Amistad archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/amistad/ Periodismo con Responsabilidad Sat, 04 Jul 2026 14:17:57 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.5 https://elpregonerodeldarien.com.co/wp-content/uploads/2024/02/cropped-SolPregoneroRecurso-1.png Amistad archivos - El Pregonero del Darién https://elpregonerodeldarien.com.co/tag/amistad/ 32 32 228805209 Amistad y política, el suelo común de los principios morales https://elpregonerodeldarien.com.co/amistad-y-politica-el-suelo-comun-de-los-principios-morales/ Sat, 04 Jul 2026 14:17:55 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=17801 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién Se ha vuelto común afirmar que la política no debe mezclarse con la amistad. La frase parece sensata porque invita a preservar los afectos por encima de las diferencias. Sin embargo, parte de una separación artificial. La política no es únicamente una disputa entre partidos ni una conversación sobre …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Se ha vuelto común afirmar que la política no debe mezclarse con la amistad. La frase parece sensata porque invita a preservar los afectos por encima de las diferencias. Sin embargo, parte de una separación artificial. La política no es únicamente una disputa entre partidos ni una conversación sobre elecciones. Es, ante todo, una expresión de los valores con los que cada persona decide vivir.

La amistad auténtica tampoco puede reducirse a un conjunto de rituales ni a una construcción poética. Es un sentimiento que habita en nuestro interior. Se cultiva con paciencia, se fortalece con la confianza y se cuida como un jardín. Nacida de la sinceridad, permanece viva a pesar de los océanos de distancia o de los años de silencio. Parece hibernar, pero basta un encuentro fugaz para que recobre toda su fuerza. No envejece ni pierde intensidad. Conserva intacta la alegría de los momentos compartidos y se convierte en el refugio al que acudimos en las horas difíciles. Entonces, el abrazo, el consejo y la palabra esperanzadora del amigo siguen siendo el mejor elixir para el espíritu.

Nada de ello ocurre por casualidad. La amistad verdadera no flota en el vacío. Descansa sobre un suelo firme de principios compartidos. Confiamos en quienes actúan con honestidad, respetan la dignidad ajena y son coherentes con su palabra. Los afectos fortalecen la amistad, pero son los valores los que la sostienen frente al paso del tiempo, los desacuerdos y las pruebas de la vida.

Desde esa perspectiva, la política adquiere un significado mucho más profundo. Al elegir un candidato no solo respaldamos un programa de gobierno: revelamos nuestra manera de entender la justicia social, la libertad, la equidad, la solidaridad y el respeto por la dignidad humana. Expresamos qué principios consideramos irrenunciables y cuáles estamos dispuestos a relativizar. Cada voto deja entrever nuestra conciencia moral, los límites éticos que orientan nuestras decisiones y el proyecto de sociedad que aspiramos a construir.

Por esa razón, conocer la opción política de una persona puede ofrecer una pista importante sobre la posibilidad de construir una amistad genuina. No porque todos deban pensar igual. La democracia necesita del pluralismo, del debate y del desacuerdo. Lo que una amistad difícilmente puede soportar es la ausencia de un mínimo compartido de principios. Sin ese fundamento, la confianza termina debilitándose y el vínculo pierde solidez.

Quien respalda proyectos políticos que justifican la mentira, normalizan la corrupción, alimentan el odio o desconocen la dignidad de quienes piensan diferente revela mucho más que una preferencia electoral. Pone de manifiesto una determinada escala de valores. No se trata de juzgar a las personas por el nombre de un candidato o por el color de una bandera. Se trata de reconocer que las decisiones políticas también hablan del carácter, de las prioridades y de la forma como entendemos la convivencia.

La amistad no consiste únicamente en compartir recuerdos, aficiones o buenos momentos. Consiste, sobre todo, en caminar junto a personas cuya visión del mundo hace posible la confianza, la lealtad y el respeto mutuo. La coherencia forma parte de ese compromiso. Los valores que defendemos en la vida pública difícilmente pueden separarse de aquellos que orientan nuestra conducta en la vida privada. Aceptar esa fractura significaría renunciar a la integridad.

En definitiva, la amistad auténtica y la política no pertenecen a mundos distintos. Ambas brotan de una misma conciencia moral. La amistad expresa con quiénes elegimos compartir el camino de la vida. La política, el tipo de sociedad que queremos construir. Tanto nuestros verdaderos amigos como nuestras decisiones políticas son el reflejo de la misma escala de valores que orienta nuestra existencia. Por eso, la verdadera integridad consiste en que nuestras convicciones públicas sean coherentes con la forma en que vivimos nuestras relaciones personales. Es en esa coherencia ética donde la amistad y la política dejan de ser ámbitos separados para convertirse en expresiones de una misma manera de entender y habitar el mundo.

