Heberto Tapias G archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/heberto-tapias-g/ Periodismo con Responsabilidad Mon, 09 Mar 2026 17:41:42 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.5 https://elpregonerodeldarien.com.co/wp-content/uploads/2024/02/cropped-SolPregoneroRecurso-1.png Heberto Tapias G archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/heberto-tapias-g/ 32 32 228805209 Las celebraciones no tienen fecha https://elpregonerodeldarien.com.co/las-celebraciones-no-tienen-fecha/ Mon, 09 Mar 2026 17:41:40 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=16269 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién Siempre nos han hecho creer que existen días específicos para celebrar, fechas marcadas en el calendario que nos dictan cuándo debemos sentirnos felices, agradecidos o amorosos. Nos han robado, poco a poco, la libertad de sentir satisfacción espontánea y de expresar alegría sin permiso. Hasta eso lo han comercializado. …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Siempre nos han hecho creer que existen días específicos para celebrar, fechas marcadas en el calendario que nos dictan cuándo debemos sentirnos felices, agradecidos o amorosos. Nos han robado, poco a poco, la libertad de sentir satisfacción espontánea y de expresar alegría sin permiso. Hasta eso lo han comercializado.

El día del padre, de la madre, del maestro, de la amistad, el cumpleaños. Cada celebración legítima ha sido secuestrada por el marketing, programada en una fecha como si los sentimientos tuvieran hora de vencimiento. Como si el amor por los nuestros solo debiera florecer cuando la agenda comercial lo indica.

Pues no. Me niego.

Me estoy rebelando contra esa esclavitud emocional. ¿Que intentan controlar mis sentimientos, mis arranques de alegría, mis momentos de gratitud? Se acabó para mí. Estoy recuperando mi libertad hasta en eso. En la capacidad de expresar mis estados de ánimo y mis celebraciones sin necesidad de un motivo impuesto, sin esperar la fecha que alguien más decidió que era «apropiada».

Hoy, sin que nadie lo haya decretado, estoy celebrando. Celebro mi satisfacción conmigo mismo, con la persona en la que me estoy convirtiendo. Celebro a mi familia, no por obligación, sino porque existe y porque la elijo cada día. Celebro mi profesión, con sus desafíos y sus logros silenciosos que no esperan reconocimiento en un calendario. Y celebro a mis amigos… a los reales, a los que están cuando no hay fecha señalada, a los que celebran conmigo un día cualquiera, en cualquier hora del día. Cuando nazca el sentimiento.

No necesito que me programen la felicidad. Mis emociones no entienden de fechas comerciales. Mi vida es la celebración.

*Académico/Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.

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ROSAS PARA EL PROFESOR https://elpregonerodeldarien.com.co/rosas-para-el-profesor/ Fri, 06 Mar 2026 02:01:14 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=16203 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién Comparto con ustedes un cuento que escribí hace unos días. Se llama «ROSAS PARA EL PROFESOR». Nació de una experiencia personal. Hace algunos años, en un parqueadero de la universidad, una estudiante me preguntó cómo me gustaban las flores. La pregunta no era ingenua. Los dos sabíamos lo que …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Comparto con ustedes un cuento que escribí hace unos días.

Se llama «ROSAS PARA EL PROFESOR».

Nació de una experiencia personal. Hace algunos años, en un parqueadero de la universidad, una estudiante me preguntó cómo me gustaban las flores. La pregunta no era ingenua. Los dos sabíamos lo que significaba.

Cambié los nombres. Cambié los cursos. Cambié algunos detalles.

Pero la pregunta no la cambié.

Escribí esto para develar lo que muchos desconocen y otros prefieren ocultar: una realidad.

A veces los estudiantes nos ven como verdugos. Creen que estamos aquí para juzgarlos, para ponerles obstáculos, para hacerles la vida difícil. Nos imaginan como guardianes de una puerta que solo se abre para unos pocos. Pero no entienden que nuestro papel es otro.

Estamos aquí para acompañarlos. Para incomodarlos lo suficiente como para que piensen. Para invitarlos a dudar, a cuestionar, a equivocarse y volver a intentar. Para ayudarlos a construir criterio, no solo respuestas. Porque aprender no es repetir lo que ya está dicho, sino atreverse a comprenderlo.

Perder un curso no es el fin del mundo. Es, muchas veces, una pausa necesaria, una señal de que algo aún no está listo, de que el proceso necesita más tiempo, más disciplina o más honestidad consigo mismo.

Lo que sí es grave no es fallar.

Lo grave es no aprender.

Lo grave es no estar dispuesto.

Lo grave es pasar por la educación sin conciencia de lo que significa formarse.

