Eberto Tapias García archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/eberto-tapias-garcia/ Periodismo con Responsabilidad Mon, 22 Dec 2025 15:38:02 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.5 https://elpregonerodeldarien.com.co/wp-content/uploads/2024/02/cropped-SolPregoneroRecurso-1.png Eberto Tapias García archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/eberto-tapias-garcia/ 32 32 228805209 Promesas para el nuevo año: votar en  conciencia y conversar con respeto https://elpregonerodeldarien.com.co/promesas-para-el-nuevo-ano-votar-en-conciencia-y-conversar-con-respeto/ Sun, 21 Dec 2025 22:11:36 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=15273 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién El cierre de año es, por tradición, un tiempo propicio para la reflexión y la evaluación. Es el momento en que solemos hacer balance de lo vivido, celebrar los logros alcanzados y reconocer aquellas metas que, en el ámbito personal, profesional o familiar, quedaron postergadas. Es un ritual recurrente. …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

El cierre de año es, por tradición, un tiempo propicio para la reflexión y la evaluación. Es el momento en que solemos hacer balance de lo vivido, celebrar los logros alcanzados y reconocer aquellas metas que, en el ámbito personal, profesional o familiar, quedaron postergadas. Es un ritual recurrente. Cada 31 de diciembre, a la medianoche, nos colmamos de buenas  intenciones y promesas renovadas, animados por la convicción de que el año que comienza traerá cambios trascendentales a nuestras vidas.

Sin embargo, la experiencia también nos enseña que muchos de esos propósitos se diluyen con el paso del tiempo, se olvidan o se aplazan indefinidamente. La rutina, las urgencias y las distracciones cotidianas suelen relegar compromisos asumidos con entusiasmo.

Tal vez esto ocurre porque solemos concebir el cambio como un ejercicio estrictamente individual, desligado del entorno en el que vivimos. Pero ninguna transformación personal se sostiene por sí sola. Se  fortalece —o se debilita— en la relación con los otros.

Somos parte de una comunidad, y es en ese tejido compartido donde nuestros propósitos adquieren sentido, respaldo y posibilidad real de realización. Por  eso, más allá de las metas individuales, vale la pena  preguntarnos qué promesas estamos dispuestos a  asumir como sociedad y cómo podemos convertirlas en prácticas cotidianas que nos involucren a todos.

El  cambio auténtico no surge de declaraciones entusiastas, sino de un compromiso genuino, consciente y sostenido, capaz de traducirse en acciones concretas y hábitos duraderos, más allá de las resoluciones personales.

En una sociedad permanentemente conectada, las  redes sociales se han convertido en espacios decisivos para la formación de opinión, el debate público y la construcción de imaginarios y proyectos colectivos. Hoy,  más que nunca, enfrentamos la responsabilidad de reorientar su uso hacia un propósito verdaderamente transformador.

Con frecuencia, estas plataformas se ven saturadas de ruido, confrontación y polarización, especialmente en los periodos electorales. No obstante, su potencial pedagógico sigue siendo inmenso y, lamentablemente, subutilizado. Las redes pueden —y  deben— evolucionar hacia escenarios de diálogo respetuoso, donde la voluntad de comprensión prevalezca sobre la cultura del ataque.

Es urgente transformar la manera en que nos comunicamos en las redes. No solo con quienes piensan como nosotros y nos resulta fácil dialogar, sino, especialmente, con quienes sostienen opiniones diferentes.

Es necesario hacerlo desde un clima de respeto y armonía, no desde la hostilidad o la confrontación, con una disposición genuina a construir puentes y a encontrar salidas comunes a las dificultades y encrucijadas que hoy enfrentan Colombia y el mundo.