*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.

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La trampa de la amabilidad aparente https://elpregonerodeldarien.com.co/la-trampa-de-la-amabilidad-aparente/ Sun, 08 Feb 2026 13:41:54 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=15893 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién Hace poco escuché un audio sobre la amabilidad y me quedó una pregunta rondando. ¿Qué significa hoy ser una “buena persona”? La respuesta parece obvia hasta que se examina con atención. En muchos espacios, la bondad se ha reducido a una sonrisa constante, a la capacidad de agradar y …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Hace poco escuché un audio sobre la amabilidad y me quedó una pregunta rondando. ¿Qué significa hoy ser una “buena persona”? La respuesta parece obvia hasta que se examina con atención. En muchos espacios, la bondad se ha reducido a una sonrisa constante, a la capacidad de agradar y a la construcción de una imagen socialmente aceptable. La amabilidad se vuelve entonces una forma de apariencia más que una expresión del carácter.

Se celebra la simpatía visible y el gesto amable que puede ser observado y validado. Pero cuando la bondad se convierte en una estrategia para obtener aprobación, pierde profundidad. No es autenticidad, es representación. Una máscara cómoda que funciona bien frente a desconocidos y que rara vez se somete al examen de la vida cotidiana.

Ser amable con extraños resulta sencillo porque no existe historia compartida que nos confronte. Lo verdaderamente difícil aparece en el territorio íntimo, allí donde la convivencia prolongada revela quiénes somos cuando nadie nos observa. En la familia, en la pareja y entre amigos cercanos, la amabilidad deja de ser un gesto ocasional y se transforma en una práctica sostenida. Es ahí donde la coherencia se vuelve inevitable.

Existe una paradoja silenciosa. Muchas personas cuidan con esmero su imagen pública mientras descargan su cansancio o su frustración sobre quienes más las aman. Se protege la apariencia y se descuida la esencia. Esa inversión de prioridades no destruye las relaciones de forma inmediata, pero las desgasta lentamente hasta vaciarlas de sentido.

La bondad auténtica no busca aplausos. No necesita testigos. Aparece en decisiones pequeñas y repetidas, en la humildad cuando el ego pide protagonismo y en la capacidad de mantener el respeto y empatía, incluso cuando estamos agotados. No es un espectáculo, sino una disciplina interior que se sostiene en la coherencia cotidiana.

Quizá el verdadero desafío no sea parecer buenos hacia afuera, sino ser confiables hacia adentro. Ser la misma persona en todos los espacios sociales implica renunciar a las máscaras y aceptar la incomodidad de la coherencia. Implica elegir la honestidad aun cuando no produce reconocimiento inmediato.

Al final, la medida más honesta de nuestra calidad humana no está en la impresión que dejamos en quienes apenas nos conocen. Está en la tranquilidad de quienes comparten nuestra vida diaria y pueden descansar sabiendo que no encontrarán una versión distinta de nosotros cuando se cierren las puertas. Porque la bondad que se muestra puede impresionar, pero la que se sostiene en silencio es la única que construye algo verdadero y nos vuelve confiables, casi predecibles, para una convivencia armoniosa en sociedad.

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Recesión de la amistad. Crisis que resiente la cohesión social. https://elpregonerodeldarien.com.co/recesion-de-la-amistad-crisis-que-resiente-la-cohesion-social/ Tue, 13 Jan 2026 20:23:24 +0000 https://elpregonerodeldarien.com.co/?p=15581 Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién Vivimos enchufados todo el día. Mensajes, redes, videollamadas. Pero paradójicamente cada vez más gente se siente sola. No es solo una sensación pasajera. Es una realidad que se está volviendo una silenciosa epidemia. Hay un término que lo resume perfecto, la recesión de la amistad. Cada vez tenemos menos …

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Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

Vivimos enchufados todo el día. Mensajes, redes, videollamadas. Pero paradójicamente cada vez más gente se siente sola. No es solo una sensación pasajera. Es una realidad que se está volviendo una silenciosa epidemia. Hay un término que lo resume perfecto, la recesión de la amistad. Cada vez tenemos menos amigos de verdad, de esos con los que se puede contar en las malas y en las buenas.