Porque un curso se puede repetir. El tiempo y la oportunidad de aprender de verdad, no siempre.

El cuento habla de eso. De la tensión. Del miedo. De esa noche en el parqueadero.

También habla de lo que pasa después. De seguir yendo a clase. De seguir creyendo. De seguir acompañando, aunque a veces el precio sea alto.

Ahí les dejo el texto.

Ojalá les guste. Ojalá les haga pensar.

Ojalá nunca tengan que responder una pregunta así.

rosas para el profesor

El profesor Rivas caminaba hacia el parqueadero cuando sintió que alguien lo esperaba.

No era una sensación. Era una certeza que le heló la nuca antes de verla. La mujer estaba apoyada contra la pared, justo en el límite donde la luz del edificio se rendía ante la oscuridad del estacionamiento. La reconoció por la silueta, por la forma de pararse, por esa manera que tenía de sonreír como si todo fuera un chiste privado.

Valentina.

No era una estudiante brillante. En clase miraba el techo, miraba el celular, miraba sus uñas. Cuando participaba era para preguntar si eso iba a salir en el examen, si había un resumen, si podía enviar el trabajo después porque se le atravesaron cosas. Cosas. Nunca supo qué cosas. Nunca quiso saberlo.

Pero sabía otras cosas. El profesor Rivas sabía que ella sabía sobre otras cosas. Los rumores llegaron desde la primera semana. La muchacha nueva, la sobrina de un tipo que tenía problemas, el sobrino de otro tipo que había resuelto los problemas de otra gente de manera definitiva. Las camionetas negras que esperaban en la entrada, los muchachos con tatuajes que la recogían después de clase. Nadie decía nada en voz alta porque en la ciudad las cosas no se decían en voz alta.

—Profesor.

No era un saludo. Era una constatación.

—Valentina.

Ella se despegó de la pared con un movimiento lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. El parqueadero estaba vacío a esa hora. Las luces de mercurio se reflejaban sobre los techos de los carros. Nadie más.

—Vi la nota —dijo ella.

—Sí.

—No me parece justo.

El profesor Rivas no respondió. Recordaba el trabajo final, un texto impecable en la forma y vacío en el fondo, párrafos que no decían nada con palabras difíciles, citas mal usadas, ideas que no eran suyas. Le había puesto una nota baja y un comentario. Esto no es pensar. Esto es copiar con miedo.

—Necesito pasar el curso —dijo ella, y ahora la sonrisa era más amplia, más amable, más definitiva—. Mi familia quiere que pase.

Ahí estaba. Mi familia.

El profesor Rivas sintió que el cuerpo se le volvía de otra materia, más densa, más lenta. Recordó la foto que alguien le había mostrado en su oficina. El tío de Valentina en un periódico viejo, la nota sobre un ajuste de cuentas, los cuerpos en un lote baldío. Recordó las conversaciones en voz baja sobre las camionetas negras, sobre los muchachos que esperaban, sobre lo que le pasó al profesor de contabilidad el semestre anterior, ese accidente tan raro, tan temprano en la mañana, tan cerca de su casa.

—Profesor —dijo Valentina, y la voz era dulce, era la voz de una niña buena que pide un favor—. ¿Cómo le gustan las flores?

El brillo de las luces se hizo más intenso. Llenó el silencio.

—Por si algún día voy a visitarlo —aclaró ella, y la sonrisa no se movió—. ¿Rosas? ¿Claveles? ¿Le gustan los crisantemos?

El profesor Rivas miró hacia el fondo del parqueadero. No había nadie. Miró hacia la entrada del edificio de la Facultad. Las puertas de vidrio reflejaban la noche vacía. Solo estaban ellos dos, el ruido de las lámparas, el olor a miedo y esa pregunta que no era una pregunta.

—Cualquier color —dijo, y su voz salió firme, como si fuera otro el que hablaba—. Es indiferente.

Valentina inclinó la cabeza, esperando.

—Después de muerto no se percibe el color de las flores —dijo el profesor Rivas—. En el féretro no se ve nada. En el cementerio tampoco.

La sonrisa de Valentina se quedó quieta. Por un segundo, solo un segundo, sus ojos dejaron de ser los de una niña buena y fueron otra cosa. Algo que calculaba. Algo que medía. Algo que entendía que el juego podía jugarse en dos direcciones.

—Buenas noches, entonces, profesor —dijo finalmente.

Se dio la vuelta y caminó hacia el extremo del parqueadero. El profesor Rivas no la vio subirse a la camioneta negra porque ya no miraba. Miraba sus propias manos, que empezaban a temblar ahora que ella no podía verlo. Miraba las llaves del carro, que sostenía con tanta fuerza que le marcaban y lastimaban la piel.