Fomentar esta cultura de interacción en los entornos digitales constituye un paso fundamental para fortalecer la convivencia democrática, incluso en medio de la  diferencia y en momentos decisivos para la elección de gobernantes.  No se trata de erradicar las diferencias ni de silenciar el disenso —elementos esenciales de toda democracia—, sino de aprender a gestionarlos desde la empatía y el  respeto. Las redes pueden funcionar como aulas  abiertas para difundir información verificada, fomentar el  pensamiento crítico y construir consensos en torno a los grandes desafíos nacionales.

Para hacer realidad este propósito, es indispensable adoptar prácticas digitales éticas: compartir contenidos que promuevan el análisis crítico frente a la desinformación; responder con argumentos y no con descalificaciones; visibilizar iniciativas orientadas a la justicia social; y ejercer una escucha activa frente a posturas distintas. Cada publicación y cada comentario representan una oportunidad para tender puentes, en lugar de profundizar abismos. Cultivar esta cultura de interacción en las redes es un paso fundamental para  fortalecer la convivencia, incluso en medio de la diferencia y en momentos cruciales de elección de gobernantes.

Se trata de contribuir a la construcción de un país para la convivencia pacífica, para la vida y el bienestar colectivo de los colombianos. Un país construido por todos y para  todos, y no para el beneficio de unos pocos a costa del sufrimiento de muchos. Un país plural, donde coexistan y se respeten todas las ideologías y colores políticos, y no uno reducido a los tonos blanco y negro de la polarización. Un país para la vida, no un camposanto de la muerte para quienes piensan diferente.

Mi propuesta de fin de año es, en esencia, sencilla pero poderosa: asumir una promesa colectiva para convertir nuestras interacciones digitales en herramientas de  pedagogía social, de modo que, en las elecciones del  próximo año, cada voto sea el resultado de una reflexión informada, orientada al bienestar común, la equidad y la justicia.

El llamado es a transformar nuestras redes sociales en verdaderos laboratorios de convivencia y pedagogía cívica. Que la conversación digital deje de ser un campo de batalla y se convierta en un espacio donde se gesten decisiones colectivas responsables. Nuestro voto en las  próximas elecciones debe ser el resultado de la reflexión compartida, y no una reacción impulsada por el rencor, el miedo o la manipulación.

Esta promesa colectiva no es un ideal abstracto. Comienza con la forma en que cada uno de nosotros decide expresarse y participar. Al optar por el respeto y la argumentación en lugar de la hostilidad, fortalecemos la democracia y contribuimos a una sociedad más cohesionada.

Sumémonos a este compromiso. Hagamos de las redes sociales el lugar donde comience la transformación de nuestra conversación pública para, finalmente, transformar nuestra realidad. Que nuestra promesa de año nuevo sea dialogar con empatía, votar con conciencia en 2026 y construir, entre todos, un futuro más justo y humano para todos los colombianos.

*Profesor de Ingeniería Química Universidad de Antioquia. 

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¿Colombia espera o es obstruida? lo que William Ospina no ve https://elpregonerodeldarien.com.co/colombia-espera-o-es-obstruida-lo-que-william-uspina-no-ve/ Mon, 17 Nov 2025 15:10:12 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=14817 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero Del Darién Leer a William Ospina es siempre un ejercicio enriquecedor. Su pluma, capaz de tejer poesía y crítica social con igual maestría, nos ha convocado a reflexionar sobre la política en Colombia en innumerables ocasiones. Precisamente por eso, su artículo “Colombia sigue esperando” merece una lectura juiciosa, pero también cautelosa …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero Del Darién

Leer a William Ospina es siempre un ejercicio enriquecedor. Su pluma, capaz de tejer poesía y crítica social con igual maestría, nos ha convocado a reflexionar sobre la política en Colombia en innumerables ocasiones. Precisamente por eso, su artículo “Colombia sigue esperando” merece una lectura juiciosa, pero también cautelosa y no desprevenida. Y, desde el respeto a su obra, considero necesario hacer un llamado a una honestidad intelectual más amplia, una que se atreva a abrir la perspectiva, y a tener en cuenta todos los factores que han impedido materializar las promesas de cambio, incluyendo aquellos que operan desde las sombras del poder.

