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Santiago Moná/Cultura/El Pregonero del Darién

Foto principal: El poeta y psicoanalista Lucas Dávila, el poeta José Morelos, y Santiago Moná. Padres del Andaísmo en Apartadó.

A quien pueda interesar

El poeta y psicoanalista Lucas Dávila, alias el evangelista; el poeta y denominador del movimiento, José Morelos, alias el altísimo; y yo, acabamos de retomar la calma, luego de la euforia y las carcajadas que nos provocó la última persona que nos preguntó por la definición del andaísmo. Para quienes preguntan con desesperación racionalista sobre esta definición, aquí les va un dato: el andaísmo es un objeto flexible, elástico, multipoético; y paro de contar porque definir el andaísmo es un riesgo epistemológico. Por ello, solemos definirlo en tono de juego, emotivo y subjetivo. Quizás por eso nos sentimos protagonistas de una burla a las  definiciones, dirigida también a quienes insisten en preguntar por la definición del andaísmo  como si fuera urgente para que este exista, como si fuera el óvulo que le falta a este  espermatozoide que lleva algunos años dando vueltas por las calles de Apartadó, sus  testículos de pavimento. Ante todo, nos reímos mientras intentamos definir el andaísmo  porque es un acto de fe en la inefabilidad de la vida, pues toda definición apresa y la vida es  un gesto provisional que no puede ser apresado. Kierkegaard fue más lejos sugiriendo que  las definiciones son procedimientos de violencia epistemológica, pues clausuran lo que es  por naturaleza una apertura incesante y sustituyen la experiencia por conceptos. Es decir,  son violentos en la medida en que domestican la existencia y lo poético. Un animal salvaje se domestica para instalarlo en una burbuja, se le reduce el territorio, se le enseña a obedecer, se le quita el riesgo. Es un ente predecible. Lo mismo ocurre cuando la poesía o la experiencia se reducen a conceptos. La definición funciona como  una jaula que desintegra el peligro que puede contener una observación, así como  desmembrar la contemplación de su divina intemperie; divide la percepción de la vida de su  implicación en carne propia; insensibiliza, es decir, deshumaniza la explicación que puede hacerse de un acontecimiento humano. ¿Dónde queda el involucramiento con lo que brota de lo creado? ¿Dónde queda la vibración emocional tan arraigada a lo indómito que puede resultar del encuentro con la poesía? En ese sentido, la poesía domesticada termina siendouna experiencia que obedece al sentido impuesto y deja de abrir mundos para convertirse enobjeto.Hablar de poesía domesticada es un contrasentido tan grande como leer por obligación. Es como decir que Dios sólo habita al interior de una iglesia y lo que está por fuera  de ella es blasfemo. He allí otro buen ejemplo del peligro de las definiciones inflexibles, pues  crean el requisito primigenio que sustentan guerras genocidas: las fronteras radicales. La poesía es una experiencia común a todas las comunidades humanas, es universal  a todos los lenguajes, no solo al de la Palabra.

Santiago Moná-autor de este texto

La poesía no ocurre, más bien acontece, porque lo que ocurre está más cercano de la categoría informativa, de lo que puede ser narrado, de algo que ocurre en el tiempo y de la neutralidad, como decir que hubo un accidente de tránsito a las 8.a.m. en la vía que comunica a Apartadó y Turbo. En cambio, lo que acontece es un suceso de la consciencia, de la subjetividad, tiene una carga simbólica, existencial, es algo que pasa no como evento medible, sino como un misterio conmovedor que modifica la percepción y la supuesta estabilidad del ser, cosa que no sucede en el marco de la neutralidad. Puede complementar o poner en jaque ese pequeño mundo que somos. Nos pone a tartamudear mentalmente por un momento. O sea, la poesía es un acontecimiento de la percepción y no una definición concreta. Como respondió Borges en aquella tiernaconversación con Roberto Alifano:

 “Se me ocurre que la única definición posible sería la de Platón, precisamente porque  no es una definición, sino porque es un hecho poético. Cuando él habla de la poesía  dice: «Esa cosa liviana, alada y sagrada». Eso, creo, puede definir, en cierta forma, a  la poesía, ya que no la define de un modo rígido, sino que ofrece a la imaginación esa imagen de un ángel o de un pájaro.” 

