Pensamiento crítico archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/pensamiento-critico/ Periodismo con Responsabilidad Fri, 07 Aug 2026 16:01:08 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.8 https://elpregonerodeldarien.com.co/wp-content/uploads/2024/02/cropped-SolPregoneroRecurso-1.png Pensamiento crítico archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/pensamiento-critico/ 32 32 228805209 El Gobernador sigue incomodando la UdeA https://elpregonerodeldarien.com.co/el-gobernador-sigue-incomodando-la-udea/ Fri, 07 Aug 2026 16:01:06 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=18130 Juan Guillermo Londoño García/Opinión/El Pregonero del Darién Carta abierta al señor Gobernador: Señor Gobernador de Antioquia: Con indignación y profunda preocupación he recibido sus recientes declaraciones en las que calificó a la Universidad de Antioquia como una “plaza de vicio”. Quienes conocemos la historia, la misión y el aporte de nuestra alma máter sentimos el …

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Juan Guillermo Londoño García/Opinión/El Pregonero del Darién

Carta abierta al señor Gobernador:

Señor Gobernador de Antioquia:

Con indignación y profunda preocupación he recibido sus recientes declaraciones en las que calificó a la Universidad de Antioquia como una “plaza de vicio”. Quienes conocemos la historia, la misión y el aporte de nuestra alma máter sentimos el deber ciudadano de invitarlo a una reflexión serena sobre el significado de una institución que, durante más de dos siglos, ha sido uno de los principales motores del desarrollo de Antioquia y de Colombia.

Nadie desconoce que la Universidad, como cualquier institución pública abierta a la ciudadanía, enfrenta problemas de seguridad y convivencia que deben ser atendidos con decisión por las autoridades y por la propia comunidad universitaria. Sin embargo, resulta profundamente injusto que esas dificultades coyunturales opaquen el inmenso legado académico, científico, cultural y social construido desde 1803.

La Universidad de Antioquia ha formado generaciones de médicos, enfermeras, odontólogos, ingenieros, abogados, educadores, científicos, investigadores, artistas, empresarios y servidores públicos que han contribuido al progreso de nuestro departamento y del país y lo han hecho grande tanto a nivel nacional como internacional. En gran medida, el talento humano que hoy sostiene el sistema de salud, la educación, la industria, la justicia y la investigación en Antioquia se formó en sus aulas.

Sus grupos de investigación han alcanzado reconocimiento nacional e internacional por sus aportes en salud pública, enfermedades infecciosas, biotecnología, biodiversidad, innovación, ciencias sociales y desarrollo tecnológico. Desde sus laboratorios, hospitales universitarios y programas de extensión han surgido soluciones para problemas que afectan a miles de colombianos, especialmente a las poblaciones más vulnerables.

La Universidad de Antioquia representa, además, la esperanza de ascenso social para miles de jóvenes que provienen de familias humildes. Gracias a la educación pública de excelencia que ofrece, innumerables estudiantes han transformado sus vidas y las de sus familias, convirtiéndose en profesionales comprometidos con el bienestar de la sociedad.

Pero la Universidad es mucho más que un centro de formación profesional. Es patrimonio cultural de Antioquia. Sus museos, bibliotecas, editoriales, grupos artísticos, orquestas y programas de extensión enriquecen la vida intelectual del departamento y fortalecen la identidad antioqueña. Es un espacio donde florecen la ciencia, la cultura, el pensamiento crítico, el debate democrático y la construcción de ciudadanía.

Por ello, reducir a la Universidad de Antioquia a una expresión descalificadora no solo desconoce la labor cotidiana de miles de estudiantes, profesores, investigadores, empleados y egresados, sino que afecta injustamente el prestigio de una institución que ha sido motivo de orgullo para varias generaciones de antioqueños.

Los gobernantes tienen la responsabilidad de señalar los problemas, pero también la obligación de reconocer aquello que constituye el mayor patrimonio colectivo de su pueblo. La Universidad de Antioquia no necesita estigmatización; necesita el respaldo decidido de todas las instituciones del Estado para enfrentar los retos que hoy tiene y continuar siendo un referente de excelencia académica, investigación, innovación y compromiso social.

Señor Gobernador, la Universidad de Antioquia pertenece a todos los antioqueños. Es una institución que ha acompañado la historia del departamento, ha impulsado su desarrollo y ha formado a quienes han construido sus hospitales, escuelas, empresas, instituciones públicas y centros de investigación. Defenderla no significa desconocer sus dificultades; significa comprender que su legado es infinitamente superior a cualquier circunstancia pasajera.

Con el respeto que merece su investidura, lo invitamos a reconocer el verdadero papel que la Universidad de Antioquia ha desempeñado en la construcción de una Antioquia más educada, más equitativa, más innovadora y más humana. Quienes amamos esta tierra esperamos que sus palabras futuras contribuyan a fortalecer, y no a debilitar, una de las instituciones más valiosas que ha dado nuestro departamento.