Ospina plantea, con razón, la urgencia de las transformaciones. Su inconformidad parece partir de una expectativa elevada frente a la velocidad del cambio. Desde su perspectiva, el gobierno habría fallado en cumplir el mandato popular recibido. Sin embargo, para que esa crítica sea completa debe preguntarse por qué ese mandato choca con un muro de resistencia que Ospina no describe en toda su dimensión.

En su análisis falta reconocer la naturaleza real de la obstrucción al cambio. Sería necesario admitir que la coalición de gobierno es frágil y que existe una oposición parlamentaria que ha hecho del bloqueo su estrategia permanente. También sería necesario considerar el poder de veto de élites económicas, mediáticas y empresariales. A ello se suma el escrutinio minucioso de los organismos de control, cuyo activismo frente a este gobierno contrasta con la permisividad histórica que tuvieron con administraciones anteriores.

Es en este contexto donde su afirmación sobre la “captura” del gobierno por la corrupción se vuelve cuestionable. La corrupción en Colombia es un fenómeno estructural, arraigado desde hace décadas en la administración pública. Atribuirlo como una captura reciente del actual gobierno no solo es injusto, también omite la historia misma del país y oculta que es precisamente esa estructura heredada la que limita cualquier intento de transformación.

Un elemento que Ospina subestima es el papel de los medios de información corporativos. Su función no se ha limitado al periodismo crítico. Han moldeado el imaginario colectivo mediante la instalación de una narrativa adversa al gobierno, la repetición insistente de calificativos, la amplificación selectiva de escándalos, el silenciamiento de avances y la fabricación de un clima permanente de crisis. Nada de ello es neutral. Esa narrativa es parte del dispositivo que legitima la obstrucción política.

A este escenario interno se suma la dimensión geopolítica. No pueden ignorarse las gestiones del expresidente Álvaro Uribe con el senador Marco Rubio, las visitas de María Fernanda Cabal y Paloma Valencia a congresistas de Florida ni las reuniones de Federico Gutiérrez con congresistas y con el subsecretario de Estado de los Estados Unidos, Christopher Landau. Todas estas acciones buscaban crear presión internacional sobre el gobierno colombiano. No son episodios aislados, sino piezas de un cerco político que articula intereses externos con sectores opositores nacionales para frenar un proyecto de cambio.

Ospina escribe desde una expectativa que puede ser legítima, pero que se vuelve parcial cuando no incorpora el alcance real de estas fuerzas en contra del gobierno del cambio. En la política concreta el gobierno no actúa en un vacío. Se enfrenta a un entramado de poderes políticos, económicos, mediáticos y geopolíticos que se resisten a cualquier variación del orden establecido. Presentar este forcejeo como simple falta de voluntad del Ejecutivo reduce la complejidad del momento político.

No merece mayor atención la lista de adjetivos que Ospina emplea para describir a Petro: guerrillero, vanidoso, arrogante, calumniador, matoneador, desleal, contradictorio, improvisado, derrochador, inepto e incoherente. Más que análisis, representan una falacia ad hominem que sorprende en un intelectual de su trayectoria. Ese tipo de descalificación no contribuye a la comprensión del escenario político y alimenta exactamente la misma narrativa que sostiene la obstrucción.

No se trata de pedir indulgencia ni de negar los errores del gobierno. Se trata de exigir una crítica integral que evalúe el conjunto de la realidad política. Colombia no solo espera: Colombia presencia una confrontación histórica en la que los medios, las élites y las presiones internacionales pesan tanto como las acciones de la oposición y de las fuerzas internas que resisten el cambio. En este escenario, una pluma como la de Ospina no puede limitarse a señalar apenas un fragmento del problema. Tiene la responsabilidad de narrar el cuadro completo, incluido el papel de quienes, desde trincheras visibles e invisibles, deciden hasta dónde puede transformarse el país y hasta dónde debe continuar anclado a lo mismo de siempre.