El andaísmo respira en ese ecosistema in-doctrinado, por eso nunca le ha preocupado  escribir el típico manifiesto de inauguración vanguardista que abre paso a la existencia oficial  de un movimiento contracultural. Además, abrir como cualquier otro movimiento contracultural no es tan contracultural que digamos. Más bien prefiere leer y escribir la vida sin someterla a un diccionario ni a parafernalias preestablecidas como ineludibles para que el ánimo literario compartido tenga validez. También se suma a la narrativa global de las creaciones literarias que derrumban los límites entre géneros, pues la poesía acontece como una gota de lluvia que cae sobre un dedo y se desborda cuando otro dedo intenta tocarla, y así es fácil empezar a escribir un poema de amor con intenciones de inmortalizar a la emperatriz de nuestros huesos, incorporar el ritmo del relato y terminar escribiendo una prosa poética inclasificable sobre la infinita soledad de un hombre sentimental, la ausencia como enfermedad fatigante, cuya panacea reside en el vientre cálido de aquella singular emperatriz.

A los poetas andaístas que han asimilado la virtud apartadoseña de existir sin una identidad única, nos fascina la idea de no agotar la realidad a fuerza de conceptos. El andaísmo, siguiendo a Kierkegaard, podría ser tranquilamente objeto de la teología negativa, pues tiene más valor lo que no pueda decirse de él que lo que pueda decirse. Además, si todo se consumara en palabras, nos quedaríamos sin materia prima para escribir nuestrasfelices barrabasadas, nuestros descaches testimoniales, que son lo poco que nos queda parareafirmarnos humanos en medio de IA’s ingenuas en sus montañas de datos.

Adentro no llevamos algoritmos de machine learning, sino otro algo, ritmos del corazón y necesidades poéticas de asociación libre, del inconsciente, ese pésimo escritor como escribió Peri Rossi en su prólogo a Silencio, de Clarice Lispector, refiriéndose a los muchos defectos aparentes de la escritora en su oficio que, sin embargo, significaban su mayor virtud: una entrega intensa a las palabras que debía escribir, fueran o no consideradas por otros como literatura. Algunos escritores se rompen la cabeza intentando escribir la mejor obra jamás escrita, lograr el próximo best-seller sin venderse a los trucos de la superación personal. Estos perseguidores del éxito terminan convertidos en símbolos vivientes de frustración crónica. Evidentemente, escribir por vanaglorias es plasmar líneas en vano y extraviarse de la gloria. El andaísmo, desde donde lo encarno, no es una rebelión ni una revolución, y aunque deba acudir a mi memoria para escribir lo que escribo, no es una apología al ego, es una mueca estética de la libertad creativa, porque mientras el sofoco racionalista pide a gritos una ilusa claridad conceptual, nosotros, con ese repentismo propio del lujo humorístico y el gesto de supervivencia que hay en las risotadas y en el juego despreocupado, respondemos con paradojas, ambigüedades, chistes malos o buenos según los interlocutores, juegos extremos de palabras, escritura automática o poemas en modo vómito como diríamos al referirnos a textos escritos sin planificación, sin premeditar ninguna palabra, lo que salga del trance. Incluso, nos permitimos llegar a ese majestuoso punto en que las palabras son instrumentosinsuficientes para la poesía y preferimos entregarnos a la estupefacción contemplativa, que no puede confundirse con quedarse mirando fijamente un árbol o ensimismarse en la mentira de los pensamientos.

Contemplar es experimentarse como parte del templo, y el templo es una manera de estar, una actitud frente al mundo ilegible del que nada se puede asegurar  con sentencias lógicas, sino con disponibilidad sensorial e intuitiva. La poesía nació de la  intuición y de la contemplación, no de la técnica teórico-práctica ni de la codicia intelectual. Es decir, nace de los impactos seductores de la vida y no de extenuantes reflexiones. Por eso, el andaísmo no es abogado de la poesía y mucho menos de la suya. Gonzalo Arango lo  escribió de otra forma en su Testamento: «No pretendo ser clásico al estilo de los “estilistas”  que sacrifican una aventura por una metáfora. Yo, en cambio, lo dejo todo, desde Adán hasta  Marx, por meterme a un filme de vaqueros con mi amante. En eso me distingo de la raza bastarda de los intelectuales». Retomando a Borges: «Yo diría más bien que la poesía es  algo cuyo instrumento son las palabras, pero que las palabras no son la materia de la poesía».  Es una fortuna sentir que las palabras no alcanzan porque quiere decir que prevalece la  verdadera materia de la poesía: la emoción. Si sabio es quien reconoce su ignorancia y da  apertura al saber, el poeta andaísta es quien reconoce su insignificancia y da apertura a la emoción, su confieso horizonte de sentido.

