barbosa del Ferrocarril de Antioquia en un pueblo que, paradójicamente, tampoco ha sabido valorar su propia historia.

… Las babas de los políticos produjeron una ley en 1997 que declaraba patrimonio todas las instalaciones de los Ferrocarriles Nacionales. Pero eso no bastaba. No hubo manera de hacerla cumplir. Lo demás fueron más y más leyes arrumadas en esta Patria Boba como basura: la misma historia falaz e improvisada de quienes legislan y creen que un país se ordena simplemente entreteniéndolo acumulando leyes.

Bibliografía:

Patrimonio urbanístico y arquitectónico del Valle de Aburrá, Un proyecto del Área

-Metropolitana del Valle de Aburrá. Capítulo de Villa a Área Metropolitana. – Roberto Luís Jaramillo V., Capítulos Edificaciones para el comercio y Estaciones del Norte y del Sur. Luís Fernando González E., Otros capítulos: Giuliana Guerra Gómez y Gloria Ceballos Restrepo. Medellin, Litoimpresos, Colombia, 2010

-Gutiérrez, Rufino. Monografías, Imprenta Nacional, Bogotá, 1920.

Créditos:

De este espacio solo queda el recuerdo. Los habitantes de generaciones anteriores recuerdan con nostalgia toda esa época de gran dinamismo/Fotos: Alcaldía de Barbosa,  Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, Wikimedia, Commons, Nostalgia Férrea Colombia.

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Casa de Agustín Goovaerts en Prado, Medellín https://elpregonerodeldarien.com.co/casa-de-agustin-goovaerts-en-prado-medellin/ Fri, 24 Jul 2026 20:13:17 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17955 Víctor Bustamante/Neonadaísmo2011/Cultura/El Pregonero del Darién. Con el paso de los años y nuestra indiferencia, descuido la mayoría de las veces, y, en otras ocasiones, el desalojo de nuestra memoria, visible en los «descubrimientos» que con frecuencia hacemos, caemos en cuenta de que, más que todo, son debidos a nuestras torpezas por no advertir que Medellín …

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Víctor Bustamante/Neonadaísmo2011/Cultura/El Pregonero del Darién.

Con el paso de los años y nuestra indiferencia, descuido la mayoría de las veces, y, en otras ocasiones, el desalojo de nuestra memoria, visible en los «descubrimientos» que con frecuencia hacemos, caemos en cuenta de que, más que todo, son debidos a nuestras torpezas por no advertir que Medellín guarda muchos tesoros, muchos relatos y, sobre todo, esa certeza de saber que su historia la vemos cada día, cada vez que caminamos, pero no la conocemos; es decir, la dejamos pasar con esa cultura, entre comillas, de fachadas.

Pero la ciudad es más que ese descuido, porque es un palimpsesto, un libro abierto que cada generación reescribe sobre él, creyendo que con ello crea la ciudad. No. Esa es la gran mentira. La ciudad denota, en su silencio y en cierta incertidumbre, una historia fresca, presente; que no la sepamos y no la descubramos es otra cosa. Es, más bien, un síntoma de nuestro alejamiento de esos espíritus lelos que deambulan por ahí, cuando deberían indagar y no dejar que el olvido se coma y devore lo más valioso de una ciudad: aquello que le da su diferencia y su peso específico, su historia.

Uno de esos hitos que ha sido maltratado desde su llegada ha sido Agustín Goovaerts. No solo fue atacado y vilipendiado cuando comenzó a diseñar edificios bajo su estética, sino que, con el tiempo, muchas de sus obras fueron destruidas: el Teatro Junín, la cárcel del Buen Pastor, el edificio Ismael Correa, La Ladera, el edificio Calpe y una casa en Maracaibo, solo por mencionar algunas.

Por esa razón, cuando nos dimos cuenta de que una casa de su factura, en la calle Miranda, aún se conserva, fuimos hasta allí a respirar su aire, su creatividad, ya que permanece prácticamente intacta. Si alguna vez pasamos por su fachada pasmados ante la elaboración de su diseño, ahora, al saber que es una casa de Goovaerts, adquiere un peso mayor, pues aquí estuvo el arquitecto belga con la certidumbre de vigilar la buena marcha de una de sus obras.

Don Paulino Londoño Londoño, que había sido arriero y comerciante y, además, accionista de la Cervecería La Libertad, contrató a Goovaerts para el diseño y la construcción de su residencia en 1920.