No es algo que uno invente. Hace más de 20 años Robert Putnam, un profesor de Harvard, ya lo advertía en su libro Bowling Alone. Los estadounidenses (y el patrón se repite en muchos lugares) salían menos con amigos, participaban menos en grupos, confiaban menos en los demás. Las visitas a casa de amigos cayeron, las cenas familiares se hicieron más raras. Aquella alerta sigue vigente y los números recientes lo confirman. Encuestas muestran que mucha más gente dice tener pocos o ningún amigo cercano comparado con hace tres décadas.

Hoy abundan los contactos pero escasean los amigos de verdad. Chateamos sin parar pero hablamos poco de lo que realmente importa. Las relaciones se vuelven frágiles. Duran mientras convienen y se rompen con la primera diferencia o falta de tiempo. La vida va demasiado rápido y la amistad profunda, esa que pide presencia, escucha y cuidado, queda relegada.

No es solo culpa nuestra como individuos. Vivimos en una cultura que premia la autosuficiencia, la competencia y el éxito personal por encima de todo. Zygmunt Bauman lo llamó modernidad líquida. Todo fluye, nada es sólido y los vínculos humanos se vuelven temporales, fáciles de desechar cuando ya no sirven.

La tecnología digital ha acelerado el problema. Sí nos conecta pero muchas veces empobrece. Sherry Turkle, investigadora del MIT, lo explica claro. Las pantallas nos dan la ilusión de compañía sin los riesgos ni el esfuerzo de la conversación real. Nos acostumbramos a interacciones rápidas, fragmentadas, sin mirada a los ojos. No digo que tiremos el celular pero hay que reconocer que usarlo sin límites puede dejarnos más solos aunque estemos conectados.

Las consecuencias son serias. La soledad crónica pasa factura. Más ansiedad, depresión, problemas de salud física. Julianne Holt-Lunstad, psicóloga, ha demostrado con estudios amplios que la falta de relaciones sociales aumenta el riesgo de morir antes casi tanto como fumar o no hacer ejercicio.

Y hay una paradoja que duele. El sistema educativo, que debería enseñarnos a vivir juntos, a veces contribuye al problema. Al enfocarse tanto en competir y en notas individuales deja poco espacio para aprender empatía, colaboración y cuidado mutuo. Martha Nussbaum ha insistido en que una educación que solo busca rendimiento ignora lo más humano, la capacidad de conectar, de preocuparnos por el otro.

Pero hay algo más que agrava esta recesión de la amistad en nuestros días. Muchas personas han convertido las diferencias ideológicas o políticas en muros infranqueables. Si alguien no comparte exactamente la misma postura, lo etiquetan de inmediato como enemigo. Sin embargo, la amistad no necesita unanimidad absoluta.

No tener la misma ideología ni las mismas posiciones políticas no convierte a nadie en adversario irreconciliable. Al contrario, en los espacios donde sí coincidimos —en el amor por la familia, en el gusto por un buen café, en el fútbol, en el trabajo, en el barrio— podemos tejer lazos genuinos y profundos. Reconocer eso nos libera para ver al otro no como amenaza, sino como posible compañero de ruta en algún tramo de la vida.

Revertir esto no es imposible pero requiere esfuerzo consciente. En las escuelas y universidades urge priorizar el trabajo en equipo, la escucha y el respeto como algo central, no como un extra. Y a nivel personal empieza por lo simple. Dedicar tiempo de verdad, apagar la pantalla cuando toca hablar cara a cara, resistir la tentación de medir todo por productividad. La amistad no se construye por eficiencia. Se construye con presencia y compromiso.

Esta recesión de la amistad no es un destino inevitable. Es el resultado de decisiones culturales y sociales que podemos cambiar. Recuperar los lazos humanos no es romanticismo ni lujo. Es una necesidad básica. Una sociedad más unida y menos rota no se sostiene solo con leyes o números. Se sostiene con confianza, cuidado y solidaridad.

Por eso, dejémonos de tantas complicaciones. Seamos más espontáneos en el cariño. Llamemos sin planearlo tanto, abracemos sin pedir permiso, ayudemos sin esperar nada a cambio. Seamos más simples, más afectivos, más solidarios y empáticos. Porque cuando nos atrevemos a ser así, construimos una sociedad más armoniosa y más segura.

Los verdaderos amigos nos hacen sentir más seguros, más tranquilos, más felices. Y eso, al final, es lo que más necesitamos. Tal vez la salida empiece hoy, con un gesto mínimo y valiente. Una llamada sin motivo, un mensaje sencillo que diga “te extraño, ¿nos vemos?”.

 *Profesor de Ingeniería Química Universidad de Antioquia. 

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