La Universidad de Antioquia no es el problema; es, y ha sido durante más de doscientos años, una parte fundamental de la solución para el presente y el futuro de Antioquia.

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Repensar la universidad: el coraje de mirarse en el espejo roto https://elpregonerodeldarien.com.co/repensar-la-universidad-el-coraje-de-mirarse-en-el-espejo-roto/ Tue, 02 Jun 2026 22:28:05 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17445 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién «El momento actual exige algo más que un diagnóstico. La universidad enfrenta un escenario profundamente distinto al de hace treinta años. La transición hacia un orden multipolar, la emergencia climática, la inteligencia artificial, la bioeconomía, la nanotecnología y la biotecnología ya forman parte del presente. Las plataformas digitales, los …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

«El momento actual exige algo más que un diagnóstico. La universidad enfrenta un escenario profundamente distinto al de hace treinta años. La transición hacia un orden multipolar, la emergencia climática, la inteligencia artificial, la bioeconomía, la nanotecnología y la biotecnología ya forman parte del presente. Las plataformas digitales, los programas intensivos de formación y las microcertificaciones responden a necesidades que la universidad ha tardado en reconocer. La discusión no consiste en competir por el mercado de credenciales. La pregunta consiste en definir cuál es el valor diferencial de la universidad en una época donde el acceso a la información y a múltiples formas de aprendizaje se ha expandido radicalmente». 

El espejo roto de la academia: identidad, rankings y el coraje para reimaginar la universidad pública.
Hay algo profundamente paradójico en una institución que ha dedicado siglos a estudiar, comprender y explicar el mundo, y que encuentra dificultades para examinarse a sí misma. La universidad colombiana atraviesa una crisis que no se resuelve con más presupuesto ni con el simple relevo de autoridades; se trata de una crisis de identidad que alcanza su propia esencia. Enfrentarla exige algo que escasea con frecuencia en los espacios académicos: coraje.

La situación actual supera la necesidad de un ajuste administrativo. La universidad se encuentra frente a un espejo roto que devuelve una imagen fragmentada de lo que es y de lo que podría llegar a ser. La imagen que emerge muestra una institución dotada con poderosos recursos —mentes brillantes, bibliotecas, laboratorios y acumulación de conocimiento— funcionando con un sistema de gestión heredado de modelos institucionales concebidos para otra época y dirigido por estructuras que dudan en asumir una orientación clara. Mientras el mundo cambia a una velocidad sin precedentes, la universidad colombiana perfecciona el arte de conservarse.

La crisis presenta varias dimensiones que se entrelazan y se alimentan mutuamente. Una de ellas es política. Durante demasiado tiempo, la politiquería —entendida como el entramado de cálculos electorales internos, pactos de micropoderes y beneficios particulares— ha ocupado espacios de deliberación y decisión que deberían responder a criterios académicos. Los cargos directivos terminan siendo definidos con frecuencia por alineamientos y acuerdos políticos antes que por mérito, visión institucional o capacidad transformadora.

El resultado es una estructura cercana a una anarquía organizada. El poder se fragmenta entre facultades, escuelas y comités que avanzan en direcciones distintas y hasta caprichosas. La ausencia de liderazgos claros deja espacio a intereses dispersos y convierte la gestión estratégica en un discurso que con frecuencia permanece archivado. Los periodos de relevo de autoridades académicas —desde rectorías hasta decanaturas— suelen convertirse en disputas por recursos y cuotas de influencia. Una institución pública concebida para pensar el futuro del país queda atrapada en lógicas de reparto y control. Esa realidad representa una deuda con la sociedad que la sostiene.

La dimensión académica tampoco escapa a esta situación. Una parte importante de la investigación universitaria parece haber derivado hacia una especie de microempresariado del conocimiento. Las dinámicas de publicaciones, ​rankings​​ y acumulación de puntos salariales han desplazado progresivamente el propósito social de la producción académica. El modelo humboldtiano, que entendía enseñanza e investigación como procesos inseparables, permanece muchas veces como una referencia retórica. Se producen artículos que fortalecen currículos profesorales y alimentan bases de datos internacionales, mientras numerosos problemas urgentes de los territorios continúan esperando respuestas. La distancia entre el volumen de producción científica y su capacidad efectiva para transformar realidades sociales parece ampliarse cada vez más.

La dimensión pedagógica resulta especialmente inquietante. Hace casi un siglo, José Ortega y Gasset advertía que la misión de la universidad consistía en situar al ser humano a la altura de su tiempo y evitar la formación de especialistas incapaces de comprender el mundo más allá de su campo de conocimiento. Esa advertencia conserva una sorprendente vigencia. Los currículos continúan mostrando rigidez, hiperespecialización y escasa conexión con las transformaciones contemporáneas. La docencia recae cada vez más sobre profesores contratados bajo esquemas laborales inestables que debilitan el vínculo pedagógico y fragmentan los procesos formativos. El resultado es la formación de profesionales técnicamente competentes, con escasa preparación humanista y poca sensibilidad frente a los desafíos sociales de su tiempo. De manera gradual, la universidad termina produciendo el mismo tipo de profesional que debería evitar.