Cuando levantó la vista, la camioneta negra ya no estaba. Las luces de mercurio brillan diferente. El parqueadero seguía vacío.

El profesor Rivas se quedó un largo rato antes de subirse al carro. Pensó en las clases, en los textos que ya nadie lee, en las preguntas que ya nadie hace. Pensó en Valentina, en lo que había aprendido realmente en su curso: no a pensar, no a dudar, no a construir. Había aprendido a amenazar con una sonrisa. Había aprendido que las preguntas pueden ser balas.

Cuando el motor encendió, pensó en sus otros estudiantes, los que sí querían aprender, los que sí hacían preguntas verdaderas. Pensó en lo que les diría mañana. Pensó en si volvería a verlos.

Pero sobre todo pensó en que lo peor de todo no era el miedo. Lo peor era la certeza de que Valentina había ganado sin disparar un tiro. Lo peor era saber que en una universidad donde las flores se negocian como amenazas, el conocimiento ya no importa.

Lo peor era entender que ella nunca había estado en su clase para aprender. Había estado para aprender otras cosas: cómo se doblan los hombres, hasta dónde llega el miedo, qué cara ponen los profesores cuando les preguntan por sus propias flores.

Salió del parqueadero sin mirar atrás.

No quería ver si la camioneta negra lo estaba esperando en la próxima esquina.

*Académico/Profesor de Ingeniería de la UdeA.

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El propósito esencial de la educación en la era de la inteligencia artificial https://elpregonerodeldarien.com.co/el-proposito-esencial-de-la-educacion-en-la-era-de-la-inteligencia-artificial/ Sun, 22 Feb 2026 14:04:54 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=16074 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién Desde hace tiempo se escucha la sentencia que puede sonar correcta y hasta incuestionable: la escuela debe enseñar a pensar. La afirmación parece obvia. Sinembargo, encierra una confusión que hoy, en plena expansión de la inteligencia artificial, conviene revisar con cuidado. La intención es válida. El problema está en …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Desde hace tiempo se escucha la sentencia que puede sonar correcta y hasta incuestionable: la escuela debe enseñar a pensar. La afirmación parece obvia. Sinembargo, encierra una confusión que hoy, en plena expansión de la inteligencia artificial, conviene revisar con cuidado.

La intención es válida. El problema está en la idea implícita de que el estudiante llega al aula sin capacidad de pensar y que esa capacidad puede instalarse desde afuera, como si fuera un programa que se descarga. Pensar no es un contenido que se transfiere. Es una  condición humana básica. Todos pensamos. Procesamos información,  interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor y tomamos decisiones.

En 1641, René Descartes lo expresó con claridad en sus Meditaciones metafísicas al afirmar que el hecho de p ensar es prueba de nuestra propia existencia.Por eso el debate no es si pensamos o no, sino cómo pensamos, con qué rigor, con qué conciencia y con qué propósito.  Ahí la educación adquiere su verdadero sentido. No para enseñar a pensar como  si partiera de cero, sino para fortalecer y afinar las habilidades que permiten hacerlo de manera consciente,  fundamentada y responsable.

Esta precisión se vuelve decisiva con la aparición de la inteligencia artificial, en particular con el desarrollo de los grandes modelos de lenguaje. Hoy existen sistemas capaces de producir  textos coherentes, organizar argumentos y simular razonamientos lógicos en segundos. No es lo mismo que comprender ni que tener conciencia, aunque ese debate siga abierto, pero sí basta para entender que competir con esa tecnología en velocidad o memoria carece de sentido. Si ellas procesan información más rápido, la tarea humana no puede reducirse a imitarlas.

De ahí surge una pregunta inevitable. Si esas tecnologías informáticas pueden simular razonamientos formales, ¿vamos  a renunciar nosotros al ejercicio consciente del pensamiento? No es una exageración. Tiene consecuencias prácticas.

Investigaciones del MIT han mostrado que la exposición a titulares diseñados para provocar emociones intensas reduce la capacidad de evaluar si una información es verdadera o falsa. Cuando reaccionamos primero y analizamos después, nos volvemos más  vulnerables. En un entorno saturado de mensajes polarizantes, donde la emoción suele imponerse sobre la razón, quien no contrasta ni examina termina reaccionando en lugar de comprender los hechos.