Fernando González, refiriéndose a él, añade:

«¿Dónde, sino allí, se graduaron don Luis y don Paulino Londoño? Los graduaron en el corral de las «paridas»; comenzaron arreando del corral a El Poblado las vacas que otros compraban y… ¡ahora son del redondel!

…

Fijad muy bien esto: que se aprende a caminar, caminando; a hablar, hablando; a encontrar, buscando; y a ser pendejo, leyendo. No leáis: investigad, buscad, vivid. La República de Antioquia fue grande cuando su escuela era la arriería, la feria, la plaza de mercado y los pueblos. Allí se formaron Alejandro Ángel, Emilio Restrepo Paila, Pedro Estrada, Luis y Paulino Londoño, Bernardo Mora, etc. Ninguno de ellos aprendió a leer hasta que lo necesitó para saber cuánto le debían; primero aprendieron el lenguaje de las actitudes de los seres; por eso son astutos, saben lo que quiere cada cosa que se les presenta».

Estos arrieros, transportando mercancías a través de caminos irredentos por montañas y afrontando todas las dificultades geográficas, crearon una base de acumulación de capital que serviría posteriormente para la creación de empresas.

Su hija, Sofía Londoño Mesa, contrajo nupcias con José Luis Restrepo Jaramillo, quien era escritor, otro intelectual olvidado, como es costumbre, dizque, en la ciudad más lectora, con gestores culturales de frágil armazón intelectual. Entre sus creaciones están Cuentos de juventud y las comedias La llama y Malditas lenguas, así como su periódico Labor. Además, es considerado el primer presidente del Deportivo Independiente Medellín.

Víctor Bustamante

Pero, y ese «pero» es una tragedia, el escritor y dirigente deportivo moriría muy joven, en 1926, lo cual llevó a que su viuda y sus dos hijos, Guido y Beatriz, se marcharan a vivir a Bélgica ese mismo año, donde permanecieron varias temporadas entre Bruselas y París.

Se dice que, durante el tiempo de su viaje a Europa, esta casa sirvió de sede para el comando militar en Medellín. Para ese entonces, en esa oscuridad que reaparece cuando hallamos otras voces y otros escritores, se afirmaba que la calle Miranda quedaba en las afueras de la ciudad, cuando Prado comenzaba a construirse en su interior y a los paisas cazurros les parecía muy démodé que las calles se ampliaran y que sus tentáculos escarbaran planicies y montañas.

A su regreso de Europa ocuparon de nuevo su casa en la calle Miranda doña Sofía y sus hijos, Beatriz y Guido. Ella, Beatriz, seguiría las huellas de su padre. Aficionada a la lectura, parece que nos dijera que la verdadera educación está en quien es autodidacta, ya que se transitan los caminos del saber porque la razón y el corazón conducen hacia fuentes desconocidas e inagotables.

Ella tuvo cercanía con Fernando González, quien venía a visitarla y, a lo mejor, en esas continuas disquisiciones le fomentó la independencia, el carácter, así como los caminos pedregosos de una formación intelectual sólida. La conversación abre puertas a la inusitada aparición de ideas, temas, preguntas y escritores diversos que no se hallan en ningún manual. El contacto, además, con una gran escritora que no se ha leído como se lo merece, María Helena Uribe de Estrada, y con Regina Mejía, seguro la llevaron a que se acendrara, con un tono de mayor responsabilidad, su labor intelectual.

Las lecturas para su formación personal se encaminan por los senderos de las reflexiones de Fernando González, quien nunca dejó su espíritu crítico y pragmático de jesuita. De ahí su cercanía, la de ella, con el sacerdote y escritor Michel Quoist, cuyas obras, que destilan espiritualidad, enlazaron la fe cristiana con la vida cotidiana a través de un lenguaje sencillo y directo, lejos de oraciones reiterativas, para entender que los escenarios cotidianos, como la calle, las reuniones, los anuncios y las relaciones con las otras personas, denotan otra manera de mantener esa cercanía y ese respeto.

También entre sus lecturas figuraba el padre jesuita Alberto Ibáñez, quien, a través de sus Convivencias con Dios, diseñó retiros espirituales de seis días, adaptando los ejercicios de San Ignacio para laicos, jóvenes y religiosas. También seguía los preceptos del padre Pedro Arrupe, quien lideró la renovación global de los jesuitas y combinó su vida con una mística profunda y un compromiso radical por la justicia social. Cuando fue destinado como misionero a Japón, vivió en carne propia el estallido de la bomba atómica en Hiroshima. Utilizó sus conocimientos médicos para convertir el noviciado jesuita en un hospital improvisado y salvar a más de ciento cincuenta personas. De ahí que Beatriz asumiera en Medellín un programa de radio en pro de los sobrevivientes de Hiroshima.

