Consultas políticas archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/consultas-politicas/ Periodismo con Responsabilidad Wed, 11 Feb 2026 16:16:18 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.3 https://elpregonerodeldarien.com.co/wp-content/uploads/2024/02/cropped-SolPregoneroRecurso-1.png Consultas políticas archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/consultas-politicas/ 32 32 228805209 Consultas del 8 de marzo: Una equivocación https://elpregonerodeldarien.com.co/consultas-del-8-de-marzo-una-equivocacion/ Wed, 11 Feb 2026 16:16:16 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=15938 Análisis de la Noticia/Hernando Gómez Buendía* razonpublica/ /El Pregonero del Darién  El parche En el mundo civilizado, las consultas sirven para tomar decisiones dentro de los partidos, no para que los partidos evadan la tarea principal para la cual se supone que existen los partidos: para postular sus candidatos a los cargos públicos.  En la mayoría de …

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Análisis de la Noticia/Hernando Gómez Buendía* razonpublica/ /El Pregonero del Darién
 

El parche

En el mundo civilizado, las consultas sirven para tomar decisiones dentro de los partidos, no para que los partidos evadan la tarea principal para la cual se supone que existen los partidos: para postular sus candidatos a los cargos públicos. 

En la mayoría de los países, las consultas o primarias son internas: votan los militantes, con carné o registro previo. En otros casos, como en Argentina, las primarias son simultáneas y obligatorias para todos los partidos, de manera que cada candidato es escogido por los simpatizantes del partido respectivo. 

Pero en Colombia nos inventamos lo contrario: consultas “abiertas”, donde la gente puede votar sin estar afiliada al partido, sin simpatizar con sus ideas e inclusive con intención de hacerle daño a ese partido. 

El origen

Esta consulta abierta para escoger candidato presidencial nació para resolver un problema coyuntural: la implosión del Partido Liberal a fines de los años ochenta. 

El partido había perdido la capacidad de ordenar su competencia interna, pero no estaba dispuesto a perder el poder. La consulta de marzo de 1990 fue la salida ingeniosa de Julio César Turbay:  aceptar un disidente que había hecho su carrera atacando a la maquinaria liberal (Luis Carlos Galán) con tal de que aceptara gobernar a nombre del Partido Liberal. Como escribí por entonces, “la consulta es un matrimonio a la fuerza entre una maquinaria sin candidato y un candidato sin maquinaria”. 

Galán fue asesinado, Gaviria heredó la Presidencia y así llegamos a 1991. La Asamblea Constituyente tomó ese arreglo coyuntural y lo elevó a norma constitucional (artículo 107), o sea que autorizó a los partidos para dejar de hacer lo mínimo que deben hacer: escoger a sus propios candidatos. Lo hizo, para peor, al mismo tiempo que destruía el bipartidismo y daba paso al multipartidismo enloquecido que tuvimos hasta la llegada de Uribe (61 partidos con personería jurídica en el año 2002). 

En materia política, el logro fundamental de la Constitución de 1991 fue desbaratar el sistema político sin reemplazarlo por otro bien diseñado. La consulta abierta quedó consagrada como mecanismo legítimo, sin que nadie se preguntara si tenía coherencia institucional ni cómo funcionaría en un sistema sin partidos capaces de decidir.

Treinta años después, el vacío sigue intacto. Colombia no tiene partidos nacionales con programa, estructura y disciplina. Tiene candidatos sueltos, coaliciones improvisadas y marcas personales. En ese contexto, las consultas no suplen nada: exhiben el problema que pretenden esconder.

Candidaturas rifadas

Donde no hay partidos, no hay decisiones basadas en las fuerzas políticas que respaldan o se oponen a cada uno de los aspirantes. Hay decisiones aleatorias sobre la base de vetos cruzados, demandas, fallos judiciales y cálculos individuales. 

El sistema de incentivos hace el resto: lanzarse por cuenta propia es muy sencillo y someterse a la disciplina de un partido es un complique.

El resultado no es la selección del mejor candidato para la parte respectiva del espectro político (derecha, centro e izquierda). El resultado es una rifa donde decisiones aisladas y “movidas” de última hora acaban por decidir quién “representa” aunque no represente a cada fuerza política (por ejemplo: Roy Barreras como eventual candidato de la izquierda, o el hijo de Galán como eventual candidato de la derecha).

Pues así se definieron las consultas del 8 de marzo. No hubo deliberación ni decisión colectiva. Hubo litigios, vetos y cálculos personales:

En la izquierda, la exclusión de Iván Cepeda la resolvió el Consejo Nacional Electoral, no una instancia dentro del Pacto Histórico o la coalición de izquierda. Cepeda y el ganador de la consulta están legalmente obligados a ir a la primera vuelta, o sea que “el progresismo” acabó en canibalismo.

En el centro ocurrió algo similar. Sergio Fajardo y Claudia López no lograron llegar a un acuerdo, de manera que Claudia terminó en una consulta de yo con yo (“competirá” con un exdelegado de Salud de la Defensoría del Pueblo a quien no conocen ni en su casa). El centro terminó convertido en lo que dice rechazar: una agregación de trayectorias personales, sin dirección ni capacidad de negociar acuerdos.

El centro derecha se convirtió en derecha: nueve aspirantes concurren a una “gran consulta” que pretende fabricar unidad donde no existe partido ni coalición, sino desesperación de ocho personajes que solo están de acuerdo en una cosa: en abrirle camino a la candidata de Uribe para evitar un nuevo triunfo de la izquierda.