Lo que comienza como una debilidad individual puede convertirse en un problema colectivo. Una persona que no ejercita el pensamiento crítico es más vulnerable a la manipulación. A lo largo del siglo XX, distintos regímenes autoritarios consolidaron su poder aprovechando el deterioro del debate público y el abandono de los hechos verificables. El historiador Timothy Snyder advierte en On Tyranny: Twenty from the Twentieth Century, que  uno de los primeros síntomas del deterioro democrático es la renuncia a la verdad comprobable y la normalización de la irrealidad. Cuando los hechos pierden relevancia, el terreno queda despejado para el abuso de poder.

Hoy el riesgo adopta otras formas. Los algoritmos de recomendación en redes sociales no están diseñados para educar, sino para maximizar la permanencia y la interacción. Eso implica priorizar el contenido que genera indignación o confirma prejuicios porque es el que más circula. Una ciudadanía que no distingue entre un argumento sustentado en evidencias y un mensaje  emocional o propagandístico resulta más fácil de manipular que de convencer.

En esa misma línea, Yuval Noah Harari plantea en Homo Deus la hipótesis de una posible “clase inútil”, una masa irrelevante, personas desplazadas no solo del mercado laboral sino también  del protagonismo en la vida pública. La tesis es discutible, pero señala un riesgo real. Quien no cultiva su capacidad de pensar de manera consciente termina dependiendo de quienes sí saben pensar e influir en la mente humana.

Frente a este panorama, el propósito de la educación necesita redefinirse, hoy, para convivir con sentido humano en un tiempo marcado por la presencia creciente de la inteligencia artificial. No se trata de competir con ella ni de prohibirla. Tampoco de saturar al estudiante con información que cualquier algoritmo puede generar en segundos. Se trata de algo más exigente, diseñar experiencias de aprendizaje deliberadas que desarrollen de manera consciente y rigurosa las habilidades de pensamiento.

Esto supone entender que la educación no puede limitarse a transmitir información ni a entrenar destrezas técnicas para el mercado laboral. Su tarea central debe ser fortalecer la autonomía intelectual y formar personas capaces de discernir en medio del ruido, de resistir la presión de la inmediatez y de cuestionar lo que parece obvio. No porque eso garantice decisiones perfectas, sino porque constituye la base mínima de una ciudadanía libre…autónoma.

En términos concretos, implica currículos para la formación de ciudadanos que prioricen el desarrollo de habilidades intelectuales por encima de la memorización de información no comprendida o del aprendizaje mecánico de soluciones estandarizadas para problemas conocidos. Implica docentes que acompañen procesos de aprendizaje reflexivos y evaluaciones que midan comprensión real, no simple repetición. Supone además una cultura académica que reconozca la pregunta incómoda y la disonancia como parte necesaria del aprendizaje.

En el fondo, no se trata de enseñar a pensar desde cero, sino de aprender a pensar mejor, de tomar conciencia de cómo razonamos y de cómo podemos hacerlo con mayor rigor y  responsabilidad. Esa diferencia no es retórica. Marca la distancia entre formar individuos pasivos o ciudadanos capaces de vivir y defender una democracia real, no simulada ni manipulada.

En la era de la inteligencia artificial, lo que está en juego no es solo la empleabilidad futura. Lo que realmente se decide es la autonomía personal, la libertad de criterio, la dignidad humana y la calidad misma de la democracia. El mayor riesgo no es que la inteligencia artificial “piense”, actúe más rápido o resulte más eficiente, sino que nosotros renunciemos a pensar con profundidad y terminemos delegando nuestro juicio en algoritmos opacos o en discursos simplistas.

El sistema educativo no puede abdicar de su responsabilidad histórica ni convertirse en un simple proveedor de competencias funcionales para un ecosistema tecnológico diseñado por otros. Si renuncia a formar pensadores autónomos, aceptará implícitamente que la humanidad delegue su futuro en sistemas automatizados y en los intereses de quienes controlan las grandes plataformas tecnológicas.

Educar para pensar no es un lujo académico ni una aspiración ingenua. Es una necesidad crucial de nuestro tiempo. Si la escuela y la universidad no asumen con firmeza esta misión, no estaremos ante un avance inevitable, sino ante una claudicación.

Los educadores comprometidos con la esencia de su misión no pueden aceptar como destino una humanidad cada vez más dependiente, guiada por algoritmos y subordinada a la voluntad de quienes concentran el poder tecnológico. Ese no puede ser el horizonte. Sería una renuncia silenciosa a nuestra autonomía colectiva y, en última instancia, a la esencia misma de la civilización humana.

*Académico/Profesor de Ingeniería de la UdeA.