Detrás de estas expresiones de crisis existe un problema más profundo. La universidad parece haber perdido su proyecto de sociedad. Cuando una institución sustituye su horizonte ético por una lógica permanente de mercado, el conocimiento se transforma en mercancía y el estudiante en consumidor. La universidad deja de actuar como faro intelectual y pasa a operar como una simple prestadora de servicios. Desde esa posición ya no piensa el rumbo del país, ya no cultiva ciudadanos críticos ni imagina futuros posibles. Su energía termina concentrada en sobrevivir.

La incorporación de lógicas neoliberales tampoco puede entenderse como una imposición completamente externa. Estas dinámicas fueron asimiladas de manera progresiva desde el interior de la institución mediante estructuras que encontraron en el lenguaje de la eficiencia, la competitividad y el mercado una justificación para eludir preguntas sobre el verdadero impacto social de la universidad. Los indicadores de gestión orientados a mejorar posiciones en ​​rankings​​ globales como ​QS World University Rankings​​​ y ​​Times Higher Education World University Rankings​​​ pasaron de ser instrumentos para evaluar procesos a convertirse en fines en sí mismos. Cuando los medios sustituyen los propósitos que les dieron origen, la institución comienza a extraviar su sentido y su horizonte.

El momento actual exige algo más que un diagnóstico. La universidad enfrenta un escenario profundamente distinto al de hace treinta años. La transición hacia un orden multipolar, la emergencia climática, la inteligencia artificial, la bioeconomía, la nanotecnología y la biotecnología ya forman parte del presente. Las plataformas digitales, los programas intensivos de formación y las microcertificaciones responden a necesidades que la universidad ha tardado en reconocer. La discusión no consiste en competir por el mercado de credenciales. La pregunta consiste en definir cuál es el valor diferencial de la universidad en una época donde el acceso a la información y a múltiples formas de aprendizaje se ha expandido radicalmente. La irrelevancia institucional puede convertirse en un riesgo precisamente cuando la sociedad necesita más conocimiento, más pensamiento crítico y mayor capacidad de orientación colectiva.

La transformación requerida supera cualquier cambio cosmético. Se necesita una renovación profunda capaz de cuestionar las formas tradicionales de concebir la academia: «reimaginar» la universidad. La universidad del futuro no puede limitarse a ser una institución encerrada en un campus físico. Debe constituirse como un cuerpo social de conocimiento, una comunidad de inteligencias que interactúe en entornos físicos y virtuales, produzca conocimiento pertinente, preserve cultura y extienda su presencia hacia los territorios y hacia redes globales de cooperación.

Esa transformación exige repensar también la pedagogía. La pregunta sobre para quién y para qué forma la universidad ya no admite la respuesta automática de preparar individuos para el mercado laboral. En una época donde la inteligencia artificial puede transferir información con una rapidez superior a la capacidad humana, la docencia basada exclusivamente en la transmisión de contenidos pierde sentido. La educación universitaria necesita desplazarse hacia una formación integral centrada en la vida, la convivencia y el pensamiento crítico. Se requiere educar para la empatía, la creatividad y la cooperación; se requiere formar ciudadanos capaces de imaginar y construir realidades distintas. Los currículos necesitan adquirir flexibilidad, dinamismo y capacidad de adaptación permanente. Las investigaciones deben surgir de necesidades y problemas concretos de las comunidades.

La gobernanza universitaria requiere liderazgos estratégicos acompañados de mecanismos reales de rendición de cuentas ante la sociedad que financia y legitima la institución. Avanzar hacia modelos dinámicos donde la gestión apoye una academia conectada con las necesidades sociales representa una condición para su permanencia histórica.

La Universidad de Antioquia, en su camino hacia el 2030, tiene la oportunidad de superar la administración de la inercia y asumir una transformación más profunda. Los desafíos que enfrenta redefinen su responsabilidad ética y social. Integrar la inteligencia artificial sin debilitar el pensamiento crítico, recuperar la gobernanza frente a la politiquería y devolver a la investigación su capacidad de intervenir sobre los problemas reales del país son asuntos que exigen decisiones de gran alcance.

No se necesita una reforma adicional ni un nuevo documento institucional destinado a los archivos. Se necesita honestidad para reconocer dónde estamos y audacia para imaginar dónde podríamos estar. Las transformaciones comienzan cuando alguien decide que ya es tiempo de iniciarlas. La pregunta es si la Universidad de Antioquia y la universidad colombiana tendrán el coraje de mirarse en ese espejo roto, reconocer con sinceridad aquello que observan y emprender una reinvención que les permita recuperar su sentido histórico. Sin voluntad ética no existe transformación posible. Sin responsabilidad colectiva tampoco existe futuro universitario.

*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.

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