
Juan Fernando Uribe Duque/Opinión/el Pregonero del Darién
Todos dicen que Petro improvisó nombrando y removiendo ministros y funcionarios, además muchos afirman que erró en las disposiciones y decretos. Que todo su Plan de Desarrollo fue impuesto al garete y sin sustento fiscal y técnico; pero lo que no dicen es que se encontró con una realidad jurídica, económica y social de más de doscientos quince años de consolidación muy compleja y en algunos meses, imposible de transformar… pero en mucho se logró incidir, y hoy vemos destacamentos estatales de todo orden atendiendo los problemas básicos de la población más vulnerable en barriadas populares, pueblos alejados, selvas, páramos y cuencas de los ríos.
La colaboración de los supuestos aliados de una izquierda se vio frustrada muchas veces por una precaria lealtad y un gran índice de corrupción que casi acaba con la confianza en el gobierno queriéndolo convertir en un fortín de pícaros y ladrones como en el caso de Olmedo, Carlos Ramón González, o figuras que creímos interesantes y decididas que resultaron ser unas fantoches resentidas como Francia Márquez, o hasta la misma ex primera dama que no pasó más allá del bullerengue intentando después pasarelas internacionales sin éxito para convertirse al final en comidilla de chismes para pasquínes de tercera.
Muy difícil en verdad tomar las riendas de un país envenenado de vanidad y desamor. Como lo hemos dicho, en Colombia muy pocos quieren ser colombianos: los de las clases medias desearían ser gringos y los más ricos europeos, y el pueblo indudablemente mexicano, de ahí el éxito de toda esa música con raigambre de corridos y rancheras alimentadas por un sentimiento mafioso.
Ser el líder de un país con estas características, y esforzarse en formar un equipo de trabajo ajeno a tal influencia, ha sido una labor de titanes, más ahora cuando los índices de progreso son evidentes y el país toma por fin la vía del desarrollo. Lo poco o mucho que se ha logrado de las reformas, además de hacer repuntar la economía, ha redimido socialmente a sectores de la población antes relegados al olvido y la exclusión.
Colombia es otra después de este gobierno. Quiérase o no, Gustavo Petro ha partido en dos la historia de nuestro país y es el personaje más importante de este siglo, mucho más que aquel que trató de consolidarnos como una neocolonia privatizándolo todo y llenando de sangre el campo al dividirnos entre “buenos y malos”.
Las políticas sociales, las reformas y el haber puesto al descubierto todo un entramado de corrupción y tretas jurídicas para apoderarse del erario público además de su liderazgo internacional en favor de la descarbonización como solución urgente a la crisis climática y el rechazo a la actitud genocida de una élite mundial belicosa y asesina, han hecho de nuestro presidente y de nuestro país, un líder nunca antes reseñado en la historia mundial. Sus discursos en la ONU, y en todos los foros internacionales, incluso sus salidas en falso, sus delirios “intergalácticos”, sus diatribas contra los pérfidos amos del mundo al lado de un ídolo del rock, perifoneando en contra de las políticas xenofóbicas y genocidas de un pedófilo culpable de decenas de delitos, su abrazo sincero con los campesinos, los indígenas y las negritudes, su valor, su coraje al enfrentar toda el veneno mediático de un poder viciado de corrupción y odio sectario, son inolvidables. Así con todo y sus fallas, las generaciones futuras nunca lo podrán olvidar.
Manejar el paraíso maltrecho que es Colombia no ha sido tarea fácil. Lo más difícil fue quitarle el velo, las máscaras a los falsos líderes, a esos traidores de la patria que se replegaron hacia el amo despreciando a sus hermanos, a los más pobres a quienes intentaron seguir manteniendo explotados con un salario mínimo, con lo más poco, incluso “por horitas y usté verá que hace, pero agradezca que le doy trabajo”
Con esa realidad se encontró el gobierno, y a estos personajes les ha quitado la máscara quedando como unos simples oportunistas de izquierda con pretensiones de lustro social y económico, y los otros a quienes invitó cándidamente al gobierno, unos traidores relegados a un imperio en decadencia. Por eso no es de extrañar que al fin de su mandato, esté apenas consolidando un grupo de colaboradores leal y competente, incluso muchos de ellos, mujeres jóvenes provenientes de una élite social culta e ilustrada comprometida con el cambio que Colombia merece.
El país no puede perder este primer impulso, la fuerza electoral representada en esa juventud que empieza a redimirse con nuevas oportunidades de educación y empleo, debe ser consecuente con el cambio propuesto y dar su apoyo a Iván Cepeda y a las listas del Pacto Histórico, de lo contrario volverán las terribles noches de la pobreza, la violencia y la exclusión.