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Transformar vidas, no solo administrar una facultad en las universidades https://elpregonerodeldarien.com.co/transformar-vidas-no-solo-administrar-una-facultad-en-las-universidades/ Thu, 12 Feb 2026 00:52:55 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=15946 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién «Más allá de cifras, indicadores y rankings, el sentido que evocó ese relato recuerda que dirigir una Facultad implica comprender que la universidad pública es, ante todo, un espacio de oportunidades. Para miles de jóvenes no es una opción más dentro del sistema educativo. Es la única puerta real …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

«Más allá de cifras, indicadores y rankings, el sentido que evocó ese relato recuerda que dirigir una Facultad implica comprender que la universidad pública es, ante todo, un espacio de oportunidades. Para miles de jóvenes no es una opción más dentro del sistema educativo. Es la única puerta real hacia un futuro distinto. Allí se depositan sueños, expectativas familiares y la esperanza de romper ciclos históricos de exclusión». 

Las posesiones administrativas en las universidades suelen transcurrir sin mayor trascendencia. Predominan los discursos protocolarios, las promesas previsibles y las fórmulas institucionales destinadas a diluirse en la rutina apenas termina la ceremonia. Pero en ocasiones ocurre algo distinto. Una historia personal irrumpe y rompe el libreto, devolviendo la mirada hacia el sentido más profundo de la universidad pública. Eso sucedió durante el discurso de posesión del nuevo decano de Ingeniería. Su intervención, alejada de la retórica habitual, evocó la experiencia concreta de quienes llegan a la educación superior pública cargando sueños, precariedades y esperanzas, y permitió reconocer, con claridad poco frecuente, el propósito más humano y transformador de la educación superior en Colombia.

Más allá de cifras, indicadores y rankings, el sentido que evocó ese relato recuerda que dirigir una Facultad implica comprender que la universidad pública es, ante todo, un espacio de oportunidades. Para miles de jóvenes no es una opción más dentro del sistema educativo. Es la única puerta real hacia un futuro distinto. Allí se depositan sueños, expectativas familiares y la esperanza de romper ciclos históricos de exclusión.

El compromiso institucional que asume un Decano no se mide únicamente en planes estratégicos ni en declaraciones programáticas. Se reflejará, sobre todo, en los proyectos de vida de los estudiantes que depositan su cofianza en la institución. Cada decisión académica y administrativa tiene consecuencias reales en trayectorias humanas concretas. 

Por eso resultó tan significativa la evocación de experiencias del nuevo decano de Ingeniería que muchos reconocen como propias. La compra del formulario de inscripción como un acto cargado de incertidumbre y esperanza. Los pasajes contados para viajar a la Ciudad Universitaria. Las «cocas» compartidas entre compañeros. Ese suplemento, o sustituto, del almuerzo con guayabas y mangos para sobrellevar el hambre y la gastritis. No son anécdotas menores. Son el retrato de una generación que encontró en la universidad pública el único camino posible. Y, como bien se expresó, no se trata solo de transformar la vida individual. Se transforman familias enteras y, con ellas, comunidades completas.

Recordar el origen no es un ejercicio de nostalgia. Es un compromiso ético. Quien ha vivido las dificultades que atraviesan muchos estudiantes comprende que la misión universitaria no consiste únicamente en formar profesionales competentes. También implica ampliar horizontes de dignidad y movilidad social.

En un país marcado por profundas desigualdades, la Facultad de Ingeniería como tantas otras unidades académicas de universidades públicas está llamada a asumir un papel transformador. No basta con responder a los retos tecnológicos contemporáneos. También es necesario responder al desafío social de construir oportunidades reales para quienes más las necesitan.

Los próximos años serán decisivos. La promesa de posicionamiento nacional e internacional solo tendrá sentido si se traduce en decisiones cotidianas que fortalezcan la calidad académica, amplíen el acceso y conecten el conocimiento con las necesidades reales de la sociedad. 

Liderar una Facultad exige «serenidad para aceptar aquello que no puede cambiarse, valor para transformar lo que sí puede cambiarse y sabiduría para distinguir entre ambos». Ese liderazgo, sin embargo, no se ejerce en el vacío. Se inscribe en la historia y en las tensiones propias de una institución pública que hoy enfrenta desafíos profundos.

La Universidad de Antioquia aún conserva el temple, la historia y la capacidad para recuperar el rumbo y superar la crisis que desafía su identidad y su misión. Volver a encender la luz del faro universitario, esa luz que orienta, interpela y guía a la sociedad, es una tarea urgente e inaplazable. Porque, en última instancia, el verdadero liderazgo académico no consiste solo en administrar estructuras. Consiste en transformar vidas.