Tenía 15 años cuando comprendí por primera vez el significado de «solo sé que nada sé». Antes la había escuchado como un comodín que las personas utilizaban para librarse de dar explicaciones, ofrecer información y opinar sin fundamentos efectivos. Si hago memoria, fue en ese momento de lucidez interpretativa sobre la frase de Sócrates cuando Santiago Moná se hizo andaísta. Me acuerdo de que debatía en el colegio con mis compañeros sobre el origen de las lenguas. Que si la torre de babel, que si era un castigo de Dios, que si los seres humanos habíamos construido lingüísticas diversas debido a las migraciones y a las relaciones simultáneas que cada comunidad había establecido con los sonidos respectivos de sus geografías y ecosistemas habitados. Sin saberlo, dimos por hecho que la lengua está conectada con todo el cuerpo, que no es solamente un asunto de oído. Si tenemos en cuenta el clima, podemos discernir que no es lo mismo desarrollar la Palabra con el cuerpo abrigado que con el cuerpo a medio vestir, por ejemplo. No nos importaba especular y especular. Algo nos decía que esa era la esencia del mito y en consecuencia de la cultura.

Éramos adolescentes y teníamos la emoción a flor de piel. Nuestra piel era el aposento del sol y de la luna. Éramos un par de astrónomos indagando los misterios celestiales y, en esas, caí en cuenta de que, si miraba a la tierra desde cierta distancia espacial en una suerte de desdoblamiento, evidenciaba que no era más que otra inquilina del cielo, entonces llegué a la conclusión de que yo también era un cuerpo celeste que se balanceaba insignificante por el cosmos. Con mis compañeros más allegados, que siempre dos fueron suficientes, y a veces uno sobraba, nos hacíamos preguntas intentando describir la condición humana. Por supuesto, eso de condición humana sonaba como un bicho raro que se despertaba todos los días a hacer lo mismo de siempre, al estilo de Gregorio Samsa. Todos los libros eran horribles. Y la manera de promover la lectura en el colegio era espantosa. Crecí en una época en que ya era más épico cualquier dopamina súbita antes que la lectura minuciosa de un mamotreto legendario. Hasta que un día me decidí a escribir como consideraba que debía escribirse. Bastante ególatra en primera instancia. Pero a medida que se fueron incrementando los referentes y la literatura acariciada, se interactuó con poetas muertos o vivos que también escribieron desde una libertad personal, confesional, y que sin buscarlo con fervor terminaron convirtiéndose en fervores colectivos, se empezó a dilucidar una compañía y una despersonalización de las emociones, se da uno cuenta de que lo que escribe no es nuevo como temática ni como padecimiento ni como sublimidad, y al final es el estilo la llave para crear obras de arte y para ostentar eso que a muchos artistas causa dolor de cabeza: originalidad. Bukowski lo escribió mejor: “El estilo es la respuesta a todo. / Una manera desenvuelta de afrontar algo aburrido o peligroso. / Hacer algo aburrido con estilo es mejor que hacer algo peligroso sin estilo. / Hacer algo peligroso con estilo es lo que yo llamo arte.”.Y unos versos más adelante, Bukowski remata la idea escribiendo: “Abrir una lata de sardinas puede ser un arte”. A veces me pregunto qué fue lo que me cautivó del andaísmo y me pongo a titubear pensamientos. Pero cuando me detengo a pensar en los momentos amistosos junto José y Lucas, pienso, sin titubeos, en el verbo emancipar, que también suscita originalidad, porque emancipar es reivindicar el origen. ¿Emancipación de qué? En principio creo que del espíritu por medio del lenguaje de la Palabra, que no es redundante porque lenguajes hay para hacer universidades solo de lenguajes. El espíritu ha estado enfermo desde siempre, le escuché decir ayer a Mario Mendoza, y la Palabra aún conserva esa medicina que tuvo en sus orígenes, de donde proviene la catarsis. Del andaísmo me cautivó esa autenticidad de la catarsis, ese decir sin cautela que une la purga del alma con el origen, para que luego los estudiosos nos llenemos la boca hablando de recursos literarios. Para no reproducir a Gregorio Samsa y no sentir el día a día con el desencanto que contiene “lo mismo de siempre”, también brotó el andaísmo. Siguiendo con las elecciones catárticas y las emancipaciones, lo que diferencia a la rutina de la monotonía es que una es elegida y la otra es elegida a la fuerza.