Otra de sus lecturas preferidas fue Leo Buscaglia, profesor universitario estadounidense, conocido como «Dr. Love», ya que su vida y su obra se centraron en promover la importancia de los abrazos, la empatía y las relaciones humanas afectivas.

En 1950 Beatriz Restrepo Londoño se casó con Ernesto Echavarría Gallo, quien era jefe de relaciones públicas de Coltabaco. De él se refería una leyenda, nunca urbana sino familiar, donde se aseveraba que había sido prisionero en un campo de concentración y que fue espía de la Gestapo. No sabemos si será verdad o un simple chisme; lo cierto del caso es que no hemos podido corroborar si estuvo en Alemania o en Fusagasugá, en el Hotel Sabaneta, junto a los nazis locales y sus adeptos.

Beatriz Restrepo Londoño se desempeñó como columnista de El Colombiano. A veces publicaba con su nombre y, otras, con el seudónimo de Calixto. Junto con el padre Gustavo Vélez V. y Ana Mercedes Gómez escribían la columna Tejas Arriba. También fue redactora en Sutatenza.

Aquí, en estos salones amplios, serenos y frescos de su casa en la calle Miranda, doña Beatriz Restrepo Londoño escribiría sus columnas. Como había cursado el bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, en Miraflores, donde posteriormente fue profesora, allí dictó la conferencia Respuesta de María en el plan de Dios. También viajó con María Salazar de Mejía a Dublín para participar en un encuentro mundial de alumnas del Sagrado Corazón. Fue jurado de los Premios Alejandro Ángel Escobar y, además, como conferencista, dictó seminarios de Motivación y Liderazgo.

Los actuales dueños de esa casa son el escritor y sociólogo Fabio Betancur y su esposa, la pintora Mónica Durán. Fabio, en este espacio, su espacio, en esta casa que tanta historia posee, es escritor, como lo fue doña Beatriz. Seguramente continúa con su actividad, no refugiándose en la lectura, sino manteniéndose alerta con su poesía, con sus indagaciones sobre la música, de la cual es un experto, o, a lo mejor, pensando algún ensayo sociológico sobre este país que nadie puede armar. También es posible saber que Mónica experimenta en su estudio con la creatividad de sus pinturas; es decir, indaga con los colores, con esas disolvencias que, seguro, aparecen cuando cristaliza una de sus ideas.

Entre una indagación y otra, al volver a Prado, se intenta entender las infladas recomendaciones, los inusitados proyectos que solo quedan como esbozos sobre las abultadas superficies de los archivos: puro papel inoficioso, donde mueren libros, cuadernos, revistas, folletos e inventarios, así como vídeos y certámenes. Solo queda la literatura como testigo y reflexión. Como en todas las historias, casi se pierde todo el arsenal de esa vida cotidiana que da lustre a estas casas, a estas aceras, a estas calles: pura atmósfera que retorna al caminarla, pero que completamos desde los estantes olvidados que se recuperan gracias a los testigos presentes y a sus testimonios disueltos en diversas publicaciones.

Es decir, casi deambulamos por una ciudad que, de no buscarla y de no reflexionarla, permitiremos que sea entregada al desalojo, a la opacidad y a la brutalidad de quienes deberían preservarla. Como observadores fatuos y tibios dejamos que el río de la historia, lento y mudo, prosiga hasta opacar el brillo bajo el sol que revienta en los copos de un guayacán, donde el fluir de la vida, en el interior de estas mansiones, lo releamos con el sentido que se merece y no como una fatal ilusión que deslumbra a turistas desaprensivos e ingenuos, quienes ven cómo se arrastra por las paredes la mano tenebrosa de la destrucción, o los proyectos de risa que solo ven fachadas bellas como manchas luminosas, casi inexistentes, donde el esplendor, nunca en la yerba sino en estas fachadas, será iluminado con el neón de las buenas intenciones, mientras somos testigos seducidos por un pasado que destila remordimientos ante la desaparición anunciada, que no es más que la temática de la apariencia, notoria en las tapas ilustradas y en las páginas web, como una reverberación de la nada que enciende la turbiedad de la inseguridad del barrio; las latas de cerveza abandonadas por los caminantes nocturnos en esquinas, calles y aceras; mientras las luces que escupen los faroles parecen tristes, del mismo modo que, ya en la noche, cuando todo es silencio, contrastan con las luces solitarias que arden en las ventanas.