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La trampa de la amabilidad aparente https://elpregonerodeldarien.com.co/la-trampa-de-la-amabilidad-aparente/ Sun, 08 Feb 2026 13:41:54 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=15893 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién Hace poco escuché un audio sobre la amabilidad y me quedó una pregunta rondando. ¿Qué significa hoy ser una “buena persona”? La respuesta parece obvia hasta que se examina con atención. En muchos espacios, la bondad se ha reducido a una sonrisa constante, a la capacidad de agradar y …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Hace poco escuché un audio sobre la amabilidad y me quedó una pregunta rondando. ¿Qué significa hoy ser una “buena persona”? La respuesta parece obvia hasta que se examina con atención. En muchos espacios, la bondad se ha reducido a una sonrisa constante, a la capacidad de agradar y a la construcción de una imagen socialmente aceptable. La amabilidad se vuelve entonces una forma de apariencia más que una expresión del carácter.

Se celebra la simpatía visible y el gesto amable que puede ser observado y validado. Pero cuando la bondad se convierte en una estrategia para obtener aprobación, pierde profundidad. No es autenticidad, es representación. Una máscara cómoda que funciona bien frente a desconocidos y que rara vez se somete al examen de la vida cotidiana.

Ser amable con extraños resulta sencillo porque no existe historia compartida que nos confronte. Lo verdaderamente difícil aparece en el territorio íntimo, allí donde la convivencia prolongada revela quiénes somos cuando nadie nos observa. En la familia, en la pareja y entre amigos cercanos, la amabilidad deja de ser un gesto ocasional y se transforma en una práctica sostenida. Es ahí donde la coherencia se vuelve inevitable.

Existe una paradoja silenciosa. Muchas personas cuidan con esmero su imagen pública mientras descargan su cansancio o su frustración sobre quienes más las aman. Se protege la apariencia y se descuida la esencia. Esa inversión de prioridades no destruye las relaciones de forma inmediata, pero las desgasta lentamente hasta vaciarlas de sentido.

La bondad auténtica no busca aplausos. No necesita testigos. Aparece en decisiones pequeñas y repetidas, en la humildad cuando el ego pide protagonismo y en la capacidad de mantener el respeto y empatía, incluso cuando estamos agotados. No es un espectáculo, sino una disciplina interior que se sostiene en la coherencia cotidiana.

Quizá el verdadero desafío no sea parecer buenos hacia afuera, sino ser confiables hacia adentro. Ser la misma persona en todos los espacios sociales implica renunciar a las máscaras y aceptar la incomodidad de la coherencia. Implica elegir la honestidad aun cuando no produce reconocimiento inmediato.

Al final, la medida más honesta de nuestra calidad humana no está en la impresión que dejamos en quienes apenas nos conocen. Está en la tranquilidad de quienes comparten nuestra vida diaria y pueden descansar sabiendo que no encontrarán una versión distinta de nosotros cuando se cierren las puertas. Porque la bondad que se muestra puede impresionar, pero la que se sostiene en silencio es la única que construye algo verdadero y nos vuelve confiables, casi predecibles, para una convivencia armoniosa en sociedad.

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La Inteligencia Artificial: Una aliada en la educación https://elpregonerodeldarien.com.co/la-inteligencia-artificial-una-aliada-en-la-educacion/ Sun, 14 Dec 2025 13:26:37 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=15186 Heberto Tapias García* Opinión/El Pregonero del Darién La introducción de la inteligencia artificial en la educación ha suscitado inquietudes y debates en claustros y espacios de reflexión pedagógica. Algunas personas temen que las máquinas terminen reemplazando a los docentes, pero esta no es la principal preocupación. El verdadero reto, el que nos convoca como comunidad …

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Heberto Tapias García* Opinión/El Pregonero del Darién

La introducción de la inteligencia artificial en la educación ha suscitado inquietudes y debates en claustros y espacios de reflexión pedagógica. Algunas personas temen que las máquinas terminen reemplazando a los docentes, pero esta no es la principal preocupación. El verdadero reto, el que nos convoca como comunidad educativa, consiste en saber si seremos capaces de utilizar esta tecnología como una herramienta para transformar la educación en una experiencia más significativa, eficiente y, sobre todo, profundamente humana. Una educación que potencie las habilidades cognitivas, metacognitivas y socioemocionales que nos hacen seres pensantes y sensibles, capaces no solo de aprovechar la tecnología, sino también de convivir con ella de manera creativa, crítica y consciente de sus implicaciones.