*Ingeniero Químico- Profesor de la Universidad de Antioquia

https://www.elespectador.com/…/colombia-sigue-esperando

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El riesgo de la entropía política en el Progresismo https://elpregonerodeldarien.com.co/el-riesgo-de-la-entropia-politica-en-el-progresismo/ Mon, 10 Nov 2025 15:21:18 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=14723 Heberto Tapias García/Opinión/ El Pregonero de Darién En el ámbito político, al igual que en la física, también existe  la posibilidad de que las cosas se degraden. Cuando las  fuerzas que dieron vida a un proyecto se dispersan y la energía moral que lo impulsó comienza a desvanecerse, el  sistema empieza a perder su orden. …

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Heberto Tapias García/Opinión/ El Pregonero de Darién

En el ámbito político, al igual que en la física, también existe  la posibilidad de que las cosas se degraden. Cuando las  fuerzas que dieron vida a un proyecto se dispersan y la energía moral que lo impulsó comienza a desvanecerse, el  sistema empieza a perder su orden. Esta pérdida de  cohesión, lo que podríamos llamar entropía política, puede  poner en peligro al progresismo colombiano si se olvida del propósito que le dio sentido: transformar un país marcado por la desigualdad, la injusticia y el dominio de las élites que siempre han gobernado en beneficio propio.

El verdadero peligro no radica en la diferencia de opiniones ni en el debate. De hecho, la pluralidad ideológica ha sido su mayor fortaleza. El riesgo aparece cuando la crítica se convierte en fuente de ruptura y el diálogo se transforma en confrontación. Cuando los egos pesan más que las causas y las ambiciones personales reemplazan el sentido colectivo, el  movimiento comienza a vaciarse de su propósito y a perder  su auténtica fuerza transformadora.

El progresismo nació de una convergencia de voluntades que  creyeron en la posibilidad de un país más justo, inclusivo y  humano. Esa energía colectiva solo puede mantenerse si se preservan la coherencia, la ética y el compromiso con el pueblo que le otorgó su confianza. Si las disputas internas  entre líderes prevalecen sobre el propósito común, el proyecto puede desvanecerse y dejar de ser la esperanza de  quienes apostaron por el cambio.

Lo más preocupante no es la crítica externa, sino la  descomposición interna. La entropía política no necesita  enemigos. Ella se alimenta del cansancio, del desencanto y de la desconexión con las luchas reales de la gente. Si el  progresismo se encierra en sus propias disputas, corre el  riesgo de convertirse en lo mismo que los partidos que  prometió reemplazar.

Aún hay tiempo para evitarlo. La unidad no significa ser todos  iguales, pensar lo mismo, sino tener madurez política y una  estrategia común. Implica reconocer que la verdadera fuerza del cambio proviene de una causa compartida, no de la lucha  por ser el centro de atención.

Es crucial mantener el diálogo con la gente y con las bases  para que el entusiasmo se mantenga vivo y el apoyo popular  se amplíe. Solo así se podrá conservar la conexión social y evitar el desgaste que surge del distanciamiento con el sentir ciudadano.

El futuro del progresismo depende de su habilidad para mantenerse fiel a su propósito original. Las elecciones de 2026 serán una prueba clave. No se trata solo de retener la  presidencia, sino de conseguir una mayoría en el Congreso  que permita consolidar las transformaciones que el país necesita. Esta meta solo será alcanzable si se deja atrás la dispersión y se reconstruye la confianza entre las diversas  fuerzas que comparten la visión de un nuevo país.

La unidad no es solo una opción, es una obligación histórica para que el cambio que se ha iniciado no se pierda en el ruido de la división ni se desgaste en la inercia de la entropía política.

*Ingeniero Químico- Profesor de la Universidad de Antioquia

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