Medellín posee una totalidad histórica que notamos al caminarla, mientras el río de personas atesta algunas calles a lo largo de las espaldas de la noche o se refugia en la nueva costumbre de los centros comerciales, limpios y seguros, pero alejados del plano citadino, con sus orillas de cristal sobre la gran rueda del comercio que los tritura hasta dejarlos satisfechos. En cada caminata por Prado existe, por lo menos, un fragmento de la acedia que perdura, al no haber respuestas ni soluciones. Así, en apariencia, pastan las horas tranquilas del abandono, mientras fluyen estas palabras en mitad de la noche, sin tener en cuenta lo huérfanos que quedamos cuando, en sus orillas, aparecen las palabras para tratar de recuperar, del barrio de Prado, esas historias que le dan lustre y que reverberan intensas y puras antes de que la noche nos persuada a buscar sus calles y sus mansiones en una historia cubierta de tanto silencio.

«Hace más de un siglo, Agustín Goovaerts imaginó un ícono para Medellín. Lo que nunca pensó fue que, desde sus ventanas, algún día desfilarían los trenes del Metro»
(Fotos/patrimonio de Medellín)

https://neonadaismo2011.blogspot.com/2026/06/casa-de-agustin-goovaerts-en-prado.html

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Medellín, 1948, en las postales de Tichnor Brothers https://elpregonerodeldarien.com.co/medellin-1948-en-las-postales-de-tichnor-brothers/ Mon, 18 May 2026 16:10:25 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17225 Víctor Bustamante/Nadaísmo 2011/Cultura/El Pregonero del Darién … Tichnor Brothers, Inc. fue una empresa estadounidense de artes gráficas e impresión con sede en Boston, Massachusetts, que operó entre 1908 y 1987. Se distinguió por ser uno de los principales productores de postales de recuerdo de ciudades estadounidenses durante el siglo XX, en particular por sus célebres postales …

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Víctor Bustamante/Nadaísmo 2011/Cultura/El Pregonero del Darién

… Tichnor Brothers, Inc. fue una empresa estadounidense de artes gráficas e impresión con sede en Boston, Massachusetts, que operó entre 1908 y 1987. Se distinguió por ser uno de los principales productores de postales de recuerdo de ciudades estadounidenses durante el siglo XX, en particular por sus célebres postales de “letras grandes” (large-letter postcards), difundidas entre 1936 y 1952.

… En el paisaje visual de la cultura norteamericana, Tichnor ocupó una esfera singular. Sus postales —frecuentemente impresas sobre el característico papel con textura de lino— no eran simples objetos turísticos, sino pequeñas condensaciones de mundo: fragmentos urbanos convertidos en imagen portátil, memoria estandarizada y, al mismo tiempo, íntima. La textura de lino, con su reticulado suave y su aspereza elegante, no sólo aportaba una cualidad táctil distintiva, sino que confería a la imagen una cierta densidad nostálgica, como si cada postal estuviera ligeramente inclinada hacia el pasado incluso en el momento de su producción.

… Los archivos de Tichnor Bros., conservados en la Biblioteca Pública de Boston, constituyen un vasto depósito de historia visual. Allí reposan miles de imágenes que documentan no sólo la arquitectura, sino también las aspiraciones culturales de Estados Unidos. Estos se pueden consultar en plataformas como Digital Commonwealth y en otras colecciones abiertas en línea, estos materiales han adquirido una segunda vida: ya no circulan como souvenirs, sino como documentos.

… Los fundadores de la empresa fueron los hermanos Harry N. Tichnor y Louis Tichnor, hijos de inmigrantes judíos procedentes del Imperio austrohúngaro. La historia familiar, marcada por desplazamientos y adaptaciones, aparece discretamente en la propia vocación de la empresa: fijar lugares, convertirlos en imagen, darles una forma reproducible.

… La llamada “textura de lino”, tan característica de estas postales, no debe entenderse como un mero detalle técnico. Se trata de un acabado producido mediante gofrado, que imita el tejido de lino a través de un patrón de líneas cruzadas en relieve. Su función era doble: estética y funcional. Por un lado, otorgaba a la imagen una apariencia más refinada, casi textil; por otro, facilitaba el secado de las tintas en procesos de impresión masiva, acelerando la producción sin sacrificar el efecto cromático.

