Opinión

La tasa de interés como arma electoral de la oposición

La única explicación coherente para esa decisión "técnica" de la Junta del Banco no es un objetivo económico, sino uno político.

Heberto Tapias García*/Opinión/El Pregonero del Darién

La decisión del Banco de la República de aumentar la tasa de interés en 100 puntos básicos en su última reunión, a pesar de que tanto la inflación como el desempleo venían en descenso, no puede entenderse como un simple acto técnico. Todo indica que se trata de una jugada política deliberada, diseñada para deteriorar el clima económico justo antes de la primera vuelta presidencial del 31 de mayo y favorecer así a los candidatos de oposición, que hoy parten con baja favorabilidad pero con una poderosa palanca en sus manos.

Para los economistas expertos, cuando una economía muestra señales de mejora, subir agresivamente las tasas de interés no tiene ninguna lógica desde el punto de vista del manejo macroeconómico. Afirman que encarecer el crédito en ese momento frena la inversión, reduce el consumo y, a mediano plazo, destruye empleo.

Algunos economistas y exministros de Hacienda han recurrido al principio de autoridad para pretender blindar esa decisión frente a cualquier crítica sobre su pertinencia o validez, elevando a la condición de incuestionable la supuesta autonomía de la Junta frente a cualquier interés distinto al de preservar un desempeño eficiente de la economía.

Sin embargo, la autoridad académica y la autonomía  institucional no pueden asumirse como dogma. Lo que está en duda y en discusión es precisamente si subir la tasa es la decisión conveniente, sustentada apenas en la presunción teórica de un incremento de la inflación cuando no existe ningún dato que confirme su aumento en los dos meses siguientes al alza del salario mínimo en el 23%. La autonomía no otorga inmunidad frente al escrutinio público ni frente al cuestionamiento sobre la pertinencia de decisiones que se maquillan de independencia y autoridad técnica. 

La única explicación coherente para esa decisión «técnica» de la Junta del Banco no es un objetivo económico, sino uno político: crear las condiciones para que el gobierno actual cargue con el costo electoral de una recesión que otros provocaron.

Para ubicar en un contexto interpretativo más amplio, la pretensión de esa decisión, basta comparar lo que hicieron en el mismo período los dos bancos centrales más influyentes del mundo. En Estados Unidos, la Reserva Federal mantuvo su tasa de referencia sin  cambios en el rango de 3,5 a 3,75 % en su reunión de marzo de 2026, luego de haber realizado tres recortes consecutivos a lo largo de 2025. Esa decisión de bajar tasas respondió a señales de debilitamiento del mercado laboral, aun cuando la inflación seguía por encima de la meta del 2%. Con una inflación proyectada del 2,7 % y un desempleo del 4,4% para 2026, la Fed eligió proteger el empleo y esperar.

En la zona euro, el contraste es aún más revelador. El Banco Central Europeo (BCE) mantuvo su tasa principal en el 2,15 %, en una pausa que acumulaba ya cinco reuniones consecutivas sin cambios, tras un ciclo de ocho recortes previos. La inflación en Europa cayó al 1,7 % en enero de 2026, prácticamente en la meta, y el desempleo se ubicó en el 6,2% con  tendencia estable. Ante ese panorama, el BCE no movió las tasas ni hacia arriba ni hacia abajo.

Colombia, en ese mismo momento, vivía sus mejores cifras laborales en lo que va del siglo. El desempleo cerró 2025 en el 8,9% promedio anual, el nivel más bajo registrado desde 2001, y en febrero de 2026 cayó  al 9,2%, con una reducción de 1,1 puntos  porcentuales frente al mismo mes del año anterior. La inflación, aunque todavía por encima de la meta del 3%, venía descendiendo desde su pico de 2023 y cerró 2025 en el 5,1%. El cuadro era, en términos relativos, el más alentador que había tenido Colombia en años.  Y fue precisamente en ese contexto macroeconómico cuando la Junta del Banco de la República decidió subir las tasas de forma agresiva, acumulando 200 puntos básicos en menos de dos meses.