La inteligencia artificial no ha llegado para ocupar el lugar del docente, sino para ampliar sus capacidades y enriquecer su práctica profesional. Su contribución principal consiste en liberar tiempo y energía en las tareas tediosas, repetitivas y administrativas que consumen recursos valiosos, para que el educador pueda concentrarse en su función esencial: acompañar y orientar la formación de personas con sentido, propósito y capacidad de agencia en el mundo. No se trata solo de mejorar lo que ocurre en el aula, sino de repensar profundamente el papel del docente en todas las dimensiones del proceso formativo y en todo el ecosistema educativo, reconociendo que la educación es un proceso complejo que trasciende la transmisión de información.

El trabajo del profesor no empieza ni termina en clase. Su labor comprende diversas tareas, entre ellas el diseño curricular, la definición de competencias y resultados de aprendizaje, la elaboración de materiales didácticos, la evaluación formativa, la revisión permanente de los procesos de enseñanza y aprendizaje, y el acompañamiento individualizado a estudiantes con diferentes necesidades y ritmos. En conjunto, estas actuaciones conforman un ciclo dinámico de intervención educativa que requiere conocimiento disciplinar, sensibilidad pedagógica y comprensión del contexto social y cultural.

Ese ciclo puede denominarse con el acrónimo EDUCARE, palabra latina que significa formar, cultivar, hacer crecer, y que sintetiza las principales etapas del proceso educativo desde el diagnóstico inicial hasta la evaluación orientada a la mejora continua. En cada uno de este conjunto de actividades —Evaluación diagnóstica, que permite conocer el punto de partida; Diseño, donde se planifica la intervención pedagógica; Uso o implementación, momento en que se ejecuta lo diseñado; Consejería o acompañamiento, espacio de orientación personalizada; Auditoría, que monitorea el proceso; Retroalimentación, que cierra el ciclo comunicativo; y Evaluación , que valora los logros alcanzados— la inteligencia artificial puede actuar como aliada y fortalecer la labor docente sin reemplazar su dimensión humana, su intuición pedagógica ni su capacidad de establecer vínculos significativos con los estudiantes.

El apoyo de la inteligencia artificial dentro de este ciclo se expresa mediante funciones complementarias que potencian el trabajo del profesor y multiplican su alcance. Puede desempeñar el papel de analista de datos, asistente de diseño, facilitador de personalización del aprendizaje y gestor operativo. También puede actuar como creadora de contenido, recurso didáctico, apoyo para tutoría, generadora de retroalimentación inmediata y herramienta para la evaluación y la automatización de tareas. Todas estas capacidades se integran en cada actividad sin suplantar el juicio pedagógico, la creatividad didáctica ni la sensibilidad del educador ante las particularidades de cada estudiante y cada grupo.

Como analista de datos, la inteligencia artificial puede procesar grandes volúmenes de información obtenida en la evaluación diagnóstica para identificar brechas formativas, detectar fortalezas y debilidades, analizar patrones de desempeño durante la auditoría y ofrecer una visión integral en la evaluación final del aprendizaje. Esta capacidad analítica, que sería imposible de realizar manualmente con la misma profundidad y rapidez, permite tomar decisiones más informadas y ajustar las estrategias didácticas con mayor precisión. En su función de asistente de diseño, puede contribuir a la planificación curricular y didáctica, sugerir secuencias de aprendizaje, proponer actividades diversificadas, así como facilitar la generación de recursos y materiales acordes con los propósitos formativos, adaptados a diferentes estilos de aprendizaje y niveles de complejidad.

Su papel como facilitador de personalización se hace evidente durante la implementación y el acompañamiento, ya que permite adaptar contenidos, ritmos y trayectorias de aprendizaje a las necesidades individuales de cada estudiante, superando las limitaciones de la enseñanza homogénea. También puede actuar como tutor virtual disponible en todo momento, detectar dificultades de manera temprana, identificar conceptos que requieren refuerzo y proponer intervenciones oportunas que eviten el rezago acumulativo. En la función de gestor operativo, la inteligencia artificial facilita la automatización de tareas rutinarias y administrativas que consumen tiempo valioso, acelera los procesos de evaluación mediante calificación automatizada cuando es pertinente, y proporciona retroalimentación inmediata a los estudiantes, elemento crucial para el aprendizaje efectivo que frecuentemente es difícil de ofrecer con la premura necesaria en grupos numerosos.

En conjunto, todas estas funciones amplían significativamente la capacidad del docente para orientar, acompañar y motivar al estudiante de manera más efectiva, personalizada y oportuna, lo cual fortalece su formación integral sin perder el valor humano del proceso educativo, ese componente irreemplazable que distingue la verdadera educación del simple entrenamiento o la transmisión mecánica de información.