La rutina bien elegida no motiva ese sombrío aburrimiento de la monotonía. Obviamente, la rutina puede devenir en monotonía si las motivaciones forzadas o el agotamiento espiritual se entrometen. ¿Pero qué es el  agotamiento espiritual? Es otra de las fatalidades Occidental-modernas: vivir separado de la fuente del asombro que uno mismo es, dirían de manera muy sintetizada algunas tradiciones  orientales. Aristóteles habló del thaûma en su Metafísica, refiriéndose al asombro como oxígeno de la filosofía y condición de acceso a lo real. Incluso, por razones didácticas, voy a  tomarme cierto atrevimiento que a nadie puede hacer daño, a menos que se reciba con  envidia o con afanes agresivos muy propios de las conductas predispuestas a tomarse todo  personal: voy a citarme a mi gusto, antes de que alguien me cite con normas APA —porque  entre andaístas suelen citarse sus obras literarias entre sí cuando la praxis reafirma la  necesidad de que sus versos existan—: “Estallar de asombro / por amor a lo indeleble / por  odio a lo monótono / porque la vida tiene pinta / de ser un misterio por resolver / y el asombro  es el rostro / de quien ha descubierto / un pequeño indicio / de esa vuelta llamada vida”. Estos versos hacen parte del poemario La sangre hecha pedazos, que abrió de manera oficial el camino del andaísmo, dicho por el propio altísimo en varias tertulias institucionales odesabridas, en escenarios de eventos literarios protoculescos o en mesas de cafeterías y bares donde abunda el disfrute colectivo de la Palabra juguetona, donde la literatura es un suspiro desnudo con todo y grasa y no un sonido vanidoso de silicona estética —igual es un ideal porque nunca falta el impostado pretencioso que abruma el parche—. Por eso, si el andaísmo estuviera representado en un par de tetas, de lejos se reconocerían por no estar redondas, duras ni postizas, sino algo caídas, blandas y espontáneas. En esto último no sé si Lucas y José estén de acuerdo. No tenemos que llegar a consensos sobre tetas ni discutir  por algo tan importante como la poesía. Solo lo banal merece nuestra atención. Basta con  compartir la apertura al asombro, escribir lo que nos dé la gana así ninguno gane.

Andaístas, haciendo camino al andar

¿Qué es ganar en el contexto de la amistad? Los amigos eliminamos el lenguaje de  la competencia destructiva, pues en este reino donde nadie reina no hay jerarquías. Entiéndase el vínculo esencial que existe entre andaísmo y amistad. Hablar del altísmo, del  evangelista o del bautista es “hablar de diferentes hilos en un mismo tejido”, me escribió estos  días el altísimo. Yo agregaría que la diferencia es que un hilo pasa por los cuarenta, otro por los treinta y otro por los veinte. La sincronicidad creativa es innegable cuando no tenemos  más preocupaciones que creernos inventores de palabras compuestas donde evidentemente  no hay nada qué componer o descomponer, como descomponer los dos licores que  componen la palabra chicharrón.

En los amigos debemos encontrar a nuestros mejores  enemigos, diría Nietzsche. Los amigos desafían, tienen permiso de poner el dedo en la llaga,  son más detonantes de pruebas que lugares de refugio, pero esa incomodidad no puede terminar en batallas de narcisismo. Precisamente, sería adoptar el lenguaje de la competencia destructiva. Los opuestos se atraen, pero la humanidad ha demostrado incontables veces que la oposición exagerada se repele y extermina las formas de la philia. Siguiendo a Aristóteles, en la amistad no hay impulsos rivalizantes comprometedores del aire puro. Por eso, la próxima vez que me encuentre con Lucas y con José, les diré que sólo sé que nada sé. José, en su inherente disposición a reescribir todo a su manera, me dirá que está mal dicho, que debería ser “solo sé que nada”. Lucas y yo soltaremos risas. Él a su vez corregirá a José y dirá que debería ser “solo sé que anda”. En ese momento los tres reiremos tras un grito de asombro y yo, un alma inocente, preguntaré: “¿anda qué?”. Y los tres diremos al mismo tiempo esa palabra que nos unió: ¡andaísmo! Y entonces todo quedaría definido según el deseo de nadie.

29 de enero, a la 1:36 de la mañana, Apartadó, Colombia.

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