Queda por fuera Abelardo de la Espriella, con un liderazgo personalista, punitivo y moralizante, que arrastra reservistas y sectores cristianos. No es una anomalía: cuando no hay partidos, surgen caudillos. Y el sistema los legitima.

Consultas para atajar al puntero

Las tres consultas comparten otro rasgo decisivo. No pretenden escoger al candidato más fuerte de cada bloque, sino todo lo contrario: pretenden atajar al candidato más fuerte del respectivo bloque.

En la “izquierda” se trata de frenar a Cepeda con la esperanza de que un no izquierdista (Barreras o Quintero) acabe siendo el candidato de la izquierda.

En el centro, evitar que Fajardo llegue a la primera vuelta para que Claudia sea la candidata de esa corriente política.

En la derecha, contener a Abelardo con una candidatura respaldada por la maquinaria.

Esta no es una lógica de selección, sino de contención. En vez de aclarar las opciones, las consultas confunden y dividen a los votantes de cada una de las tres corrientes. 

El 8 de marzo

El 8 de marzo no vota el electorado presidencial. Vota la maquinaria. Votan las listas al Congreso y quienes saben mover votos ese día. Por eso las consultas no premian la popularidad ni el atractivo del programa de cada candidato presidencial, sino la veteranía en el manejo de la maquinaria. 

Barreras y Quintero son precisamente eso: los dos precandidatos más versados y más probada trayectoria en el arte de las componendas. Paloma Valencia es la caverna con buenos modales, que no maneja maquinaria, pero tiene el aparato del Centro Democrático y al padrino de Santos y de Duque labrando su victoria. 

Los demás candidatos pueden tener visibilidad o algo de opinión pública, pero tienen muy poco arrastre territorial, es decir, capacidad de poner votos.

Esto tiene una consecuencia precisa. Muchos votantes marcarán una consulta sin entusiasmo, simplemente porque les entregan otro tarjetón. Ese voto no expresa preferencia presidencial alguna. La decisión real vendrá después, en la primera vuelta, y puede ser completamente distinta. La consulta no mide el apoyo real al ganador.

A esto se suma un incentivo conocido: la reposición de gastos. Lanzarse cuesta poco; la disciplina no paga. El resultado es previsible: racionalidades individuales producen un desenlace colectivo desordenado. Más candidaturas, menos orden.

Polarización sin partidos

Después del 8 de marzo, a la primera vuelta llegarán por lo menos seis candidatos: los tres que puntean en las encuestas y los tres que ganen las consultas (esto sin contar los otros seis espontáneos que llegarán por la vía de las firmas ―Palacios, Caicedo, Cordoba, Macollins, Lizcano y Murillo).  

En lugar de reducir opciones y aclarar preferencias, la primera vuelta hará que las dos minorías más organizadas aventajen a los otros doce candidatos  ―esto porque la torta, simplemente, se debe repartir en más pedazos.

¿Cuáles son esas dos minorías? La respuesta es clara:  a falta de partidos de verdad, la competencia no se basa en programas sino en las emociones más primarias. El miedo y la rabia movilizarán más votantes que los argumentos, y así tendremos una segunda vuelta donde se enfrenten de nuevo la rabia y el miedo. 

Ahí aparece la ventaja de los extremos. No porque representen mayorías sociales, sino porque requieren menos coordinación. Los proyectos moderados dependen de acuerdos, renuncias y disciplina. Los extremos no. Les basta con un relato claro, un enemigo definido y una base emocional cohesionada. En un sistema fragmentado, eso alcanza.

Las encuestas lo confirman. Los punteros —Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella— lideran por fuera de las consultas y se alternan según el momento. A veces uno, a veces el otro. Lo constante no es quién va primero, sino el hecho de que ambos crecen precisamente porque no pasan por mecanismos pensados para ordenar lo que no existe.

Este patrón no es nuevo. En 2018 y en 2022 ocurrió lo mismo: primera vuelta atomizada, centro debilitado, extremos fortalecidos. La polarización no fue un accidente del clima político ni una patología cultural. Fue el resultado lógico de un sistema sin partidos, con consultas abiertas y sin incentivos para coordinar temprano.

En resumen

El problema no es una consulta ni una elección, sino un sistema sin partidos y con consultas abiertas y no obligatorias.

Ese sistema produce fragmentación temprana, ventaja para los extremos y una segunda vuelta definida por el rechazo.

La primera vuelta deja de cumplir su función de filtro: en vez de ordenar la oferta, es el momento de mayor dispersión. 

El centro es el gran perdedor. Las posiciones moderadas necesitan coordinación y disciplina tempranas; el sistema castiga ambas. El centro llega dividido y tarde, mientras los extremos avanzan con menos candidatos y mayor cohesión.

La segunda vuelta se decide por el miedo. No se vota por proyectos, sino contra el rival. El sistema no canaliza preferencias: fabrica dilemas.

Estos malos resultados no dependen de los nombres ni las coyunturas: el desenlace se repite cada cuatro años. 

Mientras no existan partidos capaces de decidir, ordenar y excluir candidaturas, la política colombiana seguirá atrapada en el mismo ciclo: fragmentación, polarización y gobiernos débiles.

Las consultas no rompen ese ciclo. Lo perfeccionan.

Hernando Gómez Buendía

* Director y editor general de Razón Pública.

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