Sin embargo, todo esto solo tiene sentido cuando los docentes mantenemos el control del proceso formativo y ejercemos nuestra autoridad pedagógica con plena conciencia. La inteligencia artificial no puede reemplazar el juicio pedagógico construido a través de años de experiencia, la sensibilidad humana ante el sufrimiento o la alegría de un estudiante, ni la comprensión profunda del contexto social, cultural y emocional en que se desarrolla el aprendizaje. Tampoco puede decidir qué valores cultivar, de qué manera formar ciudadanía responsable y crítica, cómo preparar a los estudiantes para enfrentar la incertidumbre de la vida, o qué significa verdaderamente educar en una sociedad democrática y plural.

La integración de inteligencia artificial en la educación requiere mucho más que capacitación técnica en el manejo de herramientas y plataformas. También demanda formación ética rigurosa, pensamiento crítico frente a los intereses que subyacen a estas tecnologías, comprensión de sus sesgos y limitaciones, y participación activa, informada y organizada del profesorado en las decisiones institucionales y de política pública que configuran el uso de estas tecnologías.

El verdadero riesgo no reside en la inteligencia artificial como tal, sino en quedarnos al margen del debate, relegados a un papel pasivo por temor, desconocimiento o resignación. Si los docentes no asumimos un papel protagónico en el diseño, implementación y evaluación de estas tecnologías educativas, otros actores — como diseñadores de políticas ajenos a la realidad del aula, o administradores más preocupados por cifras que por personas— impondrán criterios ajenos a la esencia educativa y pondrán por encima la rentabilidad, la eficiencia estrecha o la productividad medida en indicadores simplistas, relegando el desarrollo humano integral que debe ser el norte de toda acción educativa. La educación no puede reducirse a un simple cálculo de eficiencia, a métricas cuantitativas o a modelos que ignoran su complejidad, pues su valor es social, ético y cultural, y va mucho más allá de la dimensión económica o instrumental que frecuentemente domina el discurso contemporáneo sobre innovación educativa.

El propósito no es aceptar la inteligencia artificial sin cuestionarla, adoptarla acríticamente ni celebrarla como panacea, pero tampoco rechazarla defensivamente como una amenaza que debemos resistir a toda costa. Lo que necesitamos es construir una relación crítica, creativa y pedagógica con estas tecnologías, una relación en la que los educadores tengamos voz autorizada, criterio fundamentado y compromiso activo con el bienestar de nuestros estudiantes y el bien común. Solo de esa manera la inteligencia artificial podrá fortalecer los fines educativos auténticos y no quedar subordinada a intereses externos que poco tienen que ver con la formación humana. La tecnología debe estar al servicio del aprendizaje significativo, de la equidad educativa, del desarrollo de capacidades para la vida plena, y nunca al revés, convirtiendo la educación en servidora de imperativos tecnológicos o comerciales.

La inteligencia artificial no pertenece al futuro distante o a escenarios de ciencia ficción, pues ya forma parte del presente cotidiano de nuestras vidas, nuestras aulas y espacios de aprendizaje. Si la usamos con sabiduría, con discernimiento pedagógico y con compromiso ético, puede ayudarnos a hacer mejor lo que mejor sabemos hacer como educadores: acompañar a cada estudiante en la construcción de su propio camino, respetando su singularidad, sus tiempos, sus intereses y sus sueños. No se trata de que todos lleguen al mismo destino predeterminado, medidos con la misma métrica, sino de que cada uno avance lo más lejos posible en su proyecto de vida, desarrollando plenamente sus potencialidades únicas y contribuyendo desde su lugar a la construcción de una sociedad más justa, más humana y más sostenible.

Educar con inteligencia artificial y humana significa reconocer el potencial transformador de la tecnología sin perder de vista nuestra responsabilidad formadora, esa que nos constituye como educadores y que ninguna máquina puede asumir. La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa en nuestra labor, pero el sentido último de la educación, su horizonte de valores, su compromiso con la dignidad humana, sigue firmemente en nuestras manos y en nuestra conciencia profesional. No se trata de adaptarse pasivamente al cambio tecnológico, sometiéndose a él como si fuera un destino inevitable, sino de liderarlo con conciencia crítica, compromiso ético inquebrantable y visión pedagógica que ponga siempre al estudiante y su desarrollo integral en el centro.

Si aceptamos este reto con valentía y responsabilidad, nuestra labor no solo será relevante en estos tiempos de transformación acelerada, sino verdaderamente transformadora de vidas, de comunidades y de horizontes de posibilidad. Ese es nuestro desafío hoy, en este momento histórico crucial, y también nuestra oportunidad extraordinaria de demostrar que la educación humanista y tecnológicamente potenciada no solo es posible, sino absolutamente necesaria.

*Profesor de Ingeniería Química/Universidad de Antioquia

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