… En el plano técnico, Tichnor empleó procesos de impresión a color de alta intensidad, como el denominado “Lusterchrome”, junto con sistemas de impresión multicolor —habitualmente basados en el modelo CMYK ampliado— que permitían obtener tonalidades más vivas y contrastes más marcados. En el contexto de las “linen postcards”, la tinta no se limita a cubrir la superficie: se adhiere a ella, se inscribe en sus relieves, como si la imagen respirara a través de la materia misma del papel.

… Así, lo que parece un simple objeto comercial se revela como un pequeño artefacto de la memoria moderna. Las postales de Tichnor no sólo muestran ciudades: las ordenan, las estilizan, las convierten en relato visual. Y en ese gesto —entre la técnica y la nostalgia— se inscribe una forma particular de mirar el mundo, donde cada imagen es también una promesa de permanencia frente al desgaste del tiempo.

… En estas fotografías convertidas en postales es notoria una prolija visión de Medellín donde el espacio urbano aún conservaba rectitud y respeto por su estabilidad, así como cierta veneración por las edificaciones que le daban a la ciudad cierto hálito de un progreso sostenido donde era visible la interacción entre personas, y en el Centro las autoridades eran capaces de promover una autorregulación que dio sentido a mantener un paisaje urbano sostenido que valoraba no solo las calles, sino las edificaciones civiles como un reflejo de la capacidad creativa de sus arquitectos y planificadores para que esos paisajes posibles mantuvieran ese sello de ser una ciudad que poseía su admiración por esos paisajes construidos desde principios de siglo con tanto esfuerzo y prestigio. De tal manera la palabra progreso era algo que cautivaba para dar a la ciudad esa frescura que era posible advertir en estas postales que aun nos conmueven, no solo debido a la textura del proceso, a los colores precisos, sin medianía de sombras, sino por advertirnos del cambio y destrucción de una ciudad.

…  A esa ciudad tranquila con una atmósfera de un cielo siempre azul, con espacios controlados, y sin hacinamiento, no se advertía lo que vendría después: su propia destrucción ante líderes rapaces y sin cultura, culebreros, analfabetas y escaldados en su mayoría que no darían la talla, que permitieron que Medellín fuera abocada a lo que es ahora, un territorio de nadie, un caos y el desorden como signo no de su tiempo, sino de su propio descalabro metódico,  personal llevado a cabo por dirigentes obsoletos.

… Estas postales hermosas, únicas y perennes provienen de fotografías en blanco y negro realizadas por nuestros maestros fotógrafos en un año preciso, 1948.

… Entre las series producidas por Tichnor se encuentran postales de Medellín, Colombia, donde aparecen escenas urbanas en la Estación del Ferrocarril, la Plazuela San Ignacio, el Aeropuerto Las Playas. Así como edificios emblemáticos de las iglesias de la Candelaria y Metropolitana, los Palacios de la gobernación y Municipal, el Hotel Nutibara, el Club Campestre. Y algo que se advierte, la multitud muy elegante se agolpa en el Hipódromo San Fernando, en menor sentido en la Plaza de Toros y en el Jardín Botánico. La Universidad de Antioquia, la Nacional, la UPB se advierten como centros de enseñanza superior. El agua fluye y es domeñada en el Acueducto municipal, y en la Hidroeléctrica de Guadalupe. Símbolos del civismo y la cordura, luego vendría lento, preciso y mugroso la otra clase de progreso que convertiría el Centro en ruinas, y que nadie ve en Planeación, en Patrimonio, ni en ninguna dependencia de papel con funcionarios de papel y basura. 

… Estas imágenes, hoy dispersas en archivos digitales, permiten observar cómo una ciudad latinoamericana fue traducida a los códigos visuales del turismo gráfico estadounidense: ordenada, enmarcada, convertida en superficie legible y cautivadora para el circuito de visitantes posibles.

… Raúl de la Espriella fue el editor de estas postales en Colombia, era barranquillero, fue jugador del equipo de fútbol Unión Colombia, primer agente del diario El Espectador, estuvo dedicado a las artes gráficas, fundó una revista muy dedicada al carnaval, Barranquilla gráfica. (Foto/Telemedellín)

https://neonadaismo2011.blogspot.com/2026/05/medellin-1948-en-las-postales-de.html

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