La diferencia no es solo de magnitud sino de dirección y de criterio. La Fed y el BCE actúan con cautela en entornos de incertidumbre, priorizando el empleo cuando la inflación ya está bajo control o en descenso. El Banco de la República, en cambio, apretó el acelerador justo cuando los datos domésticos mostraban la mejor combinación de empleo e inflación a la baja que Colombia había visto en décadas.

Un banco central que sube tasas mientras los demás las mantienen o las bajan, y que lo hace cuando su propia economía muestra señales históricamente positivas, no está siguiendo la ciencia económica: está persiguiendo otro objetivo. Usando la economía como arma política para enfrentar decisiones del gobierno del cambio.

¿El aumento del salario mínimo del 23 %, un logro bandera del gobierno, le sirvió a la oposición dentro de la Junta del Banco como pretexto para justificar la de tasas? El argumento implícito fue que el gobierno era irresponsable y que ellos venían a poner orden. Pero ese orden no favorece a las familias ni a las pequeñas empresas, sino a los sectores financieros y rentistas.

Lo cierto es que el aumento de la tasa de interés golpea de manera directa y comprobada al empleo real, a la clase media, al obrero y a las pequeñas empresas, para quienes se encarece tanto el crédito así como el precio de algunos productos y servicios.

Con esta maniobra, la oposición busca movilizar a empresarios, ahorradores y clases medias a quienes  afecta el encarecimiento del crédito, que temen el desborde inflacionario, aunque el propio desborde que invocan no existía antes de su intervención.

Una economía artificialmente enfriada genera desempleo, caída de ingresos y descontento en la gente. El gobierno llegará entonces a las urnas cargando el peso de una recesión técnica inducida por quienes, desde el Banco de la República, son sus propios adversarios. En ese escenario, la oposición no necesita ganar por sus propios méritos. Le basta con desprestigiar al gobierno del cambio por asfixia económica y capitalizar después el voto de protesta.

Los elementos que apuntan a esta estrategia son difíciles de ignorar. El alza de 200 puntos se concentró en un período brevísimo, justo a dos meses de la primera vuelta de la elección presidencial. Los miembros de la Junta del Banco de la República, con afinidades opositoras, votaron en bloque a favor de la medida. La autonomía formal del Banco no borra el  hecho de que sus integrantes tienen posiciones políticas conocidas. Cuando esas posiciones coinciden exactamente con una decisión que daña al gobierno y beneficia a sus contendientes, la supuesta neutralidad de la institución se vuelve insostenible.

El resultado más grave de todo esto no es electoral sino humano. Los trabajadores formales pueden perder sus empleos, los pequeños empresarios no pueden acceder al crédito y los hogares endeudados ven sus cuotas volverse impagables. Mientras tanto, la oposición, con baja popularidad y todo, gana un argumento de campaña listo para usar: la economía está mal y la culpa es del gobierno. Lo que nunca dicen es que ellos mismos, desde el Banco de la República, contribuyeron a hacerla añicos.

La tasa de interés ha dejado de ser una herramienta al servicio del bienestar general para convertirse en un arma de guerra política. El objetivo es deteriorar las condiciones económicas, erosionar el apoyo popular al gobierno, posicionar a la oposición como una alternativa de orden y, en el mejor de los casos para ellos, llegar a una segunda vuelta con posibilidades reales de remontada.

Mientras la Reserva Federal y el Banco Central  Europeo (BCE) calibran sus decisiones mirando los datos, protegiéndose de la incertidumbre y evitando hacerle daño innecesario a sus economías, la Junta del Banco de la República subió las tasas en contravía de la evidencia, en contravía del ciclo global y en contravía de sus propias cifras de empleo. La ciudadanía, una vez más, termina pagando los platos  rotos de una disputa en la que la economía es el  campo de batalla y las personas corrientes son el daño colateral.

*Académico-Analista/ Profesor de Ingeniería Química de la UdeA.

Wilmar Jaramillo Velásquez

Comunicador Social Periodista. Con más de treinta años de experiencia en medios de comunicación, 25 de ellos en la región de Urabá. Egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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